Capítulo 1
Miré a mi alrededor; la plaza estaba atestada de gente. Un chico me observaba a un metro de mi con una sonrisa inquietante. Lo ignoré, como lo había hecho el último mes. Otro chico, a unos metros de distancia se alejaba cada vez más. Era mi novio; habíamos venido de compras. Mi mamá cumpliría años mañana y buscaba un regalo. Mire la joyería y di un paso en esa dirección, pero me sujetaron de la muñeca con fuerza lo que me hizo detenerme. Trate de zafarme.
El dolor llego sin avisar, una y otra vez. Entonces todo se volvió borroso.
—Hey, ¿estás bien? —alguien me sacudía.
Abrí los ojos, decenas de personas desconocidas me rodeaban. Un chico de cabello negro me tendió un pañuelo, mas no lo acepté; en cambio, retrocedí arrastrándome en el suelo, mi pecho agitado y mi cabeza a punto de estallar me exigían que me alejara de él. Las lágrimas corrían por mi rostro.
—¡Aléjate! —le grité.
Él retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—¿Qué sucede?
Otro chico llegó, le quitó el pañuelo de la mano y me lo dio.
—Tienes sangre —señaló su propia cabeza—. Me preocupaste, ¿estás bien?
Asentí, pero en ese momento todo se puso negro de nuevo.
El cerebro me iba a explotar. Me llevé las manos a la cabeza; tenía un vendaje. La habitación donde me encontraba era completamente blanca, a mi lado derecho había una pantalla monitoreándome y a la izquierda una intravenosa se conectaba a mi muñeca.
La puerta corrediza se abrió y mis padres entraron. Mamá corrió hacia mí y me abrazó.
—Mamá, ¿qué pasó?
Mi padre apretó mi mano y un doctor apareció detrás de él.
—¿Cómo se siente? —preguntó mientras revisaba el monitor y hacía unas anotaciones en un expediente.
—Me duele —me palpé la cabeza, un bendaje la cubria.
—¿Sabe quiénes son ellos? —señaló a mis padres.
—Sí, es mi mamá y mi papá.
Después el médico me pidió que apretara sus manos, luego que tocara mi nariz y su dedo índice; me hizo varias pruebas.
Se giró hacia ellos.
—Parece que no tiene problemas de memoria, aunque le haré varias preguntas para estar seguros.
Un chico de cabello negro entró. Cuando lo vi, mi cabeza me dolió aún más y mi cuerpo me pedía que corriera. Mi respiración comenzó a agitarse.
—¡Sara! Por fin despertaste.
—¡Aléjate! ¡Vete! —me cubrí con la sábana para protegerme.
—¿Qué pasa? —era la voz de mi padre—. ¿Por qué lo tratas así?
—Chico, será mejor que te retires —dijo el doctor.
Bajé un poco la sábana, mi madre acariciaba el hombro del chico.
—Está bien, te llamo luego.
—Sí, gracias —su voz era triste y sus ojos enrojecidos contenían lagrimas.
¿Quién era él para que mis padres lo trataran con cariño? ¿Por qué me aterraba su presencia? No podía recordar su rostro, tal vez no lo conocía, pero ¿por qué me daba tanto miedo?
Me descubrí del todo.
—¿Quién es él?
Mis padres compartieron miradas.
—¿No recuerdas a Saúl?
Mamá se sentó a mi lado.
Saúl, con que así se llamaba.
Todas las miradas se posaron en el doctor, incluso la mía.
—Dime el nombre de tres familiares o conocidos.
Me quedé pensando, mi mente estaba en blanco.
—No lo sé.
Mi padre se talló el rostro, mamá comenzó a llorar. Traté de recordar mi vida con ellos, pero tenía la mente en blanco. Solo sabía que eran mis padres.
—Parece que la contusión es más grave de lo que creí, debio inflamarse una parte del cerebro, le afectó la memoria a largo plazo.
—¿Se recuperará? —papá puso sus manos en las caderas.
—No lo sé, lo más seguro es que sí, le haremos algunas pruebas. pero no puedo afirmarlo ni decirles en cuánto tiempo. Puede que recuerde poco a poco, debe regresar a su vida cotidiana, eso le ayudará, pero no la fuercen. El cerebro es delicado, dejen que recuerde sola.
