CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO DECRETO
El cielo de Nueva York había dejado de ser azul para convertirse en un lienzo sofocante de humo negro, ceniza y destellos anaranjados.
La ciudad no estaba simplemente destruida; parecía un cementerio de concreto y varillas retorcidas.
Los rascacielos que alguna vez rozaron las nubes ahora yacían desmoronados sobre las avenidas, cubriendo las calles bajo un manto de polvo denso que volvía casi imposible respirar.
El silencio de las ruinas solo era interrumpido por el crepitar de los incendios a lo lejos y el eco de sirenas distantes que ya nadie respondería.
Entre los escombros de lo que alguna vez fue una avenida comercial, una mujer luchaba por cada bocanada de aire.
La presión de las enormes placas de concreto sobre su cuerpo le impedía moverse; solo su pecho y su rostro, cubiertos de hollín y polvo, sobresalían de la estructura colapsada.
Sus ojos, llenos de terror, buscaban desesperadamente una salida, mientras sus labios articulaban súplicas ahogadas que apenas lograban romper el ruido del desastre.
Entonces, el aire se cortó con un silbido violento.
Un destello rojizo y azulado atravesó la nube de polvo a una velocidad descontrolada, estrellándose con un impacto sordo contra la única pared en pie de un edificio destruido.
La fuerza del golpe hizo vibrar la estructura, dejando una grieta profunda en los ladrillos antes de que la figura se deslizara torpemente hasta quedar tendida entre los cascotes.
Era Spider-Man.
O lo que quedaba de él.
Su traje, antaño brillante, estaba desgarrado, manchado de hollín y sangre seca.
Los visores de su máscara estaban agrietados, revelando el cansancio extremo en sus ojos.
Cada respiración le costaba un dolor punzante en las costillas.
Apoyó los hombros contra la pared, con los puños temblorosos sepultados en la grava, intentando comprender cómo las cosas habían escalado a este nivel de pesadilla.
¿Cuántas horas llevaba peleando?
¿Cómo habían logrado acorralarlo de esta manera?
—Spider-Man... por favor...—un hilo de voz rompió sus pensamientos.
Peter giró la cabeza con lentitud.
A pocos metros, entre las sombras de las ruinas, vio el rostro de la mujer atrapada.
Sus miradas se cruzaron por un segundo, un instante suspendido en el que la esperanza de la mujer chocó contra la abrumadora impotencia del héroe.
Antes de que Peter pudiera articular una palabra o arrastrarse hacia ella, una risa estridente, aguda y cargada de una locura metálica retumbó desde las alturas.
Una silueta verde cortó el humo sobre un planeador que emitía un zumbido amenazante.
El Duende Verde descendió en picada, con la mirada fija en el exhausto vigilante.
Con un movimiento frío y despectivo, sacó de su cinturón una esfera metálica con un brillo naranja parpadeante y la lanzó sin dudarlo... directamente hacia la mujer atrapada.
—¡NO! —gritó Peter.
Forzando a su cuerpo a responder más allá de sus límites, Peter alzó el brazo y disparó una línea de red.
Sin embargo, con la vista borrosa y los reflejos mermados tras horas de combate ininterrumpido, apenas logró desviar la bomba un par de metros.
Pero el Duende no había lanzado solo una.
Una segunda esfera rodó junto a los escombros.
La mujer intentó gritar el nombre del héroe, pero el sonido se perdió en una llamarada repentina.
El impacto de la explosión sacudió el suelo, levantando una densa cortina de humo y fuego.
Peter se quedó paralizado.
Su cuerpo completo comenzó a temblar violently mientras sus manos se hundían en la tierra calcinada.
Intentó levantarse, pero sus piernas cedieron de inmediato, dejándolo de rodillas.
Había fallado.
El peso del cansancio y la culpa amenazaron con hacerlo perder el conocimiento ahí mismo.
—Mírate, Parker... —la voz del Duende retumbó desde su planeador, rodeando a Peter como un buitre—. Tan patético. Dejaste que se consumiera tan rápido... ¿Dónde quedó ese gran protector de la ciudad?
