Prologo
—¡Maldición... maldición! ¡Corre, Ben, corre más rápido! —gritó el joven de cabello castaño y ojos negros, mirando a su lado sin dejar de correr. Se molestó al ver a su pastor alemán, de apenas dos años, trotando feliz con uno de los bastones de esos malditos elfos en el hocico—. ¡Suelta eso, idiota! ¿No ves que nos están siguiendo?
El chico saltó hacia adelante y se escondió justo detrás de un árbol, a tiempo de ver cuatro flechas clavarse en el suelo un segundo después. Hizo una seña a su compañero para que se acercara: ellos no le harían daño al animal. No, esas criaturas iban tras él. Tras el humano.
Tomando aire con dificultad, se recostó contra el tronco y apretó su viejo rifle contra el pecho, cerrando los ojos. —Maldición...— No podía creer que un simple juego de buscar y traer lo hubiera llevado a toparse con elementales del viento. Esos malditos seres de orejas puntiagudas y ojos dorados lo seguían muy de cerca, esperando que cometiera un error para matarlo y "liberar" al perro. Hablando de él... —¡Suelta eso, te digo!— Con un movimiento rápido le quitó el bastón, recibiendo un quejido lastimero del animal. —Vas a hacer que me maten.
Ben pareció entenderlo al ver el miedo en su mirada. Se sentó sobre sus patas traseras y vigiló los alrededores, hasta que un tenue brillo a lo lejos lo puso alerta.
Thomás gruñó de dolor cuando el perro se lanzó contra él y lo tiró al suelo. —¿Qué te pa...?— Las palabras murieron en su garganta al ver cómo el árbol donde se había apoyado se hacía añicos bajo una ráfaga de viento imparable. —No, no, no... ellas también están aquí.
Sin perder tiempo, intentó levantarse con el rifle en la mano, pero resbaló sobre la tierra húmeda del bosque. Su respiración se volvió agitada y sus manos temblaban: estaba entrando en pánico.
Ben, al ver el peligro inminente y el estado de su amigo, no perdió tiempo. Se abalanzó sobre su hombro, lo mordió suavemente y tiró de él con todas sus fuerzas para ayudarlo a ponerse de pie.
—¡Ay, demonios!— El dolor lo hizo reaccionar. Por instinto tomó su arma y siguió corriendo, pateando el bastón lejos mientras avanzaba. —No veo nada, Ben... vas a tener que guiarme.
El perro ladró fuerte como respuesta, se adelantó y empezó a zigzaguear entre los árboles, mirando hacia atrás cada pocos pasos para asegurarse de que lo seguía.
—Voy... voy detrás de ti... no te preocupes—decía entre jadeos. Sentía el ardor en el hombro y en varios cortes por todo el cuerpo: había esquivado las flechas por poco, pero algunas lo habían rozado. Pero eso era lo que menos le importaba. Lo que realmente lo aterrorizaba era esperar el siguiente ataque de las ninfas...
—Te ves muy cansado, humano...—
Thomás palideció y se deslizó hasta el suelo al escuchar esa voz suave y femenina. Al mismo tiempo, sintió un corte leve en la mejilla, provocado por una corriente de aire que pasó a escasos centímetros de su cara.
—Buenos reflejos...—
Ignoró el comentario, se mordió la lengua para no soltar un insulto y se arrastró torpemente hasta esconderse detrás de otro tronco grueso.
—Huir es inútil... solo estás alargando tu agonía—se burló la voz.
Apretó el rifle con todas sus fuerzas. Sabía que esa arma no servía de nada contra esos monstruos, pero no podía rendirse. Se lo había prometido a su madre: no podía dejar solo a Ben.
Abrió los ojos de golpe al darse cuenta: el perro no estaba a su lado. Intentó buscarlo con la mirada, pero todo estaba demasiado oscuro, y los pasos que se acercaban no ayudaban. Con manos temblorosas revisó los bolsillos de su chaqueta y de su pantalón, buscando algo con qué defenderse. Solo encontró: una linterna vieja, el cuchillo de su madre, una barra de cereal caducada y unos bocadillos para Ben.
—Maldición...—Miró los objetos sin saber qué hacer. Su mente estaba en blanco, y los pasos ya estaban al otro lado del árbol. Asomó la cabeza por un instante, pero tuvo que retroceder de golpe al ver un destello blanco y sentir cómo una cuchilla afilada se clavaba en el suelo, para desaparecer un segundo después arrastrada por el viento.
—Deja de jugar, Aina... no podemos seguir perdiendo el tiempo con esta alimaña—dijo una voz nueva, fría y cortante. Era uno de los elfos: ya lo había alcanzado. Eso significaba que los demás estaban muy cerca. Sus oportunidades de sobrevivir se reducían a cada segundo.
—¡Ay, qué aburrido eres, Elwing! Solo estaba entreteniéndome un poco con el ratoncito... hace mucho que... ¿Eh? ¿Qué es esto?
La ninfa y el elfo se miraron con extrañeza antes de dar unos pasos hacia su lado izquierdo: escucharon numerosos pasos erráticos acercarse con rapidez, y los arbustos empezaron a agitarse con fuerza. A medida que los pasos se hacían más nítidos, comprobaron que no eran sus compañeros —ellos seguían esperando entre los árboles, vigilando cualquier movimiento del humano.
—¿Acaso has traído refuerzos, ratoncito? —preguntó ella, con una mezcla de burla y curiosidad.
El joven asomó la cabeza con cautela y se quedó sin aliento al ver a Ben salir de entre la maleza corriendo feliz. Lo peor de todo es que el perro no se detuvo ni siquiera al llegar justo a su lado: lo había visto, pero aun así siguió corriendo. Eso era una muy mala señal. Y cuando segundos después aparecieron unos seres lampiños, de piel blanca como la enfermedad, ojos vacíos pero hambrientos, uñas largas y afiladas y dientes sucios, supo que tenía que correr.
—¡Carajo...! —Sin perder tiempo, el chico agarró su rifle y salió huyendo detrás de su compañero, lo que provocó la molestia inmediata de la ninfa.
—No escaparás, ratoncito... —Intentó ir tras él, pero una de las criaturas se interpuso en su camino con la intención de morderla.
—¡Quítate de mi camino, ser asqueroso! —Agitó la mano con desprecio, lanzando una corriente de aire que golpeó al ser con toda su fuerza. El cuerpo salió despedido hasta estrellarse contra un árbol, muriendo al instante por el impacto brutal y manchando la corteza de su sangre oscura.
La ninfa dio unos pasos para mirar hacia donde el humano y el perro habían desaparecido, ignorando la aparición de tres elfos más que se dedicaron a acabar con las criaturas, y soltó un bufido furiosa. Se le había escapado: la única cosa que había logrado entretenerla en meses se había ido.
—Tsk... da igual... —Se giró con elegancia y volvió sobre sus pasos, encontrándose con los cuatro elfos, que apartaban los cuerpos de aquellas criaturas con asco. Ella los miró con desagrado, sin entender cómo los humanos podían llegar a convertirse en algo tan horrible.
—Dos de esas cosas se fueron tras el humano... es probable que lo alcancen y nos ahorren el trabajo —dijo uno de ellos.
La ninfa lo miró con seriedad. No quería que esas aberraciones mataran al chico: debía ser ella quien lo hiciera. Ellos no sabrían disfrutarlo como ella.
—Sí... el centro ya fue recuperado... no hay razón para seguir perdiendo el tiempo aquí... —suspiró el elfo, mirando a su compañero rubio en busca de apoyo. Este, que era Elwing, vio que la ninfa había dejado de prestar atención para caminar en dirección a la huida del humano...
—Mmm... si me esfuerzo un poco podré alcanzarlos antes de que lo maten, podría al...
Elwing suspiró y le puso el pie justo en el camino, haciéndola tropezar y caer.
—Deja de jugar. Ya recuperamos lo que nos pertenecía. Lo que le pase a ese humano ya no es asunto nuestro. Volvamos —dijo con sequedad.
Sin darle más importancia, los demás elfos guardaron sus arcos y dagas, le dieron la espalda a la ninfa y empezaron a marcharse.
Aina se levantó furiosa, pero se mordió la lengua y asintió de mala gana, empezando a seguirlos.
—Está bien... pero si nos encontramos a otro humano... ¿me dejarán jugar con él?
Nadie respondió. Solo guardaron silencio mientras avanzaban. Eran muy pocos los que se atrevían a entrar en su territorio: o estaban desesperados, o eran idiotas.
...
El joven corría con todas sus fuerzas. Sentía los pulmones arder y las piernas pesadas como plomo, pero podía escuchar que lo seguían... y que le estaban ganando terreno. Ya no eran los elementales, lo sabía bien. Esos pasos eran erráticos, torpes, casi desesperados. Quienes venían tras él eran esos malditos wendigos.
—Maldición... agradezco que me salvaras... pero ¿tenías que traer a esas cosas? —Ben ladró feliz, sin molestarse en absoluto por las criaturas que los perseguían: estaba disfrutando del ejercicio.
El castaño chasqueó la lengua mientras tomaba su rifle con fuerza y revisaba con impaciencia sus municiones. Tenía ocho balas, eran todo lo que tenía: no podía desperdiciarlas, pero si esas cosas lo alcanzaban, sería su fin. Sin embargo, si fallaba y debía usar más balas, podría atraer a más de ellas y no tendría con qué defenderse. Su cabeza no dejaba de dar vueltas: —Maldición... —Intentando no perder la calma, siguió corriendo y prestó más atención a los pasos a su espalda. Eran dos: uno pequeño y rápido que apenas causaba sonido al pisar, y uno grande y pesado, bastante más lento que su compañero. Espera... ¿sus pasos se estaban sincronizando? Se mordió el interior de la mejilla y se concentró más: los pasos del wendigo grande se escuchaban con fuerza, logrando ocultar los del pequeño, pero logró identificar algo: el más rápido daba más pasos, y parecía estar intentando tapar el sonido del otro. ¿Desde cuándo esas cosas eran capaces de coordinarse?
—Espera... —El chico entendió la situación rápidamente, metió la mano en el bolsillo y sacó la linterna. No debía preocuparse por ambos wendigos: solo tenía que distraer al más rápido para poder escapar, pero para ello tendría que sacrificar la linterna. Suspiró y, entre la penumbra, miró a Ben, que corría unos metros más adelante —y no pudo evitar sonreír. —Tengo un plan, amigo. Tendremos que movernos con cuidado a partir de ahora: intenta no hacer mucho ruido, ¿sí? —El perro ladró algo confundido, pero acató la orden: empezó a bajar la velocidad y se movió con más cautela, mientras el chico asentía, se detenía, encendía la linterna y la lanzaba con fuerza. Vio cómo el objeto parpadeaba un instante antes de brillar con claridad en el aire y caer unos metros más allá.
—Vamos... —empezó a moverse de nuevo, esta vez con mucho cuidado y lentitud, tratando de no hacer ruido, atento a los pasos que se acercaban cada vez más rápido —lo que le provocó un escalofrío y lo hizo apretar el rifle con más fuerza. Siguió avanzando hasta llegar a un tronco caído, se escondió y miró hacia donde la linterna seguía parpadeando, mientras preparaba su arma y aguantaba la respiración.
El wendigo apareció en su campo de visión: era un poco más bajo que él, de piel tan pálida que dolía la vista, vestía harapos y, por su contextura, dedujo que antes había sido una chica. Miró en todas direcciones con esos ojos negros, vacíos y hambrientos, como trozos de carbón.
