El mercado, una lección y la cápsula inamovible
La luz del mediodía pegaba de lleno en la cara de Mateo, pero su actitud era tan agria como si lo hubieran despertado a patadas. Eran casi las once de la mañana cuando su madre, Elena, tuvo que rogarle por quinta vez para que se levantara a acompañarla a hacer el mandado. Él, arrastrando las chanclas, con el ceño fruncido y resoplando cada dos pasos, caminaba a su lado como si le estuviera haciendo un favor sobrehumano.
El mercado era un hervidero de gente, olores penetrantes y gritos de merolicos. Pasaron entre puestos de fruta madura, carne fresca y pasillos estrechos donde la humedad y el calor se concentraban de forma sofocante. En un tramo donde la luz del sol casi no llegaba —un pasillo algo fétido, sombrío y apartado— cruzaron frente a un local atiborrado de encajes, mallas y lencería económica. Mateo echó una mirada rápida, despectiva, morbosilla por puro instinto pero disimulando de inmediato con un gesto de asco. Elena ni se inmutó; tenía la lista de compras metida en la cabeza.
—Ya me dio hambre, apúrate —refunfuñó Mateo, cruzándose de brazos como un niño chiquito.
—Ahorita comemos algo, mijo, nomás déjame terminar con las verduras —respondió Elena con voz cansada y agotada.
—No, ahorita. No voy a andar cargando bolsas con el estómago vacío.
Elena suspiró, cedió para no hacer un show ridículo en medio del pasillo y terminó comprándole una bolsa de churros picantes atiborrados de chile y una bebida fría. Mientras Mateo devoraba los churros con la boca abierta, tragando a reventar y limpiándose la grasa y el chile en los pantalones, sus ojos se fijaron en un puesto de electrónica e importaciones.
En la vitrina brillaba una caja azul: un juego de PS5 recién salido, el mismo que llevaba semanas pidiéndole a su mamá hasta el cansancio.
—Cómpramelo —soltó Mateo sin anestesia, señalando el cristal con un churro medio mordido y chorreante.
Elena se acercó, vio el precio en la etiqueta y negó con la cabeza de inmediato, sintiendo una punzada de impotencia.
—Mateo, por favor, cuesta casi dos mil pesos. Vine con el dinero contado para la comida de la semana y mis cosas. No puedo gastar en eso ahorita.
—¡Ay, siempre es lo mismo contigo! ¡Para tus tarugadas sí tienes pero para lo mío nunca hay! —gritó el muchacho, alzando la voz sin importar que varias doñas voltearan a verlo con desaprobación.
—No me alces la voz, Mateo. Soy tu madre y me respetas.
—¿Sabes qué? Ahí te quedas con tu pinche mandado. Ya me voy.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y la dejó tirada a mitad del pasillo. Elena se quedó parada, sintiendo cómo le ardían las mejillas de pura vergüenza mientras cargaba dos bolsas pesadas llenas de verdura y despensa. Tragándose el coraje, la rabia y la humillación, apretó los dientes y continuó caminando sola.
Para salir de ahí, tuvo que recortar camino regresando por aquel pasillo oscuro de la lencería. Justo cuando pasaba frente al puesto, una mujer de unos cincuenta años, de cabello teñido, ojos vivaces y labios pintados de un rojo estridente y provocativo, se le atravesó sutilmente en el camino.
—Huy, reina... qué cara traes. Te ves bien estresada, como si trajeras el mundo encima —dijo la puestera, pasándole una mirada clínica de arriba abajo.
Elena se detuvo, sintiendo que en cualquier momento se soltaba a llorar de pura impotencia.
—Ni me diga... Mi hijo, que es un malagradecido. Me dejó cargando todo solo porque no le compré un videojuego. Es un grosero y ya no hallo qué hacer con él. No me respeta para nada.
La mujer soltó una risita cómplice, rasposa, y le agarró el brazo con desenvoltura, guiándola apenas un paso hacia el fondo del puesto, donde las cortinas de encaje negro tapaban la vista de los curiosos.
—Ay, mija... a los hombres hay que saber amansarlos desde abajo. Mira, la gente cree que aquí nomás vendo calzones de encaje, pero pasa para acá, vente.
Elena, dudosa pero dominada por la curiosidad y el despecho, dio un paso al interior de la trastienda. Había estantes llenos de lubricantes, juguetes sexuales de todos los tamaños, lencería erótica de tiras finas y accesorios de piel.
—Yo pensaba darte algo para que te relajes tú sola en tu casa, para que te sientas hermosa y sensual —dijo la marchante, hurgando en una caja de madera bajo el mostrador—. Pero para tu problema con ese chamaco soberbio... lo que necesitas es esto.
La mujer sacó una caja sobria de color negro. Adentro descansaba un dispositivo peculiar: una cápsula perfectamente cilíndrica y lisa, de unos diez centímetros de largo por tres de grosor, de silicona médica morada, suave al tacto pero extrañamente pesada. Al lado, un control remoto pequeño con pantalla digital.
