Capítulo 1
La casa estaba muy ordenada, como la encuentro en cada visita desde que mi madre murió. Es un orden que yo no conocí en mi infancia, algo esperable con tres niños revoloteando por ahí. Ahora mi padre habitaba otro espacio, más limpio pero menos vivo. Encima de la mesa tenía un cajón con algunos objetos que estaba ordenando, entre los que me llamó la atención un par de anteojos antiguos, de lentes gruesos y marco plástico color café oscuro, el único objeto que se pudo rescatar, un poco deformado por el calor, del incendio que arrasó la casa del abuelo.
—¿Me los puedo quedar? —pregunté sabiendo que a mi padre no le agrada tener recuerdos del “viejo”, como él lo llama.
Los tomó y los miró con disgusto en su mano. Dudó un momento antes de entregármelos.
—Llévalos, pero no los uses, están cargados —señaló.
Seguramente estaba feliz de deshacerse de ese objeto que lo ataba al pasado. Mi padre, hombre de pocas palabras, nunca quiso contarme de mi abuelo y por lo mismo nació en mí una curiosidad enorme por saber de su historia, sólo sé que los vecinos lo odiaban y le llamaban “El brujo”. Cuando la policía le dijo a mi padre que quizás ellos estaban involucrados en el incendio él no quiso que se investigara. Nunca encontraron su cuerpo.
Descubrir este tesoro reavivó mi interés por conocer la historia de mi abuelo. Pero durante mis investigaciones en el barrio sólo encontré reticencia a hablar del tema por parte de los vecinos que todavía vivían. Sin embargo encontré a uno dispuesto a hablar, Edgar, el borracho ilustrado del barrio. Un brillante arquitecto caído en desgracia, ahora indigente y alcohólico.
—Son todos unos hipócritas —dijo molesto—. Los mismos que hablan pestes de tu abuelo antes le pedían “trabajos” y que les “viera” el destino. El viejo entendía cosas que nosotros… No tenía miedo a nada. Estaba obsesionado con ese lugar... Le ayudé con los trabajos en el pozo… pero me hizo prometer que no le diría a nadie y eso te incluye a ti. Mejor no escarbes tanto en esas cosas. Después nos distanciamos… yo también quise...
Edgar tenía la mirada perdida, balbuceaba algo que no pude entender, luego, como despertando de un sueño, se acercó, puso sus asquerosas manos en las mías y con su pestilente aliento dijo amenazante.
—Ahora dame algo de dinero, necesito beber.
Metió el dinero en su bolsillo y se alejó mascullando.
Era evidente que mi abuelo tenía serios problemas a la vista. Al llegar a casa quise mirar a través de esos gruesos lentes. Cuando me los puse el mundo se deformó considerablemente, los objetos se veían difuminados y la luz adoptaba matices nuevos, pero a pesar de esto el efecto me cautivó, tuve la grata sensación de estar leyendo un relato fantástico y sentirme inmerso en un mundo extraño, donde leyes caprichosas gobiernan la naturaleza.
Comencé a usar los anteojos a diario, probando diferentes horas y escenarios dentro de mi casa. Con cada experiencia la sensación de estar viajando a otra realidad se iba fortaleciendo. Hasta que un día salí a la calle con ellos. Vi la ciudad de siempre habitada por seres de otra dimensión, la gente, mis vecinos, ahora eran entidades translúcidas, grotescas, viscosas. Tenía ante mí todo un nuevo mundo por explorar. Estaba extasiado. Al volver de estas andanzas por fuerza a mi rutina normal me sentía agotado y apático.
La necesidad de volver a visitar estos parajes se hizo urgente, comencé a descuidar mis tareas en “este mundo” y también comenzaron las pesadillas. En una de ellas me veía atrapado en un sótano sin puertas, las paredes húmedas estaban cubiertas de estanterías repletas de frascos de vidrio que contenían jirones de ropa sucia, pelos, tierra y papeles escritos, en el piso había signos pintados con pintura negra o café oscuro y una compuerta cerrada que daba acceso a otro sótano. El solo mirar esta puerta me llenaba de horror ya que era mi única salida. En otra los seres me visitaban por la noche exigiendo que usara los lentes y regresara con ellos.