—Grrrr... —El chico apretó el arma con fuerza ante el alarido fuerte y desgarrador de la criatura. Trató de no hacer ruido, pero estaba perdiendo la calma, así que miró de reojo a Ben: el perro seguía recostado contra el tronco, vigilando a la criatura, alerta como él pero mucho más tranquilo. Eso le dio un poco de aliento: tomó una respiración profunda, ajustó su agarre en el rifle y volvió a centrar la atención en la criatura, que olfateaba el aire con urgencia. Tras unos segundos mirando a su alrededor, al fin dirigió la vista hacia donde ellos se escondían.
—Maldición... —El castaño frunció el ceño y quitó el seguro del rifle, apuntando a la criatura que avanzaba lentamente, con curiosidad. —Ben... a mi orden necesito que corras lo más lejos de aquí... no te preocupes por mí... solo corre... —El perro no se movió: solo soltó un gruñido como negación, flexionó las patas traseras y se preparó para luchar. —Demonios... —Puso el dedo en el gatillo, pero sus manos temblaban sin control. Escuchaba los pasos del segundo wendigo cada vez más cerca: debía actuar rápido antes de que llegara, pero no lograba calmarse. —Maldita sea, Thomás... contrólate... solo es uno de ellos... esa cosa ya no es humana... no tienes por qué dudar... —Se mordió el interior de la mejilla con fuerza, pero el temblor no desapareció. Tenía miedo. Su padre tenía razón: era un cobarde.
Se maldijo internamente, y el aliento se le escapó en un suspiro entrecortado cuando el wendigo se detuvo a solo unos metros del tronco y giró la cabeza justo hacia su escondite; sus fosas nasales se dilataron: los había olido.
En ese momento, Ben soltó un ladrado corto y furioso, y salió disparado hacia adelante antes de que Thomás pudiera detenerlo. El chico abrió los ojos de par en par, se levantó de golpe y aferró el rifle con todas sus fuerzas:
—¡Ben, no!
El perro lo ignoró y se lanzó contra la criatura, haciéndola tropezar, pero el wendigo se recuperó en un instante, lanzó al animal hacia un lado y alzó una garra afilada, lista para acabar con su vida. Esa imagen fue el impulso necesario: sin pensarlo, sin dudar ya, Thomás cerró los ojos y apretó el gatillo.
El estruendo del disparo resonó en todo el bosque. Thomás abrió los ojos unos segundos después y solo pudo dejar caer el arma, en shock, mientras veía a la criatura tambalearse, sosteniéndose el cuello en un intento desesperado por detener la sangre que se le escapaba entre los dedos. Aun así, en ese estado, intentó acercarse a él. Thomás retrocedió un paso, y por un instante todo sonido desapareció: el tiempo pareció ralentizarse. La criatura dejó de moverse y cayó de golpe, mientras su sangre oscura empezaba a manchar la tierra.
A un lado, Ben se levantó con lentitud, recuperándose del golpe. Thomás miró sus manos, que temblaban con fuerza; el eco del disparo aún vibraba en el aire, hasta que se vio opacado por unos pasos que corrían hacia ellos a toda velocidad. Eso lo devolvió de golpe a la realidad: el segundo wendigo ya estaba ahí.
—¡Corre, Ben, corre! —gritó el chico, recogiendo el arma con manos que ya no temblaban tanto. Se giró y empezó a correr: ahora tenía una oportunidad de sobrevivir, pero debía moverse rápido. Miró esporádicamente hacia atrás hasta que tropezó con una raíz y casi cae, por lo que se obligó a mantener la vista al frente.
El suelo crujió detrás de él con una fuerza brutal. El segundo wendigo era mucho más grande: sus pasos hacían temblar la tierra, y su respiración era un gruñido ronco que parecía llenar todo el bosque. Thomás no se atrevía a mirar atrás, pero sentía su aliento frío cada vez más cerca y no podía hacer nada: estaba agotado, había huido durante todo el día y su cuerpo poco a poco cedía al cansancio.
—¡Más rápido, Ben! —suplicó, viendo cómo el perro corría a su lado, con el pelaje erizado pero sin quedarse atrás. Ese golpe lo había afectado: lo veía más temeroso ahora, pero aun así seguía alerta por si debían luchar. El rifle pesaba como plomo en su mano, y calculó en un segundo: quedaban siete balas. No podía fallar.
De repente, una sombra enorme se abalanzó desde la derecha. Thomás se tiró al suelo por instinto, rodando sobre las hojas secas mientras la garra de la criatura le rozaba el hombro, desgarrando la tela de su chaqueta. Se puso de pie en un segundo, apuntó sin dudar y disparó justo al pecho del ser.
El estruendo volvió a sonar, pero esta vez el wendigo no cayó: soltó un alarido furioso y se tambaleó, pero siguió avanzando.
—¿Qué...? —se le escapó, mientras cargaba de nuevo con manos firmes. Pero al ver el orificio que le había hecho y que seguía en pie, solo pudo girarse para volver a correr, maldiciéndose: le había dado en el pecho, justo donde debería estar su corazón, pero no le hizo nada. Esa cosa había resistido una bala de su PR900: era un arma vieja, pero con mucha potencia, y no había servido de nada.
Ben ladró con fuerza, se detuvo unos segundos para olfatear el aire, miró hacia la izquierda y se adentró en la maleza.
—¿Qué demonios, Ben? ¿A dónde vas?... —Thomás se lanzó al suelo eludiendo un zarpazo que pasó a unos centímetros de su cabeza, y se mordió la lengua. —¡Maldita sea! —Arrastrándose unos centímetros, se puso de pie y corrió tras él, buscándolo entre la oscuridad. No podía ver mucho, y peor aún: no podía detenerse, esa cosa lo seguía de cerca y no se detendría hasta atraparlo.
Escuchó el tronco de un árbol romperse detrás suyo: el wendigo se abría paso entre la vegetación sin importarle nada, derribando lo que se le pusiera por delante. Thomás se agachó al pasar bajo unas ramas bajas, con el corazón a punto de salírsele del pecho, y llamó en un susurro desesperado:
—¿Ben? ¡Ben, responde!
Un ladrido breve, muy cerca, a su derecha. Pero antes de que pudiera girarse, tropezó con una piedra y cayó por una pendiente suave, rodando hasta detenerse contra la pared rocosa de un pequeño desfiladero. Al levantar la vista, vio al wendigo asomarse arriba, recortado contra el cielo oscuro, y empezar a bajar lentamente...
Pero entonces vio una sombra saltar desde unas rocas superiores, directa al rostro de la criatura: era Ben, que lo había llevado hasta ahí.
—¡No, Ben! —gritó, al mismo tiempo que notaba algo extraño en la roca que tenía a sus espaldas: no era piedra sólida, sino una entrada oculta, cubierta de musgo. Era una cueva.
Thomás se levantó rápido, miró la entrada unos segundos y luego se giró para encarar a la criatura, aferrando su rifle con fuerza mientras apuntaba al monstruo, que se movía frenético intentando atrapar al perro —que cojeaba pero seguía eludiéndolo.
—¡Aléjate de él, maldito engendro! —Tomó una respiración profunda, apuntó al rostro y disparó, dándole en uno de sus ojos. —¡Ben... adentro, ahora!
El perro miró a la criatura tambalearse, gruñir y golpear el aire furiosa, antes de correr hacia la cueva cojeando.
Thomás recargó su arma mientras veía al wendigo sostenerse el rostro con rabia... Carajo, ¡aún seguía en pie! Le había dado en la maldita cabeza y no caía. Miró su arma y luego al monstruo: ya había gastado dos balas en él y no le habían hecho nada. Escuchó movimiento alrededor y supo que solo le quedaban cinco balas. Debía pensar en cómo acabar con él, o al menos despistarlo.
—Maldición... Espera aquí, amigo... ya vuelvo... —Agarró una piedra, le asintió a Ben y corrió hacia un lado. —¡Eh... feo! —Lanzó la piedra golpeándolo en la cabeza, ganándose una mirada llena de furia desde su único ojo sano.
Thomás sonrió con nerviosismo y empezó a correr lejos de la cueva, mirando hacia atrás de vez en cuando esperando que lo siguiera. Trastabilló cuando el imponente ser soltó un alarido ensordecedor antes de cargar hacia él: cualquier animal, humano o incluso otro wendigo que estuviera cerca huyó despavorido, nadie se atrevería a interponerse en su camino.
...
—Umm?... Parece que el ratoncito tiene garras... —Aina detuvo su avance y miró con intensidad, y un dejo de burla, hacia la espesura del bosque. El humano se estaba defendiendo... y había logrado enfurecer a una de esas aberraciones.
—No fue muy lejos de aquí... Parece que lo subestimamos —Elwing entrecerró los ojos, intentando ver entre la oscuridad.
—O esas cosas son... más tontas de lo que creemos —añadió ella, con una sonrisa que no auguraba nada bueno—. Sea lo que sea... quiero verlo de cerca...
Los elfos se miraron entre sí, un tanto escépticos, y estaban listos para negarse.
—Vamos, chicos... ¿cuándo fue la última vez que vimos a un humano?... Mejor aún, ¿a un humano enfrentarse a una de esas cosas?... Hace años que no pasa nada interesante en este bosque, ¿y ahora quieren que lo ignoremos?... ¿En serio?
Los elfos miraron a Elwing, incómodos: Aina tenía razón, hacía mucho que sus patrullas eran monótonas, y la verdad sentían curiosidad por ver cómo terminaba todo.
—Has absorbido demasiado de esas revistas humanas... —Elwing se frotó la frente y suspiró—. No dejarás de molestarme a menos que acepte, ¿verdad?
Aina le guiñó un ojo y asintió.
—Tú cargarás con el castigo de todos cuando volvamos... —Sin darle tiempo a responder, Elwing asintió a sus compañeros y saltó a las ramas, avanzando hacia el origen del ruido.
—Predecibles... —soltó una risa la ninfa, y se puso en marcha tras ellos.
...
Thomás se recostó contra un árbol y se agachó justo cuando un tronco golpeaba donde había estado segundos antes, haciéndose pedazos en cientos de astillas que pasaron a centímetros de su rostro y cuello. Ignorando la sensación cálida que empezaba a descenderle por la sien y la mejilla, se puso de pie de nuevo y siguió caminando: pasos cansados, tambaleantes, sin rumbo fijo, solo buscando alejar al monstruo de su amigo. Se apoyó en otro tronco y miró hacia atrás: la silueta de la criatura se acercaba lentamente. Agradeció en silencio que fuera tan lenta; si se moviera más rápido, ya estaría muerto. Tomó aire profundo, aferró el rifle con fuerza y siguió adelante: aún le quedaban cinco balas, si se le ocurría algún plan.
...
Elwing saltó al desfiladero y observó con atención: había huellas, rocas desplazadas, un casquillo de bala y un charco de sangre oscura y maloliente. El humano había estado allí, y hubo una pelea. Caminó unos pasos mientras sus compañeros llegaban a su espalda, y se arrodilló para recoger el casquillo.
—No están lejos... todavía está caliente —dijo.
Los elfos asintieron y empezaron a registrar la zona, mientras Aina se acercaba.
—Esa cosa debe ser inmensa... perder tanta sangre y seguir en pie... —La ninfa miró el charco con curiosidad, hasta que su vista se posó en el musgo y la entrada oculta—. Eh... —Hizo una seña a Elwing, que sacó su daga, mientras los demás tensaban sus arcos y apuntaban hacia la oscuridad.
