CAPÍTULO 1 La cláusula
La primera vez que alguien me dice que he heredado una casa con una habitación que no debo abrir, pienso que el notario está intentando gastarme una broma.
No se ríe.
—¿Puede repetirlo?
El hombre revisa el documento. Tiene el bolígrafo atravesado entre los dedos y un montón de carpetas iguales detrás. Mi herencia, al parecer, comparte estantería con tres divorcios, dos pisos y alguna familia que ya habrá discutido por una cubertería.
—La finca de Riabrena pasa a ser de su propiedad junto con el mobiliario, el archivo privado y las construcciones anexas. La señora Adela Cendón incluyó una condición de conservación para el ala norte.
—¿Qué condición?
—No retirar el revoco original de la última habitación del corredor.
—Eso no significa que no pueda entrar.
Se quita las gafas y las limpia.
—En el testamento no.
—¿Y fuera del testamento?
—Dejó una carta.
Mi móvil vibra dentro del bolso. El encargado de una obra en Astorga me ha mandado otra foto de una grieta que lleva dos semanas siendo «urgente». Lo ignoro. Ahora mismo tengo una muerta dándome instrucciones inmobiliarias y, por comparación, la grieta puede esperar.
El sobre lleva mi nombre escrito a mano.
IRIA CENDÓN.
Sin doña, sin querida Iria, sin ninguna de esas cosas que la gente pone cuando pretende sonar afectuosa antes de complicarte la vida.
Lo abro.
Iria:
La casa necesita una restauradora. Tú necesitas dejar de arreglar edificios para gente que después pone focos azules en una fachada del siglo XVIII.
Se me escapa una risa. Esa parte sí parece escrita por alguien que me conocía.
No vendas la finca durante treinta días.
Antes de abrir la habitación norte, mira la pared del comedor.
Si él sigue allí, no dejes que cruce el umbral solo.
No confíes en Resguardo.
Y si alguien te dice que Laura murió porque tuvo mala suerte, pregúntale qué hizo el 18 de octubre de 2015.
Dejo de respirar un segundo.
—¿Quién le dio esto?
—La señora Cendón.
—¿Cuándo?
—Hace unos ocho meses.
Vuelvo a leer el nombre de mi hermana.
Laura murió hace once años. Caída accidental en una nave en ruinas durante una visita con unos amigos. Eso dice el informe. Eso nos dijeron. Eso repetimos hasta que dejó de sonar ajeno.
—¿Sabe qué significa la última parte?
—No.
—¿Y quién es «él»?
—Tampoco.
—Qué bien preparado viene el paquete.
El notario hace una mueca que no llega a sonrisa.
—La señora Cendón me pidió que no respondiera preguntas para las que no tuviera una respuesta documentada.
—Muy considerada.
Guardo la carta.
Adela era prima de mi abuela. La vi dos o tres veces de niña, siempre vestida con ropa demasiado oscura para agosto y con las manos manchadas de algo que yo creía tierra. Mi madre la llamaba «la rara de Riabrena». Después dejó de ir a reuniones familiares y nadie la echó demasiado de menos.
Ahora resulta que sabía a qué me dedicaba, conocía cosas sobre Laura y me ha dejado una casa.
A las cinco menos cuarto estoy metiendo una mochila en el coche.
Mi madre me llama cuando llevo cuarenta kilómetros.
—¿Dónde vas?
—A ver una casa.
—¿Qué casa?
—La que me ha dejado Adela.
Silencio.
—Véndela.
—Hola a ti también.
—Iria, no empieces.
—No he empezado nada.
—Esa mujer traía problemas.
—¿Qué problemas?
—Cosas suyas.
—Mamá.
—No sé. Historias. Tu abuela se enfadaba cuando salía el tema.
—¿Laura fue allí alguna vez?
El silencio cambia.
No dura mucho, pero lo noto.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque sí.
—No lo sé.
Miente fatal. Siempre ha mentido fatal.
—Te llamo luego.
—No te quedes a dormir.
—Eso dependerá del estado del tejado.
—Hablo en serio.
—Yo también. Si hay goteras, vuelvo.
Cuelgo antes de que pueda seguir.
Riabrena apenas merece el nombre de pueblo. Tres calles, iglesia, bar, varias casas cerradas y una mujer que me mira pasar desde una ventana con la misma curiosidad con la que yo miraría una cabra conduciendo un coche.
La finca queda siete kilómetros más arriba.
Llego casi de noche.
La casa no es lúgubre. Me habría resultado más fácil si lo fuera.
Es preciosa.
Piedra gris, tres plantas, galerías acristaladas, cubierta de pizarra y un jardín enorme que lleva años haciendo lo que le da la gana. El invernadero del lado este está vencido. Hay canalones rotos. Una contraventana golpea con el viento.
Trabajo para seis meses sin contar las sorpresas.