—Este es el “Controlador” —sonrió la señora con malicia desbordante—. No tiene arneses ni hilos de donde agarrarlo. Se mete por donde te platique... y no hay forma de sacarlo con los dedos. Pero lo mejor es el truco: si el muchachito intenta apretar los músculos o hacer fuerza para expulsarlo, el sensor de presión interno hace que la cápsula se hunda y se deslice tres centímetros más adentro. Entre más se resista y más intente sacárselo, más profundo se le clava en la próstata. Se le queda ahí bien guardadito, aunque obviamente puede hacer del baño normal. Y el control lo traes tú en tu bolsa todo el día. Una pulsación... y lo pones a temblar y a pedir perdón.
Elena miró el cilindro. El corazón le dio un vuelco. La sola idea sonaba salvaje... pero la rabia de recordar las humillaciones de Mateo en el mercado le encendió una chispa helada en las entrañas.
—¿De verdad funciona? —preguntó Elena en un susurro cargado de morbo.
—Garantizado, mi reina. Te lo deja mansito, llorando y obediente.
Mientras la marchante guardaba la caja, la miró de arriba abajo con complicidad.
—¿Y qué? ¿No te gusta algo para ti y para ese estrés que traes atravesado? —dijo la vendedora, volteando a ver el arsenal de miembros erectos de silicona que tenía colgados y las prendas de encaje transparente.
—No sé... ya estoy algo vieja para eso, ¿no cree? —dijo Elena mientras se tocaba el cuello con timidez, sintiendo cómo las mejillas se le encendían de vergüenza.
—¡Cómo crees! Si se ve que tienes un cuerpazo bárbaro. Aparte ni has de pasar de los treinta —dijo la vendedora soltando una risita afable.
Sin darle tiempo a reaccionar, la marchante estiró la mano y, con un atrevimiento pasmoso, le dio un apretón firme y descarado en una de las nalgas a Elena, deslizándole los dedos directo por la hendidura hasta palparle el ano por encima de la tela de la falda.
El roce íntimo tomó a Elena completamente por sorpresa. Se le fue el aire por un segundo. Nadie le tocaba el cuerpo con esa desfachatez ni con esa intensidad desde que se había separado de su esposo años atrás. Le pareció insólito y extraño, pero una sacudida de calor repentino le recorrió los muslos y prefirió quedarse callada, mordiéndose el labio inferior.
Aceptando el juego y el deseo reprimido que se le acababa de despertar, comenzó a tocar las telas suaves de la lencería. Terminó pidiendo dos de los conjuntos más eróticos y atrevidos del mostrador, junto con un dildo enorme y venoso para relajarse el ano, abrirse sin pudor y sacarse el estrés de no tener a ningún vergon a su lado que la agarrara y la tratara como a una verdadera puta.
Mientras empaquetaba la lencería de Elena, la señora del puesto volvió a sonreír con picardía, dejando ir un comentario casual:
—Ah, cómo me hubiera gustado tener una hija... Una niña a quien vestir bonita, platicar con ella, llevarla de compras. En cambio me tocó este holgazán que solo sabe gritarme —suspiró Elena, acomodándose la falda.
La señora del puesto se detuvo, miró a Elena con una sonrisa inclinada y le guiñó un ojo lleno de veneno.
—¿Y quién dijo que no puedes tener una hija, reina? —soltó la marchante, acercándose más a su oído—. Ese chamaco necesita que le bajen los humos de raíz. Tienes el juguete perfecto para romperle el ego. Si ya lo vas a tener sometido y respondiendo a tu control remoto... ¿por qué no le vas quitando esos pantalones feos y lo empiezas a feminizar? Lo vas moldeando a tu gusto. En un par de semanas lo tienes poniéndose tus vestidos, maquillado y pidiéndote permiso hasta para respirar. Te apuesto a que como princesita te va a salir bien obediente.
El rostro de Elena se encendió. La propuesta era extrema, perversa y sencillamente perfecta. Un castigo definitivo que transformaría toda su frustración en un control absoluto.
—Empácame también la ropa interior femenina más chiquita que tengas de su talla —ordenó Elena con una voz helada que ni ella misma reconoció.
Sin más rodeos, la vendedora comenzó a seleccionar un arsenal de tanguitas diminutas, tiras de hilo dental y prendas de encaje ultra eróticas de todo tipo, acomodándolas en la bolsa. Además, rebuscó en un cajón del fondo y sacó una jaula de castidad pequeña y rígida, entregándosela a Elena como un obsequio especial.
—Toma, esta va de regalo, mi reina —le susurró la puestera guiñándole un ojo—. Esto le va a enseñar a saber cuál es su verdadero lugar. Con eso bien guardado y el Controlador adentro, ni para masturbarse va a tener permiso.
Elena pagó el total en efectivo sin dudar un solo segundo. Al dar la vuelta para salir de la trastienda con sus bolsas llenas de perversión, sintió un impacto seco y sonoro: la vendedora le acomodó una sonora y fuerte nalgada a Elena directo en el culo, sacándole un leve respingo.
—Vaya con cuidado... y a disfrutar, que se nota a leguas lo puta que eres tú y lo puta que va a terminar siendo tu próxima hijita —le soltó la mujer entre risas rasposas mientras la veía alejarse por el pasillo.
Elena caminó a paso firme con las mejillas ardiendo, pero sosteniendo la bolsa con una determinación implacable. Ya no era la madre abnegada que lloraba por los rincones; ahora tenía el control de la casa en sus manos.








