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Amantes a escondidas — Hijastra y Padrastro

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Summary

Relato erótico prohibido. Deseo clandestino entre una joven de dieciocho años y el novio de su madre. Una historia intensa, ardiente y secreta donde la pasión no entiende de límites ni de culpas. ⚠️ ADVERTENCIA: Esta historia es ficción para mayores de 18 años. Contiene escenas explícitas de contenido sexual entre adultos. No se hace apología de ninguna conducta; todos los personajes y situaciones son ficticios. 🔞

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sintió celos

El sol de la tarde en Mendoza caía con esa lentitud tan propia del otoño, dorando la superficie del lago artificial que Luis había construido años atrás, cuando el viñedo empezó a dar ganancias serias. La casa de estilo colonial moderno se alzaba a sus espaldas, con sus paredes encaladas y las vigas de quebracho a la vista, pero él prefería este rincón junto al agua, donde el silencio solo se rompía con el canto de algún zorzal y el viento entre los álamos. Sentado en el banco de tronco, sostenía el mate con la mano izquierda mientras con la derecha ajustaba el termo entre las piernas. La bombilla caliente le quemó apenas el labio inferior, pero no le molestó. Nada le molestaba en esos momentos. Hasta que escuchó el pasto crujir a sus espaldas.

Giró la cabeza y la vio. Alba bajaba el senderito de lajas con la naturalidad de quien pisa su propio reino. Llevaba una remera blanca holgada, atada a un costado con un nudo desprolijo que dejaba al descubierto un triángulo de piel tostada, su panza plana, el ombligo pequeño. Las calzas beige de cintura alta marcaban la cadera suave, esas curvas delicadas que Luis había evitado mirar demasiado en los últimos meses. El pelo lacio y rubio le caía sobre los hombros como un manto de seda pálida. En la cara ovalada, sus ojos claros destellaban con esa luz inocente que tanto lo perturbaba.

—¿Me das un mate? —preguntó ella, y su voz sonó como un cascabel pequeño. Inocente. Demasiado inocente.

—Claro —respondió Luis, y le alcanzó el mate con una mano que, notó con cierta alarma, temblaba imperceptiblemente.

Los dedos de Alba rozaron los suyos al recibir la calabaza. Fue un roce mínimo, casi accidental, pero Luis sintió que la piel se le erizaba desde el dorso de la mano hasta el antebrazo. Ella ni se inmutó. Se sentó a su lado en el banco, tan cerca que el perfume dulzón de su shampoo —manzana, tal vez, o jazmín— le llegó como una bofetada. Cruzó las piernas con la gracia inconsciente de las bailarinas, y Luis vio cómo el músculo de su muslo se tensaba bajo la tela beige.

—Está lindo acá —dijo ella mientras devolvía el mate vacío—. Siempre te venís solo, ¿no?

—Es mi momento —Luis cebó otro mate con movimientos automáticos, concentrado en la yerba, en no mirarla—. Para pensar.

—¿En qué pensás?

"En nada que deba decirte en voz alta", se dijo él para sus adentros. Pero respondió distinto:

—En el viñedo. En la cosecha. Cosas viejas, a veces.

Alba giró el torso hacia él, apoyando una mano en el banco. La remera se le corrió un centímetro y mostró el nacimiento de sus costillas. Luis lo registró con esa maldita atención al detalle que solo aparecía cuando ella estaba cerca.

—¿Cosas viejas? —insistió la chica, sonriendo con esos labios definidos que siempre parecían a punto de decir algo prohibido—. ¿Como novias viejas?

—Alba... —rio él, incómodo, pasándose una mano por la nuca.

—Dale, contame —apoyó la pera en la palma y lo miró fijo, con curiosidad de chica aplicada, de alumna universitaria que hace preguntas—. ¿Por qué nunca tuviste novia antes de mamá? Digo, antes de que ella apareciera. ¿Nunca te enamoraste?

Luis se tomó su tiempo. Dio un sorbo al mate. La observó de reojo, su perfil de niña buena, la nariz fina, las pestañas largas. ¿Cómo explicarle a una criatura de dieciocho años que a veces la vida se va entre los dedos sin que uno lo note?

