Prólogo.
El océano guardó silencio... como si hasta las corrientes contuvieran el aliento.
El reino marino del sur, vasto y antiguo, latía bajo las aguas como un corazón azul profundo. Sus habitantes, sirenas y tritones, eran guardianes de un linaje antiguo, casi sagrado. Cuando los reyes Hervé y Pascale anunciaron la llegada de un heredero, las mareas celebraron; los corales florecieron en tonos más vivos, y los cantos se elevaron como una sinfonía que viajaba desde las profundidades hasta la superficie.
Las antiguas leyes de los suyos les permitían adoptar forma humana para dar a luz fuera del mar, un ritual que mezclaba magia con fragilidad. Era un momento sagrado... pero también peligroso.
Pero toda calma tiene su sombra.
Desde las aguas frías y más oscuras del Atlántico, emergió una comitiva distinta. No traían música, sino silencio. No traían luz, sino un brillo afilado como el filo de una daga. El rey Carlos Sainz llegó acompañado de su reina Reyes, cuyo vientre también guardaba vida... y quizás secretos.
Frente al trono de coral, El rey Carlos habló con voz suave, casi sedosa:
-He venido a proponer una alianza, su majestad Hervé. Nuestros hijos... unidos desde el nacimiento. Dos reinos convertidos en uno solo. Más fuertes. Más... puros.
Las palabras flotaron en el agua como tinta oscura.
Pascale llevó instintivamente una mano a su vientre. No era miedo... era algo más profundo. Una advertencia silenciosa que parecía venir desde la vida que crecía en su interior.
Hervé no respondió de inmediato. Observó. Escuchó. Sintió.
Porque los reyes del sur no solo gobernaban... también percibían.
Y en aquella propuesta, por más perfecta que sonara, había grietas invisibles. Como un canto de sirena que no seduce... sino que advierte.
Finalmente, su voz rompió la tensión:
-No.
Una sola palabra. Firme. Inamovible.
Un murmullo recorrió la corte.
El rostro de Carlos no cambió... pero sus ojos sí. Algo en ellos se tensó, como una tormenta formándose a kilómetros de distancia.
-Rechazar esta unión... -dijo lentamente- es rechazar el destino mismo de nuestros reinos.
Hervé se inclinó apenas hacia adelante, su mirada convertida en acero.
-Prefiero desafiar al destino... que entregarle mi sangre a algo que no comprendo.
El agua pareció enfriarse.
Reyes dio un paso al frente. Su sonrisa no era amplia, pero sí peligrosa... como una grieta en el hielo antes de que todo se fracture.
-Con todo respeto, majestad -dijo con una inclinación apenas perceptible-, rechazar esta alianza... es cavar la tumba de su próspero reino.
Sus palabras no flotaron: cayeron. Pesadas. Irreversibles.
-Es elegir la miseria... y abrirle la puerta a la guerra.
Un murmullo inquieto recorrió la corte, como un cardumen dispersándose ante un depredador.
Entonces, Pascale se levantó.
No fue un movimiento brusco, sino firme. Majestuoso. La reina del sur no necesitaba alzar la voz para hacerse escuchar; el océano mismo parecía inclinarse hacia ella.
Su mano descansaba sobre su vientre, no como gesto de miedo... sino de protección.
-¿Así que... -su voz fue suave, pero afilada como coral roto- los reyes del Atlántico nos están amenazando?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito.
Reyes sostuvo su mirada. Su sonrisa no desapareció, pero se volvió más tensa... como si por un instante hubiera subestimado a la reina equivocada.
El rey Carlos dio un paso al frente, interponiéndose apenas, como quien intenta envolver el veneno en seda.
-Majestad Pascale, malinterpretáis nuestras intenciones -dijo con una calma cuidadosamente construida-. No es una amenaza... es una advertencia. El mundo bajo las aguas está cambiando. Las antiguas fuerzas despiertan, y los reinos aislados... no sobreviven.
Hervé entrecerró los ojos.
-Curioso -respondió-. Porque lo único que ha cambiado... es que ahora venís a ofrecernos "salvación" con condiciones.
La tensión vibraba en cada rincón del salón de coral.
Pascale dio un paso adelante. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y algo más profundo... intuición, quizá. O destino.
-Nuestro hijo -dijo, sin apartar la mirada- no será moneda de cambio para alimentar su ambición.
Por primera vez, la sonrisa de Reyes se quebró.
Apenas un instante.
Pero suficiente.
-Entonces -murmuró, y su voz perdió toda dulzura-... que así sea.
El rugido del rey Carlos no fue solo un grito... fue un decreto que pareció grabarse en las corrientes mismas.
-¡Que todo el reino lo sepa! -tronó su voz, haciendo vibrar los pilares de coral-. ¡El rey Hervé y la reina Pascale han condenado estas aguas! ¡Yo, monarca del Atlántico Norte, les declaro la guerra!
Las criaturas marinas huyeron hacia las sombras. Incluso las luces bioluminiscentes titilaron, como si dudaran en seguir brillando.
