Chapter El veneno de la Obediencia
Capítulo 1: El Veneno de la Obediencia
El dolor de cabeza siempre empezaba a las ocho de la mañana.
Freya Thorne presionó las yemas de sus dedos contra sus sienes, cerrando los ojos con fuerza mientras el mundo a su alrededor daba un vuelco borroso. Sentada en el borde de su cama, observó la pequeña habitación de paredes de piedra gris que le pertenecía en el ala oeste de la manada. Una habitación fría, apartada, que reflejaba perfectamente el lugar que ocupaba en su propia familia: el de una loba defectuosa.
En el mundo de los cambiaformas, la fuerza lo era todo. Los lobos dominantes nacían con un aura que hacía temblar la tierra, con sentidos tan agudos que podían escuchar el latido del corazón de un enemigo a kilómetros de distancia. Freya, a sus veintiún años, apenas si podía mantener el equilibrio al levantarse. Su loba interna era poco más que un susurro ahogado, una sombra dormida que nunca había emitido un rugido.
—Tan débil... tan común —susurró para sí misma, con la voz pastosa.
Miró fijamente la mesa de noche. Sobre la madera desgastada descansaba un pequeño vial de vidrio oscuro, vacío. Cada mañana, sin falta, su padre, el Alfa Arthur Thorne, enviaba a un sirviente con ese tónico. "Es para fortalecer tus defensas, Freya. Naciste enferma, esto mantiene tu cuerpo estable", le repetía él con una sonrisa paternal que a ella siempre le había parecido extrañamente fría.
Ella le creía. ¿Por qué no lo haría? Era su padre.
Sin embargo, lo que Freya no sabía —lo que sus sentidos adormecidos no le permitían detectar— era el olor amargo y metálico del acónito negro destilado diluido en el líquido. No era medicina. Era un bloqueador de esencia puro y letal. Un veneno diseñado específicamente para aplastar su sistema, para enjaular las garras de la bestia indomable que llevaba dentro y mantener oculto el secreto que aterrorizaba a su padre: Freya no era débil. Era una Gamma dominante, una criatura de linaje tan puro y devastador que, de haber despertado, habría puesto de rodillas a toda la manada y reclamado el liderazgo por derecho de sangre.
Pero hoy, el tónico se estaba retrasando. Y en el pecho de Freya, por primera vez en años, algo pequeño, salvaje y feroz comenzó a arañar las paredes de su alma, exigiendo salir.
Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. No era el sirviente. La puerta se abrió de golpe, revelando a Sasha, su hermana menor. Sasha lucía un vestido de seda impecable, su cabello castaño perfectamente peinado y una sonrisa que erizó los vellos de los brazos de Freya.
—Levántate, Freya —dijo Sasha, cruzándose de brazos con desdén—. Papá te quiere en el despacho de inmediato. Y ponte algo decente. Hoy es el día.
—¿El día de qué? —preguntó Freya, poniéndose de pie con dificultad, sintiendo que sus piernas temblaban.
Sasha soltó una risa suave, un sonido cargado de una crueldad que Freya, en su letargo, no alcanzó a comprender del todo.
—El día en que finalmente dejas de ser una carga para esta manada. Muévete. El Alfa Garric ya viene en camino








