Recetas De Un Mundo Cruel by QuesitoSweet at Inkitt
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RECETAS DE UN MUNDO CRUEL

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Summary

a historia sigue el vínculo entre Shadow, un imponente cocinero, y Trisha, una pequeña y astuta goblin de la calle que pasa de ser una cautiva a una empleada protegida. El relato utiliza metáforas culinarias para explorar temas de supervivencia, confianza y la formación de un hogar improvisado tras un rescate inicial.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El intruso de la alacena

Estaba preparando una bebida para un cliente cuando un estrépito en el área de almacenamiento cortó el ambiente. Fui a revisar, esperando encontrar alguna rata o una caja mal acomodada, pero al apartar el estante, ahí estaba... un goblin.


La repulsión me golpeó primero, seguida por el miedo.me hizo buscar a mi alrededor cualquier cosa que pudiera servir como arma: un palo, un trozo de metal, lo que fuera. Pero mis manos solo encontraban aire y polvo. No hallé nada.


Trisha se encogió contra la pared, apretando un saco de tela contra su pecho. Sus ojos amarillos brillaban en la penumbra del almacén, observándome con una mezcla de pánico y la resignación de quien sabe cómo suelen terminar estas interacciones.


—¡Oye, oye! ¡No me pegues! —chilló con una voz aguda y rasposa, retrocediendo un paso—. ¡No tengo nada que ver con esto!


Se movió con una agilidad sorprendente entre las cajas de suministros, intentando ganar distancia. El saco pesaba visiblemente, obligando a la pequeña goblin a tambalearse bajo su carga, pero no lo soltó. Me miraba, esperando el golpe o el insulto que, en este mundo, sentía que ya se había ganado por el simple hecho de existir.


—¡Solo estaba mirando! —mintió descaradamente, aunque sus manos temblaban alrededor del saco—. ¡Tú eres el que está gritando por nada! ¡Vete a atender a tus clientes y déjame en paz!

Trisha echó una mirada rápida hacia la salida, calculando la distancia.


—Oh, no, pequeña alimaña, no vas a escapar —gruñí, dando un paso al frente para bloquearle el paso.


Por una fracción de segundo, el instinto de mis viejos tiempos despertó. lo único que quería era proteger mis preciadas provisiones.


Trisha soltó un quejido agudo cuando me acerqué. Sus orejas puntiagudas se aplanaron contra su cabeza y sus enormes ojos amarillos se dilataron, escaneando el lugar en busca de cualquier hueco para huir.


—¡Alimaña no! ¡Eso es insultante! —reclamó. Su voz temblaba, pero mantenía esa fiereza de quien está acorralado—. ¡Soy una goblin! ¡Una goblin con hambre!


En un movimiento rápido y desesperado, Trisha lanzó el pesado saco en dirección opuesta. El bulto aterrizó con un ruido sordo cerca de las cajas de licor y los costales de arroz, creando la distracción perfecta. Sin perder un segundo, la pequeña goblin echó a correr hacia la parte trasera de las estanterías. Sus pies descalzos golpeaban el suelo de madera con un sonido frenético, perdiéndose entre las sombras del almacén.


—¡No me vas a atrapar, barba grande! —gritó por encima del hombro mientras intentaba trepar por una inestable pila de cajas de madera, buscando alcanzar una pequeña ventana en lo alto de la pared.


—Oh, no, sabandija, no lo harás —mascullé.


Corrí tras ella, lanzándome hacia adelante justo antes de que lograra impulsarse hacia la salida. Trisha dio un salto desesperado, pero el movimiento fue torpe. Sus dedos apenas rasguñaron el marco de madera de la ventana cuando mi sombra se proyectó sobre ella, bloqueando la poca luz que entraba.


—¡Maldición! —exclamó, girándose con los ojos desorbitados.


A mis espaldas, el saco que había arrojado antes terminó de abrirse por el impacto. El inconfundible tintineo de cucharas golpeando el suelo resonó en el almacén, seguido por una nube con un fuerte olor a especias.


Viéndose acorralada, Trisha se encogió y se cubrió la cabeza con los brazos, esperando el golpe. Su cuerpo pequeño temblaba visiblemente contra la pared fría.


—¡Vale, vale! ¡No me pegues! —suplicó con la voz quebrada. A pesar de su terror, sus ojos amarillos seguían escaneando frenéticamente el entorno, buscando cualquier cosa que pudiera usar para defenderse.


Justo en ese momento vi un pesado rodillo para amasar sobre uno de los estantes. Lo tomé con ambas manos, apretando la madera, y lo alcé, listo para descargar el golpe.


Trisha levantó la vista y sus ojos amarillos se abrieron de par en par al ver el arma improvisada en mis manos. Su respiración se aceleró. Por un segundo pareció que iba a intentar trepar de nuevo, pero sabía que no tenía tiempo.


