Regalo De Bodas. <<Kookmin>> by drippy at Inkitt
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regalo de bodas. <<KOOKMIN>>

Summary

Dicen que un matrimonio necesita una bendición para durar. Jimin nunca imaginó que la bendición vendría de su suegro, ni el precio que tendría que pagar por aceptarla. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: CONTENIDO SEXUAL DIFERENCIA DE EDAD RELACION SUEGRO-NUERO MANIPUL4CIO0N PS1C0LOG1C4‼️ INFIDEL1D4D‼️ ABUS0 DE P0D3R‼️ Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY CERII

Genre
Erotica
Author
drippy
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter


⚠️ advertencia: contiene relaciones tóxicas, manipulación y otras temáticas sensibles.

lee bajo tu responsabilidad.




La música suave y el murmullo de las voces llenaban el jardín. Las luces colgantes brillaban sobre las mesas decoradas con flores blancas. 

Era la boda de Soobin, el hijo de Jungkook, y Jimin, su novio de los últimos tres años. 

Todo era perfecto, hermoso, como sacado de un cuento de hadas.

Jimin, con su vestido blanco de encaje, sonreía hasta que le dolían los pómulos. Pero por dentro, un nudo de ansiedad se apretaba en su estómago. 

No era por el matrimonio. Amaba a Soobin, un chico dulce y amable. 

Era por él. 

Por Jungkook. 

Su suegro.

Desde el momento en que lo conoció, Jimin supo que Jungkook era diferente. A sus 48 años, llevaba la edad con una elegancia que quitaba el aliento. No era solo un hombre atractivo; tenía una presencia que llenaba la habitación. Cabello negro con algunas canas que lo hacían ver distinguido, ojos oscuros que parecían ver todo, y un cuerpo que delataba que aún se mantenía en forma. Pero sobre todo, tenía una manera de mirarlo que hacía que la sangre le corriera más rápido.

Esa mirada lo perseguía ahora, a través del jardín. Mientras bailaba con Soobin, podía sentirlo. Jungkook estaba junto a la barra, con un traje negro impecable que se ajustaba a sus hombros anchos, observándolo con una copa de whisky en la mano. No sonreía. Solo observaba.

La recepción estaba llegando a su fin. 

Soobin, un poco borracho y muy feliz, estaba rodeado de sus amigos. 

Jimin se escabulló hacia el interior de la casa, buscando un momento de tranquilidad. Entró en el estudio de Jungkook, una habitación con estanterías de madera oscura y olor a cuero y tabaco caro.

Respiró hondo, apoyándose en el gran escritorio. El vestido era pesado. La felicidad era agotadora.

—Huyendo de tu propia fiesta, nuero.

La voz, grave y serena, le hizo dar un vuelco. Jungkook estaba en la puerta, apoyado en el marco, con su copa todavía en la mano. Había cerrado la puerta a sus espaldas.

—Solo… un momento de aire —dijo Jimin, tratando de sonar normal.

Jungkook entró, dejando la copa en una mesa auxiliar. El sonido del tacón de sus zapatos contra el piso de madera era lento.

—Has estado precioso hoy —dijo, deteniéndose frente a él. Estaba tan cerca que podía oler su perfume, algo amaderado y caro. —Mi hijo es un hombre muy afortunado.

—Gracias —murmuró Jimin, bajando la mirada. Sus manos temblaban ligeramente.

—Pero el matrimonio —continuó él, como si no la hubiera oído— es una cosa frágil. Se necesita más que amor para que dure. Se necesita… suerte. Bendición.

Jimin levantó la vista, confundido. Sus ojos se encontraron con los de él. Oscuros, intensos, impenetrables.

—Yo puedo darle esa bendición a Soobin —dijo Jungkook, su voz bajando a un susurro. —Puedo asegurarme de que sea un hombre feliz, un marido satisfecho. De que nunca le falte nada a ustedes. De que este amor… dure.

—¿Y… cómo haría eso? —preguntó Jimin, aunque una parte dentro de él ya sabía la respuesta. Un calor peligroso comenzaba a extenderse por su vientre.

Jungkook dio un paso más. Ahora solo centímetros los separaban. 

Él levantó una mano y con el dorso de sus dedos acarició su mejilla. Jimin contuvo la respiración.

—Hay una tradición antigua —mintió Jungkook, su voz suave como la seda. —Una bendición de sangre y deseo. Si el padre del novio… comparte un momento íntimo con su esposo… le da su fuerza, su experiencia. Le pasa la antorcha, por así decirlo. Asegura fertilidad, pasión duradera.

