1 El regreso de Stiles
El aire de Beacon Hills siempre había tenido un matiz extraño, pero esa mañana de otoño se sentía diferente. No era una simple variación meteorológica; era una vibración densa y sutil, casi eléctrica, que hacía que los vellos del cuello de Liam Dunbar se erizaran sin razón aparente.
Apoyado contra la hilera metálica de los casilleros del instituto, Liam intentaba mantener la mirada fija en el rostro de Hayden. Ella hablaba sobre el horario del entrenamiento de lacrosse, los exámenes finales de química y la necesidad de organizar una salida los dos solos el fin de semana. Sin embargo, las palabras de su novia llegaban a sus oídos como si estuviera sumergido bajo el agua.
—Liam, ¿me estás escuchando siquiera? —preguntó Hayden, haciendo una pausa y cruzándose de brazos. Sus ojos oscuros lo examinaban con esa perspicacia que a él solía encantarle, pero que en ese instante lo hacía sentir acorralado.
—Sí, claro que sí... —mintió Liam, sacudiendo la cabeza y forzando una sonrisa rápida—. Hablabas del examen del viernes y de la práctica de tiros. Lo siento, solo... no he dormido bien.
—Has estado distraído toda la semana —observó ella, dando un paso hacia él y acomodándole la solapa de la chaqueta con cariño—. Desde que Scott mencionó en la clínica que él regresaría hoy.
Liam tragó saliva con cierta dificultad. "Él" no era otro que Stiles Stilinski.
Pero ya nadie en la ciudad recordaba al Stiles de antes: aquel chico humano, hiperactivo, torpe, que corría tras la manada con un bate de béisbol de aluminio y una inteligencia deductiva brillante. Durante la última gran crisis que amenazó el pueblo, ocurrió algo que desafió toda lógica sobrenatural. En lugar de expulsar o destruir al Nogitsune, Stiles había logrado algo impensable: doblegar a la milenaria entidad del caos, fusionando su alma, su mente y sus recuerdos con el espíritu del zorro de sombras. Ahora, Stiles ya no era un humano indefenso, pero tampoco era la marioneta de un demonio descontrolado. Era el amo absoluto del vacío, una fuerza primordial contenida en la figura de un muchacho de veintiún años.
—No es por Stiles —dijo Liam, aunque sus pulsaciones delataron la mentira ante el oído sutil de Hayden.
—Tu corazón acaba de dar un salto, Liam —respondió Hayden con una ceja arqueada, mezclando escepticismo y preocupación—. Todos estamos nerviosos por su regreso. No sabemos con certeza cuánto de Stiles queda ahí dentro y cuánto es el zorro.
—Scott confía en él —argumentó Liam en voz baja.
—Scott confía en todo el mundo, es el Alfa Verdadero —replicó ella—. Pero tú no estabas aquí cuando el Nogitsune casi destruye la ciudad.
Antes de que Liam pudiera contestar, el ruido habitual del pasillo comenzó a extinguirse. El murmullo constante de los estudiantes guardando libros, las risas en los casilleros y el choque de las puertas se apagaron gradualmente, como si una sombra invisible hubiera succionado el sonido del ambiente. La temperatura del pasillo descendió un par de grados en cuestión de segundos.
Liam giró la cabeza instintivamente.
Al fondo del pasillo, cruzando las puertas dobles del instituto, apareció Stiles.
Vestía una chaqueta de cuero negro sobria sobre una camiseta gris desgastada y jeans oscuros. Su postura ya no era encorvada ni apresurada; caminaba con una elegancia serena, pausada, llena de una seguridad casi depredadora. El aura que lo rodeaba no era de violencia, sino de una autoridad antigua y magnética. Sus ojos oscuros recorrieron la multitud con desapego hasta detenerse, de manera deliberada, en Liam.
Al cruzar miradas, Liam sintió una sacudida fría recorrerle la espina dorsal, seguida inmediatamente por un golpe de calor líquido en el pecho. Su pulso se aceleró violentamente, no por miedo, sino por un tipo de atracción visceral y desconocida que lo dejó sin aliento. El lobo dentro de Liam no gruñó en advertencia; en su lugar, la bestia pareció erguirse, fascinada por la presencia de la criatura frente a ellos.
