El Zorro Y El Tigre by Cronopia666 at Inkitt
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El Zorro y el Tigre

Summary

Zoro, un alfa tigre solitario, solo quiere llegar a la montaña antes de que el clima lo derribe. Pero lo que encuentra en el camino es mucho más desconcertante: una cueva cálida, carne cocinándose… y un omega zorro que lo mira a los ojos y le dice, sin rodeos: —¿Te parece bien si después de la comida hacemos unos bebés? Zoro no sabe si está atrapado en una trampa, en un mal sueño o en algo peor: un despertar. Sanji, por su parte, tiene sus propios motivos para abrir las puertas de su nido… y de su cuerpo. Entre lluvia, lechos de hojas, y conversaciones incómodas, un lazo salvaje empieza a formarse.

Genre
Lgbtq
Author
Cronopia666
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

El inicio del cortejo

Si tuviéramos que medir el tiempo como lo hacemos hoy en día, tal vez estarían en abril... o quizás en octubre.

Lo que sí estaba claro era que los pastos de las praderas se sacudían como una imagen divina bajo el viento otoñal, y al fondo, el cielo nublado cubría el pico de la montaña con niebla.

A sus pies, un denso bosque dificultaba la orientación en el camino hacia la cima.

Porque sí, había que subir.

Zoro era un tigre de montaña. Solitario, tranquilo y fuerte como un roble, un alfa por naturaleza.

Como tal, buscaba un territorio alto y alejado del bullicio del mundo salvaje para pasar la temporada. No por reproducción, sino por pura supervivencia.

Llevaba caminando ya varios días; el sol había despertado y dormido más de una vez, y él aún no lograba alcanzar la montaña.

Tenía que ser una broma.

¿En serio estaba tan lejos?

Pero pronto se encontró con el bosque, y con él, la niebla espesa que cayó sobre su cuerpo.

Entre la niebla, algo lo observaba.

No era peligro, no aún.

Era... curiosidad. Y colmillos contenidos tras una sonrisa invisible.

El tigre llevaba rato sintiéndolo.Unos afilados ojos azules lo seguían entre las ramas de los árboles, pero no iba más allá de eso: la presencia no se movía, se mantenía quieta en un solo lugar.

Pero si no se estaba moviendo... ¿Cómo era posible que el aroma dulzón y venenoso lo persiguiera cada vez que él avanzaba?

“Eso”, quien fuera, llevaba horas siguiéndolo.Lo obligaba a fruncir el hocico, a mover la nariz inquieta, buscando algo que no lograba identificar.Un rostro fundido entre la niebla y los árboles, como flores venenosas que crecen bajo las rocas lisas al pie de la montaña.

De pronto, el tigre se detuvo. Su mirada afilada se desvió hacia uno de los árboles y bajó su kasa, dejando que sus orejas descansaran. Uno de sus ojos estaba dañado: una cicatriz lo atravesaba, vieja y profunda.

El zorro, que lo observaba atentamente desde su escondite entre las ramas, no recordaba haber visto un tigre así por allí.

—¿Qué quieres? —la voz de Zoro era grave, como el rugido de una bestia aterradora.

El zorro se asomó entre las ramas, dejándose ver. Estaba muy cómodo, con la cabeza apoyada sobre los brazos, mirándolo atentamente y moviendo su cola con coquetería.Una gran cola mullida y rubia. Unas orejas del mismo color.Y unos felinos ojos azules.

—Nada. Solo te observaba —respondió tranquilamente.

—Llevas mucho rato siguiéndome —insistió el tigre.

—Y tú, mucho rato dando vueltas en círculos —comentó el zorro.

Zoro frunció el ceño.

—No estoy dando vueltas en círculos —se defendió.

—Claro que no, gatito.

Zoro gruñó y Sanji sonrió. Una sonrisa amplia y bonita, propia de un zorro que sabía lo que valía. Y ese, en específico, valía mucho.

—¿Sabes? —dijo el zorro—. Creo que llevas dando vueltas en círculos desde la hora del gallo.

—Que no estoy dando vueltas en círculos —gruñó por lo bajo.

El zorro se encogió de hombros y movió su cola con tranquilidad. Entonces Zoro lo notó. En una de sus manos sostenía una pipa alargada, que humeaba lentamente. El humo se deshacía al elevarse, como si desapareciera entre la niebla.