Jimin sintió que las piernas le flaqueaban. 

—Eso es… eso es una locura. No es verdad.

—¿No? —preguntó él, y una sonrisa pequeña y peligrosa jugó en sus labios. —Mira, Jimin. Soobin es un buen chico. Dulce. Pero es joven. Inexperto. —Su mano bajó desde su mejilla hasta su cuello, luego hasta el escote de su vestido. —Un matrimonio necesita fuego para no apagarse. Yo puedo encender ese fuego en ti. Para él.

Su dedo rozó la parte superior de sus tetas, expuestas por el corsé del vestido. Jimin tembló. Un jadeo escapó de sus labios.

—No —logró decir, pero su voz sonaba débil, sin convicción.

—Solo un roce —susurró él, acercando sus labios a su oreja. Su aliento era cálido. —Mi cuerpo contra el tuyo. Mi… fuerza, contra tu pureza. Es todo. Un ritual. El mejor regalo de bodas que puedo darles.

—Soobin… nunca…

—Soobin nunca lo sabrá —cortó Jungkook, su voz firme. —Es nuestro secreto. Un secreto que te hará gemir por él en la cama durante años. Que te hará el esposo más ardiente. ¿No quieres eso para él? ¿Para tu matrimonio?

Jimin estaba atrapado. Atrapado por su mirada, por sus palabras venenosas y seductoras, por el calor de su mano tan cerca de su piel. Y por algo más: un deseo profundo, oscuro, que había enterrado desde que lo conoció. 

Jungkook era todo lo que Soobin no era: seguro, dominante, peligrosamente masculino.

Miró hacia abajo. El traje negro impecable. Su propio vestido blanco de novia, virginal. 

El contraste lo excitó de una manera que lo avergonzó.

Jungkook vio la duda en sus ojos. Vio el deseo que empezaba a ganar la batalla al miedo. Sin decir una palabra, tomó su mano y lo guió. No hacia el sofá, ni hacia el escritorio. Lo guió suavemente hasta colocarlo de espaldas contra las estanterías, su cuerpo aprisionado entre la madera y él.

Con la otra mano, levantó lentamente el voluminoso faldón de su vestido de novia. 

La seda y el tul hicieron un sonido suave. 

El aire frío del estudio tocó sus piernas desnudas. Jimin cerró los ojos, su corazón latía como un tambor.

—Solo un roce —repitió él, su voz ahora ronca. —Para la buena suerte.

Jimin sintió la presión de su cuerpo contra el suyo. A través de las capas de tela de su vestido y del traje de él, podía sentir su calor. Luego, la presión se volvió más específica. Más dura.

Jungkook se ajustó, moviendo sus caderas. Y entonces, Jimin lo sintió. La gruesa, larga y dura verga, evidencia de su excitación, presionando contra el delgado satén de sus bragas. No estaba completamente desnudo, no lo penetraba, pero la presión de su verga contra su coño a través de la tela era increíblemente íntima, real.

Un gemido se le escapó. No pudo evitarlo. Su cuerpo, traicionero, respondió al instante. Una oleada de calor húmedo lo empapó, manchando la tela de sus bragas y, sin duda, el pantalón del traje de su ahora suegro.

—Ah —exhaló Jungkook, un sonido de pura satisfacción. —Mira nada más. Ya estás bendiciendo el matrimonio, mi bello nuero.

Comenzó a moverse. Frotándose contra Jimin con movimientos lentos, circulares. El roce de la tela de su pantalón contra su clítoris sensible a través de la seda húmeda era una tortura exquisita. 

Jimin jadeó, su cabeza cayó hacia atrás contra los lomos de los libros. Sus manos, sin saber qué hacer, se aferraron a los brazos de él.

—Eso es —murmuró él contra su cuello, oliendo su perfume. —Déjate llevar. Es por el bien de Soobin. Por tu felicidad.

Sus palabras eran perversas, pero combinadas con el movimiento insistente de sus caderas, eran irresistibles. 

Jimin sintió que el placer se acumulaba, rápido y traicionero. No era solo el roce físico. Era la locura de la situación. Su vestido de novia. Su suegro. El riesgo de que alguien entrara. La promesa de un secreto que lo ataría a este hombre para siempre.

—¿Vas a venirte? —preguntó él, mordiendo suavemente su lóbulo. —¿Vas a venirte en tu vestido de novia, frotándote contra el pene de tu suegro? Qué esposo tan devoto serás.

Esa frase, tan cruda, fue el detonante. Jimin gritó, un sonido ahogado que se convirtió en un gemido largo y tembloroso. 