Un gruñido rasgó el aire justo cuando Elwing se acercaba, y los elfos se miraron confundidos: no era un sonido humano, era animal. El elfo rubio se apartó rápidamente cuando Ben saltó desde la cueva, con los dientes al descubierto. Al tocar el suelo, el perro alzó su pata delantera izquierda con un gemido de dolor, llamando la atención de todos.
—Está herido... —Aina se fijó en el corte profundo que recorría la extremidad—. ¿Lo abandonó aquí, solo y herido?... Qué clase de ser...
—No —Elwing alzó la vista hacia el lugar de donde venían los ruidos—. Se llevó a esa aberración lejos para protegerlo.
Nadie dijo nada al principio. Los elfos y la ninfa se miraron entre sí, incrédulos: esa clase de valentía... o de locura... no era lo que esperaban de un humano.
—Valens... cúralo —dijo Elwing.
Un elfo de cabello negro y ojos púrpuras asintió rápido e intentó acercarse, pero al hacerlo Ben gruñó y se puso alerta.
—No te haremos daño... no podemos, solo queremos curarte esa herida... —El perro no se relajó; al contrario, dio un paso atrás mientras buscaba alguna salida entre los elfos y la ninfa, pero se distrajo cuando a la distancia se escuchó un fuerte estruendo.
—No puedes ayudarlo si sigues asustado —Aina miró al perro con atención: se veía aterrorizado, casi preocupado tras el ruido.
Ben se enderezó exaltado e intentó correr cuando un disparo resonó a lo lejos: su amigo estaba en problemas y lo necesitaba. Debía ir con él, pero al dar un par de pasos su pata cedió y tambaleó.
Al verlo así, Aina corrió rápidamente hacia él y se arrodilló para intentar tocarlo, recibiendo un mordisco en el brazo. Pero la ninfa no se inmutó: solo sonrió un poco y con su otra mano acarició la cabeza del animal.
—No voy a lastimarte... Solo quiero ayudarte... Madre Gaia nos pidió que los cuidáramos... ¿Así que me dejas cuidar esa herida? —Los elfos miraron a Elwing preocupados, pero él solo negó: era el deber de los elementales cuidar a los animales y al mundo, sin importar si salían heridos en el proceso.
El mordisco se aflojó poco a poco. Ben olfateó el brazo de Aina, luego su mano, y finalmente bajó la cabeza, dejando escapar un gemido suave. La ninfa sonrió y apoyó la palma sobre la herida: una luz verde suave empezó a brillar entre sus dedos, y el corte cerró lentamente, dejando solo una marca pálida en el pelaje. Ben miró su pata, dio unos pasos moviendo la cola feliz al no sentir dolor, y se lanzó sobre ella para lamerle la mejilla. Luego se enderezó y salió corriendo cuando un nuevo disparo se escuchó a lo lejos.
—¿Estás bien? —Elwing le tendió la mano y sacó un pequeño pañuelo blanco al ver la sangre que caía del brazo de la ninfa.
—Sí... fue solo un rasguño... —Aina tomó el pañuelo para limpiarse y hacerse un torniquete; ya se curaría después—. Vamos... No quiero perderme el espectáculo... —No esperó respuesta y siguió al perro, mientras los elfos miraban a Elwing en busca de órdenes. Este suspiró resignado y fue tras ellos: ella los metería en grandes problemas, estaba seguro.
...
Thomás trastabilló y se apoyó contra un árbol, respirando con dificultad. Estaba agotado y herido: miró su brazo y vio un corte en el antebrazo; luego su muslo, donde el jean rasgado dejaba ver una herida superficial; también sentía la sangre descender por su sien y mejilla. Suspiró y siguió corriendo con las pocas fuerzas que le quedaban: había sido una noche interminable y esa cosa parecía no querer rendirse. Había logrado frenarlo un poco disparándole a las rodillas, pero no cayó... y ahora solo le quedaban dos balas. No podía desperdiciarlas. Tomó aire y se detuvo un instante: ¿sonaba agua? Palideció y miró hacia atrás: una roca enorme volaba hacia él. Maldiciendo su suerte, saltó a un lado y vio al wendigo acercarse arrastrando las piernas rotas, pero sin detenerse. Miró luego hacia el frente: el camino se abría y el sonido del agua era más claro.
—Maldición... espero que esas cosas estén dormidas... —Aferró el rifle y avanzó más lento, hasta llegar al borde: frente a él se extendía un río.
El agua rugía con fuerza, oscura y rápida, golpeando las rocas que sobresalían. No había puente ni paso seguro, y el wendigo estaba a pocos metros, arrastrando su cuerpo destrozado. Thomás miró el río y retrocedió un paso.
—No tengo opción... —murmuró, subiendo el cañón del rifle. No notó que finos hilos de agua salían del cauce y se dirigían hacia él.
Miró el arma y luego a la criatura: dos balas, pocas opciones. Podría intentar darle en el otro ojo, pero quizás solo lo enfurecería más. Antes de decidir, el wendigo soltó un alarido final y se lanzó sobre él. Thomás disparó por instinto: la bala atravesó su garganta, pero siguió avanzando con las manos extendidas. Había fallado.
—Maldición... —Intentó saltar, pero en ese momento sintió algo húmedo enrollarse en sus tobillos. Perdió el color al ver las garras a centímetros de su rostro, y cayó de cara. Empezó a ser arrastrado hacia el agua mientras luchaba por sostenerse de algo: ya no le importaba el monstruo, hasta que vio con horror cómo látigos de agua sujetaban también al wendigo y lo arrastraban sin esfuerzo al río.
Intentó aferrarse a la tierra, a una roca, a lo que fuera, pero la fuerza era mayor. Sus manos estaban llenas de cortes y raspones, pero no le importaba; miró con impotencia cómo su rifle quedaba a un lado. Apretó los dientes y clavó los dedos en el suelo, y entonces lo entendió: estaban jugando con él. Lleno de terror miró hacia el río y las vio: sus cabellos mojados se pegaban a rostros hermosos, sus ojos brillaban con un tono azulado hipnótico que lo hacía sentir débil. Estaba cayendo en el hechizo de las ondinas.
—Te ves muy cansado, pequeño... Podemos ayudarte... Solo deja de luchar y ven con nosotras... Todo estará bien —dijo una mujer de cabello rojo, con voz suave y envolvente. Sabía que era una trampa, pero su cuerpo empezó a ceder.
Sacudió la cabeza con fuerza y se concentró en el dolor de sus heridas, mirando hacia el bosque con horror: Ben salía corriendo hacia él.
—No, Ben... vete de aquí... —quiso gritar, pero el perro no lo escuchó y siguió avanzando, con miedo y desesperación en la mirada. El agarre de Thomás cedió y empezó a deslizarse hacia el agua.
Ben no lo dudó: vio las figuras en el agua y corrió hasta la orilla, intentando morder a la más cercana, pero los látigos lo inmovilizaron al instante.
—No interfieras, pequeño... Pronto serás libre —dijo otra ondina, de cabello negro y rizado, con esos mismos ojos brillantes y fríos—. Nosotras cuidaremos de ambos.
Thomás miro asustado como los látigos tomaban a Ben y ... se soltó dejabandose arrastrar mientras buscaba entre su ropa para rápidamente tomar su cuchillo intentando cortar los hilos que lo aprisionaban causandole gracia a las Ondinas.- Eso no funcionara cariño... solo estas perdiendo el tiempo...- El chico miro impotente como el cuchillo traspasaba los hilos sin hacerles nada.
En los árboles Aina miraba todo con sus puños apretados, habían llegado hace unos minutos y habian estado viendo todo lo que pasaba, Elwing y los elfos miraban a la ninfa con preocupación, ella odiaba a las Ondinas y ellas le estaba quitando su presa, era obvio que no se quedaría mirando.- Tienes que controlarte.... ya no podemos hacer nada...- Valens puso su mano en el hombro la Ninfa y miro como el humano era arrastrado al río sin decir mas.
-No podemos dejar que lo maten... Madre Gaia no lo perdonara...- La Ninfa mantenía su miraba fija en Ben que luchaba y lloraba al ver a su amigo empezar a sumergirse en el agua.
Elwing se mantuvo en silencio y miro la escena por unos segundos soltando un suspiro derrotado antes de que sus ojos emitieran un brillo dorado y de desaparecer del árbol. Lo siguiente que paso fue demasiado rapido; el Elfo aparecio en la orilla del rio con su daga desenfundada cortando los hilos que aprisionaban a Ben antes de adentrarse en el agua y liberar a Thomás sacándolo de un tirón del agua lanzándolo sin cuidado hacia la orilla bajo la mirada incrédula de las Ondinas y de sus compañeros...
—¿Cómo te atreves?... —siseó la ondina de cabello rojo, y el río entero rugió con furia, elevando olas que golpearon la orilla—. ¡Nadie entra en nuestro dominio y se va sin castigo!
Elwing se colocó delante de Thomás y Ben, con la daga en alto y la mirada dura, sin retroceder ni un paso.
—Este territorio es del bosque, no es vuestro —respondió con voz firme—. Y no podéis reclamar almas que no os pertenecen: ese humano nos debe algo... su destino corresponde a los elfos.
Alzó la daga mientras sus ojos seguían brillando con intensidad, y una fina capa de aire envolvió la hoja.
—Ellos invadieron nuestro hogar —replicó la ondina de cabello negro, y los hilos de agua empezaron a tejerse en forma de lanzas afiladas a su alrededor—. Y pagarán el precio... junto contigo.
En ese momento, Aina saltó desde las ramas y cayó junto al elfo; la tierra tembló levemente bajo sus pies, y la hierba creció rápido alrededor de sus tobillos.
—Eso no pasará... vuestro territorio es el agua, no el bosque... y ese ratoncito nos pertenece a nosotros... además... —Los ojos de la ninfa brillaron con fuerza mientras el viento se agitaba a su alrededor—, intentaron dañar a una criatura inocente.
Valens y su compañero saltaron entonces de los árboles, con los arcos tensados y las flechas apuntando directamente a las ondinas, que devolvieron la mirada con ira contenida hacia los elementales.
Mientras tanto, ajena a la disputa que estallaba entre seres antiguos, Ben corrió rápidamente hacia Thomás y se frotó contra él, presionando su cuerpo contra el del chico, que aún tosía con fuerza intentando recuperar el aliento y expulsar el agua que le llenaba los pulmones. Thomás se incorporó con un dolor agudo en el pecho y miró con incredulidad las espaldas de los elfos y la ninfa: ¿lo estaban ayudando? Era imposible...
—Largo... —dijo Elwing con voz gélida, sin apartar la vista de las ondinas, que apretaban sus armas con fuerza; los elfos tensaron aún más los músculos al escuchar a su líder.
—¿Eh?... —Thomás tardó unos segundos en reaccionar, pero asintió nervioso y corrió a recoger su rifle—. Yo... gracias... Vamos, Ben...
Elwing no respondió, manteniéndose serio e inmóvil. Fue Aina quien habló entonces:
—No des las gracias, ratoncito... tu vida me pertenece... y seré yo quien te mate...
Sonrió con una dulzura deslumbrante que contrastaba brutalmente con sus palabras, y al instante un escalofrío helado recorrió la espalda del humano y de los propios elfos.
El silencio cayó sobre la orilla, solo roto por el murmullo del río. Las ondinas se miraron entre sí, desconcertadas por la propia amenaza de la ninfa, y poco a poco las lanzas de agua se disolvieron.
—Si es así... te lo quedas —soltó la ondina roja, con un tono de desprecio—. Pero recuerda: el río no olvida. Si tú no lo reclamas, volveremos a buscar lo que es nuestro.