—¡Espera! ¡Espera, espera! —gritó, levantando las palmas en un gesto de rendición mientras se aplastaba contra la pared—. ¡No me pegues con eso! ¡Soy demasiado pequeña para aguantar un golpe así!


Se encogió lo más que pudo, intentando hacerse invisible entre las cajas, pero su figura menuda no le daba mucha ventaja.


Sus dientes castañeaban ligeramente mientras esperaba lo inevitable, con el saco tirado a sus pies y el olor a especias en el aire como evidencia de su delito.


—¡Te daré algo a cambio! —soltó de repente, en un último intento desesperado por negociar.


Me detuve en seco, con el rodillo congelado en lo alto.


—¿Qué podrías darme tú? —pregunté, sin bajar la guardia.


Trisha soltó un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros cayeron de golpe. Se quedó quieta, con las manos todavía temblando en el aire, sin atreverse a apartar la mirada del trozo de madera que yo sostenía sobre su cabeza.


—¿Qué te puedo dar? —repitió, ladeando la cabeza. Sus enormes ojos amarillos recorrieron el almacén como si buscara una respuesta escondida entre las sombras—. No tengo dinero, ni oro, ni nada de eso.


Se mordió el labio inferior, pensativa. Su estómago emitió un gruñido hueco y ruidoso que resonó en el silencio del cuarto.


—Puedo... puedo ayudarte con la limpieza —propuso de repente, y una sonrisa casi traviesa asomó en su rostro—.

Soy rápida. Puedo limpiar el suelo, mover cajas, fregar platos... ¡Y sé esconder cosas muy bien! Si alguien viene a robarte, yo lo veré antes que nadie.


—Estás mintiendo. En cuanto me dé la vuelta, me robarás el resto de la despensa.


Sin darle tiempo a reaccionar, descargué el golpe.

Trisha soltó un chillido agudo. Se encogió tanto que casi desapareció entre las cajas, cubriéndose la cabeza con las manos.


—¡No es mentira! ¡Lo juro por mi madre! —gritó, con una voz que sonaba más a súplica desesperada que a promesa honesta.


El pesado rodillo impactó con un estruendo sordo contra la madera del estante, a escasos centímetros de su cabeza, haciendo vibrar una pila de platos de barro. Trisha se quedó paralizada, temblando como una hoja al viento, con la vista clavada en mí.


—¡Está bien, está bien! ¡Tú ganas! —exclamó con la voz quebrada—. ¡Me rindo! ¡Haz lo que quieras conmigo!

Con el rabillo del ojo, vi un rollo de cuerda de cáñamo sobre la estantería. Lo tomé de un tirón y, con movimientos rápidos y precisos, la amarré de pies y manos antes de que pudiera intentar cualquier otra maniobra.


—Te voy a guisar en caldo —le advertí en voz baja, asegurando el último nudo—, pero será después. Ahorita tengo la barra llena de clientes.


La dejé ahí, bien atada en el rincón. Tomé una pieza de queso maduro que necesitaba para una orden, salí del almacén y cerré la puerta tras de mí con llave.


Trisha forcejeó contra las ásperas cuerdas con un frenesí de movimientos torpes. Sus enormes ojos amarillos fulminaron la puerta justo en el momento en que escuchó el clic de la cerradura.


—¡¿Guisada?! ¡¿Qué clase de monstruo eres?! ¡No soy un pollo para la olla! —chilló hacia la madera, y su voz rebotó contra las paredes del almacén—. ¡Oye, barba grande! ¡No puedes dejarme aquí atada! ¡Esto es tortura!


Al ver que nadie regresaba, dejó de luchar. Se dejó caer con un golpe sordo, quedando sentada en el suelo frío, atrapada entre las cajas y el saco de tela desparramado. El silencio del almacén la envolvió de golpe, roto únicamente por el eco de su propia respiración agitada.


A su alrededor, el ambiente parecía burlarse de ella. El aroma penetrante de los chiles secos, los costales de arroz blanco y los frascos de salsa de chipotle inundaban el aire, un paraíso inalcanzable.


—Maldito barba grande... —murmuró, apretando los dientes para contener las lágrimas de pura impotencia.


Como en respuesta, su estómago emitió un rugido doloroso y profundo, recordándole cruelmente que no había probado bocado en días.


Salí del almacén asegurando la puerta a mis espaldas y escondiendo la llave en mi bolsillo. Al acercarme a la barra, me topé con un viejo conocido que ya ocupaba su taburete habitual.


—¿Qué pasa, Shadow? ¿Ratas? —preguntó, notando mi expresión mientras me acomodaba el delantal.


—No te imaginas qué tan grandes —respondí, soltando un suspiro pesado.


—Sí, lo entiendo —asintió él, frotándose el rostro—. Dame un whisky, etiqueta roja. Tres dedos.


—¿Un largo día? —pregunté, deslizando el vaso sobre la madera mientras servía el licor ambarino.


