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꧁𝓟𝓼𝓲𝓬𝓸𝓯𝓸𝓷𝓲𝓪 𝓭𝓮 𝓪𝓶𝓸𝓻꧂

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Summary

Jimin solo quería terminar sus prácticas médicas en paz cuando se mudó al departamento más evitado de Ilsan. Todos decían que el lugar estaba maldito, que los lamentos que se escuchaban por las noches pertenecían a un alma atormentada por la traición y la ambición. ​Pero nadie le advirtió que el dueño de esos susurros era Jeon Jungkook, un joven espíritu atrapado en la oscuridad desde aquella fatídica noche de enero, o que su propia llegada rompería la quietud de la muerte. Entre rituales improvisados, miradas a través del cristal y una empatía que desafía los límites de la vida, ambos mundos comienzan a rozarse. ​Sin embargo, cuando el dolor del pasado amenaza con consumirlos, Jimin descubrirá que el lazo más fuerte no es el que retiene, sino el valor de dejar ir a quien amas hacia la luz. ​✨ Una historia donde el amor y la pérdida resuenan más allá de la vida.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
16+

꧁ 𝖀𝖓𝖎𝖈𝖔 ꧂

Alguna vez te contaron sobre las psicofonías de amor: la forma más bella de comunicación entre el mundo físico y el espiritual, esos mensajes que se trasladan en el viento convertidos en melodías para el alma.

Jimin se encontraba desempacando en su nuevo departamento en Ilsan, sin notar la presencia que lo observaba. Era un espíritu que llevaba años atrapado entre esas cuatro paredes, donde la soledad era su única compañía. Dirigió su mirada al hermoso ser de ojos azules que tenía enfrente; el rubio no dejaba de tararear con los audífonos puestos, moviéndose de un lado a otro.

El lugar era pequeño, pero acogedor. El nuevo dueño había hecho lo imposible por ponerlo decente, pues todos en la ciudad sabían lo que había sucedido allí y huían de cualquier acercamiento, o peor aún, evitaban pasar cerca en horas de la noche. Decían que se escuchaban ruidos extraños y aterradores.

Más ellos no sabían que eran los lamentos de un hombre al cual le quitaron la vida de la manera más cruel. La ambición había llevado a Karina a planear el asesinato más ruin y aterrador que se hubiera escuchado en el lugar.

Jungkook, la noche del dos de enero, llegó a su hogar esperando recibir la bienvenida de todos los días, pero lo que encontró fue dolor, angustia y desesperación al percibir el engaño del cual había sido víctima. No recordaba nada con claridad, solo que le arrebataron la vida de la peor manera y lo ataron a ese sitio por la eternidad, sintiéndolo como una maldición. Odiaba no poder descansar cuando su único pecado había sido enamorarse de la persona equivocada.

—Sí, mamá, ya estoy aquí —decía Jimin al teléfono.

Había llegado a la ciudad para a realizar sus prácticas médicas, su último año para graduarse. Siempre se había considerado un chico afortunado por contar con el apoyo de sus padres; su madre era quien siempre lo había protegido desde muy pequeño, ya que sufrió bullying en la escuela y ella fungía como su escudo.

Jimin confiaba plenamente en ella y le contaba sobre las cosas extrañas que veía y oía, como aquellos susurros constantes que le narraban historias tristes o las sombras que se le aparecían pidiéndole ayuda para trascender al más allá.

Dio vueltas en la diminuta sala, chocando con una pequeña mesa que sostenía un florero de cristal, el cual cayó al piso haciéndose pedazos.

El rubio miró el desastre e inmediatamente se acuclilló para recoger los fragmentos rotos. En el proceso, una esquirla de cristal se le enterró en la palma de la mano, provocándole un leve sangrado y dolor. Poniendo en práctica sus conocimientos, se dirigió al lavamanos, sacó lo necesario del botiquín de primeros auxilios y trató la herida. Ya con la mano vendada y el desastre resuelto, tomó su teléfono móvil para retomar la comunicación.

—Hola, mamá —dijo, tratando de sonar lo más normal posible.

—Cariño, por Dios, me dejaste angustiada —respondió Park Somi, su madre.

—No tienes de qué preocuparte, madre, solo fue una torpeza de mi parte. Tenía que colgar la llamada para solucionarlo. Estoy bien. —Suspiró ante la voz alterada de la mujer.

—Hijo, cómo no voy a estar ansiosa si mi bebé está lejos. Nunca antes te habías ido de casa y sé que apenas llevas un día fuera, pero para mí es una eternidad —decía ella de forma dramática.

—¡Basta! —se escuchó la voz del señor Park al otro lado de la línea, haciendo que Jimin apartara el teléfono del oído por el volumen.