Con un último rugido, las figuras se desvanecieron en la corriente, y el agua recuperó su ritmo habitual, dedicándoles una última mirada al humano y a su compañero. Thomás dio un paso atrás, abrazando el rifle contra su pecho, y miró a Aina con los ojos muy abiertos.
—¿Qué... qué quieres decir con eso? —preguntó con voz temblorosa.
La ninfa giró lentamente la cabeza hacia él, y su sonrisa se volvió más afilada que nunca.
—Quiero decir que ahora no puedes morirte... al menos no hasta que yo decida qué puedes hacerlo. Y créeme, pequeño humano hasta entonces... tengo muchas ideas en mente...-Un escalofrío volvió a recorrer a los presentes pero nadie se atrevio a decir algo, era mejor ignorarlo. Elwing al estar seguro de que las ondinas se habían ido suspiró, y miró a la ninfa unos segundos y luego centró su atención en el humano.
—Largo... vivirás hoy... —El elfo rubio miró al perro unos segundos, dejando claro que era gracias a él que saldría de allí. Los demás elfos desviaron la mirada, mientras Aina se preparaba para oponerse... pero para su sorpresa, Thomás ya había empezado a correr hacia el interior del bosque. Ben, en cambio, se tomó unos instantes para mover la cola y ladrar agradecido antes de seguir a su amigo.
Aina ignoró un momento la huida para sonreírle al perro y despedirse con la mano. Pero en cuanto se aseguró de que se habían ido, se encaró a Elwing con los ojos brillantes de molestia.
—¿Por qué? —Esa sola pregunta hizo que Valens y su compañero dieran un paso atrás, incómodos. Elwing por su parte miró hacia el bosque por donde se habían marchado, con expresión serena.
—Se lo ganó... Una vida por otra... Mientras siga cuidando al cachorro, vivirá... —Aina abrió la boca para rebatir, pero se detuvo al mirar su brazo, donde Ben la había mordido, y lo entendió: el chico había arriesgado todo por el perro, y eso había sido suficiente para que Elwing decidiera dejarlo vivir. Asintió de mala gana y no dijo nada más, limitándose a observar la espesura.
—Volvamos... nuestra guardia terminó hace horas... —dijo ella y sin esperar respuesta empezó a caminar tomando un camino distinto al del humano, molesta. Elwing lo sabía, así que suspiró, guardó su daga y miró al resto.
—Ni una palabra de lo que ocurrió aquí... —Todos asintieron sin dudar: si se descubría que habían dejado vivir a un humano, el castigo sería terrible.
....
Thomás miró hacia atrás por décima vez, y al cerciorarse de que nadie lo seguía, se dejó caer contra el tronco de un árbol cercano, permitiéndose por fin descansar. Había sido un día interminable, por decirlo suavemente; su cuerpo estaba destrozado, lleno de magulladuras y heridas, y en ese momento solo quería tomarse unos segundos para recuperar el aliento.
Dejó resbalar el rifle hasta que quedó apoyado a su lado, y cerró los ojos mientras el frío de la madera se filtraba a través de su ropa mojada. Todo le dolía: los cortes, los golpes, el pecho que aún le ardía tras haber estado sumergido. Pero al sentir el peso cálido de Ben recostándose contra su pierna, abrió los ojos de nuevo y acarició distraídamente la cabeza del perro.
—Estamos vivos... —susurró, casi sin darse cuenta—. No sé cómo, pero estamos vivos.
La extraña promesa de la ninfa y la mirada del elfo seguían dándole vueltas en la cabeza, enviándole escalofríos por la espalda. Pero por ahora, el peligro inmediato se había alejado. Solo por ahora. Soltando un suspiro derrotado, buscó entre su ropa y sacó las golosinas para perro: estaban mojadas y algo deterioradas, aun así se las ofreció al animal.
—No sé si las quieras ahora... —A Ben pareció no importarle en absoluto su estado; metió el hocico en la mano del chico y se las comió todas con urgencia, mientras Thomás le acariciaba la cabeza con una sonrisa. —Eh, tranquilo... con calma, son todas tuyas...
Esperó a que Ben terminara de comer y de lamerle la mano, luego se limpió en el pantalón e hizo una mueca de dolor cuando la tela rozó el corte del muslo, pero decidió ignorarlo y se puso de pie.
—Vamos, amigo... No es seguro aquí... además, extraño muchísimo mi cama... —Recogió el rifle, tomando una respiración profunda y empezó a caminar. Ben movió la cola feliz, se relamió el hocico y siguió de cerca a su compañero. Ambos ignoraban la luz suave que los seguía desde la distancia, oculta en la espesura del bosque.
El camino de regreso fue relativamente tranquilo: se cruzaron con algunos wendigos, pero lograron despistarlos sin mucho problema. Tuvieron que ir con extremo cuidado: ambos estaban agotados, y para defenderse solo les quedaba una bala y su viejo cuchillo. Se movieron en silencio, y tardaron una hora y media más de lo habitual en salir del bosque. El sol ya asomaba detrás de las montañas cuando dejaron los árboles atrás y se acercaron a un campamento abandonado. Todo estaba destruido: las pequeñas casas, o lo que quedaba de ellas, estaban derrumbadas o quemadas hasta los cimientos; había sangre seca, ceniza y escombros por todas partes.
Thomás suspiró sin darle demasiada importancia al lugar: había llegado allí justo después de que las salamandras lo arrasaran. Era una imagen desoladora, pero entre los restos había encontrado su refugio.
—Eh... Ben... ya sabes qué hacer... —El perro asintió y corrió unos metros delante para vigilar. Miró en todas direcciones, olfateó el aire y agudizó el oído durante unos dos minutos antes de volver y ladrar una sola vez: estaban solos. —Bien, vamos...
Sin decir nada más, el chico entró en una casa cuyas paredes y suelo de madera aún resistían en pie, se dirigió a un rincón, miró de nuevo a su alrededor y dejó el rifle a un lado. Apartó una pila de ropa vieja, libros olvidados y escombros, revelando una puerta oculta en el suelo. Con un poco de esfuerzo logró levantarla, dejando ver unas escaleras oscuras.
—Adentro, Ben... —El perro bajó feliz al interior, mientras Thomás recogía su arma, lo seguía y cerraba la puerta tras de sí.
La puerta oculta se cerró con un suave golpe seco, y el ruido del viento y el mundo exterior se desvaneció a medida que bajaba los escalones. Thomás descendió los últimos y encendió una pequeña linterna de aceite que tenía en una repisa cercana: una luz cálida y dorada iluminó todo el espacio.
Era mucho más amplio de lo que parecía desde arriba: una estancia rectangular, cavada con cuidado bajo tierra y reforzada con vigas de madera robusta que aún resistían bien. El aire olía a tierra seca, leña y el ligero aroma a hierbas que guardaba allí.
A un lado, había una pequeña cama hecha con ramas cubiertas de mantas gruesas y pieles secas —su cama, la que tanto había extrañado—, y al lado, una manta extendida en el suelo para Ben. Junto a ellas, un bloque de ladrillo que hacía las veces de mesita, donde descansaban un reloj de mesa y un cuaderno de tapa gruesa de color rojo. Más allá, una estantería con provisiones: frascos con agua limpia, comida en conserva, galletas viejas, barras de cereal añejas y lo que quedaba de su reserva de golosinas para el perro. En una esquina, una pequeña chimenea de piedra con leña lista para encender, y cajas cerradas con herramientas, vendas y medicinas.
Ben dio vueltas en círculo, olfateó cada rincón y luego se dejó caer pesadamente sobre su manta, suspirando de alivio. Thomás apoyó el rifle contra la pared, se pasó la mano por la cara sucia y, por primera vez en todo el día, sonrió de verdad. Dejó la linterna sobre el bloque de ladrillo, junto al reloj, asegurándola bien para que no se cayera, y se dejó caer sentado en el borde de la cama mirando a su alrededor: por fin estaban a salvo, y podía descansar. Tomó una respiración profunda y permitió que su cuerpo se relajara; miró hacia un lado y vio que Ben ya dormía plácidamente sobre su manta.
Estaba agotado y su cuerpo le pesaba, pero su mente no lo dejaba dormir: tenía demasiado en qué pensar. Suspiró, se levantó y se acercó al estante. Tomó una de las bolsas de galletas y las dejó sobre la cama, luego sirvió los bocadillos de Ben en un plato y lo colocó en el suelo, cerca de su rincón. Volvió a su sitio, tomó el cuaderno rojo y lo abrió sobre sus rodillas.
Mientras tanto, afuera, entre los escombros, la luz verdosa se detuvo un instante, brilló suavemente sobre la puerta oculta y luego se desvaneció, como si hubiera cumplido su cometido.
....
En las profundidades del bosque, Elwing y los elfos observaban con cautela a la ninfa, que caminaba en silencio a su lado. Era extraño verla tan callada, y más aún después de no haber conseguido lo que quería. Habían pasado unas dos horas desde su encuentro con las ondinas y la huida del humano, y todos habían decidido tomarse su tiempo para regresar. O mejor dicho: los elfos simplemente seguían el ritmo de la elemental rubia.
Sabían que llegarían muy tarde al informe diario, pero ninguno de ellos se atrevería a decirle nada. Tal vez solo Elwing, pero al igual que ella se mantenía en silencio, ajeno a la atmósfera tensa que reinaba entre ellos. Nadie se atrevía a intervenir, no después de la mirada que le había dedicado a Valens cuando este se acercó para preguntarle cómo se sentía: su respuesta había sido un corto y seco «Bien», acompañada de una expresión cargada de fastidio que les dejó muy claro que no debían molestarla, al menos no por ahora.
—Capitán... ¿cree que esté bien?... no es normal que esté tan callada... —Valens golpeó con el codo a su compañero al oírlo hablar; ese elfo de piel morena, cabello negro y ojos castaños sabía perfectamente que era mejor no provocarla.
—Silencio, Corin... ¡Te escuchará! —Valens no pudo añadir nada más: una corriente brusca de aire golpeó las piernas de ambos, haciéndolos caer al suelo. Elwing se frotó la frente y suspiró al ver lo ocurrido, mientras el cuarto elfo —de cabello castaño y ojos azules— solo soltaba una risa nerviosa, mirando al líder esperando que hiciera algo.
—¿Estás bien?... Se nota claramente que algo te molesta —Elwing dio unos pasos adelante para acercarse a la ninfa. Ella se detuvo unos segundos y asintió distraídamente, sin prestarle demasiada atención: había sido solo un reflejo al atacar a sus compañeros.
Ella suspiró, bajó la mirada hacia las raíces de los árboles y por primera vez dejó ver esa inquietud que llevaba guardada desde la orilla del río.
—No es solo que no pude hacer lo que quería... —dijo con voz baja—. Es él. Ese humano... no debería estar aquí. Nadie cruza este bosque y sale vivo, y mucho menos enfrentándose a un wendigo, a las ondinas y saliendo ileso. Y lo peor... —se detuvo y miró a Elwing fijamente—, lo hiciste vivir por un perro. Sabes que las reglas son claras: no permitimos que los intrusos salgan vivos del bosque.
Elwing se quedó callado un instante, luego miró hacia la espesura con calma.
