Boca Abajo, Fierra! by gianina280786 at Inkitt
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Boca abajo, Fierra!

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Summary

Durante un tratamiento perdi el miedo a las inyecciones gracias a mi novio

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El despacho de Valentín en la última planta del edificio respiraba la misma firmeza que su dueño: impecable, estructurado, dominado por líneas rectas y sin el más mínimo margen para el caos. Sin embargo, toda esa faceta de CEO implacable y dominante se suavizaba únicamente frente a una persona. Como exenfermero, Valentín conocía la anatomía humana a la perfección y, en lo que respectaba a la salud, su palabra era una ley indiscutible que no admitía negociaciones ni treguas.

-Te lo advertí la semana pasada, fierra -dijo Valentín, cruzando los brazos sobre su escritorio de nogal mientras miraba a Gianina, quien intentaba sofocar una tos seca contra la manga de su abrigo, tratando de disimular con una sonrisa culpable-. Te dije que si no te abrigabas, si salías con el pelo mojado y no te tomabas los remedios a tiempo, las consecuencias las iba a tomar yo. Y sabes muy bien que cuando asumo el control con tu salud, no soy nada cariñoso.

Gianina, con las mejillas encendidas por la fiebre pero con los ojos centellando de pura travesura, se acomodó en el sofá de cuero del despacho y soltó una risita desafiante.

-A mí no me asustas, Valentín. Sé perfectamente que en el fondo eres un blando conmigo y no te vas a atrever a hacerme nada.

-No te asusto hasta que ves la jeringa -replicó él con una sonrisa pícara, arqueando una ceja con absoluta superioridad-. Serán cinco días de tratamiento, una inyección cada mañana. En la nalga y boca abajo. Te dio una infección respiratoria seria, el pecho te suena horrible y te voy a curar como corresponde, te guste o no te guste.

Al día siguiente, la mañana en el apartamento comenzó como una verdadera obra de teatro. Gianina jamás en su vida había recibido una sola inyección en los glúteos y el pavor que le tenía a las agujas la paralizaba por completo. Mientras Valentín rompía la ampolla de vidrio sobre la mesita de noche con la destreza de quien lo ha hecho miles de veces, ella retrocedía metro a metro sobre la cama, acurrucándose contra el cabecero y abrazando una almohada contra el pecho.

-¡No quiero! ¡Valentín, te lo pido por favor, hazlo en el brazo! -suplicaba ella con un puchero gigantesco, al borde del llanto real.

-En la nalga la absorción del antibiótico es mucho más rápida y el músculo grande resiste el volumen del líquido sin lastimarte. Boca abajo, fierra. Ya -ordenó él con una voz grave, pausada y firme, dejando claro que no había espacio para discusiones.

Tras diez minutos enteros de berrinche, súplicas, lágrimas reales y pataleos infantiles sobre el colchón, Gianina terminó cediendo a regañadientes ante la mirada impertérrita de su novio. Se acomodó boca abajo, sepultó la cara en la almohada hasta casi ahogarse y empezó a temblar como una hoja al viento. Valentín se acercó con calma, le bajó ligeramente el pantalón del pijama de franela e impregnó un trozo de algodón con alcohol antiséptico.

En cuanto el algodón frío tocó su piel sensible, Gianina dio un brinco violento hacia arriba y pegó un grito que retumbó en la habitación.

-¡Ya sácala! ¡Me duele mucho! ¡Ay, ay, ay! ¡Sácala ya!

Valentín, aguantándose la risa ante la dramática mentira de su novia, decidió seguirle la corriente a la inyección imaginaria para ponerla a prueba.

-¿Duele mucho o arde? -preguntó él con un falso tono de compasión médica, pasando el algodón suavemente en círculos por el glúteo.

-¡Las dos cosas! ¡Sácala ya, por Dios, me estás matando! -chilló ella contra la almohada, apretando los ojos con fuerza.

-Del uno al diez, ¿cuánto te duele? -inquirió Valentín mientras cargaba la dosis exacta en la jeringa con la otra mano.

-¡Un once! ¡Me estás desgarrando la piel!

-¿Te la bancas un ratito más, fierra? Ya casi termino... -dijo él aguantando a duras penas la carcajada que amenazaba con salir.

-¡No, no me la banco! ¡Sácala ya!

Gianina, extrañada de que el dolor no aumentara y sintiendo solo una caricia fría, giró despacio la cabeza sobre la cama para mirar de reojo. Para su absoluto horror y vergüenza, vio a Valentín parado a su lado, sosteniendo la jeringa cargada en alto, con el capuchón recién retirado, sonriéndole de lado con total descaro.

-Ni siquiera te he hincado, dramática -dijo él guiñándole un ojo-. Era solo el algodón con alcohol.