—¡¿Es que no entienden nada?! —rugió Peter, alzando la mirada con los visores rotos fijos en el villano, su voz rasgada por la furia y el dolor—. ¡¿No entienden la gravedad de lo que están haciendo con esa cosa?! ¡Van a destruir todo el planeta!
Un estruendo ensordecedor interrumpió sus palabras.
Un muro a espaldas del Duende colapsó por completo cuando una mole de hierro y acero irrumpió en la escena.
No era un organismo biológico; era una brutal máquina de guerra de ingeniería rusa, un titán mecanoide con placas de blindaje pesado, articulaciones hidráulicas que liberaban vapor con cada paso y un cañón frontal montado sobre una estructura que imitaba la silueta de un rinoceronte embravecido.
El suelo retumbó bajo las toneladas de peso de la unidad mecánica.
—Claro que lo sabemos... —respondió el Duende con una sonrisa macabra debajo de su máscara, mientras el gigantesco mecha de Rhino tomaba posición a su lado—. Pero la diferencia es que a nosotros no nos importa. Y ni siquiera con la ayuda deélvas a poder evitarlo.
Desde la penumbra de las ruinas circundantes, varias siluetas más comenzaron a cerrar el cerco.
Movimientos sigilosos y destellos de armas pesadas indicaban que el resto de los Siniestros estaba listo para dar el golpe final. Estaba completamente rodeado y sin fuerzas para continuar.
Pero justo cuando los villanos dieron un paso al frente para liquidarlo, el aire se volvió pesado.
Una luz azulada y cegadora iluminó el horizonte a varias calles de distancia, seguida por una onda sísmica que hizo temblar los cimientos de toda la ciudad.
Un zumbido ensordecedor cortó el aire; la réplica del reactor de Tritio había comenzado a fallar.
La masa de energía pura estaba perdiendo la contención, generando una atracción gravitatoria que comenzaba a despedazar la materia a su alrededor.
La sonrisa del Duende Verde desapareció al instante. Giró la cabeza hacia la luz blanca y azul que crecía en el cielo.
—¡Maldita sea, el reactor! —maldijo el Duende, perdiendo por completo la compostura—. ¡Se está descontrolando antes de tiempo!
El villano miró a los demás con desesperación antes de volver a dirigirse a los suyos:
—¡Ustedes, elimínenlo de una vez! ¡Asegúrense de que no vuelva a levantarse! Yo iré a ver qué demonios está pasando con el núcleo.
El planeador aceleró con un chillido metálico hacia la zona de la explosión, dejando a Peter a merced de las máquinas y las sombras que avanzaban sobre él.
Los villanos restantes comenzaron a acortar la distancia.
Sus sombras se alargaban amenazantes sobre el cuerpo caído de Spider-Man mientras el suelo bajo sus pies temblaba con violencia. Las placas tectónicas crujían, pero la sed de venganza de los criminales era tan ciega que ignoraron los sismos que agitaban las ruinas de la ciudad.
Siguieron avanzando, paso a paso.
Entonces, un zumbido ensordecedor perforó el aire.
Desde la dirección a la que había volado el Duende Verde, una enorme onda de choque electromagnética y violácea se expandió a una velocidad aterradora.
No era electricidad común; era una pulsación de energía de Tritio corrompida que arrasó con todo a su paso.
El impacto tecnológico fue inmediato y devastador.
El sistema de propulsión del Buitre chispeó violentamente y se apagó de golpe.
Las alas metálicas se congelaron en pleno vuelo y el villano cayó como una piedra, estrellándose contra el asfalto.
A pocos metros, los guantes de ondas de choque de Shocker sufrieron un sobrecalentamiento masivo, explotando violentamente en sus manos y lanzándolo hacia atrás en una nube de humo y fuego.
Escorpión no corrió mejor suerte: el microprocesador de su cola biomecánica sufrió un cortocircuito en cadena, liberando una descarga eléctrica masiva que recorrió su propia columna vertebral, dejándolo retorciéndose de dolor en el suelo.