—Lo hice porque vi lo que tú también viste —respondió suavemente—. No huyó para salvarse él: se quedó para defender a su compañero. Arriesgó todo por una criatura que no es de su especie. Eso... es algo que casi nunca se ve en los humanos. Y además... —añadió bajando la voz y señalando con la mirada el brazo herido de la ninfa—, nuestro deber es cuidar a los animales de este mundo. Si el humano muere, el cachorro podría seguirlo al otro mundo... Tienen un vínculo demasiado fuerte. Él te atacó porque te vio como una amenaza para su amigo.
Aina se llevó la mano al brazo, rozando la marca pálida que ya empezaba a cerrarse, y recordó la mirada del perro: no había sido maldad, solo protección. Su expresión se suavizó, y por primera vez en horas desapareció el brillo de enfado de sus ojos.
—Entonces... —murmuró, sin apartar la vista de la herida—, ¿es eso lo que viste? ¿Lealtad? —Suspiró y miró hacia el camino que se abría entre los árboles—. Supongo que... no tiene sentido castigar a uno sin el otro. Y tampoco puedo culpar al cachorro por defender lo que es suyo.
Hizo una pequeña pausa, respiró hondo y enderezó la espalda, recuperando parte de su energía habitual.
—Está bien —dijo con un tono más firme—. Tienes razón, pero mantendré vigilado al humano. Y si pone en peligro el bosque o a cualquier criatura, seré yo quien se encargue.
Elwing asintió con una media sonrisa de alivio.
—Eso es lo que esperaba escuchar. Vamos, ya es tarde...
Los cuatro se pusieron en marcha de nuevo. Ya no había silencio tenso ni miedo a molestar: Corin y Valens empezaron a charlar en voz baja, y hasta la ninfa se adelantó unos pasos, aunque esta vez dejaba claro que todos caminaban juntos. A medida que avanzaban, la luz entre las ramas se volvía más escasa, los árboles se hacían más imponentes y la espesura empezó a cortarles el paso hasta convertirse en una enorme muralla verde que parecía no tener fin.
Elwing miró a sus compañeros por unos segundos y asintió, soltando un suspiro. Estaba seguro de que los estaban esperando: no se habían reportado desde el día anterior, cuando recibieron la misión de recuperar el bastón, y habían desaparecido una noche entera. Sabía que habría preguntas, y solo esperaba poder descansar antes de que todo empezara...
Cortó sus pensamientos cuando la espesura frente a él empezó a moverse, separándose para dejar que la luz se filtrara. Miró hacia atrás, a sus compañeros, esperando que alguno hubiera abierto la entrada, pero al verlos negar con la cabeza comprendió que nadie lo había hecho.
—¿Saben qué hora es, por todos los cielos?... —Aina corrió a esconderse detrás de Elwing al escuchar la voz de su madre, cargada de molestia—. Los enviamos a encontrar el bastón del maestro Varis... ¿Qué tan difícil puede ser?...
La espesura se abrió lo suficiente para formar una puerta natural, revelando dos figuras: un hombre mayor de porte serio y una mujer de mediana edad, con la mirada tan afilada como las hojas a su alrededor.
—Llegaron con una noche de retraso —añadió el anciano, dando un paso al frente—. No enviaron ningún aviso, y la magia de rastreo se interrumpió por completo. Expliquen qué ocurrió.
Elwing dio un paso adelante, ocultando con discreción el brazo de Aina de la vista de los mayores.
—Nos topamos con las ondinas —respondió con voz firme—. Bloquearon el paso y nos obligaron a detenernos. Tuvimos que mediar y esperar a que se calmara la corriente para cruzar.
—¿Solo eso? —insistió la mujer, entrecerrando los ojos—. Siento restos de magia de viento, rastros de lucha... y una marca extraña en ti, hija. —Señaló el brazo de Aina, que esta vez no pudo ocultar del todo—. ¿Qué te pasó?
—Fue un percance, señora Sylora —intervino Elwing antes de que ella pudiera hablar—. Una criatura asustada nos confundió con una amenaza y reaccionó rápido. No es nada grave, ya está sanando.
La mujer los miró uno a uno, deteniéndose en los rostros serios de Corin y Valens, que asintieron en silencio para respaldar las palabras de su capitán. No había rastro de mentira en sus ojos, y sin embargo... la sensación de que ocultaban algo persistía. Miró a su hija con detenimiento: estaba visiblemente nerviosa, era evidente que escondían algo.
—¿Por qué tuvieron que mediar con las ondinas?... Según lord Varis, su bastón estaba en nuestro territorio, ¿cómo terminó en el suyo? —Elwing intentó mantener la calma y buscar una respuesta, pero su mente se quedó en blanco. Aina miró a su madre sorprendida y se adelantó para hablar antes de pensarlo bien.
—La criatura que me atacó se lo había llevado... él pensó que era un juguete —Elwing y los demás elfos la miraron con distintos grados de incredulidad ante tan mala excusa. Su madre la observó escéptica, antes de volver la vista al anciano, que hasta entonces había permanecido en silencio, intentando contener la risa a duras penas.
Sylora miró a su hija alejarse unos instantes antes de volver la vista al anciano, con evidente curiosidad.
—Estás muy tranquilo... ¿acaso no te importa tu bastón?
El anciano acarició su barba blanca y sonrió, mientras movía la mano con lentitud haciendo aparecer el bastón ante sus ojos. La ninfa observó la acción con sorpresa, esperando su respuesta.
—Mi bastón nunca corrió peligro... solo estaba poniendo a prueba el criterio de los jóvenes —dijo Varis, apoyándose en el bastón mientras veía al grupo alejarse por el sendero—. Sé perfectamente que se encontraron con un humano y su compañero.
Sylora abrió los ojos de par en par, mirando de nuevo hacia donde desaparecían los cuatro.
—¿Lo sabías todo el tiempo? —susurró—. ¿Y los dejaste mentir?
—No mintieron sobre lo esencial —respondió él con calma—. Solo protegieron a quien se lo merecía. Y eso, Sylora, es mucho más valioso que seguir al pie de la letra las reglas. Ahora... veamos qué destino tiene preparado ese pequeño intruso para nosotros.
El anciano sonrio un poco; había visto a Thomás y a Ben el día anterior, y su vínculo le había llamado mucho la atención. Por eso había ideado la prueba: permitió que el perro se llevara el bastón y envió a los elfos a recuperarlo, para comprobar hasta dónde llegaba la lealtad del humano y del animal. Y al ver el resultado, estaba plenamente complacido con ambas partes.
—Si lo que dices es cierto... ¿Crees que lo dejaron vivir? —preguntó ella con duda—. Ellos no serían capaces de desobedecer las normas tan claras...
—Lo hicieron —afirmó Varis con seguridad—. Y eso es lo que hace que esta vez sean diferentes. Han aprendido que hay cosas que están por encima de cualquier norma escrita. Ese humano y su perro han removido algo que llevábamos dormido demasiado tiempo. Y estoy seguro de que volveremos a verlos.
Sylora miró al anciano unos instantes y suspiró.
—Esto nos traerá muchos problemas... Será mejor que los demás ancianos no se enteren...
Varis asintió y se giró para mirar hacia el bosque.
—No pensé que estarías de acuerdo... más teniendo en cuenta que tu hija resultó herida.
El anciano movió la mano, y la espesura de hojas empezó a cerrarse lentamente tras ellos.
—Estoy molesta... —sus ojos emitieron un leve brillo antes de apagarse, y soltó un bufido bajo—. Pero, si es verdad que ella lo dejó vivir y está dispuesta a mentirme para protegerlo... lo apoyaré, aunque no me guste...
Varis asintió de nuevo y empezó a caminar.
—Sabemos cuál es nuestra misión en este mundo... pero no todos los humanos merecen morir. Se equivocaron, sí, y pagaron por ello, pero aun así debemos enseñar a los más jóvenes sobre la bondad y la misericordia... no queremos que sean solo guardianes fríos, sino corazones que saben ver más allá de las reglas.
Sylora asintió y siguió de cerca al anciano.
—Puede que tengas razón... dejaré que las cosas sigan su curso... solo espero que tu juicio no sea errado...
Varis no respondió: solo cerró los ojos unos segundos y sonrió, mientras el bosque recuperaba su silencio y su aspecto inalterable, como si nada hubiera ocurrido.
....
La luz cálida de la linterna de aceite parpadeaba suavemente sobre las paredes, y el único ruido era el de la respiración tranquila de Ben, que dormía profundamente hecho un ovillo sobre su manta. Había terminado sus bocadillos hacía apenas unos minutos y había caído rendido, agotado tras todo lo vivido.
Thomás pasó los dedos por la tapa desgastada del cuaderno rojo, luego lo abrió despacio sobre sus rodillas. Sus páginas estaban llenas de notas, mapas y dibujos hechos con tinta negra y lápiz: lugares peligrosos, criaturas que había visto, consejos para sobrevivir. Pero esa noche, tomó el lápiz y se detuvo un buen rato mirando la hoja en blanco. Le había prometido a su madre que escribiría siempre que algo le pesara en el alma, pero no sabía por dónde empezar; tenía demasiados pensamientos dando vueltas en la cabeza. Soltó un suspiro pesado y, al fin, comenzó a trazar las letras:
"No sé muy bien por dónde empezar... Supongo que lo primero es decir quién soy: me llamo Thomás Heart, tengo diecisiete años, soy de Carolina del Norte y soy el menor de dos hermanos.
Hace dos años perdí a mi madre, Graces..."
Thomás apretó el lápiz con fuerza y cerró los ojos con ganas.
—Lo siento, mamá... aún no puedo... Yo... maldición... —Una lágrima se deslizó por su mejilla. Aún no se sentía preparado para hablar de su muerte; las imágenes seguían persiguiéndolo. Intentó alejar ese dolor mirando a Ben: el perro se movió entre sueños, como si hubiera sentido su mirada. Le tomó unos minutos calmarse, hasta que pudo volver a escribir:
"Gracias a los cielos, apenas unas semanas después encontré a Ben, mi pastor alemán. Tenía apenas unos días de nacido cuando lo hallé: su madre y sus hermanos habían sido descubiertos por unos malditos errantes y no tuvieron suerte... ellos fueron devorados. Fue una imagen devastadora, y aún no puedo borrarla de mi mente. Él logró sobrevivir solo porque su madre, al verlo demasiado pequeño y débil para huir, lo escondió entre la hierba alta antes de irse... y así se quedó, callado y temblando, hasta que yo lo encontré.
A decir verdad, al principio pensé en dejarlo allí... o peor aún, en comérmelo. Me moría de hambre, había huido durante días sin probar bocado... pero no pude. Al verlo tan frágil, tan indefenso, no pude evitar ver mi propio reflejo: yo también me sentía igual de pequeño, igual de perdido y solo en este mundo.
...por eso me lo llevé conmigo. Fue muy difícil cuidarlo: no sabía muy bien qué hacer, y la comida por aquel entonces era escasa, pero hice lo mejor que pude. Y no me arrepiento de nada. Ben me salvó la vida."
El chico dejó de escribir y miró al perro unos instantes, mientras le daba una mordida a una de las galletas. Estaban viejas y algo añejas, pero ya estaba acostumbrado a ese sabor. Sonrió al ver que Ben levantaba la cabeza para mirarlo comer, y le ofreció el resto de la galleta. Había sido un camino muy duro para llegar hasta allí; habían pasado por demasiadas pruebas, pero al final habían logrado sobrevivir gracias el uno al otro. Dejó los restos cerca de él para que se los comiera y se tomó unos segundos para mirar a su alrededor. No recordaba bien cómo había empezado todo, ni en qué momento el mundo se había ido al demonio; ahora solo le quedaban recuerdos vagos. Todo ocurrió demasiado rápido, y él era muy joven cuando comenzó. Soltó un suspiro pesado y volvió a mirar el cuaderno, dispuesto a escribir: no quería que sus recuerdos se perdieran para siempre.
