Jungkook
Me llamo Jungkook, tengo veintiocho años y ayer fui despedido. Casi cinco años desvelándome por ese gimnasio, tragándome las órdenes de un jefe amargado, los horarios extremos, la mala paga y hasta las miradas asquerosas de algunos clientes, para que al final todo no valiera nada. “Necesidad de la empresa” dijeron con toda la seriedad del mundo. Sí, claro. Qué casualidad que la practicante que le hacía ojitos al jefe siguiera ahí firme mientras yo salía por la puerta con mis cosas en una caja roñosa.
—Ya levántate, llevas cinco días acostado —gritó mi mamá mientras invadía mi habitación— Mira este desastre: envoltorios de comida chatarra por todas partes y para colmo, apestas.
—Ay, ya, mamá, déjame en paz… —murmuré, tapándome la cara con las sábanas— Estoy depresivo. Solo intento recuperarme de este mundo injusto y cruel.
Ella intentó arrebatarme la cobija y yo termine lanzandole el cojín.
—¡Insolente! Te levantas ahora mismo, te bañas y vas a la tienda por verduras. No voy a aguantar vagabundos en esta casa.
Me bañé sin ganas. El solo hecho de pensar en secarme el pelo ya me molestaba; me daba flojera. Así que salí a la tienda con el cabello mojado. En el camino las viejas chismosas del barrio me miraban y comentaban al pasar… no entendí del todo, o eso quise creer. Solo alcancé a escuchar: “esta viejo, sin trabajo, soltero y todavía vive con sus padres”. Bueno, en realidad sí escuché todo.
Podía estar en mi estado “depresivo”, autodiagnosticado claro, pero eso no era un motivo para quedarme callado. Siempre me he destacado por ser directo, inclusive algunos me han llamado conflictivo.
—¿Y eso qué tanto les importa? ¿Acaso ustedes me mantienen? —les pregunté, mientras abrían los ojos sorprendidas—Vayan a jugar bingo o a tejer, qué sé yo. Hagan sus cosas de ancianas pero dejen de meterse en mi vida.
—Eres un maleducado, tu madre no merece un hijo como tú —espetó una de ellas.
Me miraron indignadas y con desprecio, se dieron media vuelta y se fueron.
—Viejas metiches —refunfuñé.
Caminé con pasos lentos, el cuerpo me dolía por haber pasado tantos días acostado. Abrí la puerta de la tienda y me dirigí directo a las verduras. Por supuesto, pasé antes por la cerveza: todavía no ahogaba por completo ni la pena ni la rabia. Abrí la puerta de la máquina sin mirar y sin darme cuenta golpeé en la cabeza al hombre que estaba justo a mi lado.
—Lo siento, no te vi—solté, con una risa nerviosa.
—Sí, ya me di cuenta. Deberías ser más cuidadoso y no tomar tanto… alcohol.
Lo dijo con un aire de superioridad mientras analizaba mis manos, que sujetaban un sixpack de cervezas.
—¿Qué te crees? ¿Superior porque llevas suero para deportistas? Pues yo también soy deportista. ¿Qué te parece? ¿Eh?
Me observó por un instante.
Su mirada bajó despacio hacia mis pies: llevaba puestas unas pantuflas viejas y deformadas, luego subió la vista lentamente hacia mi camiseta, que era exactamente la misma que usaba para dormir... una desgastada con la estampa de un osito cariñosito totalmente desteñido y percudido de tanto meterlo a la secadora, clavó sus ojos en mi cabello, que era un nudo gigante, despeinado y goteando agua por todas partes.
—Sí, se nota… Espero que te hidrates bien —dijo finalmente y se alejó hacia la caja registradora.
—Maldito —murmuré en voz baja— “Hidrátate bien”… ñañaña…
Me dirigí a la caja con el sixpack en la mano, intentando que nadie notara mi combinación de cansancio y enfado. Él terminó de pagar al otro lado del mostrador, yo lo miraba de reojo y no pude evitar pensar que ese estúpido tenía aires de grandeza con sus miles de tarjetas en la billetera.
Pagué y recogí mi cambio mientras él contestaba una llamada telefónica, desapareciendo entre la gente.
Volví a casa, dejé las verduras en la cocina y me fui a ver televisión a la sala. Mi mamá apareció secándose las manos en su delantal, se quedó parada en la puerta de la cocina y me observó con cautela.
