Prólogo
El aire dentro del despacho de Jeon Jungkook siempre olía a tres cosas: tabaco caro, cuero importado y peligro inminente.
A sus treinta años, Jungkook no solo llevaba las riendas de la Bratva en la ciudad; él era la ciudad. Un hombre construido a base de cicatrices, leyes no escritas y una frialdad matemática que le había ganado el respeto absoluto del submundo. Sus brazos, cubiertos de tintas oscuras que narraban historias de lealtad, prisión y sangre, sostenían el peso de un imperio criminal sin despeinarse. Para el resto del mundo, el Pakhan era un demonio inalcanzable.
Para Park Jimin, era la adicción más tóxica y destructiva a la que jamás se había enfrentado.
Jimin, con apenas veinticuatro años y un aura de delicadeza deslumbrante coronada por su cabello rubio, estaba de pie junto a la ventana del gran salón. La lluvia azotaba los cristales de la mansión blindada, reflejando su silueta envuelta en una camisa de seda negra que Jungkook mismo le había elegido esa mañana.
Los pasos lentos y pesados de Jungkook resonaron contra el piso de madera. No había violencia en sus movimientos, jamás la había contra Jimin. Pero la sola presencia del hombre de un metro ochenta y cinco llenaba el espacio con un aire espeso, casi sofocante.
—Te he dicho miles de veces que no te acerques a las ventanas sin el cristal blindado completamente cerrado, moya krasota (mi belleza) —murmuró Jungkook con esa voz grave, áspera, que enviaba descargas eléctricas directamente a la espina dorsal de Jimin.
Jimin no se movió. Sintió los brazos musculosos y tatuados de Jungkook rodearle la cintura por detrás, pegándolo firmemente a su pecho ancho. El calor corporal de Jungkook lo envolvió de inmediato. Un escalofrío le recorrió la piel cuando los labios del mayor rozaron el lóbulo de su oreja.
—Estás desafiando mis reglas otra vez —susurró Jungkook, apretando el agarre con una posesividad implacable. No había un solo rastro de duda en su voz: Jimin le pertenecía, en cuerpo, mente y alma—. Sabes lo que pasa cuando no me obedeces. En esta casa, mi palabra es ley... y tú eres mi propiedad más sagrada.
Meses atrás, Jimin habría temblado de puro terror. Habría buscado una salida, una manera de escapar del control obsesivo del líder de la Bratva. Pero algo dentro de él se había roto... o tal vez se había curado de la forma más retorcida posible.
Jimin echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Jungkook. Cerró los ojos, inhalando el perfume de su captor, deleitándose con la presión aplastante de esos brazos que podían matar a un hombre con las manos desnudas, pero que a él solo lo sostenían con una veneración enfermiza.
—¿Y qué vas a hacer, Jungkook? —provocó Jimin, soltando una risita suave, una risa que llevaba un matiz oscuro, casi maníaco—. ¿Vas a castigarme otra vez en la cama? ¿Vas a ponerme las ataduras y hacerme rogar hasta que olvide mi propio nombre?
Jungkook dejó escapar un gruñido grave, una mezcla de dominación y devoción absoluta. Giró a Jimin de golpe para hacerlo quedar de frente, acorralándolo contra el marco de la ventana. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa.
—Voy a recordarte a quién le perteneces hasta que no te quede aliento para pronunciar otro nombre —dijo Jungkook, clavando sus dedos con firmeza pero sin lastimarlo en las caderas de Jimin—. Nadie te mira. Nadie te toca. Si alguien en este maldito planeta pone un ojo sobre ti, te prometo que le arrancaré las entrañas frente a ti.
En lugar de asustarse, los ojos de Jimin se iluminaron con una chispa de absoluta demencia. Llevó sus manos pequeñas a la nuca de Jungkook, acariciando su cabello negro y admirando los tatuajes que le cubrían el cuello.
—Que lo intenten... —musitó Jimin con una sonrisa letal, rozando sus labios contra los de Jungkook—. Porque si alguien intenta ponerte una mano encima a ti, Jeon... seré yo mismo quien le corte la garganta.
Jungkook sonrió, maravillado por el monstruo hermoso en el que había transformado a su pequeño ángel. Ya no había víctima. Solo dos mentes perturbadas enredadas en un amor posesivo, violento y perfecto.
El Pakhan selló sus labios en un beso voraz y dominante, iniciando un juego de control y placer del que ninguno de los dos quería escapar jamás.
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Contenido +18, explícita y detallada.
Muertes gráficas y violentas , lenguaje fuerte, juego de roles.
Muchas gracias por darle una oportunidad a esta historia.
_Pau💗









Diosss, esto está potente,🤪