—Tuve... compañías —dijo por fin, eligiendo mal las palabras—. Pero siempre estaba muy metido en el trabajo, viste. El viñedo me comió la juventud. Cuando quise acordarme, ya tenía cuarenta y no había formado nada. Ni familia, ni pareja. Nada.

—Qué triste —murmuró Alba, y no había burla en su tono, sino una especie de lástima genuina, dulce—. Pero bueno, ahora tenés a mamá.

—Sí. Ahora tengo a tu mamá.

—¿Qué es lo que más te gusta de ella?

La pregunta llegó tan natural, tan sin malicia, que Luis se relajó un poco. Era una nena curiosa, nada más. Una nena que quería saber de la felicidad de su madre. No había por qué tensarse.

—Es... compañera —dijo, mirando el lago dorado—. Me entiende sin necesidad de explicarle todo. Y cocina como los dioses.

Alba soltó una risa chiquita, un gorjeo, y él sintió la risa como un pequeño golpe en el esternón.

—Es buena —concluyó él—. Buena de verdad. De esas personas que no tienen maldad adentro.

—Ojalá yo encuentre un hombre bueno como vos —dijo Alba, y se puso de pie con esa elasticidad de gacela entrenada en danza clásica—. Gracias por el mate, Luis.

Se fue caminando hacia la casa, y a Luis le pareció que el movimiento de sus caderas bajo las calzas era lo más obsceno y hermoso que había visto en meses. Cerró los ojos. Apretó la calabaza hasta que la palma le dolió. Se quedó un rato largo junto al lago, sin ganas de volver.

La noche llegó con su manto violeta sobre la cordillera lejana. Cenaron los tres en la galería techada, bajo una parra que empezaba a brotar. Mabel había preparado un estofado de cordero, y mientras servía los platos hablaba animadamente sobre una exposición de arte en la ciudad que quería visitar. Era una mujer de cuarenta y tres años, menuda, de caderas generosas y unos pechos grandes que la blusa de seda apenas conseguía contener. Tenía el pelo castaño con algunas canas, los ojos oscuros y vivos, y una forma de mirar a Luis que lo hacía sentir deseado hasta la médula. La quería, carajo. La quería de verdad.

Alba comía en silencio, sonriendo apenas, respondiendo con monosílabos a las preguntas de su madre sobre la facultad, sobre sus clases de danza. De vez en cuando levantaba los ojos claros y los clavaba en Luis con una intensidad que él no sabía descifrar. Eran miradas breves, casi furtivas, que le quemaban la piel como un láser diminuto.

—¿Estás bien, querido? —le preguntó Mabel en un momento, y a Luis le costó un segundo volver al presente.

—Cansado —mintió—. Mucho sol esta tarde.

Cuando terminaron de cenar, Alba recogió los platos con diligencia de hija aplicada y les dio las buenas noches. Luis la vio perderse en el pasillo oscuro que llevaba a su habitación y sintió un alivio culposo, como si le hubiesen sacado una pistola de la sien.

En el dormitorio principal, la luz de las mesitas de noche apenas iluminaba el ambiente. Mabel se desnudó de pie junto a la cama, con la soltura de una mujer que conoce su cuerpo y no le teme a la mirada de su hombre. Dejó caer la blusa al piso y luego el corpiño, y sus pechos quedaron expuestos, grandes, pesados, los pezones oscuros y anchos que se endurecieron con el aire fresco de la noche. Su cintura no era fina —nunca lo había sido—, pero a Luis le gustaba esa redondez, esa blandura de vientre que hablaba de vida vivida. Mabel se quitó la bombacha de encaje con un movimiento lento, casi teatral, y mostró el triángulo de vello oscuro y denso entre sus piernas, los muslos firmes, las estrías plateadas en las caderas que brillaban con la luz tenue.

—Vení —le dijo ella, extendiendo una mano.