-En un mes -continuó, con una sonrisa que no tenía calor alguno- no quedará más que muerte... y este reino será nuestro.
Y entonces se marcharon.
Sin despedidas. Sin música. Solo dejando atrás un eco que sabía a tormenta.
Cuando la comitiva desapareció en la oscuridad del océano, el salón quedó suspendido en un silencio frágil, como vidrio a punto de romperse.
Hervé apretó los puños, pero no dijo nada. Sabía que cualquier palabra sería inútil frente a lo inevitable.
Pascale... no.
Ella no pensaba en la guerra.
No pensaba en el trono.
Pensaba en el latido que llevaba dentro.
Su mano se aferró suavemente a su vientre, como si pudiera protegerlo del peso del mundo.
-Un mes... -susurró, más para sí misma que para los demás.
Las antiguas leyes no podían ignorarse. Para traer vida al mundo, debía abandonar el océano... transformarse... volverse humana en la superficie. Era un proceso delicado, vulnerable. Sin su cola, sin su reino, sin su fuerza completa.
Un mes.
Un mes antes de que la guerra arrasara todo.
Un mes para decidir entre quedarse y luchar... o subir y dar vida.
Pero en su mirada no había duda.
Había determinación.
-Debo irme -dijo finalmente, alzando la vista hacia Hervé.
El rey la miró como si el océano mismo se le partiera en dos.
-Si te vas ahora... no podré protegerte.
Pascale negó suavemente.
-Si me quedo... no podré proteger a nuestro hijo.
Las palabras cayeron como anclas.
A su alrededor, los consejeros comenzaron a murmurar estrategias, defensas, alianzas... pero todo sonaba lejano, insignificante frente a esa decisión.
Hervé se acercó a ella, apoyando su frente contra la suya.
-Entonces no irás sola -murmuró, con una firmeza que nacía del amor, no del deber-. Mandaré a los mejores guardianes. Nadie te tocará.
Pascale cerró los ojos un instante.
En su interior, el pequeño latido respondió... fuerte. Vivo.
El mes pasó y la reina regreso al reino del sur.
La celebración nació como un canto... y murió como un grito.
El pequeño príncipe dormía ajeno al mundo, acunado entre los brazos de Pascale. Su cabello castaño claro flotaba como hilos de arena dorada, y sus ojos -cuando se abrían- brillaban con un verde profundo, como si el océano hubiera decidido regalarle un fragmento de sí mismo.
Las luces danzaban. Los corales resplandecían. Por un instante... el reino del sur olvidó la amenaza.
Error.
El primer estallido no fue sonido... fue ruptura.
Un muro de coral se fragmentó en mil pedazos, como si una bestia invisible hubiera golpeado desde fuera. Luego vino el segundo. Y el tercero.
El océano se volvió caos.
-¡ATAQUE! -gritó una voz, rasgando la música como una cuchilla.
Las aguas claras se enturbiaron con sedimentos, con magia... con guerra.
Y entonces los vieron.
La comitiva del Atlántico Norte irrumpió como una tormenta viva. Armaduras oscuras, afiladas, reflejando apenas la poca luz que sobrevivía al desastre. Al frente... el rey Carlos y su reina, implacables, avanzando como si ya fueran dueños de todo.
No había negociación.
Solo conquista.
Pascale no dudó.
Ni un segundo.
El instinto habló más fuerte que cualquier corona.
-Mi niño... -susurró, y en ese susurro iba todo su mundo.
Se movió rápido, con una precisión nacida del amor y del miedo. Entre columnas caídas y corrientes agitadas, encontró un santuario oculto: una grieta protegida por algas densas y roca viva, un lugar donde la luz apenas llegaba.
Allí lo escondió.
Sus manos temblaron solo cuando lo soltó.
-No hagas ruido... -murmuró, como si el bebé pudiera entender, como si el océano mismo fuera a obedecerla.
El pequeño abrió los ojos.
Verde contra verde.
Y por un instante... todo se detuvo.
Pascale besó su frente y cerró el escondite con un gesto de magia suave, casi imperceptible.
Luego se giró.
Ya no era solo madre.
Era reina.
Detrás de ella, la guardia del sur respondió al ataque. Lanzas de coral, corrientes dirigidas como látigos, criaturas aliadas emergiendo desde las profundidades para defender su hogar.
Hervé ya estaba en combate.
Su figura cortaba el agua con furia contenida, cada movimiento preciso, cada golpe cargado de historia... de protección... de amor.
-¡NO RETROCEDAN! -su voz resonó como trueno submarino.
Pero el Atlántico Norte no había venido a probar fuerzas.
Había venido a arrasar.
Reyes avanzaba entre el caos, su mirada buscando... algo. O alguien.
Y cuando sus ojos se cruzaron con los de Pascale...
sonrió.
No era una sonrisa de victoria.
Era la de alguien que sabe un secreto.
-¿Dónde está el heredero? -murmuró, aunque el ruido de la batalla devoraba todo.
Pascale no respondió.