—De todas formas... ¿a dónde vas? —preguntó el zorro con curiosidad.

—A la montaña.

El zorro bajó del árbol con gracia, dejándose ver por completo.Su piel era lechosa, con matices dorados como los de su cola y su cabello. Vestía un yukata blanco y simple, con un delicado bordado rojo en la parte inferior.Aun así, parte de su piel se dejaba ver a través de la tela delgada.

—La montaña es por allá —le indicó, extendiendo la mano que sostenía la pipa.

Zoro no miró el camino. Se distrajo observando sus dedos alargados, las garras filosas de zorro. Cuando volvió a enfocar su atención, notó que Sanji lo miraba con media sonrisa.

—Parece que te gusta estar perdido.

—Ya te dije que no estoy perdido. Sé perfectamente a dónde voy.

El zorro sonrió de nuevo.

—Sí, por eso has estado dando vueltas tanto tiempo...

Zoro iba a responder. De verdad tenía algo que decir—mucho, en general—pero en cuanto abrió la boca, su estómago lo traicionó.Tragó saliva.Cierto. Ya llevaba varios días sin comer.

—¿Tienes hambre?

Zoro gruñó.

—No tengo.

Su estómago rugió otra vez.

Sanji soltó una risilla.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Zoro. ¿Y tú?

—Sanji —dijo, golpeando su pipa para sacudir la ceniza—. ¿Tienes hambre, Zoro?

—Ya te dije que no.

—¿Y por qué te gruñe el estómago, entonces?

Zoro sintió las mejillas enrojecer.Sanji lo siguió mirando.

—Tengo comida. ¿Vienes?

Zoro dudó.Había escuchado sobre los zorros: tramposos, ladrones, coquetos por excelencia y expertos en el engaño.¿Y si lo de la comida era solo una excusa para robarle?Sacudió la cabeza.

Si ese era el caso, entonces simplemente lo mataría y luego se lo comería.Después de todo, él era un tigre.Y el otro, solo un zorro.Por muy inteligente que fuera, eso no serviría de nada si no tenía fuerza para defenderse.

Para Zoro, aquella caminata fue extremadamente larga, pero a medida que avanzaban, cuevas y rocas aparecían en su camino. Los árboles parecían más altos, y las hojas secas abundaban.En silencio, lo único que se oía entre ellos eran las pisadas sobre las hojas y el viento insistente. Cada uno grabándose el nombre del otro en la cabeza.

Zoro miró hacia los enormes árboles.Al parecer, llovería pronto.

—Es aquí —dijo Sanji, indicando la entrada de una de las cuevas.

Zoro se acercó y miró dentro.Un pequeño nido, compuesto por un hornillo, una mesa de madera improvisada y un lecho construido con hojas y ramas.

Zoro no fue capaz de entrar. Observaba a Sanji adentrarse en el lugar con total tranquilidad.“Omega, omega”, murmuró una voz en su cabeza. Claro que era omega, y su alfa interior se lo estaba recordando.

—¿No vienes? —preguntó Sanji.

Zoro desvió los ojos hacia el lecho y luego hacia Sanji.

—Oh, eso... puedes pasar.

Zoro sintió que podía respirar un poquito, porque en cuanto entró, el aroma dulzón a flores venenosas lo golpeó de lleno en la nariz. Y no supo si le gustaba o no, pero todos los vellos de su cuerpo se erizaron por completo.

Sanji lo observó un momento. Había cierta actitud de suficiencia en su semblante, como si hubiera esperado causar ese efecto en el tigre.

Zoro lo siguió con la mirada en silencio, mientras se sentaba no muy lejos de la entrada, como quien se prepara para huir, aunque no sabía de qué... si el peligro real era él.

O quizás no.

Un suave aroma a carne asada se deslizó bajo su nariz mientras Sanji removía la madera del hornillo con cuidado. Hasta aquí, el zorro no había mentido; de verdad tenía comida. Así que se permitió confiar un poco. Pero entonces pensó en qué podía pedirle a cambio.

No tenía mucho. Más bien, además de lo que llevaba puesto, no traía nada consigo.

Pero había algo que le preocupaba más que nada, algo que lo tenía completamente perturbado.

—Oi, ¿está bien esto? —preguntó con seriedad.

—¿El qué? —respondió el zorro con completa despreocupación.

—¿Que me dejes pasar a tu nido así sin más?