Electro, al ver la energía atravesar la calle, abrió los brazos para absorberla, creyendo que lo volvería invencible.
Pero la naturaleza inestable del Tritio no era alimento para él; actuó como veneno puro.
Su cuerpo de pura corriente comenzó a distorsionarse en destellos caóticos y enfermizos mientras colapsaba de rodillas, emitiendo un alarido de agonía antes de apagarse.
Finalmente, la titánica armadura mecanoide de Rhino se volvió loca.
Las pantallas de la cabina se llenaron de código corrupto, las articulaciones hidráulicas comenzaron a dar tirones erráticos y los sistemas de armamento pesado se activaron sin control.
El mecha comenzó a disparar una ráfaga de misiles rusos en todas direcciones de forma desquiciada.
Uno de esos proyectiles perdidos voló en línea recta hacia la única estructura que sostenía la pared sobre la que reposaba Peter.
El impacto del misil fue directo. Los cimientos cedieron con un rugido de piedra fracturada.
Viendo la enorme pared de concreto cayendo directamente sobre él, Peter apenas pudo esbozar una mueca de ironía bajo su máscara rota.
—Vaya... ojalá fuera así de fácil detenerlos...—alcanzó a musitar con una risa amarga y ahogada.
El colapso fue instantáneo.
Toneladas de ladrillo, concreto y varillas cayeron sobre el arácnido, enterrándolo vivo en una tumba de escombros y polvo sofocante.
Debajo de la pila de ruinas, reinaba la oscuridad absoluta.
Peter yacía aplastado, sepultado en el silencio.
A estas alturas, su cuerpo ya no sentía el dolor; en su lugar, una frialdad y un cansancio aterradoramente pacífico comenzaron a apoderarse de él.
Ya no quería saber nada del Tritio, ni de los Siniestros, ni del fin del mundo. Solo quería cerrar los ojos. Solo quería dormir.
La visión del héroe comenzó a nublarse progresivamente en medio de la penumbra.
«Vamos, Peter...», intentó decirse a sí mismo en un eco mental lejano y desgastado.
«Tienes que levantarte... tú siempre puedes levantarte...»
Era el mismo héroe que en el pasado había alzado toneladas de acero para salvar a los que amaba.
Pero en este instante, atrapado en las ruinas de su propia ciudad, sus párpados pesaban infinitamente más que cualquier bloque de concreto que jamás hubiera levantado.
El cuerpo no le respondía.
La voluntad se le escurría entre los dedos.
El aire en sus pulmones se agotó por completo.
Con la conciencia apagándose y la mente vagando hacia sus recuerdos más preciados, Peter apenas logró dejar salir un último y desgarrador susurro que se perdió entre las grietas de la tumba de piedra:
—Tía May... no me siento bien...
Y con ese último aliento, la visión de Spider-Man se volvió completamente negra.
En la penumbra sofocante debajo de las ruinas, la conciencia de Peter flotaba en un abismo helado.
El ruido del mundo exterior se sentía lejano, como si escuchara desde el fondo del océano.
De pronto, un crujido de metal y piedra fracturada retumbó justo encima de su tumba.
Entre la niebla que nublaba la vista de Peter, la luz volvió en forma de pequeños destellos cuando un enorme bloque de concreto fue levantado y arrojado a un lado.
El polvo flotaba denso en el aire, revelando una silueta familiar recortada contra el cielo en llamas.
Una garra metálica, pesada y quemada, quitó la última losa que cubría el pecho del héroe.
Eran tres.
Solo tres brazos mecánicos se alzaban detrás de la figura; el cuarto brazo había sido cercenado desde la base, dejando una herida de cables chispeantes y metal retorcido.
Otto Octavius se inclinó sobre él.
Su rostro estaba bañado en sudor y sangre, sus gafas protectoras agrietadas y su gabardina hecha jirones.
Con una mezcla de esfuerzo titánico y desesperación, sujetó a Peter de los hombros y lo arrastró fuera de los escombros.