—Sí, amigo...


Antes de que pudiéramos seguir hablando, Elena, una de las meseras, se acercó rápidamente a la barra con su libreta en mano.


—Kael, un Martini para la mesa de la esquina, por favor.


—Ahí lo llevo —le contesté, enfocándome de lleno en el servicio.

Las horas pasaron entre el ruido de los platos, el tintineo de los vasos y las conversaciones ahogadas. Todo fluía sin ningún inconveniente; de hecho, llegué a creer que cerraríamos la noche con saldo blanco. Pero, casi al final de la jornada, un hombre en una de las mesas centrales empezó a ponerse pesado con Elena, alzando la voz y reteniéndola por el brazo.


Dejé el trapo sobre la barra y me dirigí hacia el problema. Mientras me abría paso entre las sillas, uno de mis clientes habituales hizo el amago de levantarse.


—¿Te ayudamos, Kael? —preguntó.


Sin detener mi paso, le di un par de palmadas suaves en el hombro, un gesto silencioso de que todo estaba bajo control. Mientras me alejaba hacia el borracho, escuché a su compañero decirle en voz baja:


—Tranquilo. Es el mejor guerrero que hay en esta ciudad, no necesita ayuda.


Segundos después, ya estaba detrás del bravucón. Sin hacer ruido ni sacar un arma, le apliqué presión con una sola mano en el nervio exacto del hombro. El hombre jadeó de dolor, soltando a la mesera al instante. Le susurré que era hora de irse, y la mirada aterrada que me devolvió antes de salir huyendo por la puerta confirmó lo que mis clientes ya sabían.


Elena me dio las gracias con un suspiro de alivio y yo volví a la barra.


​Una hora después, el último cliente cruzó el umbral. Pasé el cerrojo de la puerta principal y apagué los letreros. El silencio del local vacío cayó sobre mis hombros, repentino y pesado.


​De pronto, un golpe sordo proveniente del almacén rompió la quietud.


​Ese ruido me sacudió el cansancio y me recordó de golpe a nuestra pequeña invitada. ¿Qué demonios voy a hacer con ella?, me pregunté, frotándome el cuello tensionado mientras me dirigía a paso rápido hacia la puerta de la alacena.




Al abrir la puerta, la encontré sentada en el suelo, apoyada contra una caja de madera con las piernas cruzadas y las manos atadas a la espalda. Su cabello negro estaba revuelto y tenía una mancha de polvo en la mejilla. Al oír el crujido de las bisagras, levantó la cabeza rápidamente; sus enormes ojos amarillos brillaron en la penumbra.


—¡Vaya! ¡El verdugo ha vuelto! —exclamó, intentando mantener un tono desafiante aunque su voz sonaba un poco ronca—. ¿Ya tienes el fuego encendido? ¿Ya tienes la olla lista?

Se inclinó hacia adelante tanto como las cuerdas se lo permitían, mirándome con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Su estómago volvió a rugir con fuerza, y esta vez no pudo evitar que una mueca de vergüenza cruzara su rostro.


—Sí, ya tengo la olla en la lumbre —le respondí con tono neutro.

La agarré por las ataduras de la espalda, levantándola como quien carga una maleta pesada. Trisha soltó un chillido agudo mientras pataleaba en el aire.


—¡Oye! ¡No me agarres como a un saco de patatas! ¡Tengo dignidad! —protestó, aunque su voz carecía de verdadera fuerza.


Salí del almacén y la llevé hasta la cocina, dejándola caer sobre la mesa de preparación. Efectivamente, sobre los fogones, había una olla enorme con agua hirviendo. Al verla, los ojos amarillos de la goblin se abrieron de par en par. El calor de la lumbre le acarició el rostro y el olor del vapor le hizo salivar involuntariamente.


—¿Eso es agua sola? —preguntó, mirando la olla con profunda desilusión y luego a mí con una expresión de puro drama—. ¿Me vas a cocinar en agua sola? ¡Eso es crueldad! ¡Ni siquiera es un caldo con especias!


La ignoré por completo. Sin dirigirle la palabra, la traté como si fuera un simple trozo de carne esperando su turno en la tabla. Tomé un puñado de sal gruesa y la arrojé al agua burbujeante. Agarré unas patatas, las troceé en cuatro con movimientos mecánicos y las eché a la olla; luego agregué zanahorias, un poco de col y unas ramas de brócoli.


—Con eso será suficiente —dije en voz alta para mí mismo.


Me giré de vuelta a la mesa y la jalé un poco más hacia el centro, acomodándola igual que un buen corte antes de picarlo. Sin perder el ritmo, me di la vuelta y tomé mi pequeña hacha de carnicero.


Trisha se quedó completamente inmóvil. Sus ojos se fijaron en la hoja afilada del hacha y el poco color que le quedaba en el rostro desapareció por completo.

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Good Writing

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