Capítulo 1
La luz del atardecer se filtraba débilmente a través de las cortinas polvorientas de la vieja casa de los Pevensie, tiñendo las habitaciones de un tono dorado melancólico. El aire estaba cargado de un olor familiar y opresivo: libros antiguos y madera envejecida.
Edmund Pevensie, con veinticuatro años y una fatiga que parecía incrustada en los huesos, como si hubiera vivido muchos años de los que se veía a simple vista, subió las escaleras por última vez. Cada escalón crujía bajo sus botas como si la casa misma protestara por ser abandonada. Sus manos, apenas marcadas por los pocos años de trabajo manual y noches de insomnio, se aferraban a la barandilla. Recordaba cuando subía esas mismas escaleras corriendo de niño, persiguiendo a Peter o huyendo del mal humor de Susan por unas de sus bromas.
Ahora todo era diferente.
Empujó la puerta de la habitación que había compartido con su hermano mayor durante toda su infancia. Las paredes, antes cubiertas de marcas de altura, posters descoloridos y recuerdos de risas, ahora estaban desnudas y frías. Solo quedaba las camas deshechas, un armario entreabierto con algunas perchas huérfanas y una caja de cartón marrón en el centro del cuarto, esperando como un ataúd para los restos de su niñez.
Edmund se detuvo frente a la mesita de noche. Sus dedos rozaron la última fotografía que quedaba: los cuatro hermanos sonriendo en el jardín trasero una tarde de verano, muchos años atrás. Peter con su porte orgulloso, Susan elegante, Lucy con su risa luminosa y él mismo, intentando ocultar la sonrisa que siempre llevaba dentro.
El pecho se le apretó.
—Edmund... —la voz suave de Lucy llegó desde el umbral de la puerta. Ella estaba allí, apoyada en el marco, observándolo con esa mezcla de ternura y preocupación que nunca había perdido, incluso después de todo lo que habían pasado—. ¿Necesitas ayuda? Puedo terminar yo si quieres.
Él levantó la vista y forzó una sonrisa débil que no llegó a sus ojos.
—No, Lu. Estoy terminando. Solo... necesito un momento más.
Lucy entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama que crujió bajo su peso. Se quedó mirando la caja a medio llenar, como si también ella estuviera recordando cada objeto que había guardado.
La casa se había vuelto demasiado grande para ellos dos. Demasiado grande y demasiado vacía. Habían pasado casi seis años desde la muerte de sus padres, pero el peso de esa ausencia aún se sentía en cada rincón.
Después de su muerte, habían intentado mantenerla; Lucy con sus clases y él con el trabajo, pero apenas les alcanzaba. Las cenas eran silenciosas, las noches se volvian una guerra muda en la que ninguno de los dos quería apagar las luces temprano... Como si dejar la casa a oscuras significara aceptar que ya no quedaba nadie más.
Lucy sonrió con tristeza.
Se habían apoyado el uno al otro estos últimos años. Cocinaban juntos aunque la comida les saliera mal, cuidaban el jardín aunque se murieran la mitad de las plantas, fingian que todo estaba bien cuando los vecinos preguntaban. Recordaron la primera Navidad solo ellos dos. Pusieron un árbol pequeño e intentaron cocinar el pavo como lo hacía la señora Pevensie, pero les salio seco y quemado. Terminaron por comer sándwiches en el sofá y viendo viejas películas.
Ninguno lloró esa noche, pero ambos sabían que el vacío era enorme.
—Esta casa ya no es un hogar, Lu. Es solo un lugar lleno de ecos—. Había dicho Edmund mirandola desde el centro de la mesa. Ella no había respondido, solo había asentido como si llevara rato pensando lo mismo.
Ya era hora .
—Ha pasado mucho tiempo... —dijo en voz baja, casi para sí misma.
Edmund suspiró y guardó la fotografía boca abajo sobre la mesita, sin querer mirar sus caras felices ni un segundo más. Lucy extendió la mano y apretó la de su hermano. Edmund se separo lentamente para empezar a guardar los últimos libros y una vieja chaqueta en la caja.
Lucy se levantó y lo ayudó a cerrar la caja con cinta adhesiva.
—Hay que darnos prisa.