—Gracias, Adela.
La puerta principal se abre con la segunda llave.
No hay electricidad.
Enciendo el móvil.
Lo primero que noto es el olor a madera cerrada. Después humedad. Después cal.
Cal reciente.
Eso no encaja.
Paso por el vestíbulo, dos salones y una biblioteca que me obliga a detenerme porque tiene una escalera de madera sobre raíles. Si esta casa intenta matarme, al menos tendrá detalles bonitos.
El comedor está al fondo.
La pared de Adela se reconoce enseguida. Las otras están pintadas de crema. Esa conserva un revoco gris con zonas levantadas y manchas antiguas. Saco una linterna pequeña de la mochila y la acerco de lado.
Hay una capa debajo.
Pigmento rojo.
Trabajo con una escama que ya está desprendida. No estoy restaurando. Solo miro. Eso me digo durante treinta segundos, que es aproximadamente lo que tardo en coger una espátula.
Sale una mano.
No dibujada.
Impresa contra el yeso.
Después otra.
Y otra.
Tardo unos minutos en comprender que hay decenas bajo la pintura, todas dirigidas hacia el centro.
Allí aparece una frase trazada con carbón.
NO LO SAQUES SIN TOCARLO.
—Qué manía con dar media instrucción.
Tres golpes suenan arriba.
Me quedo quieta.
No es una tubería. No es madera asentándose.
Tres golpes.
Una pausa.
Luego una voz masculina.
—Adela.
No respondo.
La voz repite el nombre.
Después cambia.
—Iria.
Se me cae la espátula al suelo.
Y, por alguna razón que tendré que explicar a un psiquiatra si sobrevivo a la noche, en vez de salir corriendo miro hacia la escalera.
* * *
—¿Quién hay ahí?
Me contesta desde arriba.
—No subas.
—Has dicho mi nombre.
—Precisamente.
Cojo la linterna y una palanca plana. No porque una palanca vaya a salvarme de un asesino escondido en una casa heredada. Me hace sentir menos idiota llevar algo en la mano.
—¿Conocías a Adela?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—Última puerta del corredor norte.
Subo dos peldaños.
—Eso coincide sospechosamente con la habitación que me pidió que no abriera.
—También coincide con la habitación en la que llevo encerrado demasiado tiempo.
Sigo subiendo.
—Define demasiado.
Tarda.
—Ciento ochenta y cinco años.
Me paro en mitad de la escalera.
—Vale.
—No me crees.
—No. Pero admiro el compromiso con la historia.
Llego al corredor. La última puerta tiene una chapa oscura y tres cierres. Dos son antiguos. El tercero, moderno.
—¿Eres un secuestrado?
—Eso depende de cuánto quieras simplificarlo.
—¿Estás ahí contra tu voluntad?
—Ahora sí.
—Pues voy a llamar a la Guardia Civil.
—No hay cobertura.
Miro el móvil.
Sin servicio.
—¿Cómo sabes qué es la cobertura?
—Adela tenía teléfono.
—Y tú ciento ochenta y cinco años.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—No deberían.
Apoyo la palma en la puerta.
Está caliente.
Un pulso me recorre la muñeca. No dolor. Algo parecido al hormigueo que deja una herramienta eléctrica.
Retiro la mano.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Pues la puerta sí.
Silencio.
—La casa te ha reconocido.
—No vuelvas a decir una frase así sin explicarla.
—No puedo explicarla desde aquí.
Encuentro una inscripción alrededor del cierre más viejo.
MIENTRAS HAYA TESTIGO, EL TIEMPO ESPERA.
—Esto es muy normal todo.
—Vete, Iria.
—Hace un minuto querías saber si era yo.
—Ya lo sé.
—¿Y soy yo?
—Sí.
—Pues abre.
—No puedo.
Me agacho. El mecanismo tiene dos discos concéntricos. Tardo doce minutos, una uña rota y varias blasfemias.
—Adela tardaba menos —dice él.
—Adela practicaba.
—También insultaba menos.
—Eso no me lo creo.
Oigo una risa breve al otro lado.
Me molesta que me guste.
El cierre cede.
Abro unos centímetros.
La habitación huele a polvo, madera y hierro. Hay una cama estrecha, una mesa, libros apilados y paredes cubiertas de escritura. Fechas, nombres, líneas tachadas, cuentas.
Él está junto a la ventana.
Aparenta treinta y tantos. Cabello oscuro más largo de lo habitual, barba de varios días, camisa blanca arremangada, pantalones antiguos y pies descalzos.
Tiene un cuchillo en la mano.
—Muy tranquilizador.
Lo baja.
—Pensé que vendrías con alguien.
—Yo pensé que encontraría humedad.
Nos miramos.
Es absurdo fijarme en su boca en ese momento. Me fijo.