"Mi madre siempre me decía que lo que nos pasó es culpa nuestra. Me explicó que durante décadas los humanos abusamos del planeta: sobreexplotamos sus recursos sin medida, talamos los bosques, secamos los ríos, llenamos de veneno los mares y cazamos animales hasta dejarlos al borde de la desaparición. «El mundo no iba a aguantar para siempre —me decía—. Un día se cansará de nosotros y decidirá defenderse».
Y no se equivocó. Recuerdo vagamente cómo sucedió todo, pero sé perfectamente la fecha: fue el 21 de octubre de 2025, un martes. Mi hermano y yo acabábamos de regresar de la escuela; las clases se habían acortado porque ese día Industrias Innovix —uno de los llamados grupos ecológicos más grandes del mundo— daría un gran anuncio. Decían haber encontrado algo que cambiaría por completo la historia de la humanidad. Fuimos tan ciegos... esos bastardos...
En realidad no eran más que verdaderos explotadores, asesinos y estafadores. Todo ese discurso de cuidar el medio ambiente no era más que una tapadera: en realidad eran los mayores traficantes de petróleo y combustibles, y tenían todo tan bien escondido que nadie se lo esperaba. Lo descubrimos demasiado late: ella ya había decidido actuar.
Estábamos mi madre, mi hermano y yo viéndolo por televisión. Mi padre había salido por una supuesta "emergencia" justo cuando todo ocurrió. Sucedió en un yacimiento de petróleo en Venezuela; no recuerdo el nombre exacto del lugar, solo que habían llegado a algún tipo de acuerdo con el gobierno para adueñarse de esa zona. Decían tener grandes planes: que cerrarían las operaciones para dejar de dañar el medio ambiente, se lo repetían a todo el mundo... mientras seguían destrozando el planeta a sus espaldas.
Recuerdo no estar prestando mucha atención a la tele, hablaban de cosas que en ese entonces no entendía... pero aun así recuerdo cuándo ella apareció. ¿Cómo olvidarlo? Fue el inicio de este infierno. Todo cambió de un momento a otro: el suelo tembló con fuerza, casi como si anunciara su llegada. Yo miré asustado a mi hermano y a mi madre; ella fue la primera en reaccionar, nos tomó con fuerza, nos abrazó y nos llevó debajo de la mesa. Desde allí la vimos: mientras todos corrían despavoridos, la cámara la enfocó a ella. A Gaia. Caminaba como si nada, cubierta de petróleo y suciedad, mientras todo a su alrededor empezaba a derrumbarse y a cubrirse de llamas.
Ella caminó entre las llamas como si nada, y miró a la cámara con absoluta frialdad: sabía que todo el mundo la estaba viendo. Cuando abrió la boca, su voz no sonó como la de una sola persona; parecía el rugido de la tierra, el estruendo de las olas y el silbar del viento juntos, saliendo por la televisión hasta llenar toda nuestra casa, como si estuviera justo frente a nosotros.
—«Habéis abusado de mi paciencia. Os habéis atrevido a tomar lo que no os pertenece, a ensuciar y manchar con sangre lo que os di para cuidar, y habéis creído que el oro y vuestras riquezas valen más que la vida misma. Basta. Este mundo ya no será vuestro esclavo, y sus habitantes ya no serán vuestras presas. Es momento de pagar: ahora seré vuestro juicio.»
Un silencio helado cayó sobre todo el mundo. Nadie entendía qué estaba ocurriendo, por qué podían escuchar a esa mujer o por qué los amenazaba así... pero cuando gritó con tanta fuerza que la imagen se entrecortó y nos dolieron los oídos, supimos que algo terrible estaba por suceder:
—«Vengo a cobrar lo que me debéis. Y esta vez... no habrá misericordia. Cada vida será cobrada, cada gota de sangre derramada, cada árbol talado.»
En ese mismo instante, la pantalla se volvió blanca como la nieve, y un estruendo mucho más fuerte sacudió nuestra propia casa, haciendo caer los cuadros de las paredes. Mi madre nos apretó con más fuerza contra ella, y supe en ese momento que nada volvería a ser igual.
Durante los siguientes días, las noticias solo hablaron de lo ocurrido. Intentaron restarle importancia, ocultar todo diciendo que había sido una estrategia de marketing que se había salido de control. Muchos lo creyeron, aunque el miedo siguió ahí, latente. Para nosotros no fue muy distinto: nuestro padre le restó toda importancia a la situación, mientras mamá se preparaba en secreto. Ella sintió algo extraño cuando vio a Gaia; no supo explicarlo con exactitud, pero decía que una voz le hablaba y le daba instrucciones. Por eso empezó a comprar comida enlatada, a guardar agua y a tomar clases de defensa personal. Mi padre nos decía que nuestra madre había enloquecido, que estaba paranoica, pero aun así no hizo nada para detenerla. Y gracias a los cielos no lo hizo, porque con el paso de los días empezaron a ocurrir sucesos extraños por todo el mundo: dando inicio la llegada de los elementales.
Las primeras en aparecer fueron las del agua: las sirenas en los océanos y las ondinas en ríos y lagos. Al principio fueron cautelosas, no llamaron mucho la atención; se mantuvieron ocultas, atacando desde las profundidades. Empezaron su labor en silencio: hundiendo pequeños barcos pesqueros, haciendo desaparecer a buzos y submarinos... nada que pareciera más que una desgracia común o un accidente. Todavía recuerdo ver a mi madre guardar los recortes de cada noticia, una tras otra.
Pero eso no duró mucho. Con el paso de los días, los ataques se hicieron más frecuentes y a mayor escala. Los grandes buques petroleros fueron los siguientes: regresaban a las costas envueltos en llamas, sin rastro de sus tripulaciones. La gente empezaba a entrar en pánico, y los gobiernos guardaban un silencio absoluto... o al menos eso es lo que decía mi padre. La verdad es que no tengo muchos recuerdos claros de esa época, solo fragmentos dispersos; lo que sé se basa más en lo que nos contaron nuestros padres y en esos mismos recortes que, con el tiempo, mi padre también empezó a coleccionar.
Recuerdo discusiones en casa y en la escuela sobre lo que estaba ocurriendo. Mi padre intentaba no darle demasiada importancia, pero empezó a mostrarse más nervioso; comenzó a prestarle más atención a mi madre, la escuchaba, le daba más dinero para los víveres y —lo más importante— compró un arma.
En la escuela el ambiente era aún más tenso. Las clases se interrumpían constantemente y los maestros no tenían ganas de enseñar. Recuerdo vagamente que pasábamos gran parte de la jornada viendo películas animadas o documentales, mientras ellos se reunían a discutir lo que sucedía. Algunos decían que todo era una mentira, una maniobra del gobierno para asustar a la gente y desviar la atención de los problemas reales del país. Otros creían que se trataba de conflictos entre naciones con relaciones rotas, y por eso el silencio de las autoridades. Y al final estaban los que pensaban que aquello era exactamente lo que la mujer había anunciado en sus amenazas: eran pocos al principio, pero su número no dejaba de crecer, tanto que empezaron a buscarla, a alabarla y a pedirle perdón... pero ella había desaparecido sin dejar rastro.
Mi madre me contó que, con el paso de los días, el gobierno finalmente decidió actuar: envió a la marina y a la fuerza aérea para investigar y poner orden, pero todo fue en vano. Los barcos regresaban sin novedad, los submarinos al sumergirse no encontraban nada... o al menos eso era lo que reportaban. Dieron una falsa sensación de calma, diciendo que todo se había calmado y que lo ocurrido habían sido solo accidentes aislados. Lo único extraño era la actitud de los marineros: estaban distantes, casi como si estuvieran hipnotizados. Habían caído bajo el hechizo de las sirenas, aunque en aquel entonces no lo supimos; no teníamos la información que tenemos ahora. Se hicieron preguntas, la gente salió a protestar exigiendo respuestas... pero la atención se desvió rápidamente hacia un nuevo incidente: el peligro ya no estaba solo en el agua; se había trasladado a los bosques y selvas con la llegada de los elementales del viento: los elfos y las ninfas.
A diferencia de las sirenas y ondinas, su ataque no fue silencioso. El de ellos fue mucho más despiadado, más frío y mucho más visible: ellos querían ser vistos. Empezaron atacando a cazadores furtivos en África, América y Asia, dejando sus cuerpos en lugares visibles, como si quisieran enviar un mensaje. Ese suceso acaparó la atención durante días y obligó a las autoridades locales a movilizarse... pero todo aquel que entraba en los bosques desaparecía sin dejar rastro. El miedo se apoderó del mundo; todos estaban aterrorizados y pedían respuestas. Y las obtuvimos poco después, en las zonas de tala: allí fue cuando los vimos por primera vez.
Su primer avistamiento claro fue en África, en una zona de tala indiscriminada. Todavía recuerdo esa noticia: más de ciento veinte personas fueron halladas muertas en el campamento, todas con cortes profundos, miembros mutilados y heridas extrañas. Había sido una masacre total; nadie sobrevivió. Solo se recuperaron los teléfonos de las víctimas: mensajes de auxilio no enviados, despedidas desesperadas y grabaciones apuradas que pronto se filtraron en internet. Las imágenes eran borrosas y movidas, solo se oían gritos... pero una imagen se quedó grabada en la mente de todos: eran altos, vestían ropas casi medievales, nada de nuestra época. No usaban armas de fuego, sino arcos, dagas y espadas. Pero lo que heló la sangre a todos fueron sus largas orejas puntiagudas y sus ojos, que brillaban con luz propia.
Recuerdo cuando vi ese vídeo. Mamá y papá habían intentado por todos los medios protegernos, pero un chico de cursos superiores lo había compartido en la escuela. Después de eso no recuerdo haber vuelto a clases; mamá decidió que era mejor quedarnos en casa para no exponernos... aunque tampoco sirvió de mucho.
Las semanas siguientes los ataques se incrementaron en todo el mundo. Los mares y océanos se volvieron violentos, los barcos sucumbían bajo olas poderosas, las plantas petroleras desaparecieron en las profundidades sin dejar rastro, lo que obligó a la gente a alejarse de las costas. Mientras tanto, en tierra, bosques y selvas se convirtieron en zonas prohibidas: todo el que entraba sufría el mismo destino, era cazado y asesinado de la peor manera posible.
Lo recuerdo con algo de claridad porque todos estábamos asustados, y mamá había empezado a educarnos en casa. Nos enseñaba sobre botánica, cómo recolectar agua de lluvia, hacer fuego y, sobre todo, a escondernos y huir si la ocasión lo ameritaba. No entendía el porqué en ese entonces, pero ahora lo agradezco con toda el alma.
Pero no solo lo recuerdo por eso. En ese momento, Rusia, Alemania, África y nosotros decidimos dar un paso al frente y enviamos nuestras fuerzas militares al frente, con la intención de buscar a la mujer misteriosa y atacar a los seres en los bosques. Para ellos, los problemas en los océanos ya habían terminado... ¡qué idiotas fuimos! Ellos ya estaban listos para atacar, y preparaban su siguiente golpe.
