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Intercambio de jersey | G. Mora x J. Bellingham

Summary

Una semana antes del esperado México vs. Inglaterra, el joven mediocampista omega Gilberto Mora se cruza en el hotel de concentración con Jude Bellingham, el alfa estrella del Real Madrid y la selección inglesa. La atracción es instantánea: sus aromas vino dulce con moras contra sándalo ahumado revelan una compatibilidad imposible de ignorar. Una noche de pasión desbordante parece el inicio de algo profundo, pero al amanecer Jude desaparece sin dejar rastro y, horas después, Gilberto lo escucha describirlo ante sus compañeros como un omega fácil, un simple "polvo rápido" sin importancia. Devastado y humillado, Gilberto encuentra refugio en su tutor, el experimentado portero omega Guillermo Ochoa, y transforma el dolor en determinación: le demostrará a Jude que subestimarlo fue su peor error. Pero el arrepentimiento silencioso del alfa y los fantasmas de su propio orgullo amenazan con convertir el campo de juego en un campo de batalla donde lo que está en disputa no es solo un partido, sino dos corazones que laten al mismo ritmo.

Genre
Romance
Author
alexa
Status
Complete
Chapters
22
Rating
5.0 8 reviews
Age Rating
18+

001

El reloj en la pantalla de su teléfono marcaba las 18:47 cuando Gilberto Mora arrastró su maleta por el impecable suelo de mármol del hotel de concentración. El vuelo desde Ciudad de México había sido un infierno de turbulencias, y sus glándulas, siempre traicioneras en altitud, llevaban toda la tarde emitiendo un aroma más dulce de lo normal, una mezcla embriagadora de vino dulce y moras silvestres que se adhería al aire como un perfume demasiado generoso. Nada alarmante —aún le quedaban al menos diez días para su próximo celo—, pero sí lo bastante perceptible como para que el recepcionista beta le dedicara una sonrisa comprensiva en lugar del habitual gesto profesional.

—Bienvenido, señor Mora. La selección mexicana ocupa las plantas 8 y 9. Le hemos asignado la habitación 912, en la esquina norte. Sus compañeros están cenando en el salón privado. Ah, el portero Ochoa preguntó por usted en cuanto llegó; dijo que le avisáramos apenas apareciera.

Gilberto sonrió para sus adentros. Memo. Claro que Memo había preguntado por él. El veterano portero omega se había convertido en su tutor no oficial desde que Gilberto llegó a la selección mayor, una especie de ángel guardián de mirada serena y consejos precisos que siempre sabía cuándo apretar y cuándo soltar. "Eres omega, cachorro, pero aquí dentro eres jugador antes que nada. No dejes que nadie te haga sentir menos, pero tampoco te regales." Esa frase se la había repetido tantas veces que ya era un mantra.

—Gracias — dijo al recepcionista, y se dirigió hacia los ascensores, agradeciendo que el vestíbulo estuviera prácticamente vacío.

No esperaba que el ascensor se abriera en la planta baja y de su interior emergiera una nube de feromonas tan intensa, tan abrumadoramente alfa, que sus rodillas estuvieron a punto de ceder.

No era dolor. Era reconocimiento.

El alfa salió del ascensor como si el mundo le perteneciera. Alto, hombros anchos bajo una sudadera negra con el escudo de la selección inglesa bordado en el pecho, mandíbula afilada y una mirada verde que parecía escanear el vestíbulo en busca de algo. Su aroma golpeó a Gilberto antes que su presencia física: sándalo ahumado, whisky caro y algo más profundo, algo salvaje que le recordaba a los bosques ingleses después de la lluvia. Un aroma diseñado para someter, para reclamar, para hacer que cualquier omega en kilómetros a la redonda girara la cabeza.

Gilberto giró la cabeza.

El alfa también se detuvo. Sus pies se clavaron en el mármol a tres metros de distancia, y sus fosas nasales se dilataron de forma casi imperceptible. Gilberto lo supo en ese instante: había captado su olor. Ese aroma a vino dulce y moras que escapaba de sus glándulas sin permiso, demasiado goloso, demasiado juvenil, demasiado omega para su gusto.