Un orgasmo violento lo sacudió, haciéndolo estremecerse contra él, su cuerpo arqueándose mientras las olas de placer lo recorrían. Apretó las piernas alrededor de su muslo, frotándose contra él sin control, manchando su vestido y su traje con su deseo.

Jungkook lo sostuvo, sus movimientos se detuvieron, dejando que temblara contra él. Cuando los últimos espasmos pasaron, él se separó solo un poco. Sus ojos oscuros brillaban, triunfantes.

—Mira —dijo, su voz áspera. Con un dedo, tocó la mancha húmeda y cálida en el frente de su pantalón de traje. —Tu bendición.

Jimin, jadeando, cubierto de sudor y vergüenza y placer, solo podía mirarlo.

—Ahora —dijo Jungkook, arreglando su traje con una calma obscena—, ve con tu marido. Sonríe. Sé el novio perfecto. —Se inclinó y le dio un beso suave en la frente, un beso de suegro. —Y recuerda… cada vez que estés con él en esa cama, esto será nuestro secreto. El regalo que le diste a tu matrimonio… frotándote como una perra contra mí.

Le bajó el vestido, arreglándolo con manos expertas como si nada hubiera pasado. 

Luego, dio un paso atrás, recogió su copa de whisky y tomó un sorbo, mirándolo por encima del borde.

Jimin se enderezó, sus piernas aún temblorosas. Se ajustó el pelo, tratando de recuperar el aliento. Sin decir una palabra, salió del estudio tambaleándose.

En el jardín, la música seguía sonando. Soobin lo vio y corrió hacia él, su rostro iluminado por una sonrisa ebria y amorosa.

—¡Ahí estás! ¡Te extrañé! —lo abrazó, oliendo a champán y felicidad.

Jimin lo abrazó de vuelta, enterrando su cara en su cuello. Sobre el hombro de él, a través de las puertas de vidrio del estudio, pudo ver la figura oscura de Jungkook. Él levantó su copa en un brindis silencioso, solo para él.

Y Jimin supo, con un escalofrío que recorrió su espina dorsal, que su matrimonio había comenzado con una mentira. Y que el hombre que lo había bendecido de la manera más profana sería una sombra en su cama para siempre. 

Un secreto húmedo y caliente entre sus piernas cada vez que su marido lo tocara. 

El mejor, y más perverso, regalo de bodas.


Un mes después.

La lluvia golpeaba las ventanas del apartamento de Jimin y Soobin. 

Era un sonido constante, algo gris igual que el estado de ánimo de Jimin. 

Soobin estaba en el turno de noche en el hospital, otra vez. 

La casa, limpia y ordenada, olía a soledad y a la cena para una sola persona que se estaba enfriando en la mesa.

El timbre sonó, un zumbido eléctrico que lo hizo saltar. No esperaba a nadie. Miró por la mirilla y el aire se le atascó en los pulmones.

Era Jungkook.

Estaba empapado. Las gotas de lluvia brillaban en su cabello negro, en los hombros de su abrigo de lana oscura. No sonreía. Sostenía una botella de vino tinto en una mano.

Jimin abrió la puerta, su corazón latiendo como un pájaro enjaulado.

—¿Qué… qué haces aquí? Soobin no está.

—Lo sé —dijo él, su voz grave cortando el sonido de la lluvia. —Vine a ver a mi nuero. A ver cómo está… su matrimonio.

Sin esperar una invitación, pasó a su lado, dejando un rastro de agua fría y su perfume en el aire. Cerró la puerta a sus espaldas. Se quitó el abrigo empapado y lo colgó con naturalidad, como si fuera su casa.

—Huele a soledad aquí —observó, sus ojos oscuros escaneando la habitación ordenada, la mesa para uno.

—Estoy bien —mintió Jimin, cruzando los brazos sobre su suéter holgado. —Soobin trabaja mucho. Es normal.

—¿Normal? —Jungkook caminó hacia la mesa de la cocina, dejando la botella sobre el mármol con un golpe. —¿Cuántas noches ha estado él realmente aquí, Jimin? ¿Cuántas veces te ha hecho gritar mi nombre en esa cama?

—¡No digas eso! —su voz tembló de rabia y vergüenza.

—¿Por qué no? —Se acercó a él, lento, implacable. La lluvia en sus pestañas hacía que sus ojos parecieran aún más profundos. —Es la verdad, ¿no? Cada vez que él te toca, piensas en mí. En mi regalo.