Recuerdo que papá nos reunió frente al televisor una noche: el presidente iba a dar un discurso y explicar lo que estaba ocurriendo. Mientras tanto, los ejércitos avanzaban confiados, con tanques, aviones y artillería pesada, hacia el Bosque Nacional Tongass: el lugar de nuestro país donde se habían registrado la mayor cantidad de ataques. Se suponía que era una operación conjunta con el resto del mundo; ellos también atacarían puntos "estratégicos", mientras los medios cubrían todo lo que sucedía. Pero fue una masacre. Apenas entraron en la espesura, el bosque mismo se volvió contra ellos. Los árboles parecían moverse, la niebla no dejaba ver ni tres pasos adelante, y de entre las sombras salían ellos: elfos, ninfas y nuevos elementales hacían su aparición. Había grandes orcos con armaduras de roca y armas inmensas que destruían todo a su paso, y pequeños gnomos con largas cuchillas, moviéndose con una rapidez y precisión que no daban ninguna oportunidad de reacción. Las armas de fuego se atascaban o fallaban casi como por arte de magia, mientras que flechas y espadas nunca erraban su blanco.
Escuchamos los gritos y mamá intentó apagar el aparato, pero se detuvo en seco cuando ella emergió de entre la vegetación: Gaia. Estaba de pie, vestida con un largo manto verde oscuro y descalza. Las cámaras se mantuvieron fijas en ella, aun cuando se escuchó la voz alterada del presidente ordenando que la atraparan. Todos se movieron, pero ella permaneció inmóvil. Se oyeron disparos, estruendos y gritos... pero nada llegó a tocarla. Ella solo levantó una mano, sus ojos brillaron con intensidad y habló; todavía recuerdo sus palabras:
—«La arrogancia humana no tiene límites... y será la causa de vuestra perdición».
Tras esas palabras, la tierra volvió a temblar con más fuerza incluso que la primera vez que ella apareció, y sus elementales salieron de los bosques en masa. Los orcos lanzaban enormes rocas contra tanques y plataformas de misiles; gnomos y elfos atacaban sin piedad a cualquiera que se interpusiera en su camino, sin distinción. Las ninfas se elevaron en el aire y, con un simple movimiento de la mano, derribaban los aviones. Era una imagen escalofriante, pero no tuvimos tiempo de procesarla: a lo lejos se escucharon rugidos guturales antes de que el caos absoluto se apoderara de todo. Los ogros y el resto de las criaturas habían llegado a las ciudades.
Recuerdo vagamente que después de eso reinó en casa el silencio más absoluto, roto solo por el zumbido del televisor que empezaba a perder señal. Mamá nos abrazó con tanta fuerza que casi nos dolió, y sentí cómo su cuerpo temblaba sin poder evitarlo. Papá se quedó mirando la pantalla en blanco, con la boca entreabierta, como si por fin comprendiera que todo lo que llamaba locura o mentira era la cruda realidad.
Corrió a cerrar puertas y ventanas, mientras mamá sacaba de los armarios las bolsas que había preparado en secreto durante semanas. Yo no entendía del todo lo que ocurría, pero al verlos supe que nunca más volveríamos a tener una vida normal. Afuera se oían explosiones lejanas, gritos y el crujido de edificios derrumbándose. El mundo que conocíamos se desmoronaba en tiempo real, y nosotros solo podíamos abrazarnos y esperar.
Mis recuerdos de entonces se mezclan y se confunden. Estuvimos allí algunas semanas, o quizás meses, viendo los mensajes de emergencia que aparecían esporádicamente en la televisión: al principio hablaban de estrategias militares, pero con el tiempo se convirtieron en listas de ciudades o países perdidos bajo el poder de Gaia... hasta que al final, los anuncios dejaron de llegar.
Habíamos sellado ventanas y puertas, procurábamos no hacer ruido y pasábamos gran parte del tiempo en el sótano. Escuchábamos gente pidiendo auxilio, intentando entrar... pero todo duraba solo unos segundos antes de que el silencio lo borrara todo de nuevo. Mamá siempre nos abrazaba e intentaba distraernos, pero era imposible ignorar lo que estaba pasando afuera.
Recuerdo la noche en que tuvimos que huir. Fue la primera vez que vi a uno de ellos en persona. Desperté con los gritos de mamá tratando de despertarme, los insultos de papá y los sollozos de mi hermano. Mamá me sonrió, me tomó de la mano y me dio una mochila llena de provisiones. Papá le gritaba a mi hermano que dejara de llorar, lo tomó con fuerza y empezó a subir las escaleras apuntando con el arma hacia arriba. En ese momento lo noté: olía a quemado y se oían gritos aterradores. Mamá me volvió a sonreír y me guió tras ella, diciéndome que todo estaría bien.
Al salir del sótano, todo estaba en llamas. La puerta principal y parte de la pared habían desaparecido. Papá y mi hermano no estaban por ningún lado... y en medio de la sala estaba él. Todavía puedo verlo en mis pesadillas: medía unos dos metros, no tenía piernas; de la cintura para abajo tenía una larga cola de serpiente con escamas rojas que brillaban como si ardieran. Su parte superior era la de un hombre con brazos largos que terminaban en garras, y rastros de escamas recorrían su abdomen, sus brazos y su rostro. Tenía una mirada burlona, ojos rojos que brillaban fijándose en nosotros, cabello negro y descuidado hasta los hombros, y una boca llena de largos colmillos. Era una salamandra: un elemental de fuego.
Nos observó detenidamente. Sus ojos no se apartaron de mamá, como si no entendiera su presencia o su osadía. Fueron solo unos segundos, pero para mí fue una eternidad. Y empeoró cuando su atención se volvió hacia mí: el brillo de burla regresó a sus ojos, mostró sus garras y estas se encendieron en llamas. Sentí un miedo helado recorrer todo mi cuerpo; estaba a punto de atacar, pero mamá se interpuso entre nosotros..."
Thomás frunció el ceño al escribir. En aquel momento había estado demasiado asustado y era demasiado joven para comprender lo que sucedió después; nunca se había tomado el tiempo de recapitular su vida... bueno, nunca tuvo el tiempo para hacerlo. Pero ahora lo recordaba con una claridad dolorosa.
"El ser miró a mi madre y le gruñó con rabia, pero no la atacó. Solo la observó fijamente, intentando intimidarla, pero ella, aunque temblaba de pies a cabeza, no se movió ni un centímetro. Se mantuvo firme protegiéndome, mientras la criatura se agitaba furiosa frente a nosotros, esparciendo fuego por todo el lugar sin llegar a golpearnos. Hasta que de pronto se detuvo en seco y miró hacia un punto vacío. ¿Asustado? No estoy seguro, realmente no lo recuerdo con claridad, pero su expresión cambió de golpe. Y como si huyera de algo mucho más terrible que él, salió disparado de la casa, dejándonos atrás mientras el edificio se desmoronaba entre las llamas.
Pasaron unos segundos antes de que mamá reaccionara. Me abrazó con todas sus fuerzas, me revisó de arriba abajo para asegurarse de que estaba bien y luego me guió fuera de allí, lejos del fuego y de aquel infierno, mientras gritaba desesperada los nombres de mi hermano y mi padre.
No volví a verlos después de ese día. Tal vez nos dieron por muertos, o quizás tuvieron demasiado miedo para volver... no lo sé. Pero en el fondo estoy seguro de que no murieron allí. Es un presentimiento que siempre he llevado conmigo. Mamá intentó buscarlos durante meses, pero era casi imposible: mientras me cuidaba, teníamos que huir constantemente de esas criaturas..."
Thomás sonrió con nostalgia al pensar en ella y dejó el lápiz. Aún no se sentía listo para escribir sobre el tiempo que pasamos juntos; lo había intentado varias veces, pero su mente siempre lo arrastraba de vuelta a ese día fatal en que se la llevaron. Respiró hondo y se limpió las mejillas con prisa, pues algunas lágrimas se le habían escapado. Al notarlo, Ben levantó la cabeza y lo miró con ojos atentos y preocupados.
—¿Qué dices, amigo? Vamos a dar un paseo... necesito ducharme —dijo con voz suave.
El perro se levantó de un salto, moviendo la cola con alegría y caminando delante de la cama. El chico sonrió, asintió y dejó el cuaderno a un lado mientras se ponía de pie. No había escrito sobre lo ocurrido en el bosque, pero extrañamente se sentía más tranquilo: había logrado sacar muchos recuerdos que llevaba guardados. Se estiró y hizo una mueca al sentir el dolor en sus heridas; suspiró y se acercó a los estantes, tomando unas gasas viejas, ungüento y algunas hierbas medicinales que había recogido semanas atrás. Después se agachó al lado de la cama y sacó de debajo una mochila que siempre tenía lista con ropa y provisiones por si tenía que huir. Sacó una camisa blanca algo desgastada, unos pantalones cortos y ropa limpia, y miró a su compañero.
—Bien... ya lo tengo todo. Vamos.
Dejó los medicamentos sobre la ropa y empezó a caminar hacia la escalera, seguido muy de cerca por Ben. Al llegar allí se detuvo unos instantes y miró su rifle, dudando si llevarlo consigo. Le quedaban pocas municiones y aún no tenía claro hacia dónde se dirigiría después; no sabía qué se encontraría. Tras unos momentos de reflexión, soltó un suspiro y negó con la cabeza, decidiendo confiar en su cuchillo, y comenzó a subir hacia la salida intentado no tropezar con Ben.
—¿Qué dices, amigo? Vamos a dar un paseo... necesito ducharme —dijo con voz suave.
El perro se levantó de un salto, moviendo la cola con alegría y caminando delante de la cama. El chico sonrió, asintió y dejó el cuaderno a un lado mientras se ponía de pie. No había escrito sobre lo ocurrido en el bosque, pero extrañamente se sentía más tranquilo: había logrado sacar muchos recuerdos que llevaba guardados. Se estiró y hizo una mueca al sentir el dolor en sus heridas; suspiró y se acercó a los estantes, tomando unas gasas viejas, ungüento y algunas hierbas medicinales que había recogido semanas atrás. Después se agachó al lado de la cama y sacó de debajo una mochila que siempre tenía lista con ropa y provisiones por si tenía que huir. Sacó una camisa blanca algo desgastada, unos pantalones cortos y ropa limpia, y miró a su compañero.
—Bien... ya lo tengo todo. Vamos.
Dejó los medicamentos sobre la ropa y empezó a caminar hacia la escalera, seguido muy de cerca por Ben. Al llegar allí se detuvo unos instantes y miró su rifle, dudando si llevarlo consigo. Le quedaban pocas municiones y aún no tenía claro hacia dónde se dirigiría después; no sabía qué se encontraría. Tras unos momentos de reflexión, soltó un suspiro y negó con la cabeza, decidiendo confiar en su cuchillo, y comenzó a subir intentando no tropezar con el perro, que se movía emocionado entre sus piernas.
Al llegar a la puerta se detuvo unos segundos, tomó aire y le hizo una seña a Ben. El animal asintió levemente: entendió la orden. Debía reconocer el terreno. Si no lo veían, volvería; si lo atacaban, huiría directo al bosque, donde estaría a salvo. Era un plan que habían practicado muchas veces.
Abrió la puerta apenas lo suficiente y el perro salió rápido, desapareciendo entre las sombras antes de que la puerta volviera a cerrarse. Thomás esperó en silencio, contando los minutos... hasta que escuchó dos ladridos cortos y secos: la señal de que no había peligro. Sonrió, dejó sus cosas sobre un escalón, volvió a abrir la puerta y encontró a Ben sentado esperándolo.
—Buen chico... vamos.