—¿Omega? — La voz del alfa fue un murmullo, casi para sí mismo, pero Gilberto lo escuchó con claridad.

No era una pregunta. Era una constatación. Como si el universo acabara de entregarle un regalo inesperado.

Gilberto apretó los dedos alrededor del asa de su maleta. En el fútbol profesional mexicano, ser omega era un estigma que solo se superaba con talento descomunal y una coraza de hierro. Había aprendido a mantener sus feromonas bajo control, a usar parches supresores de alta potencia durante los partidos, a evitar ascensores llenos de alfas desconocidos. Pero aquella noche, agotado y desprevenido, había bajado la guardia.

— And you are...? —El alfa dio un paso al frente. Su acento era marcadamente británico, cada sílaba cortada con precisión quirúrgica. En su sudadera, Gilberto distinguió ahora el número 10 y un apellido que hizo que su estómago diera un vuelco: Bellingham.

Jude Bellingham. El mediocampista del Real Madrid. El alfa dominante que había llevado a Inglaterra a semifinales en el último Mundial. El hombre que aparecía en todas las revistas deportivas con una seguridad tan insultante que parecía sacado de una campaña publicitaria de feromonas para alfas de élite.

Mierda. Doble mierda. Memo le había advertido: "Cuidado con los alfas europeos, Gil. Creen que el mundo es suyo porque juegan en el Real Madrid o en el Bayern. No les des el gusto de reaccionar."

—Gilberto Mora — respondió, odiando cómo su voz sonó apenas un susurro. Se aclaró la garganta y repitió con más firmeza— Gilberto Mora. Selección mexicana.

Los ojos oscuros de Bellingham se encendieron con algo peligroso. Reconocimiento, sí, pero también interés. Un interés que iba más allá de lo profesional. Su aroma se intensificó deliberadamente, como si quisiera medir la reacción de Gilberto, y el omega sintió un calor húmedo e inconfundible entre los muslos. Apretó las piernas instintivamente, maldiciendo el slick que ya empezaba a empapar su ropa interior.

— The wonder kid, Gilberto Mora. —Jude sonrió, y la sonrisa transformó su rostro de guapo a devastador—. He visto tus jugadas. Eres bueno. Muy bueno... para ser omega.

El comentario era una provocación calculada. Gilberto lo supo de inmediato, pero aun así su sangre hirvió. Llevaba años escuchando esa basura. “Bueno para ser omega”. Como si su género secundario fuera una discapacidad que tuviera que compensar con el doble de esfuerzo. Recordó las palabras de Memo: "No te regales." No iba a regalarse. No ante este inglés de mierda.

—Y tú eres exactamente el tipo de alfa arrogante que esperaba encontrar — contraatacó, levantando la barbilla y obligando a sus piernas a mantenerse firmes—. ¿Algún otro estereotipo que quieras soltar antes de que te ignore por completo?

Jude soltó una carcajada. No una risa educada, sino una genuina explosión de sorpresa y deleite. Dio otro paso, y ahora estaban lo bastante cerca como para que Gilberto tuviera que alzar la vista para sostenerle la mirada. El aroma a sándalo lo envolvía, se mezclaba con su propio aroma a moras y vino dulce, creando una combinación que olía peligrosamente bien, como un postre servido en un bar clandestino.

—Me gustas, Mora — dijo Jude, inclinándose ligeramente. Su aliento rozó la mejilla de Gilberto, y el omega sintió un escalofrío recorrerle la columna—. Normalmente los omegas en el fútbol intentan hacerse los duros, pero tú... tú sí que eres fuego de verdad.

—No soy “los omegas”. Soy yo. Y no necesito que un alfa inglés con complejo de superioridad me dé su aprobación.

—Sin embargo, no te has movido.

Era verdad. Gilberto seguía allí, clavado en el suelo de mármol, con las feromonas de Jude haciéndole cosquillas en cada terminación nerviosa. Podía sentir el slick deslizándose por sus muslos, una traición fisiológica que habría sido humillante si no fuera porque el aroma de Jude también había cambiado. Ya no era solo dominancia. Ahora había algo más. Algo hambriento. Su cuerpo lo sabía, y su omega interior ronroneaba ante la presencia de un alfa tan poderoso. Pero su mente, entrenada por años de disciplina y por los sabios consejos de Memo, se mantenía en pie.