Bajaron las escaleras juntos, cargando las maletas y la caja. Se detuvieron un momento en la entrada, mirando el salón vacío donde tantas veces habían jugado, discutido y reído de niños.
—Adiós, casa —susurró Lucy, con la voz ligeramente quebrada.
Edmund no dijo nada. Solo abrió la puerta principal. El aire fresco del exterior les golpeó el rostro como una liberación agridulce. Cerraron la puerta con llave por última vez y caminaron hacia el taxi que los llevaría a la estación.
Cuando el motor del coche arrancó, Lucy apretó su mano.
—Juntos —dijo ella.
—Juntos —respondió él.
...
El trayecto hasta la estación fue silencioso, pero cargado de pensamientos. Se subieron al tren que los llevaría lejos de la ciudad, hacia el campo, a la antigua casa del profesor Kirke. El lugar donde todo había comenzado años atrás con el armario y el mundo de Narnia. Ahora regresaban como adultos rotos, buscando un nuevo comienzo en el mismo sitio donde su aventura había iniciado. Les resultaba extraño volver allí después de tanto tiempo, pero era lo que Peter hubiera querido. Él la recibió cuando el profesor murió, y ahora... les tocaba a ellos.
Se sentaron uno frente al otro junto a la ventana. El tren empezó a moverse con un suave traqueteo. Edmund y Lucy miraban el paisaje que iba quedando atrás: las calles de la ciudad, los edificios grises, los árboles que comenzaban a ralear. Ya no había guerra en el mundo, pero el dolor personal seguía allí, más silencioso y persistente que cualquier bombardeo.
—Parece mentira que volvamos a esa casa —dijo Lucy después de un largo rato, mirando por la ventana—. Allí fue donde encontramos el armario... donde todo cambió para siempre.
Por un momento Lucy sintió el frío de la nieve bajo la palma de sus manos.
Edmund sonrió con amargura.
—Fui un idiota. —dijo el pelinegro con voz melancólica— Pero Narnia nos salvó de muchas formas.
El tren ganó velocidad. El paisaje se volvió más verde y ondulado. Edmund abrió su maletín y sacó un pequeño frasco de vidrio que guardaba con mucho cuidado. Dentro había una imagen delicada de un león rugiente, pintada con detalle exquisito. Lo agitó suavemente.
Cayeron copos de nieve dentro del frasco, danzando alrededor del león como si por un instante volviera a nevar en los bosques de Narnia. Bajo el frasco, grabadas con letra elegante y familiar, se leían las palabras:
Feliz Navidad, primo.
E.C.S.
A Edmund le dolió el pecho con fuerza. Cerró los ojos y apretó el frasco entre sus manos, recordando todas las pérdidas de los últimos años: sus padres, la distancia con el resto de la familia, el peso de ser el único hombre que quedaba para cuidar de Lucy. Todo lo que había perdido. La garganta se le cerró y los ojos le ardieron, pero no lloró. Guardó el frasco de nuevo en el maletín con manos temblorosas.
—Ed... —Lucy lo miró con preocupación.
—Estoy bien —mintió él—. Solo... recuerdos.
La tormenta que había comenzado afuera arreció. La lluvia golpeaba las ventanas del tren con furia creciente y el viento aullaba. Edmund apoyó la cabeza contra el cristal frío, intentando calmar la tormenta dentro de su pecho.
Entonces todo cambió.
La visión llegó borrosa al principio, como un reflejo distorsionado en agua turbia. Por un instante vio otra estancia oscura, muros de piedra antigua, antorchas temblorosas y una ventana alta azotada por la lluvia. A través de los ojos de alguien más apareció ella: una joven de cabellos negros largos y empapados, pegados a su rostro pálido. Tenía moretones oscuros en los pómulos y en el cuello, y sus ojos estaban llenos de una tristeza abismal, casi insoportable. Lo miraba directamente, como si suplicara algo que él no podía entender.
Un leve mareo lo invadió, más intenso que nunca. Su mente pareció deslizarse fuera de su cuerpo. De repente, ya no veía a través de sus propios ojos, sino a través de los de otra persona.
Estaba corriendo desesperadamente.
