V del Nuevo Mundo - Tim
Aêrah por la noche.
Una silueta rápida se movía debajo de mis pies.
De vez en cuando el ruido de una hoja filosa rompía el silencio.
Bostecé observando al adolescente manchado en rojo.
Bajé de un salto.
— ¿Terminaste de jugar? — pregunté evitando el charco de sangre —
Asintió.
— Volvamos — comenté —
Arrugué mi nariz al ver el piso, no ensuciaría mis zapatillas.
— ¿Por qué bostezas si no ayudaste?
— Yo soy el plan de contingencia — devolví — procuro que no mueras, mal agradecido.
Sonreí cuando rodó los ojos.
— Tengo hambre — dijo después que su estómago rugiera — pasemos a Xêvir.
— ¿Con tu rostro lleno de sangre y esas prendas sucias?
— Sí.
— Suena bien — admití moviendo mis hombros —
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— Dame una Fravêr y... ¿Qué comerás? — pregunté al chico que le caían gotas pegajosas desde su cabello —
— Kîrvaes dobles.
— A la orden — respondió el cocinero repleto de aceite —
Esperamos de pie, como todo en este maldito lugar.
De vez en cuando sonaban sus utensilios metálicos bajo el ruidito parpadeante de la única luz del callejón.
— ¿Qué ves? — pregunté mirando hacia arriba —
— El cielo.
Hice una mueca.
Todo acá era anaranjado y café. Tonalidades de pobreza y derrumbe.
— Al menos hoy no huele a humo — murmuré —
— ¿Allá también el cielo era de este color?
Negué con la cabeza aunque no me gustaba hablar de esa época.
— ¿Cómo era?
— Celeste por el día y negro por la noche — reconocí incómodo —
Asintió.
Nos quedamos en silencio, acompañados por el foco dañado y conversaciones del resto de personas que esperaban su comida envuelta en cartón roído.
— Quedaste peor — me burlé —
— No importa — refunfuñó con el esfuerzo de una expresión — me pica el ojo.
Moví con mi mano a los insectos que revoloteaban.
— Ahora creo que veo — comentó parpadeando —
— Quedaste repleto de sangre.
— Hermanos Sëal — ambos miramos ante el saludo —
Dos tipos que nos doblaban de tamaño pasaron frente a nosotros, arrastraban un bulto.
Seguí con la mirada el recorrido carmesí que dejó lo que tenían envuelto en bolsas de basura.
— Una noche normal en Quiro — soltó Tim estirándose — mañana tenemos el día libre, así que mataré el tiempo.
— Que pésima broma — me reí de lo aburrido que fue —
Él hizo esa mueca pequeña que era su sonrisa.
— ¿Crees que Sheika te permita flojear? — pregunté —
Bufó.
— Yo quería dormir hasta tarde — murmuró —
— Con ese niño no se puede — reconocí —
Miramos el sonido estridente.
Alguien que dejó lo que parecía ser un cuerpo sobre una mesa.
Goteaba.
— Juro que si colocan mi bebida al lado de eso, incendiare este puto lugar.
— Espero que eso suceda — ignoré la burla inexpresiva de Tim —
— No. No lo hagas hijo de puta — susurré mirando al vendedor — Ni te atrevas.
Ni siquiera me molesté por la risa del pálido.
Sonreí al ver que no dejó ahí mi brebaje.
— Vamos — contesté alegre — yo pago.
— Thaurus dijo que iríamos de vacaciones.
— No recuerdo dónde — admití con asco. Detestaba que hablara con la boca llena —
— A Marrek.
— ¿Ese lugar?
— ¡Sí! ¿No es genial? Dicen que hay cascadas y el sol alumbra en tonos amarillos, no como este lugar.
— ¿Y cuál es la trampa?
— Ni idea hermano, ¿Quieres?
Tomé una porción redonda y pequeña.
— Dame — exigió mirando mi botella —
— Saben bien — reconocí sorprendido —
— Pog supuestog pog quien me tomag.
— No hables mientras bebes — repliqué asqueado — ... Mocoso de mierda — murmuré cuando abrió la boca con trozos de comida molido —
Rodé los ojos escuchando su carcajada.
— Espero que te atores y te ahogues — amenacé —
Bostecé refregando mi cabello, que flojera.
Tim me imitó.
— ¿Qué esperas?
— Que abras — respondí lo obvio —
— Yo no tengo la llave, la tienes tu.
— No, la tienes tú.
— Sam la tienes tú.
— Tim, no la tengo.
— Yo menos.
Nos miramos.
Miramos la puerta.
El cielo anaranjado.
Cerré los ojos.
Él pateó el muro de cemento.
— ¡Debías traer la llave! ¡Eres el mayor!
— ¡Se la preste a Lyla porque Leyla la perdió! — me quejé —
— ¡Yo igual la perdí!
— Par de inútiles — siseé hastiado — ¿Y ahora?
— Entrar por la ventana.
Bufé.
Lo seguí.
— ¡Ayúdame! — se quejó —
— Puedes escalar un techo solo.
— ¡Eres el mayor!
— Cuando te conviene — devolví —
— Solo apúrate, quiero mi cama.
No quería acercarme estaba repleto de sangre.
Me gustaban mis zapatillas, mis manos estaban limpias...
— ¡Samuel!
— Está bien, está bien — refunfuñé — acércate para que te alcé.
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Tomé su mano pegajosa para subir al techo.
El sonido metálico chirreaba por nuestras pisadas.
Tim abrió la ventana.
— Debe ser una broma... — susurré —
— No hice fuerza — se defendió —
Ambos miramos la ventana sin abrir.
— ¡Jamás dejas con pestillo y ahora eres responsable!
Nos volvimos a mirar.
— No idiota, no sacrificaras nuestra pieza — amenacé —
— ¿La de las gemelas? — insinuó —
— No sé si quiero lidear con ellas.
— No romperé la de Liz.
— ¿Qué hay con la de Thaurus? — sugerí divertido —
Me miró con una sonrisa diminuta.
— Los honores son suyos, Sir Tim — dramaticé mostrando la ventana —
Él tomó con fuerza la espada envainada y azotó la empuñadura contra el vidrio.
Escuchamos unas voces dentro.
— Genial — murmuró —
— Está es la mejor noche — me rei saltando entre los vidrios rotos — Thaurus se querrá morir.
— Amo mi vida — murmuró Tim —
Bajamos por las escaleras de caracol.
— Debe ser una puta broma — murmuró la voz ácida de Leyla.
— Por favor que no sea nuestra habitación — continuo su gemela —
— ¡Tim, Sam! — gritó Sheika que bajó de una silla corriendo a nuestra dirección —
Liz siguió comiendo, inmutable.
— ¿¡Qué les sucede!? — gritó Thaurus — ¿¡Acaso son imbeciles!?
— No teníamos llave — respondí —
— ¿¡Y las luces encendidas no les avisó que podían simplemente tocar!?
Nos miramos con Tim.
Asentimos en silencio.
Pacto de hermanos que ignorarían a Thaurus.
— Hola enano — me reí cargando a Sheika —
— Los extrañé... — se quejó en mis brazos —
— ¡Les estoy hablando!
— ¿Escuchaste algo? — pregunté a Tim —
— No, no escuché nada.
— Sí, debe ser mi imaginación.
Sentí al risa de Sheika en mi cuello.
Êrah por la tarde.
— ¿Por qué tuvimos que asistir? — se quejó Tim — además, odio usar esto.
Se tocaba las mangas del traje.
— Es nuestro castigo — respondí rendido — por romper su estúpida ventana.
Miré la espalda ancha de Thaurus.
El corte demasiado corto de color rubio.
Rodé los ojos.
— Jefe — saludaron a Thaurus — Descendientes Sëal.
— Buenas noches — respondimos al unísono con Tim —
La reunión se mantenía igual.
Siempre era lo mismo.
Saludos formales.
Comida.
Sonrisas.
Cuchillos.
Blablabla.
— ¿Por qué nos haces sufrir? — cuestioné mirando a Thaurus — tienes dinero, no te cuesta una ventana.
— ¿Puedes comportarte alguna vez como el adulto que eres? — regañó —
Rodé los ojos.
— Tienes mi edad — amenazó —
— Siempre se me olvida ese detalle — comentó Tim —
— Un año menos corregí.
— Y aún así pareces un crío.
— Piricis in crii — remedé —
Escuché la carcajada de Tim.
Supe que gané cuando el ojo de Thaurus tembló.
— Samuel — dijo serio —
No entiendo por qué no morí cuando debía.
— Debo asistir con el clan Jarêv. Eres el mayor.
— Ya sé — murmuré hastiado — debo comportarme y esas cosas.
Escuché la risa de Tim.
Levanté mi mano tomando un vaso amplio de alcohol.
— ¿Tienes doble? — pregunté mirando el líquido dorado —
— Aquí tiene, señor.
Lo bebí al seco.
Saqué otro vaso.
— Para el viaje — dije alzando el vaso mientras el tipo se iba —
— ¿Puedo probar?
— Esto es muy fuerte para ti — los ojos incredulos me miraban — Cuando nos larguemos — murmuré —
Él hizo una sonrisa diminuta.
— No le digas a Thaurus — amenacé — ni a Liz.
Asintió.
— ¿Nunca respetaste a Thaurus? — preguntó el rubio afirmado de unos pilares — ¿Ni siquiera cuando se conocieron?
— Era irritante cada vez que hablaba, siempre he pensado que está demente.
Escuché su bufido.
— Me agrada Thaurus — murmuró —
— Me gusta molestarlo — desvié —
— Samuel Sëal.
— Buenas noches — saludé cortante —
— No esperé ver al mayor de los hijos en persona.
Lo miré.
Alto.
Ojos afilados.
Vestimenta con decoraciones de la familia Lira.
— Entonces la impresión será doble, él es Tim Sëal — presenté — mi hermano menor.
— Hey — saludó Tim sin ningún resquicio de formalidad —
El integrante Lira inclinó la cabeza.
— Había escuchado que el jefe tenía varios hijos.
Levanté el vaso.
Déjame en paz.
— Aprovechando la instancia, me gustaría solicitar un encargo.
— Thaurus está con el clan Jarêv, deberás esperar.
— ¿Acaso el mayor no puede acceder?
Mire a sus acompañantes corpulentos.
Dos.
Manos demasiado cerca del pecho y cinturón.
— Dile a tus perros que coloquen las manos donde las vea sino quieres armar un espectáculo — advertí —
— Siempre tan malhumorado, los rumores no se equivocaban.
Sostuve su mirada hasta que asintió con una sonrisa.
— Esperaré mi turno — murmuró divertido —
Levanté mi vaso.
Detestaba quedar a cargo.
Me reí al ver la mueca de asco.
— Te dije que era fuerte — me burlé —
— Creo que me quemó la garganta — murmuró —
Sonreí.
— ¿Cuándo crees que nos libere? — pregunté mirando a Thaurus —
— Cuando se apiade.
Dejé caer mi cuerpo contra la baranda del balcón.
— ¿Tanto por una ventana? — me quejé — la pagaba yo si le molestaba.
— ¿Esos son los lira?
Asentí sin interés.
— Siguen hablando con Thaurus, qué crees que quieran.
— Que matemos a alguien — observé mi vaso medio vacío — ¿Me traes otro?
— ¿Pero a quién? Los Lira trabajan en otro rubro, y no.
— No sé Tim, tampoco me interesa — golpeé con suavidad su brazo con el vidrio — vamos se un buen chico y trae más alcohol a tu hermano mayor.
Hizo una mueca de asco que no me enorgulleció.
— ¿Estás ebrio?
— Aún no — reconocí —
— Liz se molestará — advirtió tomando el cristal vacío — dice que no debes beber alcohol por tus medicamentos.