El vestíbulo seguía vacío, pero en cualquier momento podía aparecer alguien. Un compañero como Edson o Santi, un miembro del cuerpo técnico, un periodista deportivo alojado en el mismo hotel. Gilberto no podía permitirse que lo vieran en ese estado: mejillas sonrojadas, pupilas dilatadas, el pulso acelerado en el cuello como una invitación tácita.

—Tengo que irme —dijo, y esta vez logró dar un paso atrás. Las feromonas de Jude intentaron retenerlo como dedos invisibles, pero Gilberto resistió—. Buenas noches, Bellingham.

—Jude.

—¿Qué?

—Que me llames Jude. —El alfa metió las manos en los bolsillos de su sudadera en un gesto engañosamente relajado—. Ya que vamos a compartir hotel toda la semana, podemos tutearnos.

Gilberto no respondió. Simplemente giró sobre sus talones y se dirigió al ascensor con la espalda recta y el paso firme, ignorando la humedad que se deslizaba por sus muslos y el aroma a sándalo que se le había pegado a la ropa como un abrazo no solicitado.

Las puertas del ascensor se cerraron. Se quedó solo en el cubículo acristalado, rodeado por el olor residual de Jude Bellingham. Su reflejo en el espejo le devolvió la imagen de un chico de cabello oscuro y ojos almendrados, los pómulos altos propios de su herencia mexicana, los labios entreabiertos y húmedos porque se los había estado mordiendo sin darse cuenta. Parecía asustado. Parecía excitado. Las dos cosas eran verdad.

—Mierda, Memo me va a matar —susurró, apoyando la frente contra el frío metal de la pared del ascensor.

El ascensor se detuvo en la novena planta con un ding que le pareció demasiado fuerte. Las puertas se abrieron al pasillo alfombrado donde, por suerte, no había nadie. Gilberto arrastró su maleta hasta la habitación 912 y pasó la tarjeta con manos temblorosas. En cuanto estuvo dentro, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, dejando escapar un suspiro tembloroso.

Su cuerpo ardía.

No era posible. Acababa de salir de un celo hacía tres semanas. Llevaba un implante supresor en la nuca, uno de larga duración, de esos que se cambiaban cada seis meses. No debería estar reaccionando así al aroma de un alfa desconocido. No con esa intensidad. No con ese deseo irracional de abrir la puerta, bajar al lobby y dejar que Jude Bellingham hiciera con él lo que quisiera.

Se llevó una mano a la nuca, buscando el pequeño bulto del implante bajo la piel. Seguía allí. Funcional. Entonces, ¿por qué?

El aroma de Jude seguía impregnado en su ropa. Se quitó la sudadera con movimientos bruscos y la arrojó al otro lado de la habitación. Luego los pantalones. La ropa interior estaba empapada, el slick resbalaba por sus muslos con un olor intenso a moras fermentadas y vino dulce, y ahora ese aroma se mezclaba con los restos de sándalo, creando una combinación obscena que llenaba la habitación de hotel como un perfume prohibido.

—No, no, no —gimió, pero ya se estaba tumbando en la cama, ya sus dedos estaban apartando la tela húmeda del bóxer, ya estaba encontrando su propia entrada resbaladiza y hambrienta.

Pensó en Jude. En sus hombros anchos, en esos ojos verdes que lo habían mirado como si fuera algo que ya le pertenecía. Recordó cómo había dicho “me gustas” con esa seguridad absoluta, como si no existiera la posibilidad de rechazo. Se imaginó qué habría pasado si no se hubiera ido. Si Jude lo hubiera seguido al ascensor. Si lo hubiera empujado contra la pared de espejos. Si le hubiera arrancado la ropa allí mismo, en el ascensor, y lo hubiera penetrado sin preguntar, gruñéndole al oído que era suyo.