—No le hagas caso, hijo. Te amamos y te deseamos lo mejor. Esperamos que pronto regreses lleno de gloria, como siempre lo has hecho —expresó con orgullo Park Hyung Sik, un respetado y prestigioso médico de Busan.

—Así será, padre. No tengo pensado defraudarte —respondió el rubio, sin saber que su llegada a ese pueblo le deparaba un encuentro fuera de este mundo.

Los días transcurrieron con aparente normalidad. Jimin salía temprano a trabajar y regresaba tarde, cansado y con hambre. Se dirigía a la cocina a preparar algo ligero para cenar antes de dormir: calentaba el agua, cortaba finamente las verduras y alistaba las especias y salsas que darían a su comida un sabor exquisito. Con todo listo, acomodaba la mesa junto al ventanal que le regalaba una hermosa vista de la noche estrellada.

Colocaba su tazón de sopa ramen y, a su lado, una humeante taza de café para contrarrestar el clima frío.

Comía en silencio, observando de vez en cuando el firmamento; amaba la luna y las estrellas, y pasaba horas contemplándolas en busca de paz.

Sin embargo, acumulaba noches sin dormir. Entre sueños escuchaba que lo llamaban. Pequeños susurros lo despertaban y su corazón latía con fuerza porque, entre aquellas psicofonías que lo alteraban, una en específico prevalecía: la palabra «ayúdame» vibraba en el aire, inundando sus oídos de una intensa sensación de desasosiego.

Dio el último bocado, limpió la comisura de sus labios con una servilleta y acercó la silla al ventanal para mirar las luces a lo lejanía. Notó que el cielo despejado comenzaba a oscurecerse de más, mientras finas gotas empezaban a empañar el vidrio y a crear neblina. El panorama le parecía apacible; el sonido del agua en el techo lo ayudaba a reflexionar sobre los últimos acontecimientos: las voces, las sombras difusas y el eco constante de aquel ruego pidiendo auxilio. ¿Quién clamaba ayuda sin mostrarse? Sabía que lo observaban; lo había notado desde los primeros días.

Apoyó los codos en el borde, degustando su bebida y observando cómo las luces de afuera se distorsionaban a través de las gotas. Se encontraba inmerso en sus pensamientos cuando, de pronto, un golpe seco en el cristal lo sacó del trance. Levantó la vista esperando ver una rama, pero lo que halló no pertenecía a este mundo.

Justo al otro lado del cristal, flotando a unos centímetros de su nariz, estaba la figura de un hombre. Su silueta translúcida era un susurro de vapor envuelto en la oscuridad de la noche, apenas visible entre la niebla. Carecía de facciones definidas; solo era un contorno difuso que absorbía la luz de la habitación. Hasta que cruzó el ventanal.

El corazón de Jimin se detuvo y su cuerpo se tensó, listo para gritar o huir. Pero el fantasma no se movió. Flotaba en completo silencio, transmitiendo una oleada de tristeza tan profunda que parecía el eco de un recuerdo olvidado.

Jimin se acercó con cautela y vio cómo la forma del hombre cobraba densidad, revelando por fin su rostro. No era una cara terrorífica, sino la de un joven de hermosa apariencia: ojos rasgados de tono avellana, nariz prominente y líneas finas en la piel, con las comisuras de los labios dibujadas en una ligera curva.

Asombrado, Jimin le sonrió. El fantasma se sobresaltó ante la reacción; su cuerpo vibró y su forma se debilitó. Era evidente que esperaba miedo, gritos o terror, no una sonrisa de bienvenida.

Eso provocó en Jungkook un sentimiento confuso. Llevaba días observando al rubio, llamándole por las noches al pie de la cama. Sabía que Jimin lo escuchaba y sentía su presencia, y con los días había notado cuánto le gustaba verlo sonreír, pues esas risas disipaban la tristeza de sus jornadas grises.

Así fue el primer encuentro entre ambos: inesperado. El rubio estaba acostumbrado a lidiar con lo paranormal, algo que el afligido espíritu ignoraba por completo.

Los meses pasaron y la dinámica en el departamento se mantuvo en calma. Jungkook no volvió a manifestarse de forma directa, aunque aprovechaba cada oportunidad para susurrarle al viento. Jimin, por su parte, sabía que era vigilado de cerca.

Una fría noche de diciembre, decidió entablar comunicación formal a través de un ritual.

Preparó un espacio entre la ventana y la cama, encendiendo velas e incienso en lugares específicos. Había investigado lo suficiente y tenía claro a qué espíritu buscaba; incluso había conseguido que una anciana le mostrará una vieja fotografía del hombre, confirmando que era muy apuesto y de sonrisa encantadora.

Con todo listo, se arrodilló en el suelo, hizo una reverencia y se sentó sobre sus talones con las manos en el regazo. Respiró profundo para calmar su mente, meditando con movimientos pausados de brazos hasta sentirse preparado.

