Capitulo 1
Lisa siempre había sido impecable, una empresaria imponente. En su pasado, se había enamorado totalmente de una chica que rompió su corazón; ya no creía en los sentimientos ni en esas estupideces del amor. Solo se casó por compromiso con una chica a la que apenas miraba.
Jennie, en cambio, era una ternura, un terrón de azúcar a la que nunca le interesaron los negocios de la familia. Pero al saber que sería con Lisa con quien se casaría, no lo dudó, pues siempre la había amado desde lejitos.
Llegaron ese día a la casa que iban a compartir: grande, hermosa y con un jardín inmenso. Y desde ese mismo día, Jennie empezó a armar su plan para curar el corazón herido de Lisa... así ella se rompiera en el proceso.
Mírame
Ven y pruébame
Que tengo el sabor
De tu malteada favorita
Durante la primera semana, Jennie siempre se levantaba con todos los ánimos del mundo para preparar el desayuno. Gracias a la ayuda de Rosé, la mejor amiga de Lisa, supo que a su ahora esposa le encantaban las malteadas de fresa, así que decidió prepararle una.
Lisa aún no despertaba; desde el primer día dormían en cuartos separados.
Jennie no pudo evitar recordar la primera noche en esa inmensa casa, cuando Lisa, con la mirada fija en su tableta y la voz gélida, le soltó sin anestesia
"Cada quien tendrá su espacio, Jennie. No confundas un trato de negocios con un matrimonio real. Dormiremos separadas".
El recuerdo dolió, pero Jennie sacudió la cabeza, limpió una lágrima traicionera y terminó de batir la malteada, dispuesta a ganarse ese frío corazón.
Lisa despertó esa mañana con el recuerdo de la pesadilla que la atormentaba constantemente Ale, su ex, siéndole infiel, dejándola destruida y sola. Sacudió la cabeza para alejar los fantasmas del pasado y se dirigió al baño. Tras una ducha rápida, se puso su impecable traje negro de dos piezas, lista para empezar su día laboral.
Al bajar, escuchó ruidos en la cocina y se acercó sigilosamente. Allí se encontraba Jennie, vistiendo solo una camisa que le quedaba inmensa y con el cabello recogido de forma desordenada, mientras tarareaba una canción. Lisa la observó en silencio; no podía negar que Jennie le parecía sumamente atractiva, pero hasta ahí llegaba todo. No pensaba volver a abrir su corazón a nadie más.
Jennie se volteó en ese momento y sus ojos se iluminaron al verla.
-¡Oh, buenos días! Mira, te preparé el desayuno -dijo Jennie con una sonrisa tímida.
"Mírame", pensó con el corazón latiendo de prisa.
Pero Lisa solo medio movió la cabeza, fría e inexpresiva.
-¿Malteada? -susurró, pero su tono de voz fue completamente cortante y arrogante-. ¿Quién desayuna eso?
-Solo creí que te gustaría para darle más dulzura a tu mañana -dijo Jennie, aún con la sonrisa intacta-. Pruébala, vamos.
"Ven y pruébame", pensó Jennie con ilusión.
-No lo sé, no tengo tiempo. Además, quizás hasta me dé reflujo por tomar eso tan temprano -contestó Lisa, notablemente irritada.
-Vamos, por fi -insistió Jennie, con esa ternura tan característica en ella-. Verás que te gustará, pruébala.
"Ven y pruébame, que tengo el sabor de tu malteada favorita", pensó de nuevo Jennie mientras miraba a Lisa, quien se había quedado allí parada, debatiéndose en silencio.
Lisa soltó un suspiro pesado y caminó hacia la malteada. Le dio un solo sorbo, no dijo absolutamente nada, se dio la vuelta y se marchó sin más. Jennie, al verla irse de esa manera, finalmente borró la sonrisa de su rostro.
Lisa llegó a su oficina con el sabor de la malteada en su boca. "De fresa, mi favorita", pensó para sus adentros.
Cuando de repente, la puerta se abrió de golpe.
-¡Hey, Manoban! ¿Qué tal tu vida de casada? -dijo Rosé al entrar.
Rosé siempre había sido su mejor amiga y lo sabía absolutamente todo sobre ella.
-Pues normal... Quizás, no lo sé -dijo Lisa restándole importancia, mientras se acomodaba en su escritorio.
-La chica es linda -dijo Rosé-. En el matrimonio se veía hermosa.
-Ajá, sí -respondió Lisa sin interés-. Mejor hazme un favor y tráeme un café. Creo que quiero quitarme el mal sabor de boca.
Rosé la miró alzando una ceja.
-¿Acaso el desayuno estuvo tan mal? -preguntó.
Lisa levantó la mirada, seria.
-Quizás. ