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Noche de entierro †

Summary

HOY ES NOCHE DE ENTIERRO Y VOY A CUMPLIR TUS FANTASÍAS 🗣️

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1
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n/a
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18+

Capítulo Unico

La cita perfecta para Bill Kaulitz siempre había sido deseando que su esposo Marc Eggers, de ochenta años, estuviera en una sala de hospital con un abogado consediendole toda su fortuna.

Sin omitir detalles.

Absolutamente todo para él.

Y así fue un día antes de que su esposo falleciera... logró que le dejara cada una de sus propiedades, cuentas bancarias, negocios, autos y todo lo de valor a su nombre.

El jodido viejo había muerto por causas naturales, lo normal en la edad de los viejos rabo verdes, ¿no?

Actualmente...

Su velo negro de encaje le cubría a medias el rostro, pero no para ocultar sus lágrimas, sino para esconder la comisura de sus labios, que amenazaba con curvarse hacia arriba cada vez que alguien le daba el pésame.

Para el resto del mundo, Bill Kaulitz era el viudo desconsolado. El hombre que acababa de enterrar a su "amado esposo" (entre comillas) y que se inclinaba sobre él ataúd sin pena para hacer de su show uno creíble. Pero por dentro, la única emoción que lo recorría era una placentera, una felicidad, una emoción indescriptible. La herencia estaba asegurada, el viejo ya no estorbaba, y el verdadero juego acababa de empezar.

Y...

¡Oh!

Al otro lado de aquel hueco donde descendía el ataud, envuelta en un llanto histérico, estaba su hijastra Madelaine... quién venía incluida en la herencia sin querer.

Pero eso era lo de menos.

Madelaine era tan mimada, tan arrogante, dedicándole a su padrastro unas miradas cargadas de veneno entre sollozo y sollozo, como si aún creyera que podía echarlo de esa casa ahora que el viejo decrépito de Eggers ya no estaba. Bill ni siquiera parpadeó. En lugar de eso, desvió la mirada unos centímetros hacia la izquierda, donde Tom permanecía de pie, incómodo en su traje oscuro, intentando consolarla.

«Ay, Tom, Tom, Tom.» — piensa Bill negando con la cabeza.

El novio perfecto, el chico guapo con cara de modelo de revista, músculos, sexy con hacer cualquier mínimo movimiento y... el trofeo que ella exhibía con tanto orgullo para demostrar que siempre tenía lo que quería.

«Menuda estúpida.»

— Muchas gracias por venir. — menciona el pelinegro sosteniendo su ramo de rosas grises entre sus manos mientras intenta fingir una voz rota. — Para mi... esposo... fue... oh, joder. No encuentro palabras, ¡estoy tan destrozado!

La escena del cementerio alcanzó su punto máximo de ridiculez cuando Bill se llevó la manos a la cara, fingiendo un ahogo de dolor que hizo que un par de ancianas de la alta sociedad soltaran suspiros de profunda compasión.

Ah, pero los amigos de Bill... ¡la estaban pasando de maravilla colaborando con el teatro de su mejor amigo!

— Era... era el amor de mi vida. — chilló Bill, apretando el ramo contra su pecho como si fuera la última espina de martirio que le quedaba por soportar. — No sé cómo voy a seguir sin sus sabios consejos, sin su risa... sin su... oh, Marc... — por debajo del velo, Bill apretó los dientes para no soltar una carcajada.

¿Cuáles sabios consejos?

El viejo apenas podía recordar dónde había dejado la dentadura la mitad del tiempo, pero qué bonito sonaba para la prensa local y los chismosos que atestiguaban el entierro porque ese rabo verde si que era querido.

Desde el otro lado el llanto de Madelaine se volvió mucho más fuerte. — ¡Cállate! ¡Cállate, pedazo de trepador! — gritó la chica, intentando abalanzarse hacia la fosa, pero solo fue frenada por los brazos firmes de Tom. — ¡Todos sabemos que lo mataste! ¡Tú lo mataste, basura!

Bueno...

Había algo de verdad en eso.