Moví mi mano.
— Hoy me arriesgaré.
— ¿No te morirás? Lyla dice que es peligroso.
— Vamos amigo, ambos sabemos quién soy. Solo tráeme otro vaso.
Bufó.
— ¡Y que sea doble! — grité —
— ¿Me puedes explicar por qué Tim tiene en la mano un vaso con Ferer?
— Me lo traía — corregí tomando mi alcohol — Salud Thaurus.
Lo bebí al seco.
— ¿Terminaste? — cortó —
Observé el cristal delicado, las formas que lo adornaban.
"Los rombos en los cristales lo hacen con fuego y aguja"
Me molesté.
— No. No he terminado, voy por otr—
Me detuve en seco porque tomó mi brazo.
— ¿Cuántos llevas?
— ¿Qué te importa? No soy un niño.
— Te comportas como uno.
Rodé los ojos.
— No bebas más.
Bufé ante el tono serio.
Que aguafiestas.
Êrah por la noche.
Refregué mi rostro con el agua helada.
Observé mi reflejo, el color marrón de mis ojos daba paso al color amarillo.
Toqué mi cabello.
Al menos seguía negro. Las gemelas tenían razón esté color era mejor.
Salí encontrándome con Liz.
Volví a cerrar la puerta.
No.
No lidiaré con ella.
Mentí cuando dije que no importaba.
No quería verla, por qué me arriesgué.
— Samuel — dijo detrás —
La ignoré.
— Sé que me escuchas.
— No saldré — contesté como el cobarde que soy —
— Lo suponía, ¿De qué color están tus ojos?
— Normales — mentí —
— Me dices la verdad o te saco a rastras.
¡Mierda!
— Se están destiñendo — murmuré —
— ¿Cuánto alcohol bebiste?
— Perdí la cuenta en cuatro — admití golpeando mi cabeza contra la puerta, soy patético —
Escuché que suspiró.
— ¿Estará bien? — reconocí la voz de Lyla —
— Sí, solo que el medicamento dejó de funcionar — contestó la mayor —
La madera rebotó contra mi cabeza ante el golpe.
— ¡Eres un imbécil! ¡Me preocupaste de gusto! — Amenazó Lyla —
— ¡Lo siento! — grité tratando de no sonar divertido —
Miré la bañera que dejó de ser blanca por la cantidad de tintura que usaba.
Supongo que me quedaré aquí unas horas.
Abrí la puerta.
Pasé el pasillo con tablas, me dolieron los ojos ante la luz del salón.
— ¡Sam! — gritó Sheika que no vi por la iluminación —
Lo cargué por reflejo.
Escuché el ruido del interruptor bajarse.
Abrí los ojos cuando dejó de quemar, la oscuridad era calmante.
— Gracias — murmuré a quién sea que haya apagado las luces —
— Pareces un gato con los ojos así.
— Cállate Leyla — respondí molesto —
Ella se rió.
— ¡Sam tienes los ojos amarillos! ¡Bebiste! — continuó Sheika —
Hice una mueca.
— Sí... No repitas esas cosas — murmuré dejando en el piso al niño —
— ¿Puedes cerrar los ojos? — pidió Lyla — quiero el pastel pero no veo donde está porque está todo oscuro.
Acomodé el sabor a naranja que le gustaba.
— Está en tu plato — comenté —
— Gracias — respondió mientras daba una cucharada encantada —
— ¿Cómo te sientes? — preguntó Liz —
— Normal — admití —
— ¿Puedes saber qué pienso? — preguntó Tim —
— No idiota.
— Pero tienes los ojos amarillos — insistió —
— Eso no significa que lea la mente.
Esto era prejuicioso.
— Que aburrido.
Rodé los ojos.
— A mi me gusta, es como tener a un gato en casa — dijo Leyla —
Cerré los ojos.
— No... La luz amarilla se apagó... ya no veo mi pastel — lloriqueó su gemela —
Me ofendió aún más.