Dos dedos se deslizaron en su interior con facilidad, arrancándole un gemido que amortiguó mordiendo la almohada. Su espalda se arqueó. El slick fluía sin control, y el aroma a moras inundaba todo, empalagoso y dulce como el vino de misa. No era suficiente. Nunca era suficiente cuando fantaseaba con alfas. Pero esta vez era peor, porque el alfa existía. Estaba en el mismo edificio, apenas dos plantas más abajo. Olía a sándalo y poder. Y lo deseaba con una urgencia que le asustaba.

Gilberto se mordió los labios hasta casi hacerse sangrar cuando el orgasmo lo golpeó. Fue un espasmo insuficiente y frustrante, un recordatorio cruel de que su cuerpo no quería dedos, quería un nudo. Quería ser poseído, marcado, reclamado. Su omega interior aullaba por un alfa que apenas acababa de conocer, y eso lo aterraba tanto como lo excitaba.

Se quedó jadeando sobre las sábanas revueltas, con el slick manchando sus muslos y las feromonas empapando cada rincón de la habitación. Mañana pediría un purificador de aire. Mañana se pondría el parche supresor más potente que tuviera en el neceser. Mañana evitaría a Jude Bellingham como si fuera una plaga.

Su teléfono vibró en la mesilla. Mensaje. Luego otro. Grupo de la selección: Chucky mandaba stickers absurdos, Edson preguntaba si alguien había bajado ya al buffet, Santi compartía un meme sobre ingleses y té. Sonrió a pesar de todo. Eran su manada, su familia postiza.

Y luego, un mensaje privado de Memo Ochoa:

Don memo

Ya me avisaron que llegaste, cachorro.

19:45

¿Todo bien?

19:45

Te vi la cara en el lobby desde el entrepiso. Ese inglés te miró como si fueras su cena. ¿Necesitas que baje o lo manejas tú solo?

19:47

Gilberto suspiró. Claro que Memo lo había visto. El portero no se perdía una. Su tutor omega tenía un instinto protector tan afinado como sus reflejos bajo los tres palos.

Respondió con dedos aún temblorosos:

Gil

Lo manejo yo, Memo. Gracias.

19:49

Pero... ¿puedo ir a tu cuarto un rato mañana temprano? Necesito hablar

19:49

La respuesta llegó en segundos

Don memo

Claro. 908. Te preparo un té y me cuentas. Y ponte un parche nuevo antes de dormir, que hueles hasta aquí

19:52

Buenas noches, cachorro😙

19:53

Gilberto soltó una risa agotada. Dejó el teléfono a un lado y se quedó mirando el techo, con el aroma de Jude aún danzando en su memoria como el último acorde de una canción que no quería terminar.

Esa noche, mientras se quedaba dormido con el olor a sándalo impregnado en su almohada imaginaria, soñó con ojos verdes y manos grandes recorriendo su cuerpo, y no se sintió culpable en absoluto.


En la planta siete, en la habitación 704, Jude Bellingham estaba sentado al borde de la cama con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha. Su erección presionaba dolorosamente contra los pantalones de chándal, y su alfa interior rugía con una intensidad que no experimentaba desde la adolescencia.

—Jude, ¿estás bien? — preguntó su compañero de habitación, un beta llamado Lewis que ya se estaba poniendo el pijama.

—Sí. — Su voz sonó ronca —. Solo necesito una ducha.

Una ducha fría. Muy fría. Porque el aroma a vino dulce y moras de Gilberto Mora se le había pegado a la piel como un maldito hechizo, y no podía quitárselo de la cabeza. Esos ojos oscuros. Esa barbilla altiva. Esa forma de desafiarlo mientras su cuerpo delataba exactamente lo que quería, el slick empapándole los muslos, el aroma dulce invitándolo a probar.

Jude Bellingham no había llegado a la cima del fútbol mundial perdiendo el control por un omega, por muy hermoso y talentoso que fuera. Pero mientras el agua helada golpeaba su espalda, su mente ya estaba planeando cómo volver a encontrarlo. Porque ese omega no era como los demás. Ese omega le había plantado cara. Y Jude siempre había disfrutado de un buen desafío.

Siete días para el partido. Siete días compartiendo hotel.

Suficiente tiempo.

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