—Fue un error —susurró Jimin, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared fría.

—Fue un pacto —lo corrigió él, ahora a solo un paso de distancia. —Y tú has estado fallando. El matrimonio se está apagando, Jimin. Lo veo en tus ojos. Lo siento en el aire de esta casa. Mi hijo te da techo y anillos, pero no fuego. Y el fuego… el fuego te lo di yo.

Su mano se alzó y le acarició la mejilla. 

Jimin cerró los ojos, un temblor recorriéndole la espina dorsal.

—Por favor, vete.

—No —la palabra fue simple, final. —No hasta que renueves el contrato. Hasta que aceptes tu regalo… completo.

—¿Completo? —preguntó, abriendo los ojos. En ellos había miedo, pero también, en lo más profundo, una chispa de esa curiosidad oscura que lo consumía.

—La última vez solo fue un roce. Un anticipo —su pulgar pasó por su labio inferior. —La bendición de bodas no se completa hasta que el suegro… consuma el matrimonio. Hasta que posea lo que bendijo.

Jimin sintió que las piernas le flaqueaban. 

—¿Estás loco?

—Estoy decidido —dijo él. Y entonces su otra mano bajó y le agarró la entrepierna a través del pantalón de pijama de algodón.

Jimin jadeó, un sonido agudo y sorprendido. Su cuerpo, traicionero, respondió al instante. Un calor húmedo empapó la tela delgada.

—Mira —murmuró Jungkook con una sonrisa de triunfo. —Tu cuerpo lo recuerda. Lo extraña. Te has estado tocando solo por las noches, ¿verdad? Pensando en esa presión contra tu coño a través del vestido. Pero los dedos no son suficientes. Necesitas la bendición completa.

Sin soltarlo, lo guió, caminando hacia atrás, hacia el dormitorio principal. 

La cama matrimonial, perfectamente hecha, los retratos de la boda en la mesilla de noche.

—No aquí —suplicó Jimin, mirando la cama que compartía con Soobin. —No en su cama.

—Especialmente aquí —gruñó Jungkook, su voz ahora áspera de deseo. —Aquí es donde tiene que quedar marcado. Donde cada vez que te acuestes con él, el fantasma de mi verga esté entre ustedes.

Lo empujó suavemente sobre el borde de la cama. Jimin cayó sentado, mirándolo con los ojos muy abiertos mientras Jungkook se desabrochaba el cinturón con movimientos lentos y seguros.

—Levanta las caderas —ordenó.

Jimin, como en un trance, obedeció. Él le agarró el pantalón de pijama y las bragas y se los bajó de una vez, dejándolas alrededor de sus tobillos. El aire frío de la habitación le erizó la piel desnuda. 

Jungkook se arrodilló frente a él, entre sus piernas abiertas.

—Primero, el sello —dijo.

Y hundió su cara.

Su boca no fue suave. Fue hambrienta, exigente. Su lengua no jugó, invadió. Lamió toda su longitud, de arriba a abajo, luego se enfocó en su clítoris, chupándolo con una fuerza que hizo que Jimin gritara y se aferrara a las sábanas. Luego, sus dedos se unieron. Dos, luego tres, entrando y saliendo con un ritmo rápido y profundo, doblando su cuerpo hacia adelante con cada empuje.

—¡Jungkook! —gritó, ya sin poder contenerlo.

—¡Dilo! —ordenó él, apartando la boca por un segundo, sus dedos no se detenían. —¡Dime para quién es este coño!

—¡Para ti! —lloriqueó, el orgasmo estallando de manera brutal, el placer que lo sacudió mientras sus jugos mojaban la cara y la mano de él.

Jungkook se levantó, su propio pantalón ya abierto, su verge larga y gruesa en su mano. Empujó a Jimin hacia atrás sobre la cama, sobre la colcha de plumas que él había elegado con Soobin.

—Ahora —jadeó, colocándose entre sus piernas todavía temblorosas. —La consumación.

Y lo penetró.

Esta vez no había tela de por medio. Era carne contra carne, una invasión total, profunda, que le arrancó un grito desgarrador. Jungkook era más grande que Soobin, mucho más grande, y llenaba cada espacio, cada rincón que había estado vacío y seco durante un mes.

—Dios… es tuyo —gruñó Jungkook, empezando a moverse. —Todo tuyo. Este calor… esta estrechez… es mi regalo. Yo lo puse aquí.

Jimin gritaba, sus uñas se clavaban en su espalda a través de la camisa. Era doloroso, era demasiado, era exactamente lo que su cuerpo había estado anhelando. La intensidad cruda, la posesión absoluta.