-¡Eres un tramposo y un mentiroso! -protestó ella indignada, intentando girarse para escapar, pero la mano grande y firme de Valentín se posó de inmediato sobre su cadera, inmovilizándola en el acto.

-De aquí no te mueves. Y ahora va en serio. Respira hondo... tres, dos, uno.

La aguja entró de manera limpia, rápida e impecable. El tacto experto de Valentín hizo que el pinchazo fuera casi imperceptible, administrando el medicamento con una lentitud calculada para no generar presión en el músculo.

-A ver, ¿cómo va? ¿Duele o no duele? -preguntó él manteniendo la aguja firme y estable.

-Un poquito... arde -murmuró ella con la voz ahogada, aflojando los puños que mantenían apretados contra la sábana.

-Listo. Algodón y afuera -anunció él retirando la aguja con absoluta destreza y presionando la zona con el algodón, sobando con firmeza para disipar el líquido-. La primera ya pasó, fierra. Y ves que no te moriste.

Cerca del mediodía, Gianina bajó las escaleras de la casa caminando despacio, con la mano apoyada en la barandilla y mirando con desconfianza hacia todos lados. En la espaciosa cocina, Rosa, la ama de llaves que llevaba años trabajando para la familia, estaba picando verduras frescas para preparar un caldo de pollo.

-Ay, Doña Gianina... se le oyeron los gritos desde la planta alta hasta el patio de servicio -comentó Rosa aguantándose la risa mientras removía la olla.

-¡Rosa, no te burles de mí! -protestó Gianina caminando hacia la isla y haciendo un puchero adorable-. El señor Valentín es un salvaje insensible, me engañó haciéndome creer que ya me había clavado esa aguja enorme.

-El señor la cuida, mi niña, a su manera pero la cuida -dijo Rosa mirándola con cariño-. Don Valentín será muy CEO y muy estricto en sus negocios, pero no viera cómo estuvo hoy a las siete de la mañana revisando la temperatura de la ampolla y limpiando todo para que no le doliera. Tómese la sopa bien caliente, que me dio órdenes estrictas de que se la tomara todita.

A la mañana siguiente, para la segunda dosis, el ambiente estuvo impregnado de una pequeña tregua, aunque las protestas no desaparecieron por completo. Gianina estaba acostada en la cama, mirando con recelo la bandeja metálica donde Valentín disponía las gasas y la ampolla.

-¿De verdad tiene que ser otra vez boca abajo? -refunfuñó ella, cruzándose de brazos sobre la almohada.

-Boca abajo y quietita. Sabes perfectamente que me encanta tenerte así de dominada por tu propio bien -bromeó él, dándole un golpecito cariñoso y juguetón en el muslo-. Vamos, fierra, arriba esa actitud que hoy es el segundo paso.

Gianina obedeció suspirando profundamente y acomodó el rostro hacia un lado. Valentín preparó la zona con el algodón antiséptico, esta vez sin juegos ni bromas falsas.

-A ver, dime del uno al diez cómo sientes la molestia de la inyección de ayer -pidió él mientras posicionaba la aguja con precisión.

-Un tres. Me quedó el músculo un poco sensible cuando camino.

-Es normal. Por eso hoy iré aún más despacio. Ahí va el pinchazo.

Gianina soltó un pequeño gemido contenido al sentir la entrada de la aguja, pero se mantuvo completamente inmóvil.

-¿Arde mucho, fierra? -preguntó Valentín en voz baja y pausada, usando su mano libre para acariciarle la espalda en trazos largos y lentos, buscando relajar la tensión de su cuerpo.

-Un poco... pero la verdad es que tu mano en mi espalda me alivia -confesó ella con la mejilla pegada a la almohada, cerrando los ojos.

-Eso es porque mi medicina siempre viene con cariño, aunque te hable estricto y no te deje hacer berrinche -dijo él sonriendo con ternura antes de retirar la aguja con suavidad-. Segunda lista, impecable.

A eso de las cinco de la tarde, aprovechando que la fiebre finalmente había cedido, Valentín decidió instalarse a trabajar con su laptop en la mesa de madera del porche del jardín, mientras Gianina descansaba a su lado en una reposera, envuelta en una manta ligera para protegerse de la brisa. Valentín levantó la vista de unos informes financieros y observó la taza intacta sobre la mesa auxiliar.

-Tienes que tomarte el té de jengibre y miel que te preparó Rosa, Gianina -dijo él con esa voz grave de autoridad que no admitía replicas.

-Ya me tomé más de la mitad, mandón. Deja de supervisarme todo el tiempo -respondió ella con tono juguetón, estirando las piernas hasta apoyar sus pies desnudos sobre la pierna de él.

Valentín cerró la pantalla de la laptop con un chasquido suave, se levantó de su silla y se inclinó lentamente sobre la reposera de Gianina, acorralándola entre sus brazos mientras su sombra la cubría por completo.