Pero hubo alguien que también colaboró.

Y si, no es nada menos que el sexy de Tom Trümper.

Me imagino que la razón es obvia y si no lo es, permítanme mencionarle.

Marc encontró a su yerno y a su esposo teniendo relaciones ¡en su propia cama! y al muy estúpido le da un infarto de la impresión pero con lo buen mentiroso y actor que es Bill Kaulitz... hum.

A causa de esa grave emoción el tipo fue a parar al hospital y como mencioné anteriormente, que a penas podía recordar las cosas, ¡pfff!

Reitero.

La herencia fue suya...

Gracias al comentario de Madelaine Eggers las murmuraciones estallaron alrededor aunque Bill no perdió la compostura. Bajó la cabeza, dejando que sus hombros temblaran, buscando la mirada de Tom por debajo de la tela. Tom parecía mortalmente avergonzado por la rabieta de su novia, sujetándola con una mezcla de fastidio y cansancio.

Él estaba por compromiso porque en lo único que podía pensar es en llegar a estar a solas con ese chico de hermosas rastas negras con blanco para hacerlo suyo una vez más, y otra vez más, y otra más.

— Madelaine, por favor, no es el momento. — susurró Tom, intentando calmarla mientras le acomodaba el abrigo.

Bill le dedicó a Tom una mirada rápida: ojos entornados, labios entreabiertos, la viva imagen de un ángel caído siendo injustamente atacado. El mensaje no dicho era claro: «Mira lo loca que está. Mira lo que tienes que aguantar.»

También quería que lo coja.

Una hora más tarde, el silencio de la mansión Eggers se rompió con el eco seco de los tacones de Bill al cruzar el umbral. Se quitó el velo de un solo tirón, arrojándolo sobre el sofá con desdén, y caminó directo al mueble bar para servirse whisky.

— ¡Ni se te ocurra poner tus sucias manos en ese licor! — la voz de Madelaine retumbó en la entrada. Venía hecha una furia, con el rímel corrido y el rostro rojo de rabia. Tom venía unos pasos atrás, cerrando la puerta de madera.

Bill le dio un sorbo a la copa, saboreando el líquido ámbar antes de darse la vuelta lentamente... volviendo a fingir.

— Cariño, solo quiero llevarme bien contigo.

— ¡Eso nunca, estúpido! ¡Me das asco! — gritó ella, dando un paso al frente, con los puños apretados.

Dispuesta a golpear a Bill.

— ¡Los tipos como tú lo único que buscan en hombres mayores es su dinero, nada más!

Bill quería reír y pensaba en cómo supo eso.

— No, nena. Yo lo amaba.

— ¡No, eres un maldito enfermo! — gritaba volviendo a llorar como una perra dramática. — ¡Tom! dile algo, ¡dile que se largue, no quiero verlo!

Tom dio un paso al frente pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la mirada de Bill se posó directamente sobre él.

Era una mirada lasciva, que sentía que Bill lo desnudaba solo con verlo y no pudo hablar.

Al menos no con la boca.

Su pene se había puesto jodidamente duro de imaginar esos ojitos desde arriba y su pene totalmente dentro de esa boquita rosa que tanto le encantaba besar.

— Mejor vamos a que descanses. — Bill volvió a darle la espalda a la estúpida de su hijastra, buscando en su pantalón de manera disimulada aquel gotero para provocar sueño y ponerlo en una nueva bebida.

— Dale whisky. — suspiró volviendo con la taza de cristal en la mano hacia el de trenzas. — Le ayudará. — Madelaine miró a Bill, luego a Tom, y la rabia pareció desbordarla por completo al ver que su novio no reaccionaba de inmediato para defenderla.

— ¡No le dirijas la palabra, idiota!

— Vamos. — Tom la arrastra por el enorme pasillo, dejando a Bill a solas y tapando su boca empezó a reír.

«Muchas gracias, Marc, mi amor.» — decía en sus pensamientos. — «Fueron años de tener que soportar tu pene arrugado, de tener que limpiar tu mierda, de tener que besarte esa asquerosa boca.»