—¿Te gusta? ¿Te gusta que tu suegro te folle en la cama de tu marido? —le susurró al oído, cambiando el ángulo para golpear un punto que lo hizo ver blanco.

—¡Sí! —gritó, ya sin filtro, sin moral. —¡Más fuerte!

Él obedeció. Lo folló con una furia controlada, el sonido de sus cuerpos chocando era obsceno en la habitación silenciosa. 

Jimin se corrió otra vez, un orgasmo más profundo, que lo hizo llorar de pura liberación.

Jungkook lo siguió, con un gruñido gutural, se corrió dentro de su coño con sacudidas largas y potentes, llenándolo con su "bendición" de la manera más definitiva posible.

Se derrumbó, su respiración agitada era lo único que se escuchaba junto a la lluvia.

—Ahora —murmuró contra su cuello, después de un largo minuto. —Ahora el matrimonio está completo. Bendecido y consumado.

Se separó. Se vistió con la misma calma con la que había llegado. 

Jimin yacía en la cama, hecho un lío, sintiendo el semen escapar de su interior y manchando las sábanas de su cama matrimonial.

Jungkook tomó la botella de vino de la cocina y la dejó sobre la mesilla de noche, al lado de la foto de la boda.

—Para celebrar —dijo. En la puerta, volteó a verlo. —Él volverá a las 7 AM. Tienes tiempo de lavar las sábanas… y de recordar. El regalo está dentro de ti ahora. Para siempre.

Se fue, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Jimin se quedó mirando el techo, la lluvia golpeando el cristal. Luego, lentamente, llevó sus dedos a su coño, todavía palpitante y lleno de él. 

Los olió. A Jungkook. A su secreto. A la promesa perversa que ahora era más real que su anillo de bodas.

Sonrió, una sonrisa cansada y culpable, mientras el calor del semen de su suegro seguía ardiendo en lo más profundo de su vientre. 

El mejor regalo de bodas, efectivamente, era el que seguía dando.

Seis meses después.

El test de embarazo tenía dos líneas azules inconfundibles, sobre el lavabo de mármol. 

Jimin lo miraba, sosteniéndose en el borde para no caerse. No era miedo lo que sentía. Era un vértigo extraño, una quietud profunda.

Seis meses del "regalo" de Jungkook. 

Seis meses teniendo encuentros sexuales cuando Soobin trabajaba, de llamadas en las que su suegro solo preguntaba "¿Ya vino tu periodo?", de sus manos posesivas sobre su vientre cada vez más plano, como si estuviera sembrando algo.

Y ahora, esto.

La puerta del baño se abrió de golpe. 

Soobin, con su bata de médico todavía puesta, lo miró con ojos preocupados.

—¿Amor? ¿Estás bien? Llevas media hora aquí… —Su mirada bajó al test sobre el lavabo. Se congeló. El aire se espesó. —¿Es… es tuyo?

—Sí —logró decir Jimin, su voz un hilo.

La cara de Soobin se iluminó como un sol. —¡Dios mío! ¡Es increíble! —Lo levantó en un abrazo que lo hizo girar, riendo con lágrimas en los ojos. —¡Vamos a ser padres! ¡Tengo que llamar a mi papá! ¡Él va a…

—¡No! —la palabra salió de Jimin más fuerte de lo que pretendía. Soobin lo soltó, confundido.

—¿Qué pasa? Estará feliz. Es su primer nieto.

—Es que… es que quiero que sea nuestra sorpresa —improvisó Jimin, el pánico mordiéndole el estómago. —Por unos días. Solo nosotros.

Soobin, inocente y desbordado de felicidad, asintió. —Tienes razón. Nuestro secreto. Por unos días.

Pero los secretos, como los embarazos, tienen una manera de hacerse visibles.

Semanas después.

Soobin había conseguido el día libre. Una sorpresa. Quería llevar a Jimin a una cena romántica para celebrar, aunque él aún no le había permitido contarle a nadie, especialmente a Jungkook. 

Llegó a casa al mediodía, con flores y una sonrisa de oreja a oreja.

El apartamento estaba en silencio. Demasiado silencio.

—¿Jimin? ¡Cariño, estoy en casa!

Ninguna respuesta. 

Pensó que tal vez estaba durmiendo, agotado por las náuseas matutinas. 

Caminó hacia el dormitorio. 

La puerta estaba entreabierta.

Y entonces, los oyó.

