Capítulo 1: Si te quedas
2:17AM
Seúl.
Elena estaba sentada en el suelo, contra la pared del pequeño recibidor de su departamento, con las piernas recogidas y el teléfono apretado entre las manos. La luz de la pantalla iluminaba su rostro pálido, una y otra vez, con los mismos mensajes que ya había leído tres veces:
¿Estás bien?
¿Ya hablaron?
¿Qué pasó?
Apagó la pantalla y miró el reloj colgado en la pared. Los números se movían con una lentitud que le dolía en el pecho. Había dejado de contar las horas hacía mucho rato, pero su cuerpo no dejaba de recordarle cuánto tiempo llevaba despierta, esperando.
Entonces escuchó el sonido: la llave girando en la cerradura.
Levantó la vista de golpe. La puerta se abrió despacio y él entró. Christopher llevaba una gorra de beisbol calada hasta las cejas, la ropa arrugada y el rostro marcado por un cansancio tan profundo que casi le costaba mantenerse de pie. Sus hombros caían hacia adelante, como si sobre él pesara algo mucho más grande que él mismo.
—Pensé que ibas a estar dormida ya —dijo él, con la voz ronca por el agotamiento. Se quitó la gorra y la dejó sobre una mesa pequeña—. Hola, mi amor.
—Pensé que ya no ibas a llegar —respondió ella, en un susurro que se le quebró en los labios.
Christopher cerró la puerta tras de sí y caminó hacia ella despacio. Cuando se detuvo a su lado, se agachó un poco y le miró los ojos, y notó que estaban hinchados y oscuros, igual que los suyos. El corazón se le estrujó en el pecho, como si alguien lo apretara con fuerza.
—¿Quieres ir a dormir? —preguntó él, suavemente.
Elena negó con la cabeza.
—No puedo fingir que no pasa nada.
Christopher se quedó callado. La observó en silencio unos segundos, con la mirada llena de una tristeza que no sabía cómo explicar. Se sentó frente a ella en el suelo.
—Te extraño, Elena —dijo finalmente, muy bajito.
Ella lo miró y las lágrimas se le acumularon al borde de los ojos.
—Yo también.
—¿Quieres irte?
Elena respiró hondo, con el pecho apretado. Christopher apoyó su mano sobre la de ella que estaba contra el suelo, estaba fría.
—No. Tampoco quiero que te vayas.
Christopher bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, donde sus dedos seguían buscándose, incluso ahora, incluso cuando todo parecía estar desmoronándose despacio.
—Mañana tengo que estar en el estudio a las siete —dijo él, como si estuviera leyendo una sentencia.
—Lo sé —respondió ella. Soltó una pequeña risa, seca y sin ningún rastro de humor.
—Y después tenemos ensayo.
—También lo sé.
—Y el vuelo es por la noche.
Esta vez Elena no respondió. Solo apretó un poco más sus dedos contra los de él.
Christopher la observó con atención, como si intentara memorizar su rostro antes de que el tiempo se les acabara otra vez.
—Son unas semanas.
—Siempre son unas semanas —dijo ella, y la voz le tembló apenas.
Él suspiró, un sonido pesado que le salió desde muy dentro.
—Elena...
—No estoy enojada porque tengas que irte —lo interrumpió ella, suave pero firme—. Entiendo tu trabajo. Sé lo que significa. Sabía a lo que venía desde el principio.
—Entonces, ¿qué pasa?
Ella tardó unos segundos en responder. Tragó saliva y miró sus propias manos, entrelazadas con las de él.
—Que estoy cansada de que nuestra relación siempre empiece con una despedida.
Christopher se quedó inmóvil. Las palabras cayeron entre los dos, pesadas, llenas de todo lo que llevaban semanas sin decir.
Elena bajó la mirada.
