CAPÍTULO 1 "EL BOSQUE"
Era el verano de 1995 en un municipio de la Ribera Alta de Valencia. En aquella época, en esa zona se estaban vendiendo parcelas de terreno en un monte cercano al pueblo. Las familias de clase media-baja aprovechaban para comprar su terreno y construirse un chalet barato con sus propias manos, ideal para disfrutar los fines de semana, festivos y vacaciones.
Pues bien, ese verano una familia pasaba las vacaciones en su parcela. Esta tenía dos edificaciones: una era el dormitorio comunitario y la otra albergaba el salón-comedor. El hijo pequeño, de nueve años, jugaba con un palo como si fuera una espada. Estaba inmerso en su mundo de fantasía, luchando contra arbustos y árboles que en su mente eran monstruos malvados y dragones furiosos. Jugaba despreocupado en una parcela vecina, aún sin vender, situada al lado del camino de entrada a su casa. Cerca de allí, había otra senda que bajaba por una cuesta de gran pendiente y terminaba en un denso bosque de pinos.
Mientras jugaba, el niño vio de reojo un extraño destello que provenía del bosque. Se quedó mirando fijamente unos segundos, extrañado, pero al no ver ni oír nada más, regresó a sus juegos. Minutos después, volvió a vislumbrar otro destello, esta vez más claro. Permaneció más tiempo observando, atento, pero de nuevo nada. Cuando ya pensaba que eran imaginaciones suyas y se disponía a darse la vuelta, ocurrió otra vez: un destello aún más intenso.
Intrigado, avanzó unos pasos hacia la pendiente sin apartar la mirada ni parpadear. Al acercarse, le pareció ver algo moverse entre los árboles. Se sobresaltó, pero la curiosidad pudo más que el miedo y comenzó a descender por el camino con pasos cortos y seguros. Ya a mitad de trayecto, oyó a su madre llamándolo para comer. El niño hizo caso omiso. Sin embargo, a los pocos instantes llegó un segundo aviso; esta vez el tono era amenazante. Ese grito sí le hizo reaccionar. Se giró, contestó a su madre y echó un último vistazo al bosque. No estaba convencido, así que se prometió que, después de comer, llamaría a su fiel perra e iría a investigar.
Para su frustración, tras la comida su madre le anunció que debían bajar al pueblo a comprar en el ultramarinos de Don Federico. El niño se enfadó mucho; solo pensaba en regresar al bosque. Su madre logró convencerlo prometiéndole helados para casa y una tarrina en la heladería del pueblo.
Cuando regresaron, el pequeño bajó del coche a toda prisa, ayudó a descargar las bolsas y corrió hacia el camino del bosque. Pero a medio camino, la voz de su madre lo detuvo de nuevo: era muy tarde para andar por ahí y debía ducharse antes de cenar. Se dio la vuelta malhumorado, sabiendo que esa noche ya no podría investigar. Mientras se bañaba, planificó minuciosamente la mañana siguiente para tener tiempo de sobra y que nadie lo molestara.
A la mañana siguiente, nada más levantarse, fue al salón-comedor donde sus padres desayunaban. Su madre le dio los buenos días y le preparó el desayuno. En cuanto terminó, bajó corriendo a vestirse, cogió su rifle de perdigones y una caja nueva que habían comprado el día anterior en el pueblo. Llamó a su perrita y se encaminó al bosque.
Al llegar a la linde del bosque, se detuvo unos segundos, tomó aire y entró. Fue entonces cuando su fiel compañera empezó a dudar; se quedó parada, con el rabo agachado y la mirada fija en una dirección. El niño la llamó varias veces y, al ver que no reaccionaba, se acercó a acariciarla hasta que la perra se calmó. Se adentraron en la espesura. Tras un buen rato caminando sin novedades, pasaron cerca de un pino que tenía la corteza completamente arrancada, como si lo hubieran pelado. Lo más extraño era que en el suelo no había ni rastro de los trozos de corteza.
Un poco más adelante, llegaron a un claro. En el suelo de tierra batida había tres círculos perfectos, separados entre sí por unos dos metros, formando la silueta de un trípode gigante y pesado. En esa zona la tierra estaba completamente estéril; no crecía ni una sola brizna de hierba. Como ya casi era la hora de comer, el niño decidió regresar a la parcela con la intención de continuar la investigación después de la siesta.
Por la tarde, cuando el calor estival comenzó a dar un respiro, volvió al claro con su rifle y su perra. Al aproximarse, el animal se paró en seco, se quedó clavado en el sitio y empezó a gruñir de forma agresiva. El niño, asustado, le pidió en susurros que se callara, pero la perra no obedecía. De repente, el muchacho vio un movimiento de reojo entre los pinos y apuntó con su arma. Los gruñidos de la perra se transformaron en ladridos furiosos.
En ese instante, una luz cegadora, mucho más potente que el propio sol, lo inundó todo, acompañada de un zumbido ensordecedor. El fenómeno duró unos segundos y, de golpe, se hizo un silencio absoluto. El bosque enmudeció. El niño miraba a su perra ladrar, pero no emitía ningún sonido; era como si hubieran silenciado el mundo. De inmediato, un último destello masivo lo cegó por completo y el niño se desplomó contra el suelo.
Cuando despertó, empezó a notar algo húmedo en la cara: era su perra lamiéndolo. Ya había comenzado a anochecer. Se levantó dolorido y medio cegado, sin saber cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Recogió el rifle y regresó a la parcela. Justo cuando cruzaba la entrada, su madre salía a llamarlo para cenar. Al entrar al comedor, ella le preguntó si se encontraba bien, pues estaba muy pálido, pero él prefirió mentir y decir que sí para evitar que lo tomaran por loco o recibir una bronca.
Más tarde, mientras se lavaba los dientes, notó una molestia detrás de la oreja derecha. Se miró en el espejo y descubrió una marca similar a un pequeño pinchazo. Al palparse, la zona estaba completamente anestesiada, pero bajo la piel pudo sentir con claridad un pequeño objeto cilíndrico. Agotado y asustado, decidió no darle más importancia por el momento, apagó la luz y se fue a la cama en silencio.




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