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Isekai Generic Parody

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Summary

Un hombre cualquiera es transportado a un mundo isekai como cualquier otro, donde vivirá aventuras genéricas acompañado de un grupo de personajes secundarios sin personalidad ni amor propio.

Status
3d ago
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Episodio 1: "Mujer araña"

Soy un oficinista japonés de cuarenta años, o tal vez un adolescente introvertido obsesionado con el anime y el manga, lo que prefieras. Soy lo que sea que necesites para sentirte identificado conmigo. El punto es que, mientras salía de mi casa en un barrio residencial indistinguible de muchos otros, fui atropellado por cierto camión que todos conocemos. Y ahora me encuentro aquí, frente a una diosa de belleza hegemónica, que me ofrece reencarnar en un mundo medieval de fantasía genérica, para derrotar al señor de los demonios de turno.

—Oye —dice la diosa, sentada en su trono de cristal—, ¿sí sabes que puedo escuchar lo que piensas, no?

Me encojo de hombros. No me importa caerle bien. De todos modos, no volverá a aparecer en la novela, a menos que me maten y deba revivirme en un ejercicio de floja escritura.

Una vena se dibuja en la frente de la diosa. Parece ofendida.

—¿Así que no te importa caerme bien, eh? Pues bueno, que así sea. Normalmente, regalo a los reencarnados como tú algunos poderes que los ayudan en sus aventuras, pero tú no mereces mi indulgencia.

La diosa chasquea los dedos y todo a mi alrededor desaparece. Ahora estoy cayendo desde las nubes. Con un poco de suerte, me estrellaré contra el suelo de tal manera que la caída me mate de forma instantánea, salvándome de una muerte dolorosa.

El suelo se expande a medida que me precipito hacia él. El mundo es verde y azul. No parece haber civilización, al menos hasta donde alcanzo a ver.

En el último tramo del recorrido, el suelo parece acercarse con más velocidad. Me estrello. Siento cómo los huesos de las costillas me crujen al contacto con las ramas de los árboles. Caigo de culo en un suelo fangoso. Genial, ahora parecerá que me cagué encima.

Miro a mi alrededor. Parezco haber caído en una especie de pantano. Trato de levantarme, pero el cuerpo me recuerda que tengo varios huesos rotos.

Luego de unos segundos, la adrenalina se drena por completo y empiezo a reparar las heridas que me aquejan. Antes de caer inconsciente, veo el rostro de una chica. ¿De dónde carajo apareció y qué está haciendo en un pantano desértico? El poder del guion es una cosa bárbara…

***

Despierto y lo primero que veo son un par de tetas. Siento una venda húmeda en la frente. Alguien me cuida.

—Oh —dice la chica. Es la misma que vi en el pantano—, veo que ya estás despierto. ¿Cómo te encuentras?

Por alguna razón, hablo su idioma. No tiene demasiado sentido, si me lo preguntas. Pero, en fin, me viene bien, supongo.

—¿Se te olvidó cómo hablar? —pregunta la chica, llevándose una mano a la boca. Su pelo es largo y de color verde, como el del pantano. ¿Inventaron ya los tintes para el cabello en este mundo medieval?

La chica se me queda viendo, con el rostro ladeado. No parece muy lista.

Me aclaro la voz.

—Este… sí. Hola. Me encuentro… sorprendentemente bien. Creí haberme roto varios huesos.

Ella sonríe.

—Y los tenías rotos, tonto.

—¿Ya me curé? Imposible. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

Ella mira los dedos de sus manos para contar.

—Tres… cuatro…

—¿Semanas, meses? —aventuro.

—Horas —dice ella—. ¿Cómo vas a pasar varios meses en cama solo por algunos huesos rotos, tonto?

—Sí, claro. ¿Cómo iba a ser así? Ni que viviéramos en un mundo fantástico…

Ella se ríe.

—Dices cosas muy raras. Debe de ser por la caída; te lastimó el cerebro. Ya sanará, no te apures.

¿Por qué siento que me ve como si fuese un retrasado? En fin, como es bonita debo dejarlo pasar. Así funciona.

—Este… —murmuro—. ¿Dónde estamos?

—En mi casa —dice ella como si fuese lo más obvio del mundo.

—Por supuesto que sí.

Ella asiente.

—¿Crees poder levantarte? Me gustaría llevarte afuera, para que conozcas a las demás.

Las demás, por supuesto.

