Marylin

El aire olía a desinfectante. Demasiado fuerte. Le quemaba la nariz.
Su mente estaba en blanco. Solo fragmentos sueltos, como fotografías mal reveladas: luces de colores girando, el bajo de una canción de rock, risas borrachas… y un rostro de hombre. Borroso. Demasiado cerca.
—¿Hola? —su voz sonó ronca, casi ajena—. ¿Hay alguien?
El silencio le devolvió el eco de sus propias palabras. Luego, desde el otro lado de la puerta, llegaron unas risas. No eran risas nerviosas ni de burla casual. Eran lentas, divertidas, como si alguien estuviera disfrutando del espectáculo.
Una voz masculina, adulta, habló entre carcajadas:
—Grita todo lo que quieras. Nadie va a escucharte.
El corazón de Marylin empezó a golpear contra las costillas. Trató de reconstruir la noche anterior, de aferrarse a cualquier detalle que le diera sentido a lo que estaba pasando, pero solo encontraba huecos. Sus amigos. Bebidas. Música. Y después… nada.
La angustia se le instaló en el estómago como un nudo helado.
La puerta se abrió con un chirrido suave.
Entró primero un hombre adulto. Detrás de él, dos adolescentes. Los tres llevaban batas blancas. Sonreían. No era la sonrisa de un médico que va a revisar a un paciente. Era otra cosa. Más amplia. Más fija.
Marylin tragó saliva.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, y odió lo tembloroso que le salió la voz—. ¿Qué quieren de mí?
Nadie respondió. Solo siguieron sonriendo. Una de las risas, más aguda, más joven, se alargó un segundo de más y le erizó la piel del cuello.
El adulto levantó una mano. En ella brillaba algo metálico, fino, que reflejó la luz fría del techo.
Marylin no necesitaba que le explicaran nada más.
Marylin se tensó al ver que el hombre se dirigía hacia ella. Pero a medio camino se detuvo, giró sobre sí mismo y caminó hasta el centro de la sala. Solo entonces ella pudo verlo con claridad: en el suelo, marcado con algo oscuro que aún brillaba, había un pentagrama irregular.
En el medio yacía un animal pequeño, abierto, con el pelaje empapado. Quiso gritar, pero la garganta se le cerró al ver al animalito sin vida. Lo más espeluznante llegó un segundo después: el hombre recogió un vaso con el líquido oscuro que aún goteaba del cuerpo y se lo bebió de un trago. Luego se lo ofreció a los dos adolescentes, sonriendo con aquella misma expresión que hacía temblar a Marylin,
—Tomen este líquido sagrado que el Señor nos ofrece para liberar nuestras almas —dijo con una voz baja, casi arrastrada.
Se giró hacia uno de los chicos y le tendió un látigo.
—Martin… continúa con el ritual.
El adolescente lo tomó sin dudar. Un segundo después, el chasquido del cuero contra la espalda del adulto resonó en la sala.
—Pedro —dijo el adulto sin dejar de sonreír—, tú también debes continuar con el ritual. Tienes que quitar los pecados de nuestra ofrenda al Señor.
Levantó la mano y señaló directamente a Marylin.
El otro adolescente se movió con una lentitud deliberada. El látigo colgaba de su mano derecha; el cuero rozó el suelo con un sonido seco, casi suave. El olor a sangre del animal se mezclaba ahora con el del desinfectante, denso, pegajoso.
Pedro se detuvo a escasos pasos de la camilla. Sus ojos oscuros no parpadearon. Solo la observaba, como si estuviera midiendo algo.
Marylin tiró de las correas hasta que las muñecas le ardieron. Quiso gritar, pero la garganta solo le devolvió un jadeo roto. Las lágrimas le corrían por las sienes y se le metían en el pelo. Podía oír su propia respiración, demasiado rápida, demasiado alta en el silencio de la sala.
Lo último que alcanzó a ver con claridad fueron esos ojos oscuros acercándose un poco más, mientras el adulto permanecía inmóvil en el centro del pentagrama, esperando.
Al despertar, Marylin solo vio al adulto de pie junto a la camilla. Sonreía con aquella misma expresión tétrica. Los dos adolescentes ya no estaban.
—Ellos ya están con el Señor —dijo con voz calmada—. Sus almas fueron liberadas.
Marylin giró la cabeza y, al costado del pentagrama, alcanzó a ver las dos formas inmóviles en el suelo. Un grito se le atascó en la garganta.
