PRÓLOGO
El sol de la mañana iluminaba el cielo mientras Jimin caminaba hacia la escuela. Su ritmo era normal, pero su atención estaba puesta sobre algo que la gente a su alrededor no veía como él. Mientras los estudiantes reían en grupo y los adultos apuraban sus pasos para llegar temprano al trabajo, Jimin observaba los hilos rojos en sus manos.
Para él el mundo estaba lleno de esos hilos. Cada persona tenía uno atado a su dedo meñique y este se extendía buscando a la persona con la que estaba destinado a conectarse, o ya estaba unido a otra muñeca, o incluso al pecho.
Se trataba de un don que le había transmitido su abuela, una chamana de la ciudad.
De niño, odiaba poder ver los hilos enredados de otras personas porque brillaban demasiado y eso le causaba terribles jaquecas. Jimin solo quería ser como sus compañeros, pero sabía que jamás podría.
Sin embargo, al crecer comenzó a aceptarlo y a verlo como una oportunidad para ayudar a otros a encontrar el amor y ganar dinero con facilidad. Aunque estaba seguro de que si su abuela se enteraba de su negocio clandestino lo mataría, todo el que llegaba a pedir su ayuda le llamaba “hada del amor” y eso no le disgustaba tanto.
No habría pensado en ser una especie de cupido en la escuela si no fuera por ese martes hace un par de años, cuando vio a Minho, un compañero muy callado, sentado solo en el patio. Su hilo rojo colgaba suelto y sin dirección alguna, cuando a lo lejos una chica nueva, llena de energía, caminaba hacia un grupo de chicas que claramente querían ignorarla.
Ambos hilos estaban sueltos, lo que significaba que se rechazaban a sí mismos.
Por lo que Jimin actuó sin pensar, se acercó a Minho y le hizo una pregunta sobre una tarea, obligándolo a moverse. Caminaron por el patio hasta que la chica nueva tropezó ligeramente con el tímido joven y el hilo de ella comenzó a vibrar, enganchandose al hilo de Minho.
No fue una conexión de amor, sino una de amistad inmediata. Pero con el pasar del tiempo Jimin vio cómo los hilos se hacían más fuertes y el color rojo comenzó a cambiar hasta que ambos terminaron enamorados.
Ese momento se dio cuenta de que podía intervenir. Aunque no podía cortar ni unir los hilos por completo, sí podía crear las condiciones necesarias para que las personas se encontraran y para él un simple empujón no era un delito.
Al pensar en el pasado una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Dobló la esquina y vio la entrada de la escuela llena de estudiantes corriendo, aterrados por llegar tarde. Allí cientos de hilos se enredaban en un nudo enorme e imposible de descifrar. Pero el rubio ya estaba acostumbrado a ver el mundo como una red de conexiones y que por obras del destino él tenía la capacidad de ver.
Mientras Jimin se acerca a la puerta, pensaba en la razón por la cual él no podía ver su propio hilo ¿Se debía a su rechazo por su don? Quizás era porque no se amaba lo suficiente a sí mismo o porque al tener esa habilidad especial, la deidad de su familia le quitó el derecho a amar.
A veces pensaba mucho en eso y se imaginaba solo en un pequeño departamento, comiendo ramen y alimentando a los cuarenta gatos de su cuadra hasta morir por un ataque al corazón.
El sonido de un claxon repentino lo hizo sobresaltar, sacándolo por completo de sus pensamientos. Jimin estaba a solo unos metros del cruce peatonal cuando lo vio. Un joven, completamente absorto en su cuaderno, ignoró el semáforo en rojo y puso un pie en la calle sin mirar a los lados.
En ese instante una motocicleta de reparto venía a gran velocidad por la calle, esquivando el tráfico detenido.
Mientras la moto se acercaba, Jimin buscó automáticamente el hilo rojo en el meñique del chico, pero no había nada. Ni un mínimo rastro de lo que conectaba a todos los demás. La ausencia de ese hilo solo podía significar una cosa; su destino terminaba allí, en esa acera.
Su abuela le había enseñado que los hilos no se veían en aquellos a punto de morir.