La chica me ofrece una mano. Viste una túnica blanca con bordados como los que aparecen en los libros de caligrafía para niños. Alguien estaba tratando de mejorar su cursiva mientras tejía. Una forma inteligente de hacer dos cosas en una.

Apoyado en su brazo, me levanto y salgo cojeando hasta la salida. Las costillas todavía me duelen, pero es soportable.

El paisaje frente a mí me deja perplejo. Habría jurado que la choza estaba al nivel del suelo. Sin embargo, frente a la casa hay un puente colgante que se conecta más adelante a una red que comunica a un bello pueblo entre los árboles. Los rayos del sol se cuelan entre las ramas, pintando las chozas de bellos colores verdes. Es como la típica aldea de elfos, pero la chica que me lleva del brazo no tiene las orejas largas.

—Por cierto —digo—, ¿Cómo te llamas?

—Mirim —dice ella—. ¿Y tú?

¿Qué nombre debería elegir? Me gustaría que fuese uno del que tú, lector distraído con la mente saturada de basura consumista, pueda recordar.

—Arthur —digo al fin.

—Tardaste mucho en contestar. ¿Estás seguro de que te llamas así?

—No te voy a mentir.

Ella asiente, esperando que yo continúe la frase. Yo miro al cielo y respiro el aire fresco. Ella levanta una ceja. Parece molesta. Tiene un tic en el ojo.

Terminamos de cruzar el puente y llegamos al corazón del pueblo, donde se erige imponente una estatua de una mujer de cabello largo, sentada en un trono y con expresión de suficiencia.

—Es la diosa genérica.

—¿La qué?

Cuando estaba a punto de responder, alguien nos interrumpe. Se trata de una anciana muy encorvada que llega acompañada de una muchacha de rostro amable.

—¡Mirim! —dice la anciana—. ¿Cómo está el muchacho?

—Gran madre —dice Mirim. Me gustaría llamarla chica del cabello verde, para darle algo de identidad, pero veo que tanto la anciana como la chica que la acompañan lo tienen del mismo color, aunque el de la anciana es de un verde más claro—. Ya se ha recuperado casi por completo.

La anciana asiente. Sus mejillas caídas se balancean adelante y atrás.

—Muy bien —dice la anciana—, entonces ya se puede ir. Acompáñalo hasta la salida del pueblo.

—Momento —interrumpo—. ¿Cómo que me acompañe hasta la salida? Pero si acabo de llegar…

—¿Y qué? —dice la anciana.

—Pues… ¿No deberían tratar bien a su invitado? Ya saben, darme algo de comida, explicarme cómo funciona el mundo…

—¿Cuántos años tienes, hijo? Ya estás grandecito para eso. Son tus padres los encargados de enseñarte cómo funciona el mundo, no yo. Ahora, vete.

Dirijo la mirada a Mirim con indignación, pero ella niega con la cabeza.

—Muy bien —espeto—, me largo de su pueblucho, si así lo desean.

La anciana se encoge de sus escuálidos hombros y se da la vuelta, apoyada en la amable chica que la acompaña. La muchacha se vuelve hacia mí con pesar un segundo antes de continuar.

—Muy bien —dice Mirim—, pues nos vamos, entonces.

Mientras nos dirigimos, de puente en puente, hacia la salida del pueblo, veo en las muchas chozas a nuestro alrededor, rostros de mujeres de todas las edades, que se ocultan tras ventanas sin cristal.

—¿Por qué no hay hombres en este pueblo?

Ella me mira como si estuviera loco.

—¿Por qué más va a ser? Por ella.

—¿Ella?

Mirim asiente.

—La Aracna. Se ha llevado a todos los hombres del pueblo. Los huele. Siempre que alguno llega al pueblo, aparece y se lo lleva a su guarida, donde los usa para procrear hasta que caen muertos.

No me lo puedo creer. ¿De la mente de qué subnormal salen tramas como esta?

Mientras medito en ello, el puente por el que andamos se sacude.

—Oh, no… —dice Mirim.

—¿Qué sucede? —pregunto, pero ya me lo imagino de antemano. Es demasiado predecible.

—¡Esto es malo, muy malo! —Mira hacia un lado y otro, buscando algo entre el follaje—. ¡Es ella! ¡Viene hacia acá!

Suspiro.

—Claro que sí… ¿Cómo iba a ser de otra forma?

—¡Deja de decir estupideces y salgamos de aquí!

Empieza a tirar de mí hasta una plataforma al final del puente. Al llegar, vamos directo hacia otro. Sin embargo, en ese momento, una enorme criatura arácnida cae de entre las ramas y se interpone en nuestro camino. De la cintura hacia abajo, es una araña peluda y grotesca; de la cintura para arriba, es una mujer de voluptuosa figura, cabello largo y expresión de sadismo. Se relame los labios y veo en su boca un par de colmillos. ¿Dónde tiene la…?

—Oh, veo que han traído para mí un nuevo sacrificio —dice la mujer araña—. Y se ve tan fresco y jugoso… —empieza a babear. Su saliva cae sobre sus pechos desnudos. Estoy seguro de que hay alguien allá afuera a quien algo así lo pondría calentísimo, pero yo no he tenido el placer de adquirir ese gusto.

Me vuelvo hacia Mirim, le sonrío y le pongo una mano en el hombro.

—Gracias —le digo. Entonces la empujo hacia la araña y empiezo a correr en dirección contraria.

—¡Maldito! —escucho decir a Mirim.

La mujer araña da un grito que resuena en todo el bosque. Veo pasar un chorro de tela de araña a mi lado. Al chocar contra uno de los árboles que componen una de las plataformas entre puentes, el tronco empieza a derretirse.

—¡Carajo! —grito. La tela de araña es la mierda de las arañas, ¿no? ¿De qué está hecho su estómago?

Cuando estoy a punto de llegar a otro puente, la mujer araña aparece del otro lado y corta las cuerdas con sus colmillos. Y yo que creía que eran solamente estéticos…

Trato de correr hacia el otro lado, pero ella llega desde lo alto del bosque y vuelve a hacer lo mismo. Una y otra vez, va cortando los puentes a mi alrededor hasta que me quedo aislado en la pequeña isla con el tronco a medio derretir.

Finalmente, cae delante de mí y sus pechos rebotan con ella. Abre las fauces y de su boca empieza a emerger un miasma púrpura.

Siento sueño, mucho sueño, y caigo dormido.

***

Me levanto mareado. La sangre se me acumula en la cabeza. Estoy del revés, con una tela de araña pegajosa en los pies. Mis manos también están firmemente atadas a mi espalda. Y lo peor de todo es que estoy desnudo.

—Oh, ya estás listo —dice la araña. Desde mi punto de vista, ella está al revés.

Corta la cuerda que me ata al techo de la cueva y caigo al suelo con un golpe seco. Caigo con el cuello. Si hubiese estado un poco más alto, probablemente habría quedado paralítico.

Siento cómo la sangre se distribuye por todo mi cuerpo. Respiro aliviado.

La mujer araña me levanta con sus fuertes brazos y me pone de pie. Me mira de pies a cabeza. Estaría avergonzado si la vida no me hubiese dotado tan generosamente.

—¿Y bien? —pregunto—, ¿Qué harás conmigo?

Ella murmura algo para sí misma. Se da la vuelta y va en dirección a una esquina de la cueva. No alcanzo a ver bien lo que hay en aquel lugar, pero ella rebusca entre una pila de algo que suena metálico.

Cuando finalmente encuentra lo que buscaba, sus hombros se sacuden como si estuviese tosiendo. No obstante, yo la escucho reír con suavidad. Se da la vuelta y empieza a caminar en mi dirección. Miro a mi alrededor en busca de algo con lo que defenderme, pero me sorprendo al ver cientos de huesos de formas varias. Entre ellos, sobresalen cráneos humanos.

—Carajo —murmuro—. Estoy jodido.

Vuelvo a ver hacia el frente. La mujer araña tiene en sus manos un látigo y un mangual.

—¿Y bien, querido? ¿Con cuál quieres empezar?

Trago saliva.

—Si me lo preguntas a mí —dice ella, haciendo girar en su muñeca la bola con pinchos del mangual—, yo empezaría con este. Es mi favorito.

—¿Qué tal si dejamos lo mejor para el final? —digo, tratando de ganar tiempo—. Un látigo alargaría mejor la sesión, ¿no lo crees? ¿O es que quieres acabar rápido?

Ella abraza el par de instrumentos de tortura contra su pecho y se empieza a retorcer.

—¡Ah, ah! —gime—. ¡Veo que esta vez traje a alguien que sí que sabe cómo complacerme!

Empiezo a arrepentirme de lo que dije. No sé si una muerte rápida con un buen golpe de mangual en la cabeza hubiese sido mejor que lo que se viene.

—Por cierto —digo—, ¿cómo te llamas, hermosa criatura?

