Capítulo 1. ¿Qué se sentirá?
El campamento estaba en silencio.
Las luces tenues de las lámparas de aceite apenas iluminaban las paredes improvisadas de la base en medio del bosque.
Afuera, los insectos cantaban su usual sinfonía nocturna mientras dentro, las voces se apagaban una a una. Todos dormían. O casi todos.
Emma y Gilda compartían la misma tienda desde hacía meses. Había sido idea de Yuugo para mantenerlas organizadas por duplas durante las misiones de reconocimiento.
A nadie parecía importarle demasiado, y ambas chicas lo agradecían: dormir juntas se había vuelto parte de su rutina, tan natural como respirar.
Esa noche, sin embargo, Gilda no se había dormido tan rápido.
—Emma... —Susurró, mirando el techo de tela.
La pelinaranja giró la cabeza desde su saco de dormir, con sus ojos brillantes, aún despierta.
—¿Mm?
—¿Tú crees que… que esté mal lo que hacen algunas chicas? —Preguntó con un tono bajo, pero claro—. Digo… las que se escapan por las noches con los chicos.
Emma parpadeó, un poco confundida al principio.
—¿Te refieres a…?
—Ajá. A eso. Al… romance. —Gilda bajó la voz más aún, como si le diera vergüenza siquiera decirlo—. Escuché que Gillian besó a uno de los chicos de Lambda. Y que no fue la única.
Emma soltó una pequeña risa, sorprendida.
—¿En serio? No sabía eso.
—Sí. Y no sé… Me hizo pensar. —La más joven se abrazó las rodillas, un poco encorvada—. ¿Qué se sentirá dar tu primer beso?
Hubo un silencio entre las dos. Uno suave. No incómodo, sino... reflexivo.
Emma sonrió despacito, cerrando los ojos un segundo.
—Yo tampoco lo sé —Admitió.
—¿Nunca lo hiciste? —Preguntó Gilda, con un poco de sorpresa.
—No. Nunca tuve tiempo para pensar en eso. Entre escapes, demonios y salvar a todos… creo que nunca se me ocurrió.
Las palabras se colgaron en el aire, tranquilas. Hasta que Emma, repentina, abrió los ojos y miró a su amiga con algo chispeante en su voz.
—¿Qué tal si lo intentamos?
Gilda giró hacia ella, perpleja.
—¿Qué?
—Eso. Besarnos. —Emma encogió los hombros—Solo por curiosidad. Somos amigas, ¿no? Nadie se enterará.
La más joven tragó saliva.
—¿Estás… estás hablando en serio?
—Claro. Solo… por saber cómo se siente. No tiene que significar nada.
Gilda bajó la mirada. Dudó. Pero Emma se veía tan tranquila, tan sincera, tan... Emma.
Finalmente, suspiró, cerrando los ojos.
—Está bien —Susurró—. Pero solo… solo uno.
Emma se inclinó despacio.
Sus respiraciones se entrelazaron.
Los labios se rozaron con torpeza, con la temblorosa inseguridad de dos chicas que no sabían muy bien qué hacían.
Fue un beso suave. Lento. Dulce. Pero cuando Emma no se separó al instante, y cuando Gilda tampoco se alejó… algo se encendió.
El segundo beso llegó más decidido. Y en algún punto, Gilda le tomó la cara a Emma. Sus dedos temblaban. El calor subía. El silencio se volvió electricidad.
Ese beso ya no era de amigas.
Y lo sabían.