Sin pensar en su propia seguridad, Jimin apretó los labios y corrió. Avanzó los pocos metros que lo separaban del chico, se lanzó hacia él y lo envolvió con sus brazos, intentando empujarlo lejos del camino de la motocicleta, pero la moto estaba demasiado cerca y la distancia se había acortado demasiado rápido.
Justo cuando el sonido del motor era ensordecedor, dos manos firmes aparecieron de la nada y agarraron a Jimin por la cintura. Fue un tirón fuerte que jaló a los dos, a Jimin y al chico del cuaderno, hacia atrás, contra la acera.
El rubio cayó al pavimento, sintiendo un dolor agudo en su codo y la motocicleta pasó de largo con un chillido de llantas. Cuando Jimin finalmente tuvo tiempo de procesar que por poco perdía la vida, se incorporó de inmediato, con el corazón latiendo desbocado en el pecho y miró al joven que los había salvado.
Era Taehyung, el presidente de la clase.
Quién lucía pálido y tembloroso, pero sus ojos oscuros miraban a Jimin con preocupación.
—Gracias —susurró Jimin, apenas recuperando el aliento y Taehyung solo asintió.
Su propio hilo rojo, que Jimin ya había visto unas cuantas veces antes, se mantenía intacto y fuerte. Sin embargo, comenzó a brillar con una intensidad repentina, aunque el rubio ni siquiera lo notó, pues su mirada giró hacia el chico del cuaderno que había estado a punto de morir.
Era Jungkook, el segundo lugar de la clase.
Estaba de pie, aturdido mirando el cuaderno tirado en el suelo con sus hojas desparramadas. Jimin sintió un escalofrío al bajar su mirada hacia la mano raspada del castaño, solo para darse cuenta de que en su meñique comenzaba a aparecer un hilo rojo tenue casi invisible, extendiéndose con lentitud.
Jimin no podía apartar la mirada por lo que siguió la hebra con los ojos, trazando su recorrido y para su horror y sorpresa, se anudaba... a su propio meñique.
El rubio dio un brinco en su lugar y se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que amenazaba con escaparse de sus labios, aquel movimiento brusco llamó de inmediato la atención de los otros dos.
Taehyung se acercó suavemente y puso una mano firme sobre el hombro de Jimin.
—¿Estás bien, Jimin? ¿Te hiciste daño en la caída? —preguntó con su voz tranquila.
Jimin apenas escuchó la pregunta, ya que su atención se había desviado de Jungkook al tacto en su hombro. Levantó la vista hacia Taehyung y en un acto reflejo, siguió con la mirada el hilo rojo que salía de su mano grande y firme.
Su corazón dio un vuelco aún mayor.
—Imposible... —sollozó.
El hilo del pelinegro también se dirigía hacia él, conectándose firmemente a su otra muñeca.
Sin poder evitarlo, Jimin volvió a dar un saltó, causando que Tae alejara su mano de inmediato y casi por instinto, un grito suave logró salir de sus labios, antes que que el rubio pudiera volver a cubrirse la boca.
—¿Qué le pasa? —cuestionó Jungkook, con su tono frío de siempre y Tae solo se encogió de hombros.
Ninguno de los dos podía ver lo que Jimin sí. Que estaba conectado a dos personas.
—¿Qué... qué está pasando? —tartamudeó, mirando alternativamente a Jungkook, que seguía junto a él y a Taehyung, que ahora lo miraba con genuina confusión.
Estaba pensando demasiado rápido, tanto que sentía que su cabeza iba a explotar en cualquier momento. El hilo de Jungkook había aparecido justo después del accidente, por lo que entendía que había cambiado su destino. Y el de Taehyung siempre había estado allí, solo que nunca había terminado atado en él.
¿Cómo diablos había pasado eso? De repente podía ver su hilo rojo y este estaba atado a dos personas ¿Tendría que cortar uno? ¿Cómo iba a hacer eso?
De pronto sus ojos comenzaron a nublarse y antes de darse cuenta, se desmayó sobre la acera frente a toda la escuela.