Me di cuenta de que mis excursiones no eran compatibles con una vida normal. Cada vez postergaba más tareas importantes de mi tediosa vida. Cuando me despidieron del trabajo tuve un enorme deseo de desaparecer de este mundo y no volver. Me emborraché terriblemente hasta caer inconsciente. Al otro día me sentía destrozado, lo primero que hice al levantarme fue tomar los anteojos. Iba a usarlos, quería estar bien… recordé la voz de mi padre: «Están cargados». Llorando de rabia tuve consciencia de lo patética de mi situación. Decidí romper los anteojos y liberarme de esa adicción insana. Apreté fuertemente el marco hasta partirlo a la mitad.
Pero no pude sostener mi decisión. Al poco rato busqué cinta adhesiva y reparé toscamente el objeto de mi perdición. Al salir nuevamente a la calle noté que el paisaje era más nítido, detalles y texturas en la ciudad me animaron a descubrir nuevos barrios. Supe que había tomado la decisión correcta al reparar los anteojos. La tarde era cálida y la renovada belleza de la arquitectura provocaba en mí un placer hipnótico. A poco andar mi alegría comenzó a menguar. Sentí las miradas de los seres allá donde iba, ya no eran indiferentes a mi presencia, se mostraban hostiles y, sigilosamente, comenzaron a seguirme.
La ciudad parecía alentarme a avanzar más allá de los límites conocidos. La belleza del paisaje urbano crecía proporcional a mi temor. Caminé por calles adoquinadas que descendían bajo la bruma dorada de un atardecer eterno. Sentí el olor del mar mezclado con el de peces y algas en descomposición, cada tanto miraba hacia atrás y veía a varios entes caminar o arrastrarse tras de mí.
Comencé a correr. Al llegar a la costanera encontré un sitio con un gran patio y una casa abandonada, la fachada blanca reflejaba la dorada luz de la tarde, sobre los marcos vacíos había grandes manchas negras. Pensé que podría refugiarme ahí, pero al acercarme un horrible hombre cuyo cuerpo se asemejaba más a una larva que al de un ser humano salió por el marco sin puerta. Caminaba con dificultad, como si su cuerpo deforme no le perteneciera. Por un instante me paralicé al ver que usaba unos anteojos marrones parchados con cinta. Detrás de los gruesos cristales estaba el rostro inexpresivo de mi abuelo.
Grité y traté de deshacer mi camino hacia la calle pero una multitud de monstruos se acercaba por todos lados. Corrí hacia el único lugar que me ofrecía un dudoso refugio. Un antiguo pozo al fondo del patio. Al ingresar noté que había una escalera metálica en la pared interna y sin dudarlo descendí. El sonido de las gotas que caían al fondo se amplificaba cada vez más al bajar por la húmeda escalera. Al llegar al último peldaño estaba empapado y tiritando, todavía no llegaba al final del agujero, el espejo de agua estaba muchos metros más abajo y arriba varios rostros de pesadilla se asomaban y me hablaban en un lenguaje desconocido.
En mi desesperación busqué una continuación de los peldaños en la pared adyacente a la escalera y encontré la manilla de una puerta inverosímil hecha de metal. La empujé y cedió. Con dificultad ingresé en un túnel estrecho y bajo donde una tenue fosforescencia mostraba parte del camino. Cerré la puerta tras de mí y recorrí varios metros hasta llegar a una escalera ascendente de concreto. ¡Terminaba en el cielo del túnel! Ahí encontré una compuerta de madera que me permitió ingresar a una habitación húmeda, sin puertas, sus paredes cubiertas de estanterías con frascos de vidrio cuyo interior no podía ver debido a la tenue luminosidad, pero que conocía perfectamente. Me senté apoyándome en la fría pared que estaba más alejada de la compuerta en el piso. Oí ruidos de cosas reptando por la escalera. La compuerta se movió. En un momento de lucidez llevé las manos a mi cara para arrancarme los anteojos y salir de esa pesadilla, pero lo único que encontré fue mi rostro empapado y frío.
Al retirar las manos lo vi asomando la cabeza por la compuerta. Una sonrisa parecía deformar su rostro mucilaginoso y un tenue brillo se reflejaba en los gruesos vidrios de sus anteojos parchados.
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