«¡Años, infeliz!»

Y reía mucho más. Se limpió una lágrima falsa del rabillo del ojo justo a tiempo para ver a Tom reaparecer. La chaqueta del traje ya no estaba; se la había quitado, dejando ver su camisa ajustada con los dos primeros botones desabrochados, las arremangadas a los antebrazos, unos ojos ardientes, llenos de deseo y esa sombra de no culpa que a Bill le parecía tan jodidamente adictiva.

— Está tratando de dormir. — murmuró Tom muy bajito como si temiera que las paredes de la mansión tuvieran oídos.

Bill sonríe dejando la copa vacía sobre la mesa de centro antes de dar un paso lento en su dirección.

— Le funcionará porque le dí un sedante suave, mi amor... bueno para los nervios. — susurró también con dulzura, acortando la distancia entre los dos hasta que la punta de sus botas rozó los zapatos nike de Tom. — La pobre estaba tan histérica... no podíamos dejar que se lastimara, ¿verdad?

Tom apretó la mandíbula. Intentó mantener la postura de ese fingido recelo de "no deberíamos estar haciendo esto", pero en cuanto Bill levantó la mirada y los ojos marrones del viudo se clavaron en los suyos, la resistencia de Tom se desmoronó por completo.

Avanzó un poquitito más y pegó su frente contra la de Bill.

La respiración de Tom era agitada, caliente, chocando directamente contra los labios entreabiertos del pelinegro. Su mano, grande y cálida, subió de golpe a la nuca de Bill, enredando los dedos con fuerza en su cabello, sosteniéndolo como si fuera lo único firme en medio de la tormenta.

— Eres un monstruo, ¿lo sabes? — dice contra sus labios. — Un maldito manipulador. — Bill soltó un suspiro, disfrutando del agarre en su cuello. Deslizó sus manos por el pecho de Tom, sintiendo el latido desbocado de su corazón.

— No lo maté yo, mi vida... lo mató el verte dentro de mí en nuestra cama. — corrigió Bill en un susurro embriagador, rozando apenas la punta de su nariz con la de Tom. — Eres tan culpable como yo, Tom... y eso es lo que me vuelve loco de ti.

Tom gime pegando su cuerpo aún más contra el de Bill, dejando que su erección chocara sin pudor contra la cadera de su contrario.

— Estoy enfermo y jodidamente enamorado de tí. — Bill echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido suave ante el contacto, hundiendo las uñas en la espalda de Tom.

— Yo también, mi amor... — respondió Bill, tomando el rostro de Tom entre sus manos para obligarlo a mirarlo a los ojos. — Y eres mío, Tom. Mío y de nadie más.

— Tuyo. — afirmó Tom sin dudarlo un segundo, antes de sellar sus palabras atrapando la boca de Bill en un beso sucio que estalló entre ellos como una bomba por tanto tiempo contenido. Tom apretó la nuca de Bill con brusquedad, arrastrándolo hacia su boca con una necesidad animal, devolviéndole cada movimiento de lengua con violencia. Bill soltó un gemido bajo que se ahogó directamente en la garganta de Tom, mordiendo su labio inferior hasta sacarle un quejido áspero.

Las manos de Tom bajaron rápido, firmes, apretando los glúteos de Bill sobre la tela del pantalón y rozándose ambos. El choque del pene de Tom rozando la cadera de Bill hizo que el viudo se estremeciera de pie a cabeza, separando la boca solo un tanto para jadear contra el cuello del de trenzas.

— Tom... ah, joder... aquí no... — susurró Bill con la voz llena de placer, aunque sus propias manos estaban ocupadas bajando desesperadamente la cremallera del pantalón de Tom. — Mhmm...

— Al sofá. — sin perder tiempo, sujetó a Bill por los muslos y lo levantó del suelo. Bill soltó una risita maliciosa y enredó sus largas piernas alrededor de la cintura de Tom, hundiéndole las uñas en los hombros mientras lo guiaba hacia el amplio sofá.