El perro se puso de pie alegremente mientras él recogía sus pertenencias, salía del refugio y volvía a cubrir la entrada con basura y ramas para que nadie pudiera encontrarla. Y así, paso a paso, se alejaron juntos en silencio. Ben disfrutaba del aire fresco de la tarde mientras Thomás pensaba en su siguiente movimiento: necesitaban provisiones. Les quedaban pocos medicamentos; todavía tenían comida, pero por regla de supervivencia siempre había que buscar más. No se podía vivir eternamente de galletas viejas y barras añejas. Pero lo más importante era conseguir balas para el rifle o alguna otra arma. Si sus cuentas no fallaban, solo tenía seis: la que le había sobrado la noche anterior y cinco guardadas en la mochila de emergencia. No eran suficientes para defenderse si volvía a enfrentarse a algo como lo de ayer.
Suspiró, miró al cielo y disfrutó un instante de esa calma inesperada mientras se acercaban a un pequeño riachuelo junto al bosque. Escaneó los alrededores unos segundos para asegurarse de que estaban solos y, al sentirse seguro, dejó su ropa y la medicina sobre una roca alta. Por su parte, Ben corrió de inmediato a chapotear en el agua; Thomás lo miró y sonrió mientras se quitaba la camisa y los pantalones para entrar. Al ser tan poco profunda, no debía preocuparse por las ondinas; podía limpiarse con calma. Solo tenía que estar atento a los elfos, a los wendigos y a los Errantes... nada fuera de lo común.
Thomás soltó un suspiro de alivio al sentir el agua fresca rozar sus pies. Estaba helada, pero era justo lo que su cuerpo agotado necesitaba. Se adentró un poco más hasta que el agua le llegó a la cintura, tomó una profunda bocanada de aire y se sumergió unos segundos, dejando que la corriente se llevara consigo la suciedad, el polvo y la sangre seca de los últimos días. Luego se recostó apoyándose en una gran roca sumergida, miró al cielo unos instantes y dejó que su cuerpo se relajara por completo. Después volvió la vista hacia Ben, que seguía jugando, y sonrió con ternura. Eran muy escasos los momentos en que podían descansar así; normalmente estarían buscando suministros, huyendo de alguna criatura o explorando los alrededores. Le habría gustado quedarse allí todo el día, pero sabía que no podía: tenía que curar sus heridas. Algunas eran pequeñas, en el rostro, los brazos y el abdomen, y no requerían mayor cuidado; pero había una en el muslo, otra en el costado izquierdo y una más en el hombro que sí necesitaban atención.
Salió despacio del agua y se sentó sobre la roca seca donde había dejado sus cosas. El aire fresco le erizó la piel, pero no le importó; se sentía más limpio y ligero que en días. Tomó las gasas, el ungüento y las hierbas que había recogido, y empezó con calma.
Primero limpió las heridas pequeñas del rostro y los brazos: eran rasguños superficiales, recuerdos de ramas afiladas y huidas apresuradas. Las cubrió con cuidado y siguió después con las más profundas. Al llegar a la del hombro y la del costado, apretó los dientes y soltó un suspiro entrecortado; el ardor le recorrió todo el cuerpo, pero siguió haciéndolo con paciencia, limpiando bien, aplicando el ungüento y vendando con firmeza pero sin apretar demasiado. La del muslo fue la que más le costó: cada movimiento le provocaba un dolor agudo que le hacía entrecerrar los ojos.
En todo ese tiempo, Ben dejó de jugar y se acercó despacio, sentándose a su lado con la cabeza apoyada en sus rodillas, mirándolo con esos ojos grandes y tranquilos, como si supiera que necesitaba compañía y no palabras. Thomás le pasó una mano por el lomo mojado, sonriendo con tristeza y gratitud.
—Ya casi termina, amigo —susurró—. Solo un poco más.
Cuando terminó de vendar la última herida, se quedó un instante allí, respirando despacio, dejando que el dolor se calmara y el cansancio se asentara. Se puso la ropa limpia con cuidado, guardó lo que sobró de la medicina y miró a su alrededor una vez más. Ese pequeño rato de paz le había dado fuerzas, pero sabía que no podían quedarse allí mucho más tiempo.
Tomó una respiración profunda y se puso de pie con lentitud. El dolor ahora se sentía más agudo y molesto, pero seguía siendo soportable. Se tomó unos segundos para acostumbrarse y miró a Ben con una sonrisa algo torcida.
—Bien... nos iremos en un rato. Ve a hacer tus cosas —dijo, y al ver que el perro lo miraba sin entender del todo, suspiró y aclaró—: Ve y marca un árbol o lo que tengas que hacer.
Ben ladró en señal de entendimiento, se levantó de un salto, se sacudió el agua y salió corriendo hacia el borde del bosque. Thomás lo vio alejarse, luego se recostó con cuidado sobre otra roca cercana procurando no mover demasiado la pierna herida. Escaneó una última vez los alrededores para confirmar que seguían solos, cerró los ojos y se puso a pensar.
Si al día siguiente su pierna mejoraba, tendrían que salir a buscar provisiones; pero todavía no tenía claro hacia dónde ir. Se encontraban justo en el límite entre lo que quedaba del Parque Nacional Congaree y el condado de Richland. Sus opciones eran dos: volver y seguir adentrándose en el bosque, o dirigirse hacia la ciudad...
Si se quedaban en el bosque...
Allí se sentía más seguro; era un territorio que empezaba a conocer bien. Sabía dónde encontrar agua, qué plantas servían y cuáles eran mortales, cómo moverse sin hacer ruido. Las criaturas que habitaban allí seguían sus propias normas: si no las molestabas, a veces te ignoraban; incluso los wendigos no serían un problema, siempre y cuando se mantuviera alerta y en silencio. Pero el verdadero inconveniente era la comida: cada vez costaba más encontrarla, pues los elfos y las ninfas se llevaban casi todo lo que quedaba, y lo poco que restaba no alcanzaría más de unos días. Además, los medicamentos estaban a punto de agotarse. Y lo más importante: no podía olvidar que el bosque era su dominio. Si se cruzaban en su camino, con solo seis balas y un cuchillo no tendría ninguna oportunidad. Podían pasar semanas sin ver a nadie... pero todo podía cambiar en un instante, al doblar el siguiente árbol, y más teniendo presente aquella promesa —o mejor dicho, aquella amenaza— que la ninfa le había dejado.
Si iban a la ciudad...
Allí seguro encontrarían todo lo necesario: ropa, farmacias, armas, comida enlatada que aún no se habría estropeado. Era la forma más rápida y efectiva de reponerse. Pero las ciudades eran el lugar donde se habían establecido los ogros y los gnomos, sin contar con otros supervivientes... y no todos buscaban ayudar. Aunque los elementales eran un peligro, el verdadero miedo eran los Errantes, siempre al acecho de algún incauto que devorar; seguro que cada esquina estaba llena de trampas. Pero lo peor de todo eran los rumores: se decía que una Salamandra merodeaba especialmente las zonas de suministros, esperando a sus presas. Ir allí era meterse directamente en la boca del lobo, y más llevando a Ben consigo... pero quizás fuera la única manera de sobrevivir mucho más tiempo.
Abrió los ojos y miró hacia donde había desaparecido Ben, sintiendo el peso de la elección sobre sus hombros. Ningún camino era bueno, ninguno estaba libre de peligro... pero tenía que decidirse. Y por mucho que le doliera o le aterraba, la respuesta era obvia.
Apenas terminó de pensarlo, escuchó el crujido suave de hojas secas. Levantó la vista y vio a Ben salir despacio de entre los árboles, con el pelaje todavía húmedo y la cola moviéndose lentamente. Se detuvo un instante al verlo, luego dio unos pasos más y se sentó a sus pies, mirándolo con esa calma que solo él sabía transmitir.
Thomás pasó una mano por su cabeza, sintiendo cómo el perro se recostaba contra su pierna herida con cuidado, como si adivinara dónde le dolía más.
—No te gusta más que a mí —susurró con voz ronca—. Pero no nos queda otra, ¿verdad?
Ben soltó un leve ladrido corto y empujó su mano con el hocico, como si le dijera que lo seguiría a donde fuera, sin importar nada. Thomás asintió con una media sonrisa; tenía los ojos llenos de determinación, pero también de miedo, aunque sabía que no estaba solo.
—Está bien... creo que iremos a la ciudad. Pero iremos con cuidado... muy despacio. Y nos cuidaremos mutuamente. No te despegues de mí en ningún momento. Y si te pido que huyas, lo haces. No importa si tienes que dejarme atrás... tú solo corre, que yo me las arreglaré.
Thomás lo miró fijamente unos segundos, asegurándose de que sus palabras hubieran quedado claras. Al recibir un leve asentimiento del animal, sonrió y se incorporó para recoger su ropa y lo que quedaba de la medicina.
—Saldremos mañana de noche... aprovecharemos la oscuridad para movernos sin ser vistos...-Recogió sus pertenencias y se las acomodó sobre el hombro con cuidado de no presionar las heridas. Echó una última mirada al riachuelo, aquel pequeño refugio de paz, y luego asintió hacia el sendero.
—Vamos, Ben. Adelante.
El perro caminó unos pasos por delante, vigilando el terreno, deteniéndose de vez en cuando para olfatear el aire y esperarlo. Thomás lo seguía a paso lento, soportando la punzada constante en el muslo cada vez que apoyaba el pie. El sol empezaba a ocultarse, tiñendo de dorado y naranja las copas de los árboles, y el bosque se volvía cada vez más silencioso.
Avanzaban sin hacer ruido, tal como habían aprendido. Ben se mantenía alerta, con las orejas erguidas; si algo le llamaba la atención, se detenía y volvía la vista hacia Thomás, como preguntándole si debían desviarse o seguir. En cada ocasión él le devolvía una mirada tranquila y una caricia breve en la cabeza, agradeciéndole su cuidado.
El camino se le hizo más largo de lo normal; el dolor y la fatiga pesaban más de lo que quería admitir. Varias veces tuvo que detenerse, respirar hondo y esperar a que el dolor amainara. Ben siempre se quedaba a su lado, esperándolo sin impaciencia.
Cuando por fin distinguieron a lo lejos las ruinas del campamento, Thomás se detuvo un instante y miró a su alrededor con atención. Solo cuando estuvo seguro de que no había peligro, siguió su camino hacia el escondite. Miró a Ben, que se mantenía alerta, mientras él apartaba la suciedad de la puerta y la abría.
—Vamos… adentro.
El canino no necesitó más indicación: con movimientos rápidos empezó a descender por las escaleras. Thomás volvió a mirar en todas direcciones antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí. Solo entonces permitió que sus hombros se relajaran un poco. Estaban de vuelta, a salvo… por ahora.
—Lo hicimos bien, amigo —susurró acariciándolo una vez más—. Ahora descansaremos… y mañana nos espera lo más difícil.
Sonrió, cansado, y bajó las escaleras con lentitud. Había dejado la lámpara encendida antes de salir, y la luz que se filtraba le permitía ver cada escalón. Soltó un suspiro aliviado al llegar al final y esbozó una pequeña sonrisa al ver a Ben recostado sobre su colcha, ya listo para dormir. No dijo nada; solo negó con la cabeza, dejó su ropa y el medicamento sobre el estante y se sentó en el borde de la cama para mirar a su fiel compañero.
—Descansa, amigo… mañana será un día agitado.
El perro movió la cola un instante y se acomodó mejor entre las mantas. Thomás sonrió, tomó una que estaba junto a su almohada improvisada y se recostó por fin, esforzándose por acomodar la pierna herida antes de dejarse llevar por el agotamiento. Cerró los ojos, relajó el cuerpo y cayó dormido casi al instante.








