El tratamiento
El despacho de Valentín en la última planta respiraba la misma severidad que su dueño: impecable, sobrio, dominado por líneas rectas y sin el más mínimo margen para la indisciplina. Sin embargo, toda esa coraza de CEO implacable se desmoronaba frente a una sola persona.
Gianina.
Como exenfermero, Valentín conocía la anatomía humana al detalle. Y cuando se trataba de la salud de Gianina, su criterio dejaba de ser una sugerencia para convertirse en una orden inapelable.
-Te lo advertí la semana pasada, Fiera.
Valentín cruzó los brazos sobre el escritorio de nogal mientras la observaba intentar amortiguar una tos seca contra el puño de su suéter. Ella le devolvió una sonrisa inocente. Demasiado inocente.
-Te dije que si salías con el pelo húmedo y te saltabas los remedios, las consecuencias las iba a decidir yo.
Gianina se acomodó en el sofá de cuero con fingida despreocupación y soltó una risita picada.
-A mí no me asustas. Sé perfectamente que en el fondo eres un blando conmigo.
Él arqueó una ceja, lento, peligroso.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-Veremos cuánto te dura la audacia. -Valentín tomó la receta del escritorio-. Cinco días de tratamiento. Una dosis cada mañana. Se acabaron las negociaciones.
Gianina frunció el ceño, detectando el cambio en su tono.
-¿Y cómo piensas administrármelo?
Una sonrisa felina y pausada se dibujó en la boca de Valentín.
-En el músculo indicado para este fármaco. Y boca abajo.
Los ojos de Gianina se abrieron de par en par.
-No.
-Sí.
-Valentín...
-Fiera.
-No me mires así.
-No estoy haciendo nada. Todavía.
Ella lo apuntó con un dedo acusador.
-Te conozco.
-Y yo a ti demasiado bien -murmuró él con una risa baja.
A la mañana siguiente, la habitación principal se convirtió en un campo de batalla.
Gianina estaba ovillada sobre la cama, abrazando una almohada como si fuera un escudo, mientras Valentín preparaba el material sobre la bandeja de metal. El chasquido seco de la ampolla al romperse bastó para que ella retrocediera hasta pegar la espalda al cabecero.
-No quiero.
Valentín ni siquiera levantó la vista mientras llenaba la jeringa.
-Boca abajo, Fiera.
-No.
-Boca abajo.
-Hazlo en el brazo.
-No.
-En el muslo.
-Negativo.
-¡Valentín!
Él suspendió el movimiento y la miró fijamente.
-¿Qué parte de «cinco días» no entendiste?
-La parte de las inyecciones.
Valentín apretó los labios para contener la risa.
-Ven aquí.
-No. -Ella se hundió más detrás de la almohada.
-Fiera, no pienso perseguirte por toda la casa.
-¿Lo prometes?
-Prometo que no voy a perseguirte -dijo él, dando un paso calmo hacia la cama-. Solo voy a esperar a que te des cuenta de que no tienes a dónde ir.
Ella lo fulminó con la mirada.
-Eres insoportable.
-Y tú eres una paciente nefasta.
Tras diez minutos de negociación, protestas categóricas y un despliegue dramático digno de un escenario, Gianina cedió. Se acomodó boca abajo, sepultó el rostro en los cojines y comenzó a respirar con el ritmo acelerado de quien va a entrar a quirófano.
Valentín se acercó y se sentó en el borde del colchón.
-Tranquila.
-No estoy tranquila.
-Respira.
-Estoy respirando.
-Estás hiperventilando.
-¡Porque tienes un arma en la mano!
-Ni siquiera le he quitado el capuchón.
Él negó con la cabeza, divertido. Con mano hábil, desplazó ligeramente el pantalón de franela hasta despejar la zona exacta y tomó el algodón impregnado en alcohol.
En cuanto el toque frío rozó su piel, Gianina dio un brinco en la cama.
-¡Ay!
Valentín congeló la mano.
-¿Qué pasó?
-¡Duele!
-¿Duele o está frío? -preguntó con absoluta seriedad.