Tom lo dejó caer sobre los cojines y se posicionó de inmediato entre sus piernas, arrodillado en el borde del sofá, desabrochando su propio cinturón con manos torpes.

¡Dios mío!

Hace unas horas nomás enterró a su esposo y ahora solo pensaba en que se la entierren a él.

Enterita.

— Pensaba en esto mientras echaban la tierra sobre la caja, mi amor... — provocó Bill, bajándose el pantalón y la ropa interior de un solo tirón hasta las rodillas, exhibiéndose por completo ante él. — Quería sentirte adentro desde que estábamos en el cementerio. Pásame la boca por aquí, Tom... hazlo ya.

Tom obedeció.

Atrapó el miembro de Bill entre sus labios, tragándoselo entero. Bill echó la cabeza hacia atrás, clavando la mirada en el techo mientras un gemido se le escapaba sin control. Las manos de Tom y su boca trabajaban con destreza, alternando succiones rápidas y rozamientos de lengua que hicieron que Bill comenzara a suplicar.

El de trenzas se la estaba mamando como nunca y toda la saliva que se salía de su boca se escurría por las bolas rosadas de Bill hasta que su ano quedara empapado indirectamente.

La boca de Tom producía sonidos de atragantamiento.

Sí.

Era justo lo que a Bill le gustaba de él.

Le encantaba que Tom le coma la polla y le folle el culo como nunca.

Parecía un adicto a ese cuerpo.

¿Y cómo no?

Si él desgraciado de Bill Kaulitz era una joyita. Tan guapo, atractivo y con una maldad que esa carita de inocente ocultaba perfectamente.

En conclusión.

Eran tal para cuál.

— ¡Tom, ah! ¡basta, entra ya... me vas a hacer venir solo con la boca! —chilló Bill, tomándolo de las trenzas sueltas para tirar de él hacia arriba.

Tom se incorporó, respirando con dificultad, con la saliva brillando en sus labios. Sacó su propio miembro, grueso y completamente venoso, frotando la cabeza húmeda directamente contra la entrada anhelante de Bill. La mirada que compartieron en ese segundo era la de dos cómplices festejando su botín de la forma más cerda posible.

Entonces Tom se la hundió de un solo empujón decidido, hasta la base.

— ¡Aah! — el grito de Bill resonó en toda la sala, cubriéndose la boca a toda prisa con la mano mientras se arqueaba por completo. El dolor inicial se transformó de inmediato en una ola de placer abrasador al sentir a Tom rellenándolo entero. Comenzó a embestir sin piedad. Un ritmo duro, constante, rico, haciendo que el sofá de cuero suene bajo sus cuerpos. Cada estocada levantaba las caderas de Bill del asiento, sacándole gemidos ahogados que intentaba sofocar contra su propio antebrazo para no despertar a la chica en la planta alta.

— ¿Sientes esto, Bill? — susurró Tom al oído, apretándole la cintura con tanta fuerza que seguro le dejaría marcas violetas. — Estoy hasta el fondo de tí, maldición. ¡Mhmm!

— Sí... ah, más fuerte, Tom... ¡dame más fuerte! — suplicó Bill fuera de sí, rodeando el cuello de Tom con sus brazos y abriendo más las piernas para recibir cada golpe más profundo.

Tom termina de desnudar a ese hombre divino sin dejar de mover sus caderas y termina por desnudarse él.

Le encantaba sentir la piel de su amante...

Porque eso es lo que eran.

Unos putos desgraciados amantes que se enamoraron desde el primer momento en que se vieron y ya no pudieron negar lo que sentían.

Par de estúpidos.

— ¡Mhmm! — gime Bill y a Tom le enciende mucho más.

El sudor ya perlaba la frente de ambos, mezclándose con la respiración entrecortada y el olor a sexo que empezaba a dominar el aire. Bill, con los ojos nublados por el éxtasis y las mejillas encendidas, clavó las uñas en la espalda de su amante, frenando por un momento su ritmo frenético.

— Espera... — jadeó Bill, con la voz rota. — Quiero estar arriba. Quiero verte la cara mientras te hago mío.

Tom acepta con una carita mezcla de sumisión.