—¿Qué pasa con eso? —preguntó Sanji mientras trabajaba con el hornillo, sin dirigirle una mirada.

Zoro gruñó, exasperado. Sí, exasperado.¿Acaso este zorro se había dado un golpe en la cabeza? Su pregunta era simple, obvia, no tenía mucha explicación. ¡Carajo!

—¿Cómo que “qué pasa con eso”? Soy un desconocido. Un alfa desconocido, metiéndome en tu nido, estando tú solo aquí.

Zoro quería darse un cabezazo. Miraba al malditamente hermoso zorro dorado y no lograba entender esa actitud, como si no le tuviera una pizca de miedo.Y Zoro tenía algo muy claro: Sanji tenía que tenerle miedo.

Y, sin embargo, nada.Ni un temblor, ni un chillido, ni un “¡Eeek!” o un “¡Squack!”. Nada.

¿Habría algo mal con él como alfa? Eso era lo que a su orgulloso alfa interior empezaba a preocuparle.

Y mientras Zoro atravesaba esa pequeña pero intensa crisis existencial, la conversación entre ambos continuó:

—Oh, sobre eso…

Sanji lo miró, pensativo pero seguro de sí mismo. Apoyó su pipa sobre la mesita de madera y luego miró a Zoro a los ojos.

—¿Te parece bien si después de la comida hacemos unos bebés?

Zoro se quedó helado.Sin aire.¿¡LO QUÉ!?

Si hubiera espacio suficiente en esa cueva, probablemente Zoro se habría desmayado y botado espuma por la boca.

—Es un buen trato. Cachorros a cambio de comida —comentó Sanji, dándole la espalda de nuevo, pero esta vez para sacar la carne del hornillo.

—¿Cachorros a cambio de comida? ¿Te volviste loco? —dijo Zoro, rezando para que su alma regresara a su cuerpo.

Sanji, sin mucha emoción, respondió:

—No veo el problema.

—¡CREÉME QUE VEO MUCHOS PROBLEMAS! —exclamó Zoro, tratando de recuperar sus nervios.

Sanji se cubrió los oídos.

—¡No grites!

—¿No crees que es peligroso meter a cualquier alfa a tu nido y decirle “hey, comida a cambio de cachorros”? —reclamó Zoro.

Sanji le puso la carne enfrente y Zoro comenzó a comer apresuradamente. Como si, de pronto, la conversación hubiera terminado. Como si no fuera nada. Como si no acabara de firmar un contrato extraño comiéndose esa carne tan bien cocinada y sazonada.

—¿Qué tal? —dijo Sanji con suficiencia—. Está buena, ¿no?

Cuando Zoro dejó de tragar, lo miró con impaciencia, mientras él parecía extrañamente tranquilo.Este zorro tenía que estar loco.

—Además, incluso si accedo... ¿qué pasará después? ¿Acaso crees que me olvidaré de todo y me iré? —gruñó Zoro, molesto.

—Estaremos bien —la mirada del zorro se desvió.

Entonces Zoro lo notó.Una parte de esa pared que mantenía a Sanji arriba... se quebró.

—No necesito que te quedes. Yo puedo hacerme cargo de todo lo demás —insistió Sanji.

—¿Los quieres para no estar solo?

Los ojos de Sanji se abrieron de par en par. Lo miró como si hubiese sido leído.

“Alfa... tu alfa”, gritó su voz interior.

Sanji tuvo un raro impulso de lanzarse sobre Zoro y abrazarlo, pero se moderó.Porque, razonablemente, Zoro no era su alfa.

—Bueno, si no quieres da igual —dijo en voz baja—. Espero que te haya gustado la comida.

Un crujido afuera hizo que ambos desviaran su atención. El crujir de los árboles y el viento aumentaron, y la lluvia cayó como un manto, rápida y sin cuestionar nada. La temperatura bajó considerablemente y se coló por la entrada de la cueva.

Zoro miró afuera, seguido de Sanji.

—Mejor quédate —murmuró Sanji, más para sí mismo que para Zoro. Sin embargo, este lo escuchó… y lo miró.

Sanji estornudó.Zoro dudó.

En otras circunstancias habría maldecido el clima, pero no lo hizo.Y en ese momento no supo si fue la lluvia,o el frío,o el viento,o el estornudo del zorro,pero se quedó.

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