Stiles caminó despacio hasta detenerse a un par de metros del casillero de Liam.
—Hola, chicos —saludó Stiles. Su voz sonaba más profunda, modulada por un matiz aterciopelado y vibrante que parecía acariciar el aire.
—Stiles... —dijo Hayden, inclinando levemente la cabeza y dando un paso imperceptible hacia atrás, manteniendo una distancia prudente—. No sabíamos que vendrías a la escuela hoy.
—Tenía algunos documentos que entregarle al director sobre mis materias optativas y pasé a ver a Scott —explicó Stiles, desviando lentamente su atención de Hayden para fijarla por completo en Liam. Su mirada recorrió el rostro del joven lobo, evaluándolo con un cálculo casi táctil—. Hola, Liam. Te ves... alterado. Puedo escuchar el galope de tu corazón desde el estacionamiento.
Liam sintió que el calor le subía al rostro, pintándole las mejillas de un leve rubor que intentó disimular apretando los puños.
—Estoy bien —respondió Liam, esforzándose porque su voz no temblara—. Solo estábamos hablando sobre el entrenamiento.
Stiles esbozó una sonrisa felina. Una curva apenas perceptible en la comisura de sus labios que denotaba un conocimiento profundo y peligroso sobre los pensamientos de Liam.
—El entrenamiento es importante, pequeño lobo —dijo Stiles, dando un paso corto en su dirección. El aroma de Stiles lo envolvió al instante: una mezcla fascinante de madera de pino, aire helado de montaña y el chispazo eléctrico del ozono—. Aprender a controlar la rabia es vital. Aunque, si me preguntas, reprimir la verdadera naturaleza suele provocar explosiones mucho más destructivas.
Hayden frunció el ceño, sintiendo la extraña carga que se había instalado en el aire entre los dos.
—Tenemos que ir a la clase de biología, Liam. El profesor ya va a cerrar la puerta —intervino Hayden, tomando la mano de Liam y tirando suavemente.
Liam sintió el contacto de la mano de Hayden, pero sus ojos permanecían fijos en las pupilas de Stiles, donde creyó ver, por una fracción de segundo, un destello dorado y plateado danzando en la penumbra.
—Adelántate, Hayden —escuchó decir a su propia voz, casi en un susurro automático—. Los alcanzo en un minuto.
Hayden lo miró con evidente molestia y duda, pero tras evaluar la terquedad en la postura de Liam, soltó su mano con brusquedad.
—Está bien. No tardes —dijo ella antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo a paso rápido.
Cuando se quedaron solos, el espacio alrededor de ellos pareció contraerse. Las sombras proyectadas por los ventanales altos del pasillo se alargaron sutilmente, envolviéndolos en un microclima de intimidad mística.
—Pareces muy incómodo en tu propia piel, Dunbar —comentó Stiles, reduciendo la distancia que los separaba hasta quedar a menos de un metro. Su voz era un susurro envolvente—. ¿Acaso el beta estrella del Alfa Verdadero le teme a la oscuridad?
Liam sostuvo la mirada, aunque todo su cuerpo temblaba por la intensidad del momento. Sentía una necesidad absurda y casi irracional de dar un paso más y acortar la distancia por completo.
—No te tengo miedo, Stiles —contestó Liam con firmeza.
—Bien —murmuró Stiles, inclinándose levemente hacia él, permitiendo que Liam oliera el rastro de magia pura que desprendía su piel—. Porque el miedo es sumamente aburrido. Y tenemos muchas cosas de qué hablar esta noche en la reserva. Scott convocó a la manada. No llegues tarde, Liam.
Stiles le dedicó una última mirada cargada de intención, rozó deliberadamente el hombro de Liam al pasar a su lado y continuó su camino por el pasillo, dejando al joven lobo desorientado, con el corazón en la garganta y una chispa indeleble ardiendo en su interior.