—Nos vemos unas horas y después te vas. Hacemos planes y después los cambias. Me prometes que vas a llamar y te quedas dormido. Te espero despierta porque quiero verte cinco minutos más y, cuando llegas, estás tan cansado que apenas puedes mantener los ojos abiertos —hizo una pausa y respiró hondo—. Y lo peor de todo es que no te culpo.
—Lo siento —dijo él, y su voz estaba quebrada.
—Ya sé.
—De verdad, Elena. Lo siento con toda mi alma.
—Ya sé, Chris —repitió ella, y se secó una lágrima que le resbaló por la mejilla—. Ese es el problema. Sé que lo sientes. Sé que no lo haces a propósito. Sé que no eliges tener que irte. Sé que tu vida es así y que la amas.
Christopher apretó suavemente su mano.
—Entonces...
—Entonces no sé contra qué estoy peleando —confesó ella, levantando los ojos hacia él, con la mirada rota—. No sé qué es lo que nos está lastimando tanto.
Él no tuvo respuesta.
Porque tampoco sabía.
No había otra persona. No había una traición. No había ninguna mentira ni un secreto oscuro que pudieran señalar y decir: esto es lo que está destruyendo lo nuestro.
Solo estaban ellos dos.
Y dos vidas que, por más que se amaran, parecían no dejarles nunca suficiente espacio para ser simplemente ellos.
Christopher se acercó un poco más.
—Ven acá —pidió, abriendo los brazos.
Elena negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si me abrazas, voy a llorar más.
Él sonrió apenas, una sonrisa triste y tierna que siempre lograba desarmarla.
—Entonces llora. No te guardes nada. Aquí estoy.
Christopher mantuvo los brazos abiertos.
Esta vez Elena no se resistió. Se levantó despacio y se acercó a él, y cuando sus cuerpos se tocaron, escondió el rostro contra su pecho y dejó que las lágrimas salieran sin detenerse. Él la rodeó con los brazos con esa fuerza protectora que solo él tenía, y cerró los ojos, respirando su aroma, grabándose cada segundo, cada latido de su corazón contra el suyo.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Solo se quedaron así, en la penumbra de la sala, como si pudieran detener el tiempo con solo abrazarse. Como si mañana no existiera. Como si no hubiera un avión esperándolo. Como si Elena no tuviera que volver a acostumbrarse a dormir sola en esa cama que siempre se sentía demasiado grande.
—Te amo —murmuró Christopher contra su cabello, tan bajito que casi fue un susurro al viento.
Ella cerró los ojos y apretó su camiseta con los dedos.
—Yo también te amo.
Y quizá por eso dolía tanto. Porque ninguno de los dos quería terminar. Pero últimamente, quererse empezaba a sentirse como otra forma de despedirse.
Entonces el teléfono de Christopher vibró sobre la mesa.
Él no se movió.
Volvió a vibrar. Y otra vez.
Finalmente, Elena levantó la cabeza, con los ojos hinchados y las mejillas húmedas.
—Deberías mirar. Puede ser importante.
Christopher la miró a ella, como si nada más existiera en ese momento.
—No quiero. Esta noche no.
—Chris...
—Esta noche solo somos nosotros. Nada más importa.
Elena sonrió débilmente, con una tristeza que le llegó hasta los huesos.
—Está bien.
Él volvió a abrazarla, con más fuerza esta vez, como si quisiera fundirse con ella para llevarla consigo. Y ninguno de los dos vio el mensaje que acababa de llegar en la pantalla encendida:
Manager: El vuelo se adelantó. Salimos mañana a las 16:00. El viaje será más largo de lo previsto. Aproximadamente seis semanas.
Seis semanas.
Christopher todavía no lo sabía. Elena tampoco. Pero cuando lo supieran, algo entre ellos iba a cambiar para siempre. Y esa noche, la última que compartirían en mucho tiempo, se quedaría grabada en su memoria como el momento en que ambos supieron que estaban llegando al límite... y que aun así, ninguno de los dos era capaz de soltar al otro.