-¡Las dos cosas! ¡Sácala ya!
-¿Sacar qué?
-¡La aguja!
Una chispa de pura malicia iluminó la mirada de Valentín.
-Del uno al diez, ¿cuánto te duele?
-¡Once!
-¿Once? Pobresita.
-¡Doce! ¡Sácala, por favor!
Él miró la jeringa que aún descansaba limpia sobre la bandeja.
-¿Te la bancas un ratito más?
-¡No! ¡Quítala ya!
Gianina mantuvo los ojos cerrados con fuerza, esperando el alivio, pero algo no cuadraba. El dolor no cedía porque... simplemente no había dolor. Solo la brisa fresca del alcohol evaporándose.
-Mirame, Fiera.
Ella brió un ojo. Luego el otro. Giró la cabeza despacio y se congeló.
Valentín la observaba desde arriba, sosteniendo la jeringa intacta a medio metro de distancia. La diversión en sus ojos era incontenible.
-Ni siquiera te he pinchado, dramática.
Gianina se quedó con la boca abierta.
-Tú...
-¿Yo qué?
-¡Eres un tramposo!
-Lo sé.
-¡Me hiciste creer que ya me habías pinchado!
-Y funcionó de maravilla.
Ella intentó impulsarse para escapar, pero la mano libre de Valentín se posó firme sobre su cadera, fijándola al colchón sin esfuerzo.
-De aquí no te mueves.
-Valentín...
-Ahora va en serio, Fiera. Respira.
Gianina hundió la cara en la almohada, resignada pero con el corazón latiéndole en la garganta.
-No quiero...
-Lo sé. Pero se hace.
Valentín esperó a que el ritmo de sus hombros se pausara.
-Tres... -murmuró él.
Gianina apretó los puños.
-Dos...
El agarre en su cadera se volvió más suave, casi una caricia reconfortante.
-Uno.
La aguja entró con un movimiento fluido, certero y profesional. Gianina contuvo el aliento. Valentín mantuvo la firmeza en la mano, administrando la medicación sin prisa.
-¿Cómo va? -preguntó en un susurro cerca de su oído.
-Arde...
-Lo sé, ya casi está. Respira conmigo.
Ella obedeció, soltando el aire despacio. La tensión se disipó de golpe cuando sintió la suave presión del algodón seco sustituyendo el pinchazo.
-Listo. Terminado.
Gianina se quedó inmóvil un par de segundos, como comprobando que seguía entera.
-¿Ya?
-Ya.
-¿Seguro?
-Absolutamente.
Ella alzó la cabeza despacio, desmelenada y con los pómulos encendidos.
-Bueno... tampoco fue para tanto.
Valentín soltó una carcajada.
-Llevo veinte minutos intentando explicarte exactamente eso.
-Yo no grité tanto.
-Gritaste hasta el número doce sin aguja.
-Fue un ensayo táctico.
Él se inclinó, apartándole un mechón de la frente para dejarle un beso tierno.
-Mi paciente más dramática.
-Tu paciente más insoportable.
-Mía, al fin y al cabo.
A mediodía, Gianina bajó la escalera con paso cauto y entró en la cocina. El aroma a caldo de ave impregnaba el aire. Rosa, sobre la cocina, se giró al oírla con una sonrisa complaciente.
-Ay, señorita Gianina... Se escucharon los reclamos hasta el patio de servicio.
Gianina cerró los ojos, avergonzada.
-No me digas nada, Rosa. Tu jefe es un salvaje.
-¿Un salvaje? Pero si estuvo desde las siete de la mañana atemperando la medicación y haciendo todo para que no le doliera nada.
Gianina parpadeó, tomándose un segundo para asimilarlo.
-¿En serio?
-Claro que sí. Y me dejó órdenes estrictas de que se tome este caldo hasta la última gota.
Gianina suspiró, aunque una sonrisa involuntaria amenazaba con dársele a conocer.
-Por supuesto que lo hizo.
El segundo día encontró a una Gianina mucho más cautelosa. Cuando Valentín entró con la bandeja, ella lo midió con la mirada.