-Te noto demasiado habladora y valiente para ser alguien a quien todavía le quedan tres dosis pendientes... ¿O prefieres que suba a buscar la jeringa de mañana y te la ponga aquí mismo en el jardín?

-¡No, no, ni se te ocurra! ¡Me porto bien, lo juro! -se rió Gianina a carcajadas, rodeándole el cuello con los brazos para atraerlo hacia ella y darle un beso rápido en los labios mientras el sol de la tarde caía entre los árboles.

Para la mañana del tercer día, la vitalidad y la travesura natural de Gianina estaban de regreso por completo. Cuando Valentín entró a la habitación sosteniendo la bandeja médica, la encontró esperándolo sentada en el borde de la cama, cruzada de piernas y mirándolo con una sonrisa desafiante.

-Hoy no me dio nada de miedo ver la jeringa, que lo sepas -aseguró ella con orgullo.

-Mira tú qué valiente amaneció mi fierra -respondió Valentín con ironía divertida mientras abría el paquete esterilizado-. A ver si es verdad cuando llegue el momento. Pon de tu parte y acomódate.

Ella se giró boca abajo de inmediato, demostrando una soltura que contrastaba radicalmente con el pánico del primer día. Valentín desinfectó la piel con movimientos circulares, disfrutando de la textura suave de su cadera.

-¿Cómo va ese cuerpo hoy? ¿Sientes algún dolor previo antes de que empiece?

-Ninguno. Doctor Valentín, creo que su paciente estrella está mejorando demasiado rápido y ya no necesita más dosis -provocó ella.

-El doctor es el único que decide cuándo se termina un tratamiento, no la paciente traviesa -replicó él con tono severo pero con la mirada brillante de diversión-. Atención, respira... ahí va.

El pinchazo fue rápido, certero y extremadamente limpio. Gianina apenas pestañeó contra la sábana.

-¿Dolió algo?

-Casi nada... eres bastante hábil con las manos, no te lo voy a negar.

-Son años de práctica médica y la ventaja de conocerte cada centímetro, fierra. Listo por hoy.

A eso de las cuatro de la tarde, la madre de Valentín, Doña Elena, llegó de visita a la casa trayendo una cesta repleta de frutas frescas y dulces artesanales. Se acomodaron todos en los sofás de la sala a tomar café recién preparado.

-¡Gianina, querida! ¿Cómo te sientes hoy? Valentín me contó por teléfono que estuviste cayéndote a pedazos con la fiebre -dijo Doña Elena dándole un abrazo afectuoso a su nuera.

-Mucho mejor, Doña Elena. Su hijo me tiene bajo un régimen militar aterrador, no me deja moverme ni un metro sin su permiso -bromeó Gianina mirándolo de reojo.

Rosa, que pasaba por la sala sirviendo una bandeja con tazas de porcelana, no pudo contener la intervención e intervino con una sonrisa complaciente.

-Ni se imagine, Doña Elena, el drama que armó el primer día con la primera inyección. Pegó un grito que casi rompe las ventanas y don Valentín ni siquiera la había tocado todavía.

-¡Rosa, por favor! -exclamó Gianina, poniéndose roja como un tomate mientras se tapaba la cara con las manos.

Valentín, que bajaba las escaleras ajustándose los puños de la camisa tras terminar una videoconferencia, intervino cruzando los brazos desde la mitad del escalón.

-No la defiendas, mamá. Lloró, pataleó y me acusó de ser un monstruo antes de que la rozara con el algodón. Pero bien que la cuida su enfermero privado y ahora se porta como una reina.

Doña Elena soltó una carcajada encantadora y le dio un golpecito cariñoso en el brazo a su hijo cuando este terminó de bajar.

-Siempre fuiste igual de estricto cuando trabajabas en el hospital, Valentín. Pero me alegra inmensamente ver que la cuidas con tanto celo.

El cuarto día trajo una atmósfera completamente distinta en la intimidad de la habitación. La desconfianza, el pavor y la resistencia iniciales habían desaparecido por completo. Gianina se descubrió a sí misma esperando en la cama el momento exacto en que Valentín cruzara la puerta para hacerse cargo de ella con esa mezcla tan suya de autoridad dominante y ternura profunda.

-¿Llegó la hora de mi castigo médico, señor CEO? -preguntó ella en cuanto lo vio entrar con los suministros, sonriendo de lado con tono coqueto.

-Sabes muy bien que esto no es un castigo, es salud. Pero si te gusta interpretarlo así... boca abajo, fierra -dijo él dejando la bandeja sobre la mesa.

Gianina se posicionó boca abajo sin dudar un solo segundo. Valentín aplicó el antiséptico frío y, en lugar de apresurarse, se tomó su tiempo para darle un suave masaje con la yema de los dedos alrededor de la zona, relajando la musculatura por completo.