El lugar era extremadamente ruidoso: gritos furiosos resonando en corredores de piedra, voces que daban órdenes, el eco de pasos apresurados y pesados, el choque lejano de metal contra metal. La respiración de esa persona era agitada, entrecortada, llena de pánico. Corría por un pasillo oscuro y húmedo, huyendo de alguien -o de algo- que lo perseguía sin piedad. Sentía el miedo como propio, el corazón latiendo con fuerza, las piernas ardiendo por el esfuerzo. Una puerta se cerró de golpe detrás. Alguien gritó un nombre que Edmund no logró distinguir.
Parpadeó con fuerza, luchando por volver.
La visión desapareció abruptamente. Volvía a estar en el tren, con la lluvia golpeando el cristal y Lucy mirándolo alarmada.
—¿Edmund? ¿Qué pasa? Estás pálido. —dijo ella, inclinándose hacia adelante y tomándole la mano. Sus dedos estaban fríos—. ¿Ed...?
Edmund abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. El corazón aún le latía con fuerza por lo que acababa de experimentar. Lucy frunció el ceño, preocupada.
Un estruendo ensordecedor sacudió el vagón entero.
Fue como si el mundo se rompiera de golpe. Un impacto brutal desde el frente del tren, seguido de un chirrido metálico agónico que perforaba los oídos. El vagón se sacudió violentamente hacia un lado. Edmund fue lanzado contra la ventana, golpeándose la cabeza contra el cristal. Lucy gritó, cayendo sobre él.
El tren comenzó a descarrilarse.
El metal se retorcía con un lamento horrible, como si el propio acero estuviera sufriendo. Chispas volaban fuera de las ventanas mientras las ruedas se salían de las vías. El vagón se inclinó peligrosamente, y los pasajeros fueron arrojados como muñecos. Maletas caían de los portaequipajes, golpeando cabezas y hombros. Un niño lloraba a gritos en algún lugar cercano. Una mujer mayor gritaba pidiendo ayuda.
—¡Lucy! —gritó Edmund, intentando sujetarla.
La tomó con fuerza del brazo y la atrajo hacia sí, protegiéndola con su cuerpo mientras el vagón seguía sacudiéndose. El suelo se inclinó bruscamente. Vidrios estallaron en mil pedazos cuando una rama gruesa atravesó una ventana cercana. La lluvia entró con furia, mezclándose con el olor a metal quemado y tierra mojada.
El tren se deslizaba ahora fuera de control, arrancando postes y arbustos a su paso. Otro impacto fuerte —quizá contra un árbol o un segundo vagón— hizo que todo diera vueltas. Edmund sintió un dolor agudo en el costado cuando algo pesado lo golpeó. Lucy sollozaba contra su pecho, aferrándose a su chaqueta.
El vagón se volcó completamente. El mundo se volvió del revés. Edmund vio cómo los asientos se desprendían, cómo la gente caía y rodaba. Sintió el impacto seco cuando el vagón chocó contra el suelo embarrado fuera de las vías. Cristales llovían sobre ellos. Un trozo afilado le cortó la mejilla. La oscuridad comenzó a invadir los bordes de su visión.
En medio del estruendo, por un segundo fugaz, creyó ver algo más: la silueta borrosa de un león de pelaje dorado, observándolo desde algún lugar imposible entre el metal retorcido.
Luego, todo se volvió negro.
El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido. Solo quedaban gemidos débiles, el repiqueteo de la lluvia sobre el vagón volcado y el goteo lento de algún líquido —quizá combustible, quizá sangre—. Edmund flotaba en la inconsciencia, con el nombre de Lucy en los labios y la sensación de que, una vez más, los mundos se habían encontrado de la forma más dolorosa posible.
•••
¡Bienvenidos a está triste historia!
Está idea me ha venido rondando en la cabeza por varios años y por fin se plasmara en la realidad, así que prometo mucho aburrimiento y llanto.
Está no es una historia en la que aparecerá la típica salvadora que es superior a los protagonistas. Edmund es su propio salvador y luchará por su final feliz y el de los demás.
Habrá romance. Traiciones. Desamores. Perdidas. Pero sobre todo segundas oportunidades.
De todo corazón espero que les agrade mucho.
Que Aslan los acompañe.