Eran gemidos. Los gemidos de Jimin. Pero no eran los tímidos, no eran gemidos que él conocía. Eran guturales, desesperados, salvajes. Y entre ellos, una voz masculina, grave y ronca, susurrando cosas que hicieron que la sangre de Soobin se helara en sus venas.

"—¿Te gusta que te folle estando embarazado de mi? ¿Que mi nieto sienta cómo lo pongo en su lugar?"

Soobin empujó la puerta, tan despacio que no hizo ruido.

La escena en la cama matrimonial le arrancó el alma.

Jimin estaba de rodillas, su espalda arqueada, su pequeño vientre ya ligeramente redondeado presionado contra las sábanas. 

Detrás de él, moviéndose con una ferocidad animal, estaba su padre. Jungkook. Desnudo. Sudoroso. 

Sus manos grandes agarraban las caderas de Jimin con tanta fuerza que dejaban marcas rojas. Cada embestida era brutal, profunda, y Jimin gritaba por ello, su cara enterrada en una almohada que no lograba ahogar sus sonidos.

—¡Sí! ¡Más! ¡Por ahí! —gritaba Jimin, una voz que Soobin nunca le había oído.

—Dime de quién es —gruñó Jungkook, deteniéndose por un segundo, hundido hasta el fondo en él.

—¡Tuyo! —gritó Jimin, sin dudar. —¡El bebé es tuyo, es todo tuyo!

Soobin no gritó. No dijo una palabra. Un silencio mortal se apoderó de él. Dio un paso atrás, luego otro. Su pie golpeó el marco de la puerta.

El ruido hizo que los dos cuerpos en la cama se congelaran.

Jungkook fue el primero en voltear. Sus ojos, todavía vidriosos por el placer, se encontraron con los de su hijo. 

No hubo sorpresa. No hubo pánico. 

Solo una aceptación fría, y en lo más profundo, un destello de triunfo perverso.

Jimin se dio la vuelta, su rostro empapado en sudor y lágrimas de placer se transformó en una máscara de horror puro. —¡Soobin! ¡No…!

Pero Soobin ya se estaba yendo. Caminó de forma automática hacia la cocina. Oyó los movimientos apresurados detrás de él, el sonido de la ropa siendo puesta a toda prisa.

Cuando Jungkook salió al salón, ya vestido con la misma calma con la que hacía todo.

Soobin estaba de pie junto a la ventana, mirando la calle sin ver nada.

—Hijo —empezó Jungkook, ajustándose el reloj.

—Sal —dijo Soobin, su voz no era la suya. Era plana, muerta. —Sal de mi casa. Ahora.

Jungkook lo miró por un largo momento, luego asintió, como si acabaran de cerrar un trato. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, volteó a verlo: —Cuídalo bien. A los dos.

Y se fue.

Jimin apareció en la entrada del pasillo, envuelto en una sábana, temblando.

—Soobin, por favor, puedo explicar…

—¿Explicar qué? —preguntó él, sin voltear. —¿Que mi padre te ha estado cogiendo en mi cama? ¿Que el bebé… que mi hijo…? —La palabra se atascó en su garganta.

—¡No sabe si es tuyo! —gritó Jimin, desesperado. —¡Podría ser tuyo!

Soobin por fin se dio la vuelta. Sus ojos, siempre tan dulces, estaban vacíos.

—Pero no lo es, ¿verdad? Lo sabes. Lo sentiste. Por eso no me dejaste contarle. Por eso ese… ese brillo en tus ojos últimamente. No era por mí. Era por él.

—Te amo a ti —lloró Jimin, pero las palabras sonaron huecas, manchadas por el recuerdo fresco de sus propios gritos de placer para otro hombre.

—No —dijo Soobin, y fue la palabra más triste que Jimin había escuchado. —Amas lo que él te hace sentir. La obsesión. El peligro. La mierda que él te metió en la cabeza. —Caminó hacia la mesa, tomó las flores que había traído y, con una calma espeluznante, las arrojó a la basura. —El divorcio será rápido. No quiero nada. Solo quiero que se vayan. Los dos. Lejos de mí.

—¡No puedes hacerme esto! ¡Estoy embarazado! —gritó Jimin, aferrándose a la única carta que le quedaba.

Soobin lo miró, y por primera vez, su mirada se posó en su vientre pequeño bajo la sábana. Una mueca de dolor y asco distorsionó su rostro.

—Ese niño —dijo, cada palabra pesaba una tonelada— lleva el nombre de mi padre. Ya nunca será mío. —Tomó las llaves del gancho y caminó hacia la puerta. —Los papeles llegarán. No vuelvas a contactarme.