—Vamos, Peter...—expresó Otto con la voz rasgada, respirando con dificultad mientras lo ponía de pie a duras penas—.Tenemos que seguir... aunque nuestros cuerpos se desangren.
Peter, sosteniéndose como podía contra el pecho de su antiguo mentor, alzó la vista con los párpados pesados.
—¿Cómo... es que...?—intentó formular Peter, recordando la onda electromagnética que había inutilizado a los demás.
—Fue insoportable...—lo interrumpió Otto de inmediato, adelantándose a su pregunta—.Pero un reinicio rápido de la interfaz neuronal lo solucionó... por el momento.
Sin perder un segundo, Otto usó uno de sus tres tentáculos para envolver el torso de Peter con delicadeza, cargándolo para aliviar el peso de su cuerpo herido. Peter apenas podía mantenerse firme; sus heridas no dejaban de sangrar y su respiración era cada vez más débil. Otto no estaba mucho mejor, sangraba de la cabeza y caminaba con una cojera evidente, pero su determinación lo mantenía en pie a comparación del estado deplorable del arácnido.
A paso lento pero constante, Otto avanzó entre la destrucción en dirección al epicentro del caos, donde la masa de Tritio inestable seguía rugiendo a lo lejos.
Sin embargo, a mitad del camino, un sonido estremecedor hizo temblar la realidad misma. No era una explosión; era el crujido del aire al romperse.
Peter y Otto alzaron la mirada hacia el cielo. Abajo del humo, nubes de luz púrpura y blanca comenzaron a fracturarse. Grietas luminosas, como un cristal roto a gigante escala, se extendieron por la bóveda celeste, desgarrando la atmósfera y devorando las nubes.
Otto se detuvo en seco. Los tres brazos mecánicos cayeron pesadamente al suelo.
—Demonios...—susurró el científico.
—¿Por qué... por qué nos detenemos...?—preguntó Peter desde la garra que lo sostenía, intentando enfocar la vista.
Otto miró el firmamento que se desmoronaba con una profunda melancolía reflejada en sus ojos gastados.
—Creo que ya no hay nada que podamos hacer...—murmuró Otto con la voz quebrada—.Es un daño irreversible. El mismo espacio-tiempo se está desgarrando para consumirnos... todo por el capricho de Norman.
Con extrema sutileza, el tentáculo descendió y Otto acostó a Peter lentamente sobre un montículo de escombros, apoyando su espalda contra una viga.
Otto se dejó caer a su lado, de rodillas, dejando que sus brazos mecánicos se desactivaran sobre el asfalto.
—Tal vez... simplemente nos merecemos un descanso eterno—dijo el científico, dejando escapar un suspiro agotado.
Peter, con el rostro ensangrentado y apenas capaz de mantener la boca abierta, dibujó una débil y trágica sonrisa debajo de la máscara rota.
—Vaya... y yo que pensaba... pedirte una segunda opinión médica...—susurró Peter con un hilo de voz.
Otto soltó una risa seca, un escape amargo de aire que terminó en un jadeo. Miró al joven con una mezcla de amargura y afecto paternal.
—Ni en el peor momento del mundo vas a callarte...
El científico guardó silencio por un segundo, observando cómo la luz interdimensional comenzaba a devorar los rascacielos a la distancia.
La culpa atravesó la mirada de Otto, y bajando la cabeza hacia sus manos manchadas de sangre, dijo en un susurro cargado de arrepentimiento:
—Lo lamento, Peter... por no haber hecho algo antes.
Un silencio pesado y sofocante se apoderó del lugar.
Por unos segundos, el crujido de la ciudad pareció congelarse en el tiempo.
Sin embargo, a su alrededor, la realidad misma comenzó a deformarse.
El espacio físico empezó a encogerse visiblemente; pequeñas fisuras tridimensionales, como grietas en un espejo transparente que flotaban en el aire, emergieron alrededor de ellos.
El polvo y los cascotes flotaban erráticamente al ser atraídos por la distorsión del espacio.