—¿Jungkook? —llamó con firmeza—. Sé que estás aquí. Preséntate, por favor. Siento tu presencia y tus susurros; no tengas miedo, puedo ayudarte en lo que necesites.

No era su primera práctica, por lo que sabía mantener la paciencia y el respeto. Sin embargo, los intentos parecieron infructuosos aquella noche; no percibió ninguna presencia y terminó durmiéndose con una sensación extraña en el pecho.

A la mañana siguiente, la rutina lo consumió. No volvió a intentar el ritual hasta la madrugada, cuando un sentimiento de angustia y desesperación sofocante lo despertó de golpe entre lágrimas. Por razones que no alcanzaba a comprender, su corazón le indicó que era el momento preciso de volver a llamarlo.

Se levantó a toda prisa, colocó la manta junto a la cama, encendió las velas y el incienso, repitiendo el proceso anterior con una sola variante: puso un cojín frente a él como invitación para que el espíritu se sentará a conversar.

Esperó pacientemente, aunque la extraña opresión en su pecho no cedía. Los minutos transcurrieron en silencio.

Cuando estaba a punto de rendirse y se disponía a levantarse, un lamento quebró el aire.

—Jimin…

Se detuvo de inmediato, inclinándose en señal de respeto, desprovisto de miedo. Aclaró su garganta y preguntó:

—¿Estás aquí?

—¡Sí! —le contestaron.

No había una forma visible, solo tenues luces de colores viajando en la corriente de aire.

—¿Quién eres? —insistió el rubio, buscando la confirmación de su propia voz.

Tras unos segundos de silencio, los susurros se hicieron audibles.

—Me llamo Jungkook. Jeon Jungkook.

Y entonces, la figura translúcida de un hombre apareció sentada frente a él sobre el cojín. Jimin no se espantó; por el contrario, una cálida sonrisa se dibujó en su rostro.

Jungkook evitaba levantar la vista, con el semblante teñido de absoluta tristeza.

—Nunca nadie quiso habitar este lugar. Me tienen miedo. Y pensar que alguna vez me perteneció... —murmuró, mientras Jimin le prestaba total atención, absorto en la belleza de su voz.

—¿Necesitas mi ayuda para algo, Jungkook?

—Que te largues —espetó el espíritu, perdiendo la amabilidad en un tono que se tornaba cada vez más agresivo.

Jimin no comprendía el repentino cambio de actitud y supo que debía ser precavido ante la hostilidad de un espíritu amenazado. El ambiente se volvió pesado y un repentino mareo lo ancló al suelo.

Una agonía terrible lo invadió: angustia, dolor y un torrente de voces susurrando en su mente. La desesperación amenazaba con volverlo loco.

Arrodillado, se aferró la cabeza con fuerza, entrelazando los dedos entre sus cabellos rubios. Jungkook no deseaba lastimarlo, pero creía que era la única forma de obligarlo a huir.

Abrumado por el cúmulo de sensaciones ajenas, Jimin soltó un grito desgarrador desde lo más profundo de su ser.

—¡Basta! Detente... ¡Jun... Jungkook! Por favor, detente.

Sollozaba sin poder contener el tsunami emocional que lo carcomía por dentro.

Jungkook levantó la vista y observó al rubio retorcerse de dolor. Le estaba transmitiendo, sin filtros, el pánico y la desolación exactas que sintió el día de su asesinato; cada emoción funcionaba como mil dagas clavadas en el alma de Jimin.

Era una crisis de ansiedad multiplicada por mil, donde el aire escasea y el corazón desfallece. Al límite de sus fuerzas, Jimin se desplomó contra el piso.

Jungkook se acercó, canalizó toda su energía en su mano derecha y se atrevió a tocarlo. Había aprendido a manipular objetos físicos tras observar a otras entidades con mayor dominio. Lo único que pudo hacer fue apartar el cabello empapado de sudor de la frente del rubio.

Sentimientos extraños que no comprendía se alojaron en su interior. Desde la llegada de Jimin, los pequeños hábitos del joven —madrugar, prepararse jugo de manzana, hacer ejercicio, ordenar el espacio— le habían devuelto una dolorosa sensación de normalidad y conexión con la vida que creía extinta, recordándole todo lo que perdió por confiar en el amor equivocado. Ver las risas del rubio, aquellas que estiraban sus ojos azules hasta cerrarlos, lo llenaban de una calidez inusitada.

Avergonzado por perder el control, se retiró y dejó a Jimin descansando sobre la manta.

Pasadas un par de horas, el rubio despertó aturdido. Los rayos del sol matutino se filtraban por la ventana, golpeando su rostro, y los recuerdos de la noche anterior regresaron con nitidez. A pesar de haber experimentado la peor faceta del dolor de Jungkook, no sentía miedo, sino una profunda curiosidad por entenderlo.