Luis no necesitó más. En dos zancadas estuvo sobre ella, sus bocas se encontraron con hambre, con esa urgencia de los amantes recientes que todavía no se han cansado de explorarse. La empujó sobre la cama y ella cayó de espaldas, los pechos bamboleándose con el impacto. Él se deshizo del pantalón sin delicadeza, y cuando quedó desnudo, Mabel lo recibió con las piernas abiertas y una sonrisa de hembra satisfecha.

La penetró con una sola embestida, un golpe seco y profundo que arrancó un gemido ronco de la garganta de Mabel. Sus cuerpos ya se conocían, ya sabían cómo encajar sin preámbulos. Luis se movió sobre ella como un animal, las caderas bombeando con un ritmo duro y primario. Sus manos apretaron los pechos de Mabel hasta deformarlos, los dedos hundidos en la carne suave mientras los pezones se escapaban entre sus nudillos. Ella jadeaba con la boca abierta, los ojos entornados, el pelo castaño desparramado sobre la almohada como una mancha de tinta.

—Más —pedía ella, la voz quebrada—. Más, dale, no pares.

Luis bajó la cabeza y mordió el cuello de Mabel, chupó la piel salada, dejó una marca roja sobre la clavícula. Sus caderas no aflojaban, un vaivén incesante, obsceno, el sonido húmedo de los cuerpos chocando llenaba la habitación. Los pechos de Mabel rebotaban contra su propio torso con cada envión, un movimiento hipnótico, incontrolable. La cama crujía. La madera protestaba.

En el pasillo, todo era oscuridad y silencio. Pero la puerta del dormitorio principal estaba apenas entreabierta. Un resquicio de luz tenue escapaba por esa rendija, y detrás de ella, Alba contenía la respiración. Se había detenido al volver del baño, descalza, con un camisón corto de algodón que le llegaba apenas a mitad del muslo. El ruido la había alertado. Un sonido rítmico, entrecortado, acompañado de jadeos. Su primer impulso fue seguir de largo, ir a su cuarto, cerrar la puerta. Pero algo se lo impidió. Algo oscuro, malsano, una curiosidad que le revolvía el estómago y le calentaba el bajo vientre al mismo tiempo.

Se acercó. Pegó el ojo a la rendija.

El cuerpo de su madre era una masa pálida que se arqueaba sobre las sábanas revueltas. Luis, encima de ella, era puro músculo tenso bajo la piel madura, las nalgas apretándose y soltándose con cada envite. Alba veía la espalda ancha de él, cómo brillaba con una película de sudor bajo la luz amarillenta. Veía la penetración. Veía cómo la carne de su madre se abría para recibirlo, cómo los dedos de los pies de Mabel se crispaban en el aire.

Alba sintió una puntada caliente en el vientre. Se humedeció los labios con la lengua y su mano bajó, casi sin permiso, hasta el borde de su camisón. Los dedos encontraron el encaje de la bombacha y lo apartaron a un costado. Estaba mojada. Lo notó con vergüenza, con asco de sí misma, pero no pudo dejar de tocarse. Despacio al principio, con movimientos circulares sobre ese punto hinchado y sensible que palpitaba como un segundo corazón. No apartaba los ojos de la escena. La luz tenue del dormitorio iluminaba todo con claridad, pero el pasillo donde ella estaba seguía siendo una boca de lobo. Nadie podía verla.

Luis cambió de ritmo. Ahora embestía más fuerte, más hondo, y Mabel gemía como un animal herido. Las manos de él bajaron por la cintura de ella, le dieron una palmada en la nalga que sonó como un latigazo, y luego la dio vuelta. Mabel quedó en cuatro patas, los pechos colgando como frutos maduros, la espalda arqueada. Luis se acomodó detrás y volvió a entrar, una sola estocada que arrancó un grito ahogado de la mujer. Las embestidas ahora eran más salvajes, más ruidosas, y Alba veía cómo las nalgas de su madre se sacudían con el impacto, cómo la mano de Luis se enredaba en el pelo castaño para tirar hacia atrás, cómo los ojos de Mabel se ponían en blanco.

