Capítulo 1: El cero a la izquierda
La luz fluorescente de la oficina zumbaba con un tono agudo y constante, taladrando el lóbulo temporal derecho de Nihil. Sobre su escritorio descansaba una torre de documentos que nadie iba a leer y, a un lado, un vaso de poliestireno expandido con café hirviendo y cargado de azúcar artificial.
A sus treinta años, su vida se resumía en una ecuación patética: esfuerzo máximo, resultados nulos. Era, en todos los sentidos de la palabra, un cero a la izquierda. Un engranaje tan insignificante que su propia existencia parecía opacada por el reflejo del monitor. En su cubículo, rodeado por el monótono tecleo de sus compañeros, Nihil aspiraba el aire espeso y viciado de la corporación, preguntándose en qué momento exacto su juventud se había desangrado en formularios de Excel.
Pero la oficina era solo la superficie de la farsa.
Afuera, en las calles de la megalópolis, la civilización entera operaba bajo un automatismo ciego. Las pantallas gigantes de las esquinas proyectaban anuncios hiperrealistas; los hogares se iluminaban con un simple parpadeo; las aplicaciones de entrega a domicilio despachaban comida caliente con precisión milimétrica mediante algoritmos que rozaban lo sobrenatural. La gente común —su jefe, los transeúntes, los vecinos del edificio— creía que todo aquello era fruto del avance tecnológico de Silicon Valley y la ingeniería moderna.
Ninguno de ellos sabía la verdad.
Nihil, en sus largas horas de insomnio, había alcanzado a vislumbrar las grietas de esa ilusión. Lo que el mundo llamaba código binario, circuitos y protocolos de red, no eran más que sigilos de la Goetcia y fragmentos de la Cábala operando a plena luz del día. Los Aethyrs de John Dee latían en la infraestructura de las torres de telecomunicaciones. La magia más densa y ancestral había sido comercializada, domesticada y convertida en la electricidad que encendía la televisión o permitía pedir una pizza un martes por la noche. Estaban tan acostumbrados a convivir con los grilletes que los adoraban como comodidades.
Y por si el vacío existencial de su empleo fuera poco, el golpe final llegó esa misma tarde.
Su teléfono vibró sobre el escritorio. Un mensaje de texto de su pareja, la única persona que supuestamente lo anclaba a la realidad. Las líneas eran secas, definitivas, acompañadas de una fotografía que no dejaba lugar a dudas: lo estaba engañando con alguien de un departamento superior. El mundo de Nihil, ya de por sí frágil, se fracturó por completo.
Media hora después, tras un cruce de palabras humillante con su jefe que terminó con su despido fulminante frente a toda la oficina, Nihil abandonó el edificio cargando una caja de cartón con sus pocas pertenencias. Nadie se despidió. Para el sistema, él ya era un error de cálculo desechable.
Horas más tarde, la penumbra de su departamento apestoso y silencioso lo recibió. La oscuridad era densa, ahogante. En la pequeña cocina, Nihil sacó un viejo cuchillo de sierra y contempló el filo con una mezcla de apatía y desesperación absoluta. Ya no quedaba nada por salvar. Su trabajo se había ido, su relación se había deshecho en mentiras y su mente estaba al borde del colapso total. Apoyó la fría punta del metal contra su propia piel, listo para borrar de una vez por todas su patética existencia.
Justo en el milisegundo en que ejercía presión, el tiempo se detuvo.
El zumbido del refrigerador se congeló en el aire. Las motas de polvo suspendidas en la habitación quedaron suspendidas como estatuas de cristal. Y frente a sus ojos, emergiendo de la nada absoluta, una interfaz translúcida y parpadeante de líneas geométricas imposibles se materializó.
Una ventana de comandos digitales flotaba en el aire, proyectando un texto monocromático que parecía latir con vida propia:
[SISTEMA CORTEX ACTIVADO]
Advertencia: Intento de auto-eliminación detectado en el nodo de procesamiento.
Estado del sujeto: Al borde del colapso biológico.
Análisis del sello interno...
Nihil dejó caer el cuchillo al suelo, con los ojos abiertos de par en par, respirando con dificultad. Su primera y lógica conclusión fue la demencia: Me he vuelto loco. La depresión finalmente quemó lo poco que me quedaba en la cabeza.
Pero la interfaz continuó escribiendo, parpadeando con un brillo frío que iluminaba su rostro demacrado:
Error. El sujeto no puede ser terminado.
El sello cognitivo que mantenía su conciencia atada y suprimida acaba de romperse debido al trauma emocional.
Bienvenido de nuevo, Administrador 0.