—¡Soobin, por favor! —su grito fue desgarrador.

Él se detuvo en la puerta, sin voltear.

—Dile a mi padre que su regalo de bodas fue perfecto. Me arruinó la vida.

La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.

Jimin se derrumbó en el suelo de la cocina, la sábana sucia todavía envolviéndolo, el olor a sexo y a Jungkook impregnándolo todo. 

Puso una mano sobre su vientre. Dentro, la vida que crecía era un misterio. Un secreto entre él y el hombre que había convertido su matrimonio en una mentira desde el primer día.

Afuera, la lluvia empezó a caer de nuevo, limpiando las calles pero sin poder limpiar la mancha que ahora cubría su vida. 

El departamento de Jimin estaba vacío. 

No solo de muebles, sino de vida. 

Las cajas apiladas cerca de la puerta eran el último testimonio de un matrimonio que nunca fue real. 

Soobin había sido rápido y despiadadamente eficiente con el divorcio. 

No hubo gritos, ni peleas por bienes. Solo un silencio sepulcral y papeles firmados por un abogado. 

Soobin se mudó, dejando solo el rastro su decepción entre las paredes.

Jimin estaba sentado en el piso desnudo, apoyado contra una caja marcada "ROPA DE BEBÉ". 

Su pequeño bulto ya era evidente bajo su camiseta holgada. En su mano, el último mensaje de Soobin, leído mil veces: "La prueba de paternidad se hará después del nacimiento. Hasta entonces, no existes para mí."

El timbre sonó, dos toques secos y autoritarios. No necesitaba mirar para saber quién era. Solo una persona lo visitaba.

Abrió. 

Jungkook estaba allí, impecable como siempre. Traje gris, sin una arruga. Llevaba una maleta pequeña y elegante.

—¿Listo? —preguntó, sin preámbulos.

—¿Para qué? —su voz sonó apagada, sin fuerza.

—Para mudarte. Conmigo. —Entró, cerrando la puerta. Su mirada recorrió las cajas, el vacío, y finalmente se posó en su vientre. Una chispa de algo oscuro y satisfecho brilló en sus ojos. —El nido está listo.

—Yo no…

—No tienes opción —cortó él, su voz era suave pero de acero. —¿O prefieres parir sola en un motel, sin seguro, sin nadie que reconozca a este niño? Soobin ya no te tocará ni con un palo. Yo sí. Yo lo haré todo.

"Yo lo haré todo"

Esas palabras resonaron en el silencio del apartamento vacío. 

Jimin lo miró. Ese hombre había desgarrado su vida, lo había embarazado, había robado a su marido y ahora era la única tabla de salvación. 

La ironía era tan amarga que le provocó náuseas.

—¿Por qué? —susurró. —¿Por qué hiciste todo esto?

Jungkook se acercó, dejando la maleta en el suelo. Le levantó la barbilla con un dedo.

—Porque desde el día que mi hijo te llevó a cenar y tú me sonreíste con esa timidez falsa, supe que eras mío. No de él. Mío. —Su pulgar pasó por su labio inferior. —Él solo fue el puente. El matrimonio solo fue el papel necesario. La bendición fue la excusa perfecta. Todo para llegar a esto. A ti, embarazado, solo y completamente mío.

Le tomó la mano y la puso sobre su propio vientre.

—Esto es mío. Tú eres mío. Y ahora, vamos a casa.

La "casa" era un penthouse en la parte más exclusiva de la ciudad. 

No había fotos de Soobin. No había recuerdos de una vida pasada. 

Era el territorio de Jungkook, desde el sofá de cuero negro hasta las vistas panorámicas.

Esa primera noche, después de que los sirvientes dejaron las cajas en la suite principal, una habitación más grande que su antiguo apartamento. 

Jungkook entró al baño mientras se duchaba. No dijo nada. Simplemente abrió la puerta de la ducha de vapor. 

El vapor lo envolvió, empapando su camisa blanca fina hasta volverla transparente contra su torso. Jimin, desnudo y vulnerable bajo el agua, se cubrió instintivamente.

—Quita las manos —ordenó él.

Jimin, temblando, bajó los brazos. Su cuerpo embarazado de cuatro meses estaba expuesto, las tetas más rellenitas, el vientre redondeado, las estrías rosadas empezando a aparecer en sus caderas.

Jungkook lo miró como un coleccionista observa su pieza más preciada. 

Luego, se quitó la camisa empapada y los pantalones. Entró en la ducha con él.