También en sus antebrazos. En una cicatriz fina que le cruza la clavícula. En la manera en que intenta quedarse lejos de la puerta.
—Nombre.
—Elías de Armenta.
—Documento.
—No tengo.
—Fecha de nacimiento.
—Dos de febrero de 1807.
—Claro.
—No pareces especialmente impresionada.
—Todavía estoy decidiendo si eres un loco muy bien conservado.
Doy un paso dentro.
Él me mira las manos.
—No deberías haber entrado.
—Esa frase llega tarde.
—No te acerques a la pared del fondo.
—Otra orden sin explicación.
—Iria.
—Elías.
Lo imito a propósito.
Hasta ese momento no parecía irritado.
Eso me tranquiliza más que cualquier cosa sobrenatural. Los monstruos misteriosos me inquietan. Los hombres molestos porque no hago caso me resultan conocidos.
—¿Dónde está Adela? —pregunta.
Se me va la broma.
—Muerta.
Su cara no cambia de golpe. Es más lento. Baja la mirada. Aprieta los labios.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
—No.
—Sí.
—Estuvo aquí hace diecisiete días.
—Entonces la viste cuatro días antes de morir.
Se sienta en la cama.
No dice nada durante un rato.
Yo tampoco.
—¿De qué murió?
—Insuficiencia cardíaca.
—Mintió.
—¿Sobre qué?
—Dijo que volvería.
Me sale contestar que los muertos tienen esa mala costumbre. No lo hago.
Veo una botella de agua moderna sobre la mesa, paquetes de comida, pilas y una radio pequeña.
—¿Te abastecía?
—Sí.
—¿Y desde que murió?
—Quedaba comida.
—¿Agua?
Señala un grifo estrecho junto a la chimenea.
—Eso sí funciona.
—Muy bien. Tenemos fontanería mágica.
—No es mágica.
—Me alegra que pongamos límites.
Me acerco a la puerta.
Elías se levanta de golpe.
—No.
—¿Qué?
—No cruces delante de mí.
—Estoy en tu habitación.
—Si salgo solo, envejezco.
—¿Qué?
—No de forma gradual.
Lo dice tan serio que me dan ganas de reír y no puedo.
—Enséñamelo.
—No.
—Entonces no me lo creo.
—Preferiría que no me creyeras.
—Eso es muy cómodo.
Elías me observa unos segundos.
Después deja el cuchillo en la mesa.
—Ponte junto al umbral.
Obedezco.
Él se acerca. Cuanto más cerca está, más consciente soy de que llevo todo el día conduciendo, tengo polvo en el pelo y un desconocido aparentemente salido de 1841 está a menos de un metro de mí.
También soy consciente de que huele bien.
No debería.
Madera, jabón y piel.
—No me toques —dice.
—La pared dice lo contrario.
—Primero quiero que lo veas.
Da un paso fuera.
Durante tres segundos no ocurre nada.
En el cuarto, su mano empieza a temblar.
A los cinco, una línea gris le sube desde los dedos.
A los siete, le aparecen arrugas alrededor de los ojos.
—Joder.
Elías intenta volver.
Se tambalea.
Lo agarro del antebrazo antes de pensarlo.
El efecto se detiene.
Su piel vuelve a tensarse bajo mis dedos.
Las arrugas desaparecen.
Nos quedamos quietos.
Yo sujetándolo.
Él respirando pegado a mí.
Mi mano parece enorme de pronto. O quizá es que noto cada centímetro de su piel.
—Suéltame —dice.
No suena convencido.
Lo hago.
La línea gris reaparece.
Lo toco otra vez.
Desaparece.
—Vale —murmuro—. Esto es una mierda.
Elías se ríe, todavía sin apartar los ojos de mi mano.
—Adela dijo algo parecido.
—¿Qué soy yo para ti?
La pregunta cambia su cara.
—No lo sé todavía.
—Pues averígualo rápido.
Su mirada baja un instante a mi boca.
La mía hace lo mismo.
Ninguno finge que no ha pasado.
Elías retrocede a la habitación.
—Deberías dormir.
—¿Aquí?
—En otra habitación.
—Ya. Me preocupaba que fueras a sugerir la tuya.
—No lo había hecho.
—Ahora sí lo has pensado.
Se queda callado.
No puedo evitar sonreír.
—Buenas noches, hombre de 1807.
—Buenas noches, restauradora que no sabe obedecer.
Cierro la puerta, pero no echo las cerraduras.
Bajo a buscar una habitación utilizable.
Cinco minutos después oigo su voz desde el corredor.
—¡Iria!
Subo corriendo.
Elías está de rodillas junto a la pared del fondo.
Una de las frases escritas sobre el yeso ha empezado a sangrar pigmento rojo.
No sangre.
Pintura.
Forma dos palabras nuevas.
LAURA CENDÓN.









Esta muy interesante el capítulo 👌✨