Parecía estar calculando fríamente si acercarse a mí o no... Fingía que limpiaba los muebles con un trapo seco, pero cada vez que yo volteaba a mirarla, se hacía la loca y disimulaba mirando al techo.
—Hablé con una amiga y te conseguí trabajo. Comienzas mañana.
—¿Qué? —exclamé sorprendido — Pero mamá, solo he descansado cinco días, ¡y todavía no me curo de la depresión!
—Bueno, eso ya es suficiente: un día por año trabajado y ¿de qué depresión hablas? Ni siquiera vas al médico cuando te resfrías.
—Mamá, no quiero trabajar… Quiero tomarme unos días más. He trabajado desde que me recibí y casi no he tenido vacaciones.
—Bueno, lo siento mucho pero está decidido: mientras vivas bajo este techo, vas a trabajar. Además, es un trabajo que seguro disfrutarás —añadió, con esa sonrisa manipuladora de siempre.
Al día siguiente estaba allí, temprano… en un campamento de verano…
A mi lado habían dos personas más: un chico de mediana estatura, cabello negro y un poco serio, el otro era alto, delgado y bien parecido. Ambos parecían tan sorprendidos de estar despiertos a esa hora como yo, aunque intentaban disimularlo mejor.
—Hola, soy Suga, un gusto —rompió el hielo, extendiendo ambas manos para presentarse.
—Soy Jin, mucho gusti —respondió el otro chico, con una sonrisa enorme y amable.
—Hola, sí… yo soy Jungkook… qué onda—me presenté con todo el desánimo del mundo, usando un tono de voz que sonara lo más natural posible, aunque sabía que no había manera de ocultar mi sarcasmo interior.
Jin se veía impaciente y emocionado; el brillo en sus ojos era como el flash de una cámara de los años cincuenta. Yo no entendía cómo podía estar así de feliz, considerando que íbamos a pasar dos meses completos cuidando niños: niños apestosos, ruidosos y malvados.
—¡Estoy tan feliz por esta oportunidad! Amo a los niños, me encanta trabajar con ellos —comentó Jin, juntando las manos como si estuviera rezando.
—Yo también estoy feliz de estar acá —dijo Suga— Es muy difícil conseguir este trabajo. El año pasado postulé, pero fue imposible; los cupos se llenan inmediatamente.
Yo me quedé callado.
Los dos me miraron al mismo tiempo esperando que yo dijera algo, probablemente que compartiera su entusiasmo. Les di en el gusto:
—Yuju… sí, yo también estoy tan contento de estar acá. No saben cuánto… — dije mientras daba un suspiro.
La espera terminó cuando llegó una mujer joven y bonita que al parecer estaba a cargo del campamento. Se presentó con una sonrisa tan amplia que parecía salida de un programa de Disney Chanel.
—¡Bienvenidos! Soy la señorita Army, la Directora del Campamento “Rancho de alegria” —nos saludó con un entusiasmo terrífico — Cada uno de ustedes estará a cargo de un grupo:
“Las Origuitas, de 5 a 7 años.
Los Potrillos, de 8 a 11 años.
Los Capibaras, de 12 a 15 años.”
Mientras nos hablaba, yo la observaba con un miedo terrible.
—Jin, veo que en tu perfil dice que trabajaste en un jardín infantil como profesor de yoga —comenzó la Directora mientras repasaba nuestras experiencias laborales—Creo que Las Oruguitas serán perfectas para ti.
Hizo una pausa para dar vuelta la hoja.
—Suga, has trabajado como instructor en academias extracurriculares con jóvenes, por lo tanto, estarás a cargo del grupo Capibaras.
La Directora se quedó callada mientras miraba mi currículum, soltando un leve suspiro de decepción.
—Cinco años trabajando en un gimnasio, con adultos… Bueno, Jungkook estarás a cargo del grupo Potrillos. Mucha… suerte… —dijo, colocándome una mano en el hombro como si intentara advertirme de algún peligro.
Luego nos entregó una carpeta gruesa llena de protocolos: listas de niños, certificados médicos y toda esa burocracia que hacía que mi entusiasmo natural por la paternidad ajena se evaporara al instante.
—¡Mucha suerte a todos en su primer día! Lo haremos muy bien. ¡Ánimo! —comentó Jin con entusiasmo antes de desaparecer en su salón.
—Que les vaya muy bien —respondió Suga, haciendo una leve señal de adiós con la mano.
Me dirigí a mi salón.