—Estás hermoso. —murmuró, sus manos no fueron a su vientre primero. Fueron a su cuello, a sus hombros, recorriendo su cuerpo como reclamando cada centímetro. —Más que nunca.

Su boca encontró la de Jimin en un beso que no era de pasión, sino de propiedad. Luego, bajó. Se arrodilló en el suelo de la ducha, el agua caliente cayendo sobre su espalda, y puso sus labios en el pequeño bulto de su vientre.

—Hola —susurró, su voz grave vibró contra su piel. —Soy tu papá. El único que importa.

Jimin sintió que las lágrimas se mezclaban con el agua de la ducha. 

Jungkook no se detuvo allí. Sus besos bajaron, más allá del vientre, hasta encontrar su coño. Su lengua no buscó dar placer esa vez. Buscó marcar. Lamió, chupó, mordisqueó con una intensidad que era pura posesión, hasta que Jimin gritó, no de placer, sino de una rendición total y devastadora.

Él se levantó, su erección dura presionando contra su muslo.

—Ahora —dijo, alzándolo con una fuerza que lo dejó sin aliento. Lo apoyó contra la pared fría de la ducha, sus piernas alrededor de su cintura. —Ahora, donde mi hijo te dejó vacío, yo te lleno.

Y lo penetró, allí, bajo el agua que caía. No fue rápido. Fue lento, profundo, increíblemente posesivo. Cada centímetro de su pene dentro de él era un recordatorio: este era su lugar. 

Este era su cuerpo. Este era su hijo.

—Repítelo —jadeó Jungkook, moviéndose con una cadencia que lo hacía sentir desgarrado y completo al mismo tiempo.

—¡Soy tuya! —gritó Jimin, aferrándose a sus hombros.

—¡El bebé es mío!

—¡El bebé es tuyo!

—¡Y nadie más te tocará jamás!

—¡Nadie más!

El orgasmo lo golpeó entonces, un espasmo profundo que venía de su vientre, del lugar donde crecía la vida que los unía de la manera más retorcida. 

Jungkook se corrió después, derramándose dentro con un gruñido que era puro triunfo, llenándolo una vez más con su semen.

Después, lo secó con una toalla suave, lo vistió con una bata de seda que olía a él, y lo llevó a la cama enorme. 

Se acostó a su lado, una mano siempre sobre su vientre, como un guardián, un dueño.

—Mañana —dijo en la oscuridad—, empezaremos los trámites. Cambiarás tu apellido al mío. El bebé llevará mi nombre. Legalmente, serás mi esposo antes de que nazca.

Jimin lo miró, sus ojos secos ya de llorar.

—¿Tu esposo? Pero… tú eres…

—Tu suegro —terminó él la frase, una sonrisa pequeña y perversa en sus labios. —Era. Ahora soy el padre de tu hijo. Y pronto, tu marido. Las leyes se pueden torcer, Jimin. Con dinero y determinación, todo es posible. La sociedad murmurarará, pero nos rodeararemos de tanto poder que sus murmullos no llegarán hasta nosotros.

Jimin sintió un último destello de resistencia: —Y si me niego.

Jungkook se giró hacia él, sus ojos brillando en la penumbre.

—Entonces te desvaneces. Tú y el bebé. Sin recursos, sin nombre, sin nadie que te busque. Soobin ya te borró. Yo soy el único hilo que te mantiene atado a este mundo. —Su mano se apretó suavemente sobre su vientre. —Y a él. ¿Prefieres que nazca en la oscuridad, o con mi nombre y mi fortuna a sus pies?

No era una pregunta. 

Era la última pieza del tablero siendo colocada. 

Jimin cerró los ojos. Vio la cara rota de Soobin. Sintió el vacío del apartamento. Sintió la vida pateando suavemente dentro de su vientre, una vida que ya estaba condenada a llevar el sello de este hombre.

—Está bien —susurró. —Lo que tú digas.

Jungkook lo atrajo hacia sí, satisfecho.

—Eso es mi buen niño. —Lo besó en la frente. —Duerme. Mañana empieza tu nueva vida. La vida para la que siempre estuviste destinado.

Y mientras Jimin se dormía, exhausto, con el peso de su mano sobre su vientre, supo que el "regalo de bodas" había llegado a su conclusión final. 

Jungkook no había querido solo romper su matrimonio. 

Había querido rehacer su universo entero a su imagen. 

Y lo había logrado. Ahora, él, su hijo por nacer, y el fantasma del hombre que una vez fue su esposo, eran todos, propiedad de Jungkook. 

El regalo perfecto. 

Para él.

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