Los días posteriores transcurrieron con inusual tranquilidad; las noches eran silenciosas y los susurros habían cesado. Pero Jimin quería volver a intentarlo.

Una tarde, tras una larga jornada en la clínica, abrió la puerta del departamento con cansancio, arrojó el abrigo y dejó caer su cuerpo magullado sobre el sofá, quedándose dormido sin percatarse de que ya tenía compañía.

—Jimin…

La voz resonó en el viento. Era Jungkook, comunicándose por voluntad propia.

La temperatura en la pequeña sala descendió de golpe, haciendo que Jimin se removiera inquieto en su lugar.

El frío que recorrió la espina dorsal de Jimin no fue un aviso de peligro, sino la firma inconfundible de la presencia que llevaba semanas habitando sus pensamientos. Abrió los ojos lentamente, encontrando la sala sumergida en una penumbra artificial a pesar de que afuera la tarde apenas comenzaba a declinar.

Jungkook estaba allí, de pie junto al sofá. Su silueta translúcida ya no era la masa caótica de energía dolorosa de la noche del ritual; ahora se perfilaba con una nitidez abrumadora.

—Perdón —susurró el eco de la voz de Jungkook, flotando en el aire como una brizna de humo—. No quería asustarte... ni hacerte sentir lo que yo cargué esa noche.

Jimin se incorporó con calma, sin rastro de pánico. Sus ojos azules se fijaron directamente en el fantasma. En las últimas semanas, sin planearlo, un sentimiento extraño y profundo había comenzado a germinar en su pecho; una fascinación melancólica que rozaba el afecto por ese espíritu solitario. Pero al verlo ahí, tan frágil y anclado al sufrimiento, comprendió que el mayor acto de amor no era retenerlo, sino dejarlo ir.

—Lo sé —respondió Jimin en voz baja, con una voz suave que desarmó por completo al espectro—. Sentí tu miedo, Jungkook. Y sé por qué sigues aquí. No es solo el rencor hacia lo que te hicieron... es que te aferraste a este mundo porque tenías miedo al vacío.

El fantasma dio un paso al frente, su forma volviéndose más densa. Una lágrima de pura esencia luminosa se deslizó por su mejilla pálida.

—Tengo miedo de desaparecer —confesó Jungkook con un hilo de voz, con la mirada avellana inundada de una tristeza infinita—. Estuve solo tanto tiempo... y tú me devolviste la calidez. No quiero irme a la oscuridad.

Jimin sintió un apretón en el corazón, consciente de que los latidos de su propio pecho eran un refugio que el alma de Jungkook anhelaba. Pero sabía que ese vínculo terrenal era exactamente lo que lo mantenía atado a su condena. Con una valentía serena, dio un paso al frente, cerrando la distancia entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

—No vas a la oscuridad, Jungkook. Vas a la paz —le dijo Jimin, extendiendo las manos con delicadeza, sin llegar a tocarlo del todo, respetando la línea invisible de sus naturalezas—. Tienes que soltar la pena, tienes que perdonar lo que pasó, y... tienes que soltarme a mí.

Jungkook lo miró desconcertado, sus facciones temblando.

—¿Cómo puedo dejarte si eres lo único cálido que he sentido en años?

—Porque mereces vivir en la luz, no en el eco de una vida que ya pasó —respondió Jimin, y una lágrima solitaria recorrió su propia mejilla, sellando la renuncia silenciosa a ese amor imposible—. Búscate a ti mismo más allá de estas paredes. Yo estaré bien. Guardo tu melodía en mi memoria, pero tú tienes que volar.

Las palabras de Jimin resonaron como un bálsamo en la habitación. Por primera vez, el fantasma comprendió que el afecto no significaba cadenas. Una profunda exhalación pareció sacudir la estructura etérea de Jungkook; el dolor acumulado durante años comenzó a desprenderse de su alma como ceniza al viento.

El cuerpo translúcido de Jungkook empezó a brillar con una intensidad suave, tornándose de un tono dorado y cálido. Sus labios se curvaron en una sonrisa genuina, liberada de todo peso.

—Gracias, Jimin... Gracias por enseñarme que el amor también es dejar partir —susurró su voz, desvaneciéndose lentamente en el aire.

Una brisa cálida recorrió el departamento, agitando las cortinas y llevándose consigo el frío y la penumbra. Las partículas de luz en las que se transformó la figura de Jungkook ascendieron suavemente hacia el ventanal, fundiéndose con el cielo nocturno y las primeras estrellas que comenzaban a titilar.

Jimin se quedó de pie en el centro de la sala vacía. El silencio que lo rodeaba ya no era pesado ni solitario; era un silencio limpio. Apoyó una mano en su pecho, sintiendo el latido constante de su propio corazón, sabiendo que en alguna parte del universo, el alma de Jungkook por fin era libre.

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