Reuniendo la última gota de fuerza que le quedaba en las venas, Otto volvió a ponerse de pie. Sus piernas temblaban, pero su mirada se fijó con firmeza en el horizonte que se desmoronaba.
—Aún... aún puede haber una salvación —murmuró Otto, con la respiración entrecortada—. Pero vas a tener que ser fuerte, Peter.
Peter apenas podía registrar las palabras. Su mente flotaba entre la inconsciencia y la muerte; sus sentidos se apagaban progresivamente y los párpados le pesaban demasiado como para comprender la gravedad de lo que sucedía.
Sin esperar respuesta, Otto activó sus tres tentáculos mecánicos restantes.
Con extrema precisión y delicadeza, las tenazas de acero sujetaron el cuerpo desgastado de Peter, elevándolo del suelo.
El héroe no opuso resistencia alguna; su cuerpo colgaba como una marioneta a la que le habían cortado los hilos.
—Hay una pequeña posibilidad... —continuó Otto, mientras el suelo crujía a sus pies—. Justo en frente de nosotros se abrirá una pequeña brecha hacia una realidad alterna.
Con el tentáculo superior, Otto alcanzó un compartimento de su infraestructura golpeada y extrajo un objeto metálico: un maletín de tonos negros pulidos y líneas rojas intensas.
Era una obra maestra de la ingeniería mecánica, un ensamblaje compacto de placas y metales flexibles articulados, diseñado para desplegarse y ajustarse al cuerpo con una velocidad aplastante.
Otto miró el maletín por un segundo, esbozando una sonrisa amarga.
—Tenía otros planes para esto antes de que decidiéramos aliarnos... pero tú lo necesitarás mucho más que yo.
—No... no entiendo... —alcanzó a musitar Peter con la voz apenas audible, sintiendo cómo el maletín se presionaba contra su pecho y comenzaba a activarse.
Un chasquido mecánico retumbó en el aire mientras las bisagras metálicas se abrían, extendiendo placas protectoras que se acoplaban a presión sobre su traje destrozado, cubriendo sus extremidades con una estructura ligera pero increíblemente resistente.
Otto miró a Peter directamente a los visores de su máscara, que ahora quedaba cubierta por el nuevo casco blindado.
—Peter... aún te necesitamos... —dijo Otto, con una determinación que ahogó todo su dolor físico—. Pero ya no en este universo.
Con un impulso titánico, utilizando la fuerza bruta de sus tres extremidades mecánicas y concentrando hasta la última reserva de energía de su arnés, Otto impulsó el cuerpo armado de Peter, arrojándolo con violencia hacia el punto de la anomalía, apostando todo a la suerte y a la fe de que el espacio-tiempo cedería.
Mientras el cuerpo de Peter salía disparado por el aire, Otto alzó el rostro y rugió con todas sus fuerzas hacia el vacío:
—¡SÁLVANOS, SPIDER-MAN! ¡TÚ ERES EL ÚNICO CON UNA FUERZA SUPERIOR! ¡ERES EL SUPERIOR SPIDER-MAN!
Y por un milagro estadístico, la suerte respondió.
En el instante exacto en que Peter alcanzó el punto muerto en el aire, una grieta interdimensional se rasgó de golpe, emitiendo un destello azulado que envolvió al héroe arácnido y lo engulló por completo, cerrándose un milisegundo después y desapareciendo sin dejar rastro.
Peter se había ido.
Estaba a salvo.
Otto cayó de rodillas sobre los escombros calcinados.
La inercia del lanzamiento había destruido los circuitos restantes de sus tentáculos, que colapsaron inertes sobre el asfalto.
El científico se quedó solo en medio de la nada, contemplando lo que quedaba del cielo.
No era bonito; la atmósfera estaba rota, llena de colores distorsionados y materia desintegrándose, pero era el único paisaje que le quedaba para observar mientras el universo terminaba de agrietarse a su alrededor.
Otto dejó escapar un último suspiro, esbozando una sombra de sonrisa melancólica mientras la luz blanca lo alcanzaba lentamente, y dijo en voz baja para sí mismo:
—Si tan solo supieras que...
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buen cap