Mis padres asintieron, mamá me acariciaba la cabeza.
Pasé tres días en el hospital tratando de hacer memoria, pero nada venía a mí, era tan frustrante.
Mis padres no permitieron visitas, menos mal porque me sentiría extraña de ver gente que no conocía. Aunque mi madre me dijo que debería ver a Keila, dice que es mi mejor amiga y que está muy preocupada por mí, papá no lo permitió. Parece que es mejor que espere a estar en casa, tiene la esperanza de que estando allá pueda recordar todo. No me hablaron del chico de antes, aunque pregunté muchas veces, quería saber por qué me daba tanto miedo, mas ellos no querían preocuparme ni presionarme. Después de todo, el doctor les dijo que yo debería recordar sola, pero yo quería que por lo menos me ayudaran un poco, tener algo de guía.
Terminé de cambiarme y salí del baño, mis padres me esperaban en mi habitación.
Mamá entrelazó nuestros brazos.
—¿Lista?
Asentí.
—Por fin a casa —dijo papá.
El camino de ida fue algo incómodo, nadie se atrevió a romper el silencio.
En casa todo me parecía familiar, sabía exactamente qué había detrás de las puertas y supe llegar sola a mi habitación, lo que hizo felices a mis padres y a mí. Aunque mi cuarto tenía algo distinto, no tenía idea de qué era, pero algo me lo decía. Mi cama con un edredón morado, arriba un cuadro pintado al óleo; era un sembradío de tulipanes de todos los colores. Las paredes eran color crema y en ellas había pegados dibujos de carboncillo y algunos pósteres; parecían de libros, tenía sentido ya que un librero abarcaba toda una pared con cientos de libros, aunque algo le faltaba, al igual que en el tocador que estaba lleno de productos, no había rastro de mi vida, de amigos o familia.
Miré a mis padres.
—¿Movieron algo de mi cuarto?
Los dos compartieron miradas.
—Lo siento, es que quitamos las fotos ya que no queríamos presionarte, como dijo el doctor.
—Oh, am, creo que sería bueno tenerlas.
Mamá tomó mis manos.
—Si crees que ayudará, te las traeré de vuelta.
—Sí, tal vez no fue buena idea —papá se talló la nuca—. Lo siento.
—No pasa nada, pero sí quiero verlas, tal vez recuerde a alguien.
Puse de cabeza mi cuarto revisando cada cosa, cada prenda y producto a ver si recordaba algo, pero no pasó. Lo que se me hizo algo extraño era que tenía productos para el cabello lacio y tres tipos de plancha para el cabello. Parecía que las usaba seguido, con razón mi cabello rizado estaba tan maltratado.
Mamá trajo las fotografías, mientras yo me senté en mi cama a verlas ella se puso a ordenar la habitación.
En una foto yo estaba con una chica de cabello rubio oscuro y ondulado, sus ojos eran grises. Era guapa, con un estilo llamativo que le quedaba muy bien. Usaba una chaqueta de cuero y una falda de cuadros roja, sus botas le llegaban a las rodillas. Yo, en cambio, lucía un vestido floreado y mi cabello lacio. Las dos reíamos, ella me era tan familiar, pero no lograba recordarla.
—¿Quién es ella? —le pregunté a mamá.
—Déjame ver —respondió alguien más, arrebatándome la foto de la mano—. Pero qué chica más guapa.
Miré hacia arriba, parada al lado de mí se encontraba la misma chica de la fotografía. Parpadeé varias veces. Su cabello estaba agarrado en una coleta, su ropa sencilla: un pantalón negro y una blusa blanca con cuello en V. Ella me sonreía, pero sus ojos estaban rojos, como si se la hubiera pasado llorando. De pronto me rodeó en un abrazo que me dejó sin aire, no me costó devolvérselo, ella era cálida y familiar.
—Oh, Sara —chilló.
Le di palmadas en la espalda. Mamá me hizo señas apuntando a la puerta y se marchó.
Después de unos minutos por fin se calmó y me soltó, pero me estudió de pies a cabeza. Se limpió las lágrimas y sorbió los mocos.