-Sin trucos de magia con el algodón hoy.
-¿Aprendiste la lección? -sonrió él.
-Aprendí que eres un manipulador profesional. Boca abajo, ¿no?
-Buena chica.
El procedimiento fue rápido. El músculo protestó un poco, pero el dominio de Valentín hizo que durara un suspiro.
Para la tarde, la fiebre había cedido del todo. Mientras Valentín revisaba correos en la laptop desde el porche, Gianina descansaba a su lado en una reposera, envuelta en una manta fina.
-Tu té -dijo él sin levantar la vista de la pantalla.
-Ya me lo tomo.
-Ahora, Gianina.
-Qué mandón.
-Efectivo, que es distinto.
Ella obedeció, dando un sorbo largo antes de apoyar los pies despejados sobre el muslo de él.
-¿Sabes qué? Ya no me dan miedo tus agujas.
Valentín bajó la tapa de la laptop con parsimonia.
-Eso me facilita el trabajo.
-Aunque... mañana pienso ponértelo difícil solo por el placer de verte perder la paciencia.
Él se inclinó hacia ella, atrapándole el tobillo con delicadeza.
-Fiera, mañana solo necesitas hacer una cosa: ponerte boca abajo sin montar un circo.
-No prometo nada.
Al tercer día, la dinámica había cambiado por completo. Cuando Valentín cruzó la puerta, Gianina ya estaba recostada esperándolo, mirando el techo con aburrimiento fingido.
-Hoy vas a perder tu título de enfermero temible. No siento absolutamente nada de miedo.
-Mira tú -sonrió él, preparando la jeringa con agilidad-. La paciente está ganando confianza.
-No te acostumbres.
El pinchazo fue tan limpio que Gianina apenas pestañeó.
-¿Eso fue todo? -preguntó, girándose con una sonrisa llena de orgullo.
-Todo. Estoy orgulloso de ti. -Él le rozó los labios con los suyos en un premio breve pero cálido.
Por la tarde, Doña Elena llegó de visita con una cesta de frutas. Gianina la recibió en el salón, luciendo mucho más recuperada.
-Pero qué buena cara tienes, querida. ¿Valentín se portó bien?
-Me tiene bajo régimen de entrenamiento militar, Doña Elena.
-¡Ay, Doña Elena! -intervino Rosa pasando con la bandeja del té-. No le crea. ¡El primer día pegó un grito que llegó al garaje y el señor ni siquiera la había tocado!
Gianina se cubrió el rostro con las manos mientras Doña Elena soltaba una carcajada cristalina.
-Siempre fue igual de riguroso en el hospital -comentó la mujer mayor, mirando a su hijo mientras bajaba las escaleras.
-Alguien tiene que mantener el orden en esta casa -repuso Valentín con elegancia.
-Y alguien tiene que recordar que no estás en un quirófano -remató Gianina, devolviéndole la mirada juguetona.
El cuarto día fue un trámite ejecutado con maestría. Sin protestas, sin drama y con una fluidez que denotaba lo acostumbrados que estaban ya el uno al otro.
-Listo -anunció Valentín, retirando el algodón seco-. Mañana es la última.
Gianina se incorporó apoyándose en los codos, mirándolo de reojo.
-Así que mañana se acaba tu dictadura médica.
-Se acaba el tratamiento -corrigió él, guardando el antiséptico.
-¿Y cuál es la diferencia?
Valentín comenzó a guardar el material.
-Que después de mañana ya no tendré que perseguirte con una jeringa.
Gianina soltó una risa.
-Por fin
.
-Aunque...
Ella dejó de sonreír.
-¿Qué?
Valentín sostuvo su mirada durante un segundo más de lo necesario. Después sonrió de lado.
-Eso te lo cuento mañana.
-No me gusta esa cara.
-Debería gustarte.
-¿Por qué?
-Porque mañana es la última dosis.
Valentín se inclinó y le dio un beso breve en la frente.
-Descansa, Fiera.
Ella lo observó alejarse y supo, por la sonrisa que llevaba, que aquella conversación todavía no había terminado.








