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El eco de los monstruos

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Summary

«No hay oración que te salve cuando la oscuridad despierta.» Ella fue entrenada para destruir monstruos. Él es la razón por la que la Inquisición aún tiembla en la sombra. En un mundo controlado por secretos sagrados, cadenas de hierro y una guerra silenciosa, la línea entre el cazador y la presa desaparece en un instante. Cuando la sangre ancestral reclama su lugar, ni los altares de la orden ni el fuego purificador podrán contener la venganza de un ser desgarrado por su propio destino. Un pacto impío. Una caza implacable. Y una verdad sangrienta que cambiará la historia para siempre. ⚔️ En esta historia encontrarás: Enemies to lovers / Vínculo forzado Fantasía oscura con toque contemporáneo (Urban Dark Fantasy) Inquisición, secretos de sangre y poder ancestral Protagonistas grises y sin piedad Todos los derechos reservados

Genre
Fantasy
Author
Yuusita
Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: El protocolo de la ceniza

Matar cosas que ya están muertas es, en esencia, un ejercicio de administración de residuos. No hay gloria en ello, por mucho que los manuales de la Inquisición Genética insistan en adornar nuestro trabajo con términos como «purificación» o «salvaguarda de la especie». Para mí siempre ha sido una cuestión de vectores, ángulos de incidencia y la resistencia química de la aleación de plata.

La plata es una amante traicionera para los de mi especie. En el laboratorio nos explican que nuestra mutación —la misma que nos permite regenerar tejidos y movernos con una rapidez inhumana— tiene un fallo de diseño: una sensibilidad extrema a los metales nobles. Para un vampiro, la plata es una sentencia de muerte instantánea; para nosotros, los cazadores, es un riesgo constante. Si la hoja de mi daga roza mi piel desnuda, la reacción química me deja una quemadura cáustica que tarda semanas en sanar. Por eso mi arma lleva la empuñadura forrada en cuero grueso sobre madera de nogal. La ciencia nos da la fuerza; la naturaleza nos recuerda que todo tiene un precio.

—Por favor… —sisea la Sanguijuela.

Está acorralado contra una pared de ladrillo, en un callejón que huele a aceite de motor quemado y a la desesperación rancia de los barrios bajos de Madrid. El vampiro —un Clase B con más hambre que cerebro— intenta proyectar una amenaza que sus ojos inyectados en sangre no logran sostener. No es más que un yonqui del plasma, un pobre diablo que perdió su humanidad en alguna esquina oscura hace ya demasiado tiempo.

Le pongo la punta de la daga en la hendidura de la garganta. Mis dedos, protegidos por guantes de cuero reforzado, no tiemblan. No es valentía. Es que mis glándulas suprarrenales están reconfiguradas para no desperdiciar energía en el miedo. Soy eficiente porque mi cuerpo no sabe ser otra cosa.

—No me pidas «por favor» —suspiro. Noto el peso del móvil en el bolsillo, vibrando con algún mensaje rutinario del cuartel que decido ignorar—. El protocolo de ejecución prohíbe las negociaciones. Además, vas a mancharme las botas, y son nuevas.

El vampiro suelta una carcajada húmeda, un sonido que recuerda al crujir de hojas secas bajo un pie pesado.

—Crees que eres la cima de la cadena alimenticia, ¿verdad, pequeña híbrida? —Su aliento huele a cobre y a carne podrida—. Pero las reglas están cambiando. Hay alguien nuevo patrullando las sombras. Un error que se niega a morir.

Mantengo la presión de la hoja. Mis ojos, con la estructura celular alterada para captar luz en la oscuridad absoluta, notan cómo se le acelera el pulso.

—¿Te refieres a Valerius? —pregunto, fingiendo un aburrimiento que empieza a costarme sostener.

He oído el nombre en los vestuarios de la Inquisición, susurrado entre risas de desprecio. Dicen que es un vampiro de segunda mano, un descarte del Cónclave. Un tipo que no sirve ni para cazar ni para liderar, relegado a los trabajos que nadie quiere: limpiar rastros, vigilar vertederos, sobrevivir de sangre de hospital que los vampiros de verdad no tocarían ni con un palo. Un error biológico que, por alguna razón, se sigue arrastrando por el mundo.

—Incluso ese despojo, ese muerto de hambre, se reiría de ti —escupe la Sanguijuela—. Es un paria, una vergüenza para nuestra sangre. Pero hasta él sabe que algo viene a por todos nosotros. Algo que no podéis controlar en vuestras probetas.

—Qué fascinante —respondo, dejando que el sarcasmo se filtre como ácido—. Si quisiera una profecía, iría a que me leyeran las cartas. Yo solo estoy aquí por la limpieza.

Un movimiento rápido de muñeca, una rotación que he hecho miles de veces. No hay drama, ni últimas palabras épicas. Solo el sonido sordo de la ceniza golpeando el pavimento y el eco de mi propia respiración.

Me quedo un segundo mirando el montón de polvo gris que antes tenía nombre. Saco el móvil personal, abollado por las caídas, y abro la aplicación de registro de bajas para marcar las coordenadas. Los dedos se me quedan quietos sobre la pantalla.

—Valerius —digo en voz alta.

El nombre suena a viejo, a algo que debería haberse extinguido hace mucho. Me lo imagino encorvado, bebiendo de bolsas de plástico caducadas en algún sótano mugriento. Un vampiro que late, un defecto andante. En la Inquisición nos enseñan que la pureza lo es todo: si no eres una máquina perfecta de matar o un monstruo letal, no eres nada. Y Valerius, por lo que dicen los rumores, no es ninguna de las dos cosas.

El aire del callejón se vuelve más frío, aviso de que la noche madrileña no perdona a quien se queda parado. Saco un cigarrillo, lo enciendo, dejo que el humo me llene los pulmones. No debería fumar —el laboratorio dice que reduce la oxigenación de mis músculos mejorados—, pero es el único rastro de humanidad que me permito conservar.

El móvil vuelve a vibrar. Esta vez es mi supervisor.

«732, cancela el regreso a base. Avistamiento en el distrito financiero. Sujeto V detectado. Intercéptalo. No es orden de ejecución, solo reconocimiento. Queremos saber qué hace ese perro callejero en nuestra zona.»

Agente 732. Solo un número. Eso es lo que soy. En la Inquisición no hay nombres: al fin y al cabo, somos productos de laboratorio, humanos mejorados en secreto desde que el hambre de los años cuarenta disparó los casos de vampirismo en España y alguien decidió que la mejor forma de tapar el problema era crear uno todavía mayor, pero con placa oficial.

Guardo el teléfono y suelto una nube de humo gris. Así que el perro callejero se ha atrevido a salir de su callejón. Me ajusto la funda de la daga en el muslo y camino hacia la salida. Por primera vez en meses siento una chispa de curiosidad que no viene de mis niveles de dopamina regulados.

Quiero ver con mis propios ojos al vampiro que hasta los monstruos desprecian.

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