"Eso no me lo han hecho nunca a mí", pensó Alba. Y sintió celos. Celos de su madre, ahí, gozando como una perra en celo mientras ella se tocaba escondida en la oscuridad como una ladrona de sensaciones. Sus dedos se movían más rápido, más urgente. Los pezones se le habían endurecido bajo el camisón y raspaban contra la tela fina con cada inhalación. Su respiración se volvió un jadeo contenido, mudo, los dientes apretando el labio inferior para no soltar ningún gemido.

Luis mordió el hombro de Mabel. Después lamió la marca, la besó con ternura repentina, y enseguida volvió a embestir con furia. Era un contraste que Alba registró con fascinación: esa mezcla de violencia y cuidado, de bestia y amante. El sudor perlaba la frente de Luis, resbalaba por su sien, caía sobre la espalda de Mabel y se mezclaba con el sudor de ella. Los cuerpos brillaban como esculturas de bronce bajo la luz de las lámparas. La mano de Luis se deslizó por delante del vientre de Mabel y buscó su clítoris, y ella chilló, un sonido agudo, casi insoportable. Él no paró. Siguió follándola mientras la masturbaba, sus dedos y su pene trabajando en un ritmo sincronizado que arrancaba espasmos de la mujer.

Alba estaba al borde. Sus dedos se movían frenéticos sobre su sexo hinchado, empapado, y el mundo se reducía a esa rendija de luz y carne. Veía a Luis, sus movimientos precisos, brutales, expertos. Imaginaba, solo un segundo, que esas manos grandes estaban sobre ella. Que esa boca que mordía a su madre mordía su propia nuca. Y entonces el orgasmo le llegó como un calambre en oleadas, tan intenso que tuvo que morderse la mano para no gritar. Las piernas le temblaron. La espalda se le arqueó contra la pared fría del pasillo.

En la cama, Mabel llegó enseguida después. Su gemido fue un rugido, un alarido que parecía arrancado de las entrañas, la voz quebrada y primitiva como si su vida dependiera de ese grito. Luis la siguió con un gruñido sordo, las caderas rígidas mientras se vaciaba dentro de ella. Se quedaron así unos segundos, inmóviles, jadeantes. Después él se desplomó sobre la espalda de ella y la abrazó por la cintura.

Alba se apartó de la rendija. Las piernas le respondían mal, como de goma. Bajó por el pasillo oscuro descalza, en silencio, el camisón pegado a los muslos húmedos. Entró a su cuarto. Cerró la puerta. Y recién ahí, cuando estuvo sola, se dejó caer sobre la cama y se tapó la cara con las manos.

El llanto llegó sin aviso. Lágrimas calientes, espesas, que no entendía. ¿Por qué le gustaba? ¿Por qué le gustaba el novio de su mamá? Mabel era buena. Siempre había sido buena. Le había dado todo. Y ella, ahí, escondida como una pervertida, tocándose mientras veía a su madre ser cogida por ese hombre. El llanto se volvió un hipo seco, desesperado. Se sintió sucia. Ingratos los pensamientos, ingrata ella.

Pero pasado un rato, cuando el llanto amainó y solo quedó el silencio de la noche, Alba se dio cuenta de que el ardor en el vientre no se había ido. Las imágenes volvían: la espalda de Luis, sus manos sobre los pechos de Mabel, sus embestidas, sus mordiscos. Cerró los ojos con fuerza. Trató de pensar en otra cosa. No pudo.

Su mano derecha bajó otra vez. Encontró el borde del camisón, encontró la bombacha todavía corrida, encontró esa humedad que seguía ahí, tibia y viscosa. Cerró los ojos y esta vez no luchó. Se tocó despacio, con los dedos temblorosos, mientras la imagen de Luis —no la de su madre, sino la de Luis— le llenaba la mente. La mandíbula apretada de él, la forma en que gruñía, el sudor en su pecho. Así, con la culpa mordiéndole la garganta y el placer quemándole las entrañas, Alba volvió a perderse en la oscuridad de su cuarto, sabiendo que nada, después de esta noche, volvería a ser igual.

Continuara...

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