—¿Sabes quién soy? —se palmeó el pecho.
—Lo siento. —Hice una mueca.
—No pasa nada, soy tu mejor amiga, nos conocemos desde hace años.
Eso explicaba por qué me resultaba familiar y no me incomodaba en absoluto; era como si le tuviera confianza plena.
Le sonreí en respuesta. Ella volvió a abrazarme, luego se sentó frente a mí sujetando mis manos.
—Tus padres ya me dijeron que no te presione a recordar y dijeron que no respondiera tus preguntas —hizo un gesto de disculpa—, pero sí te diré lo que quieras saber de mí. También voy a contarte que una persona que te cae fatal ha intentado verte, pero tus padres, gracias al cielo, no la han dejado.
—¿Quién? —fruncí el ceño.
—Una chica que supo lo que te pasó y quiere sacar ventaja, pero ella te detesta, así que no le hagas caso.
—¿Cómo se llama?
Keila solo hizo como si le pusiera un cierre a su boca. No es justo que venga a decir esto y no suelte la información completa.
—No me veas así, yo solo cumplo órdenes y de paso te advertí porque soy tu mejor amiga. —Se quedó mirando mi cabeza, aunque ya no estaba vendada—. Otra cosa, nuestro otro mejor amigo está de viaje, ya sabe lo que te ocurrió, pero no puede regresar antes.
—¿Quién es?
Me quitó las fotos de las manos y me mostró la siguiente. Apuntó a un chico de cabello castaño oscuro, aunque no se distinguía muy bien su rostro.
—Se llama Kael, no confíes mucho en lo que te diga, es muy bromista y quién sabe qué se traiga entre manos.
Hice una mueca con los labios.
—¿No dijiste que era mi amigo?
—No me malinterpretes, podemos confiar plenamente en él, pero no en sus bromas, aunque este es un asunto serio, así que no creo que se porte mal. Olvida lo que dije, solo cree en tus instintos.
Eso me recordó al chico del hospital.
—¿Qué sabes de Saúl?
Ella apretó los labios un momento y retrocedió.
—Ni lo intentes, tus padres ya me advirtieron que no te dijera nada.
¿Será que es peligroso? Pero entonces mamá no se hubiera portado cariñosa con él.
—¿Es mala persona?
Keila abrió la boca, luego la cerró, la abrió de nuevo, pero no dijo nada. Negó con la cabeza.
—Solo confía en tus instintos —repitió.
—Es que... —dudé— lo vi en el hospital y mi cabeza me pedía que corriera, me daba mucho miedo.
Ella se quedó muda. Acarició mi brazo y me sonrió.
—Confía en tu corazón, ya que esa mente anda algo defectuosa.
Asentí, aunque no tenía idea de qué quería decir.
Toda una semana me la pasé en casa en reposo, aunque también le di una leída a mis libros de la universidad y a mis apuntes. Extrañamente recordaba todo sobre eso, aunque no sobre los profesores o mis compañeros; parece que mi mente solo había olvidado a las personas.
—Hey —Keila se asomó a mi habitación—. ¿Qué haces?
Se iba y venía, ni siquiera tocaba antes de entrar a mi casa y mis padres la recibían cariñosos.
—Hola, le echaba un vistazo a mis libros.
—Deja eso. —Me quitó el libro de las manos y lo hizo a un lado—. Vamos a ver una película, estaba pensando en que podrás ver películas, series y leer libros como si nunca lo hubieras hecho. Qué envidia me da.
Me rasqué el brazo.
—Ya lo intenté y no funciona. —Arrugué la nariz en una mueca, Keila dejó caer los hombros en decepción—. Cuando veo una película adivino lo que va a pasar y le quita la emoción, entonces me doy cuenta de que ya la vi, lo mismo con los libros.
—Creí que no tener memoria serviría para algo —resopló.
—Hay que ver una serie nueva.
—Ya sé, hay una que quedamos de ver juntas, salió hace unos días, pero no me atreví a verla sin ti.
Maratoneamos todo el fin de semana, mamá nos consintió trayéndonos pizza y chucherías. Pero llegó el lunes y con él la realidad.