El hombre no dejó de mirarla.
—Fueron liberados —repitió—. No te preocupes.
En estado de shock solamente ve como el sale de su vista y le ata ahora la cabeza con unas correas gruesas y toma un cuchillo que pasa por su mano tomando una gota de su líquido y llevándoselo a la boca — Esto le encantara a nuestro señor— Acto seguido vuelve a salir de su vista y lo único que Marylin escucha es como arrastra un objeto con sonido de caja y regresa a su lado.
—Estamos listos para que todo termine y puedas liberar tu alma y estar junto con el señor de las tinieblas nuestro señor— lo dice con la voz ronca.
El hombre empujó la camilla hasta el centro de la sala y le desató las correas de la cabeza.
En cuanto Marylin pudo alzarla, vio el ataúd. Estaba rodeado de velas negras encendidas. El resplandor tembloroso dibujaba sombras largas sobre la madera oscura.
Sin entender del todo lo que ocurría, sintió los brazos del hombre alzándola. La levantó con facilidad y empezó a intentar meterla dentro de aquella caja negra.
Tras un breve forcejeo, el hombre logró meter a Marylin dentro del ataúd.
Antes de que la tapa bajara del todo, ella alcanzó a ver, junto a los cuerpos de los dos adolescentes, dos sombras de su mismo tamaño que parecían no moverse.
La madera crujió al cerrarse. Un segundo después el olor la golpeó: espeso, dulzón, químico, el mismo de las velas negras pero multiplicado, como si el humo se hubiera concentrado solo para ella. Le llenó la nariz y la garganta. Intentó no respirar y falló.
El aire dentro de la caja se volvió cálido y húmedo con una rapidez antinatural. El sudor le corría por las sienes. Fuera, muy cerca, escuchó un roce lento contra la madera y la respiración del hombre, tan próxima que parecía estar pegada a la tapa.
Entonces llegó la voz ronca:
—Señor de las Tinieblas, a ti te ofrendo este sacrificio para que liberes mi alma y me concedas el descanso junto a ti. Yo, tu fiel siervo, te lo pido.
Marylin abrió la boca para gritar. Solo salió un jadeo ahogado. En la oscuridad absoluta el olor seguía entrando, el calor seguía subiendo, y el silencio que siguió a aquellas palabras pesó más que la tapa.
Justo cuando el hombre pensó que la ofrenda ya estaba lista para ser enterrada, la puerta se abrió de golpe.
Varios agentes de policía entraron en la sala. El pánico se les notó enseguida al ver la escena: el pentagrama, los cuerpos, las velas, el ataúd.
El adulto no mostró sorpresa. Sonrió con una expresión casi alegre y levantó las manos. En una de ellas sostenía un cuchillo; ambas estaban manchadas de un líquido rojizo que aún goteaba.
—Bienvenidos, almas pecadoras —dijo con voz clara y casi contenta—. El Señor está a punto de venir a limpiar todas nuestras almas.
Y empezó a acercarse a ellos sin soltar el cuchillo.
—¡Alto ahí! Identifíquese, por favor —dijo un agente con la voz temblorosa, apuntándole con el arma.
El hombre no se detuvo. Respondió con total calma:
—No tengo nombre. Soy un enviado de mi señor Satán para ayudar en la limpieza de las almas pecadoras y liberarlas.
Dio otro paso adelante. La sonrisa no se le borró.
—Aunque, si quieren, pueden llamarme Belcebú.
Aquel hombre que se hacía llamar Belcebú siguió avanzando hacia los agentes, ahora con una sonrisa todavía más tétrica.
—¡Alto ahí! —gritó el mismo agente, apuntándole directamente—. Señor Belcebú, tendrá que acompañarnos a declarar qué ha pasado aquí.
Sacó las esposas mientras hablaba.
Belcebú no se detuvo. Movió el cuchillo de forma lenta, casi juguetona, y respondió con la misma voz tranquila:
—No creo que se pueda, señor agente. La ofrenda de mi señor Satán no puede esperar esta noche.
En ese momento Marylin recobró la conciencia. Empezó a gritar y a patear con todas sus fuerzas desde dentro de la caja. El ruido sordo y desesperado alertó de inmediato a los policías.
—¿Qué hay dentro de ese ataúd? —preguntó el segundo agente, con la voz cargada de preocupación y miedo.