—¿Yo?

Asiento.

—Vaya, nunca un Hyuma se había interesado por mí de esa manera. Por lo general solo se limitan a suplicarme que los libere o que me detenga, que tienen hijos o familia. Cosas intrascendentes como esas.

Me río de la forma más natural que puedo. Ella no parece notarlo. Sonríe también.

—Eres una criatura curiosa —Deja el mangual en el suelo y empieza a sopesar el látigo—. Me llamo Althea, y pertenezco a la orgullosa raza de las aracna.

Eso ya lo sabía, pero no se lo iba a decir. Me conviene tenerla de buen humor.

—Este, y… ¿Vives aquí?

—Así es. ¿Te gusta? —dice ella, abriendo los brazos.

—¿Gustarme? ¡Me encanta! Lo que hiciste con esos cráneos es exquisito. Claramente, tu gusto artístico está a otro nivel. Y esa esquina de allá…

Ella mira por encima del hombro.

—Oh, veo que ya reparaste en mi esquina del tesoro…

—¿Cómo no notarlo? Aunque, si te soy sincero, no alcanzo a verlo en todo su esplendor desde aquí. Antes de que empecemos, podría echarles un vistazo.

Ella se lleva un dedo a los labios, pensativa. Finalmente, levanta los hombros.

—¿Por qué no?

Se acerca a mí, me carga en sus brazos y me lleva a la esquina, donde me deja caer con brusquedad.

—¿Qué te parece?

En el suelo hay un montón de artículos que parecían pertenecer a otros hombres y mujeres, desde soldados hasta reyes, desde hachas de acero hasta diademas.

—¡Es precioso! —digo, buscando algo útil entre la pila.

Ella asiente ansiosamente.

—¡Y mira esto! —Me arrodillo frente a un collar de perlas—. Creo que se vería precioso en tu cuello.

Ella se soba el cuello como una doncella.

—¿Tú crees?

—Por supuesto. ¿Quieres que te lo ponga, para que veas cómo te queda?

Ella sonríe. Parece algo… ¿Avergonzada?

—¿Estás seguro? La ropa hyuma no se lleva bien conmigo. Siempre que me pongo alguna prenda de las que ustedes usan, las termino rompiendo.

“Me parece que las rompes por una razón distinta”, pienso mientras miro sus descomunales pechos.

—Oh, no te preocupes. Tú, déjamelo a mí. Anda, date la vuelta. Yo te la pondré de la forma correcta.

Ella asiente con timidez y empieza a darse la vuelta. Yo recojo algo del suelo. ¿Qué? Te preguntarás, pero no te adelantes. Lo dejaremos para más tarde.

—¿Tienes ya el collar? —pregunta ella.

—Sí. Dame un segundo.

Me subo a sus enormes cuartos traseros. Los pelos de araña provocan una sensación de incomodidad en mis pies descalzos.

Finalmente, llego a su espalda. Ella levanta su cabello para dejar a la vista su cuello desnudo. Se agita con nerviosismo mientras yo pongo mis manos alrededor de su cuello.

—¿Falta mucho? —pregunta ella.

—Solo dame un segundo.

Tomo aire y entierro la daga que tomé de la pila a un lado de su cuello. Ella grita y se empieza a retorcer, pero yo muevo la daga de izquierda a derecha, sintiendo cómo atraviesa el cartílago de su cuello. Cuando la daga sale por el otro salgo disparado hacia un lado. Me estrello contra la pared de la caverna y luego caigo al suelo. Toso sangre y saliva, pero por fortuna todavía conservo la daga. Con ella, rompo las ataduras de mis manos y mis pies, y me levanto con dificultad.

La mujer araña, con ambas manos en el cuello, me mira. No hay odio en sus ojos, sino tristeza, decepción. Empieza a andar hacia mí, pero su cuerpo arácnido trastabilla cada pocos pasos. Cuando finalmente me alcanza, está muy débil. Su cuerpo humano cae hacia adelante y ella alza una mano hacia mí. Yo descarto la daga y se la sostengo.

Ella sonríe y tira de mí hacia ella. Me da un beso en la boca. Esta vez, no hay veneno adormecedor. Entonces, la luz se esfuma de sus ojos y se escurre de mis manos. Cae sobre mí, haciéndome caer con ella. Acaricio su cabello. Pierde temperatura con rapidez.

Algunos minutos después, me levanto, dejando con cuidado su cabeza en el suelo. Empiezo a caminar hasta la salida de la cueva.

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