Él se veía tan lindo obedeciendo a su hombre...

Con un movimiento ágil sujetó a Bill por la cintura y lo ayudó a girar, quedando Tom recostado sobre el respaldo del sofá, con las piernas separadas, y Bill horcajadas sobre él.

El cambio de posición hizo que el miembro de Tom entrara aún más profundo, arrancándole a Bill un gemido ronco y jodidamente caliente. Bill se tomó un momento para estabilizarse, apoyando las manos en el pecho sudoroso de su chico, mientras se acostumbraba a la nueva profundidad.

Luego, comenzó a moverse.

Fue un ritmo diferente, más lento, más tortuoso y calculado. Bill se elevaba lentamente, casi saliéndose, para luego dejarse caer con todo su peso, hundiendo a Tom dentro de él hasta la raíz. Sus caderas giraban en círculos, restregándose contra la base de Tom, buscando el ángulo perfecto que lo hacía ver estrellas.

Tom echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y los dientes apretados, rindiéndose por completo al control de Bill. Sus manos subieron para apretar los muslos, guiando el movimiento, mientras soltaba jadeos roncos y sucios.

— Me encanta verte desde aquí, joder.

Bill aumentó el ritmo, sus movimientos se volvieron más rápidos. Se elevaba y caía con fuerza, cada impacto sacándole un gemido a Tom. La fricción era intensa, abrumadora.

Tom, incapaz de soportar más la tortura de tener a Bill arriba controlando cada sensación, abrió los ojos. Sujetó a Bill por la cintura y, con un movimiento brusco, lo obligó a bajarse de él y a girarse sobre el sofá.

— Suficiente, me toca a mí. — sin darle tiempo a reaccionar, Tom empujó a Bill obligándolo a ponerse en cuatro patas. Bill soltó una risita maliciosa, jadeando, mientras acomodaba sus manos para sostenerse. Se arqueó, elevando el trasero hacia Tom en una invitación descarada, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro con una sonrisa lasciva y los ojos entreabiertos.

Tom se posicionó detrás de él de inmediato. Su mirada recorrió la espalda arqueada de Bill, las curvas de sus glúteos y su ano empapado y rosado antes de meterse de golpe.

— ¡AAAH! — el grito de Bill fue agudo, desgarrador. Se cubrió la boca con la mano rápidamente, mordiéndose los nudillos para callar los gemidos mientras sentía a Tom hasta ese punto dulce.

Ni siquiera le dió descanso.

Embestía ese culito con un ritmo salvaje, animal, sin ninguna piedad. Cada estocada era un golpe seco y potente que hacía vibrar el cuerpo de Bill entero. Las manos de Tom apretaban y amasaban sus glúteos.

— ¡Más fuerte, Tom... ah, joder... más fuerte! — suplicaba Bill, fuera de sí porque le estaban destrozando y eso le encantaba.

Le encantaba tanto como para agarrar su propio miembro y masturbarse buscando liberar su calor.

Tom en cambio está fascinado.

Sentía cómo las paredes internas de Bill se contraían a su alrededor, apretándolo en un espasmo de placer inminente que lo estaba volviendo loco. Bill, sintiendo que su propio orgasmo estaba a punto de estallar, comenzó a temblar entero, con los ojos cristalinos por el éxtasis y la respiración entrecortada.

— ¡Tom, me vengo... ah, joder... me vengo! — chilló Bill, colapsando en un orgasmo violento que lo hizo estremecerse de pies a cabeza sobre el sofá. Ver a Bill deshaciéndose debajo de él, escucharlo gemir su nombre con tanta desesperación, fue el detonante final para Tom.

Soltó un gruñido alto, dio dos estocadas brutales y profundas más, llegando al fondo del cuerpo de Bill, y se vació profundamente dentro de él, manteniéndose ahí hasta el último espasmo, mientras ambos intentaban recuperar el aliento en medio del silencio que volvía a reinar en la mansión.

Tom y Bill Kaulitz.

Eran unos malditos hijos de puta que se querían con tanto amor.

Fin.

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