Belcebú giró apenas la cabeza hacia la caja y sonrió.
—Ya se lo dije, señores agentes. Es la ofrenda de un fiel servidor a nuestro Señor.
Los policías intentaron avanzar, pero Belcebú no se lo permitió. Forcejeó con una fuerza que ninguno de los dos esperaba.
—¡No se puede tocar la ofrenda de mi Señor! —gritó—. Si no se detienen, tendré que tomarlos a ustedes también como ofrenda.
Avanzó hacia ellos con el cuchillo en alto.
Se desató un forcejeo breve y violento. Belcebú logró herir a uno de los agentes. El segundo, sin otra opción, abrió fuego y lo abatió.
Sin perder un segundo, corrieron hacia el ataúd y lo abrieron. Dentro encontraron a Marylin, viva, pero en estado de shock total.
Inmediatamente llevaron a Marylin al hospital. Allí curaron sus heridas y la internaron.
Pasada la medianoche logró despertar. Al comprobar que esta vez sí estaba en un hospital verdadero, se tranquilizó.
—¡Por fin la pesadilla terminó! —dijo llorando de alivio.
En ese momento entró una enfermera y le recomendó que intentara dormir.
A las 3:33 de la madrugada Marylin se despertó sobresaltada. Escuchó una risa adulta y, junto a ella, las risas de dos adolescentes. Por un segundo pensó que seguía en aquella habitación, pero al abrir los ojos vio que seguía en el hospital y se calmó… aunque las risas no cesaron.
Llamó a la enfermera.
—Señorita Marylin, lo que escucha es producto de los traumas —le dijo la mujer sonriéndole.
Marylin se tranquilizó. Pero en cuanto la enfermera salió por la puerta, pudo divisar cómo las sombras de aquel hombre y de los dos adolescentes emergían entre la oscuridad, mirándola y riendo.
La voz llegó otra vez, tan cerca que parecía hablarle al oído:
—Marylin… estás ofrendada a nuestro señor Satán. Nunca podrás escapar de nosotros.
Y después, la risa. Lenta. Conocida.
El ataque de pánico no fue un grito. Fue algo peor: la certeza absoluta de que el hospital, las luces blancas y la cama limpia eran solo otro escenario. En los días siguientes dejó de hablar. Dejó de comer. Dejó de responder cuando le preguntaban cómo se sentía. Solo miraba las esquinas de la habitación, como si esperara que alguien saliera de ellas.
El diagnóstico fue claro y frío: el trauma había sido demasiado. Nunca volvería a la normalidad. La trasladaron a un hospital psiquiátrico.
Allí los días eran silenciosos. Demasiado silenciosos. Marylin aprendió a fingir. Comía. Respondía con monosílabos. Sonreía cuando hacía falta. El personal empezó a hablar de “mejora”.
Pero cada noche, cuando las luces se apagaban, algo cambiaba.
Primero era solo un roce. Después una risa adulta. Luego dos risas más jóvenes, exactamente iguales a las que había oído detrás de aquella puerta. Marylin se tapaba los oídos hasta hacerse daño, pero el sonido no venía de fuera. Venía de dentro de su cabeza… o de las paredes… o de debajo de la cama. Nunca sabía.
Cuando ya no podía más, gritaba. Gritaba que ya estaban ahí, que venían a por ella, que era la ofrenda. Los gritos despertaban a media planta. Le ponían inyecciones. La sujetaban. Le hablaban con voces pacientes y cansadas. Ella solo repetía lo mismo hasta que la sedación la hundía otra vez en la oscuridad.
Pasaron semanas así. Cada vez dormía más. Cada vez el silencio diurno se sentía más falso. Hasta que una noche, mientras la mantenían profundamente sedada, el corazón de Marylin simplemente se detuvo.
Su alma se separó del cuerpo con una lentitud terrible. Pudo verse a sí misma en la cama: pálida, pequeña, ya vacía. Quiso llorar. No pudo.
Sintió primero dos pares de manos pequeñas cerrándose alrededor de sus tobillos. Después unos brazos mucho más grandes rodeándole el pecho. Tiraron.
La voz de Belcebú, ahora sin ninguna prisa, le habló directamente:
—Ahora sí estás lista para ser llevada junto al señor Satán.
Y su alma fue arrastrada hacia abajo, hacia un lugar donde ya no existían hospitales, ni luces blancas, ni la posibilidad de despertar.