En la puerta había una imagen de un potrillo salvaje; solo verla me dio escalofríos.
Entré, corrí las cortinas y me senté a revisar la lista de niños. Eran diez, pensé que no podía ser tan difícil… pero ese pensamiento duró exactamente lo que tarda un potrillo en darte una patada en las canillas.
Un montón de niños entraron en el salón gritando, riendo y empujándose unos a otros. Tiraron sus mochilas al suelo con un estruendo y las sillas resonaban contra el piso con ese chirrido agudo que me hacía querer taparme los oídos y llorar al mismo tiempo.
Finalmente, el ruido cesó… al menos por unos cinco minutos.
De repente todas las miradas de los niños se fijaron en mí. Algunos me estudiaban con curiosidad, otros con desafío y un par simplemente con total desinterés.
Normalmente no me dejo intimidar, pero esta vez… esta vez me sentí vulnerable, como si cada uno de ellos fuera un interrogador en miniatura.
Eran criaturas extrañas para mí; yo estaba acostumbrado a tratar con adultos, a quienes se puede leer y predecir… y ahora tenía frente a mí un ejército de impredecibles y diminutos seres humanos.
—Hola a todos —dije, respirando hondo— Mi nombre es Jungkook y seré su guía este verano. Espero que tengamos un tiempo agradable y que podamos trabajar en equipo.
Sonó formal y perfecto… demasiado perfecto para mi gusto. Era como si hubiera reciclado palabras de mis antiguos trabajos, intentando dar la impresión de que tenía todo bajo control, aunque ni siquiera sabía cómo aplicar la maniobra de heimlich, en caso de que alguno decidiera atorarse con una galleta.
—¿Qué edad tiene? —preguntó de repente una niña sentada al fondo, con total naturalidad.
La pregunta me tomó por sorpresa, pero respondí cordialmente:
—Veintiocho años.
—¡Tienes la edad de mi papá! —comentó, con la misma sinceridad brutal que caracteriza a los niños.
—¿Tienes hijos? —preguntó el niño que estaba a su lado.
—No, no tengo hijos…
—¿Está casado, guía Jungkook? —inquirió el pequeño de lentes que se sentó frente a mí.
Y de repente, la cosa se convirtió en una lluvia de preguntas sobre mi vida personal: edades de mis padres, comida favorita, incluso qué hacía los fines de semana. Mi paciencia se estaba agotando rápidamente.
—¡Bueno, ya! —respondí, alzando la voz antes de colapsar— ¿Qué es esto, una rueda de prensa? Basta, vamos a iniciar… Cada uno saldrá adelante y se va a presentar.
Cuando finalizaron las presentaciones, fuimos al casino para desayunar. Por fin: estaba muerto de hambre; lidiar con esos Potrillos me había el abierto el apetito.
Cada grupo tenía su propia mesa. Al otro lado del casino, pude ver a Jin con sus Oruguitas, formando una verdadera oruga humana; el cantaba y ellos repetían como loros, encantados con cada nota.
Al centro, estaban Suga y los Capibaras. En serio, parecían capibaras: caras somnolientas, movimientos lentos y una tranquilidad absoluta como si la vida les valiera madre. Suga parecía feliz, disfrutando de esa calma animal mientras yo… bueno, yo me sentí directamente en medio de un zoológico enloquecido.
Fui el último de la fila en retirar mi bandeja. El desayuno se veía contundente: huevos, pan tostado, café con leche… todo lo que, en teoría, hace que la vida valga la pena.
Me senté junto a Yoji, el pequeño de lentes con pecas, que ya había comenzado a organizar sus cosas con una concentración que daba miedo.
—Mi papá dice que si organizo mi día, los niveles de ansiedad bajarán y el cortisol también —dijo Yoji con absoluta seriedad.
—Vaya… tu papá te da buenos consejos.
—Sí, él es psiquiatra. Ayuda a personas con enfermedades mentales.
—Quizás pueda ayudarme —murmuré riendo resignado.
Estaba saboreando mi café cortado con un toque de canela cuando, de la nada, un trozo de jamón me golpeó la cara.
—¡Ja, ja, ja! —una carcajada malvada resonó en mi oído, acompañada de la mirada de unos ojos traviesos.
Me aparté la mano del rostro, mirando al culpable con una mezcla de sorpresa, indignación y una pequeña chispa de terror: los Potrillos ya habían comenzado su ataque. Mi café tembló en la taza, como si supiera lo que se venía.