-¿Cómo se siente el músculo hoy? ¿Hay alguna dureza o molestia al tacto?

-No... se siente increíblemente bien. Se siente tibio con el contacto de tus manos -respondió ella en un murmullo, cerrando los ojos para disfrutar del toque.

-Perfecto. Inhalación profunda... y adentro.

El procedimiento duró apenas unos segundos. Valentín inyectó el antibiótico con una fluidez y delicadeza absolutas.

-¿Qué tal, fierra? ¿Dolió algo?

-Nada en absoluto. Hasta se siente bien que te hagas cargo de mí de esta forma -murmuró ella, sorprendiéndose a sí misma por la honestidad de sus propias palabras.

Valentín sonrió con profunda satisfacción, retiró la aguja con destreza y le plantó un beso suave y prolongado en la nuca.

-Último paso mañana por la mañana y quedas totalmente graduada.

Esa misma noche, completamente libres de fiebre y sin la presión de compromisos laborales, se quedaron acurrucados en el sofá gigante de la sala viendo una película con las luces tenues. Gianina descansaba cómodamente la cabeza sobre el pecho firme de Valentín, escuchando el latido constante de su corazón mientras él le acariciaba el cabello con dedos pausados.

-Sabes... cuando me dijiste que me ibas a inyectar tú mismo, pensé que ibas a ser mucho más cruel y despiadado conmigo -susurró ella, levantando la mirada para observar el perfil marcado de su novio.

-Te advertí que no iba a ser cariñoso si te enfermabas por desobediente y por no cuidarte, fierra -respondió él bajando la mirada para fijarla en sus ojos, brillando con un afecto innegable-. Pero una cosa es ponerme firme y estricto para que te cures, y otra muy diferente es no saber cuidar con delicadeza lo que más me importa en este mundo.

Gianina sonrió enternecida contra la tela de su camisa, abrazándolo con más fuerza por la cintura mientras la luz de la televisión iluminaba la estancia.

La mañana del quinto y último día del tratamiento encontró a Gianina totalmente recuperada, llena de energía y con la piel radiante. Valentín entró en el dormitorio sosteniendo la última jeringa preparada, luciendo una sonrisa indescifrable y llena de picardía.

-Llegó el momento decisivo, fierra. La quinta y última dosis -anunció él, haciendo sonar ligeramente el émbolo.

Gianina, lejos de poner pretextos, de llorar o de hacer el menor berrinche como la primera mañana, se acomodó boca abajo de inmediato. Acomodó la almohada bajo su pecho y se bajó un poco el pantalón del pijama con una naturalidad absoluta. Valentín se extrañó levemente ante tanta docilidad, disfrutando en silencio de la escena mientras limpiaba la piel con la última torunda de algodón antiséptico.

-¿Cómo estamos para la última? ¿Preparada?

-Más que lista, doctor -contestó ella suavemente, manteniendo la mirada fija en la pared.

Valentín aplicó la inyección final con la maestría técnica que lo caracterizaba, deslizando el líquido sin causar la menor molestia.

-¿Dolió algo esta vez, fierra? Del uno al diez, ¿cuánto sentiste? -preguntó él sobando con ternura la zona con el algodón antes de retirarlo.

-Un cero absoluto, Valentín -dijo ella, girándose despacio sobre el colchón para quedar boca arriba mientras él descartaba el material usado en la bandeja.

Valentín se sentó a su lado en el borde de la cama, mirándola fijamente con los brazos cruzados sobre el pecho y esa inconfundible sonrisa dominante que solía reservar solo para ella.

-¿Y qué pasó exactamente con la niña que el primer día lloraba, pataleaba, hacía pucheros gigantescos y me gritaba que le sacara una aguja que ni siquiera la había tocado?

Gianina sintió que un rubor cálido le subía por las mejillas, pero no apartó la mirada en ningún momento. Extendió la mano sobre las sábanas para buscar la de él, entrelazando sus dedos con firmeza y cariño.

-Pasó que a lo largo de estos cinco días me di cuenta de algo muy importante...

-¿De qué te diste cuenta, fierra? -inquirió él, inclinándose un poco hacia adelante con curiosidad.

-De que entre lo estricto que te pones, lo increíblemente bien que lo haces para que no me duela nada y lo pícaro que te pones cuando me tienes boca abajo... la verdad es que me quedó gustando que me inyectes -confesó Gianina con una sonrisa traviesa y un brillo profundamente juguetón en la mirada.

Valentín soltó una carcajada profunda y genuina que llenó toda la habitación. Se inclinó por completo sobre ella en la cama, sujetándola con firmeza por la cintura y le plantó un beso ardiente, firme y prolongado en los labios.

-No te me acostumbres tanto, fierra. Pero la próxima vez que te vuelvas a enfermar por no hacerme caso, ya sabes perfectamente quién tiene el control absoluto.

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