Todo ocurrió en fragmentos, como si el tiempo mismo se rompiera en pedazos afilados.
Una guardia real se interpuso entre Reyes y el caos, lanzándose contra él con una furia desesperada. Acero y magia chocaron, corrientes desgarrándose como telas viejas. Pero Pascale ya no miraba esa lucha.
Ella corría contra el destino.
Nadó.
No como reina.
No como guerrera.
Sino como madre.
Cada latido era un tambor de guerra en su pecho, cada brazada una promesa: vivirás... aunque yo no.
Pero entonces lo vio.
Hervé.
Su rey.
Su amor.
Su hogar.
El rey Carlos lo atravesó sin ceremonia, sin honor... como quien apaga una vela.
Y la luz se extinguió.
El grito de Pascale no salió de su garganta... salió del océano entero. Las aguas temblaron, las criaturas huyeron, y por un segundo... todo sintió su dolor.
Pero no se detuvo.
No podía.
Reyes, en medio de la lucha, comprendió. Sus ojos brillaron con ese conocimiento frío que corta más que cualquier arma.
-¡Deténganla! -ordenó- ¡Que la sangre del sur no escape!
Las flechas surcaron el agua.
Una encontró su espalda.
El impacto fue brutal, una explosión de dolor que quiso detenerla, arrastrarla hacia el fondo, convertirla en otra historia perdida.
Pero el amor...el amor no entiende de heridas.
Pascale siguió.
Más lenta.
Más débil.
Pero imparable.
La superficie apareció como un espejo lejano, tembloroso... y finalmente lo rompió.
El aire la recibió como un extraño.
La transformación llegó con dolor y urgencia. Su cola desapareció, sus pulmones reclamaron oxígeno, su cuerpo cambió... todo por ese instante.
Por él.
Con manos temblorosas, colocó al bebé sobre la arena húmeda. Lo envolvió con lo que pudo, protegiéndolo del frío, del mundo, del abandono que no era abandono... sino sacrificio.
-Perdóname... mi amor-susurró, su voz apenas un hilo.
El pequeño lloró.
Fuerte.
Vivo.
Pascale sonrió a través del dolor.
Le dejó un broche... turquesa y oro, brillante como el mar bajo el sol. Un símbolo. Un recuerdo. Una promesa silenciosa de lo que era... y de lo que debía ser.
Sus dedos rozaron por última vez su mejilla.
Luego se giró.
Sin mirar atrás.
Regresó al mar.
Y el mar... la reclamó.
La sangre se expandió como tinta en el agua.
Y con ella...
el reino del sur dejó de existir.
Tiempo después olor solo había una playa.
El sonido de las olas.
Y un llanto.
Dos figuras caminaban por la orilla, sus pasos marcando la arena húmeda. Mark y Sebastian, ajenos al eco de la tragedia bajo sus pies.
-¿Escuchas eso? -dijo uno, frunciendo el ceño.
El llanto volvió.
Más claro.
Más urgente.
Corrieron.
Y allí estaba.
Un bebé.
Solo.
Sobre la arena, envuelto en una manta aún húmeda, como si el mar mismo lo hubiera dejado allí con cuidado.
Sus ojos verdes brillaban incluso entre lágrimas.
Y en su pequeño pecho... un broche de turquesa y oro capturaba la luz del sol.
Mark fue el primero en arrodillarse junto al pequeño. La arena húmeda se pegaba a sus manos mientras lo levantaba con cuidado, como si temiera que el bebé pudiera desvanecerse con un movimiento brusco.
-Tranquilo... ya estás bien -murmuró, aunque su voz tenía un temblor que no podía ocultar.
Sebastian se inclinó a su lado, observando esos ojos verdes imposibles, intensos... antiguos.
-¿De dónde salió...? -susurró, más al viento que a Mark.
El bebé dejó de llorar.
Como si reconociera algo.
Como si, de alguna forma, supiera que ya no estaba solo.
El viento sopló más frío, y sin pensarlo, Mark se quitó la camisa, envolviendo al pequeño con torpeza pero con urgencia, cubriéndolo del aire y del mundo.
El niño lo miró fijamente.
Sin miedo.
Sin dudas.
Sus pequeñas manos se aferraron a la tela, y en ese gesto tan simple... algo cambió.
No había coronas.
No había tronos.
Pero sí había calor.
-Tenemos que llevarlo a casa -dijo Sebastian, con una decisión que no admitía discusión.
Mark asintió.
Y así, con pasos rápidos sobre la arena, comenzaron a alejarse del mar... sin notar cómo una ola más alta de lo normal avanzaba un poco más, como si quisiera alcanzarlos... o despedirse.
El broche de turquesa y oro brilló suavemente bajo la tela.
Testigo silencioso de un linaje perdido.
Y de uno nuevo que estaba por nacer.
Esa noche, en una casa lejos de las profundidades, el pequeño heredero del reino marino del sur durmió por primera vez lejos del océano.
Pero no lejos de su destino.
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Estoy loca jajaja o necesito escribir ✨️🩵
Abril 💜








