Capítulo 1.- El Precio del Perdón
El Gran Salón del Wizengamot nunca había parecido tan frío. Harry Potter, el “Niño que Vivió (dos veces)“, no sentía el calor de la gloria, sino el peso muerto de las miradas de los jueces sobre sus hombros. En el centro de la sala, dentro de una jaula de hierro encantado, Draco Malfoy parecía una estatua de sal. Sus pómulos eran cuchillas y su cabello platino había perdido el brillo, sucio y pegado a la frente por el sudor del miedo.
—¿Está usted sugiriendo, Sr. Potter, que el acusado actuó bajo coacción absoluta? —preguntó Kingsley Shacklebolt, su voz resonando en la piedra.
—Digo que no tuvo elección —respondió Harry. Su voz era ronca, carente de la emoción heroica que todos esperaban—. Como muchos de nosotros.
El murmullo fue inmediato. Harry no miró a la prensa. Miró a Draco. Por un segundo, los ojos grises del Slytherin se encontraron con los suyos. No hubo agradecimiento; solo un vacío abismal que hizo que a Harry se le apretara el estómago.
Tras horas de deliberación, el veredicto no fue la libertad, sino una sentencia que muchos consideraron peor que Azkaban: un Voto Inquebrantable de custodia. Draco Malfoy no iría a la cárcel, pero quedaría vinculado mágicamente a Harry Potter. Si Draco cometía un solo acto de magia oscura o intentaba huir, su propia magia lo consumiría desde dentro. Si Harry fallaba en su deber de vigilarlo, las consecuencias serían igualmente fatales.
Dos días después, el silencio en el número 12 de Grimmauld Place era absoluto, roto solo por el crujido de las maderas viejas.
Draco estaba de pie en el vestíbulo, su pequeña maleta a los pies. El retrato de la madre de Sirius, por una vez, estaba en silencio, como si la presencia de un Malfoy “sangre pura” pero caído en desgracia la hubiera dejado sin palabras.
—Tu habitación está en el segundo piso. La de la derecha —dijo Harry, quitándose la túnica de viaje. Se sentía exhausto.
Draco no se movió. Su mirada recorrió las paredes desconchadas y las sombras que parecían moverse por voluntad propia en las esquinas.
—¿Esto es lo que se siente al ser un héroe, Potter? —su voz era un hilo de seda, cargada de un veneno que ya no tenía fuerza—. ¿Vivir en una tumba y recoger los desperdicios de la guerra?
Harry se detuvo en seco. Se acercó a Draco, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler el rastro de humedad y jabón barato de las celdas del Ministerio que aún emanaba de él.
—Esto es lo que se siente al estar vivo, Malfoy —susurró Harry, sus ojos verdes brillando con una intensidad peligrosa—. Si quieres morir, la puerta está ahí. Da tres pasos hacia afuera y el Voto hará el resto. Si quieres sobrevivir, sube esas malditas escaleras.
Draco tensó la mandíbula. Durante un minuto eterno, ninguno parpadeó. Finalmente, el rubio agachó la cabeza, un gesto de sumisión que a Harry le dolió más que cualquier insulto. Draco recogió su maleta y subió, sus pasos resonando como latidos en la casa muerta.
Harry se quedó solo en la oscuridad del pasillo. Miró su mano derecha; le temblaba. No sabía si lo que sentía era odio, lástima o algo mucho más oscuro que empezaba a echar raíces en su pecho.








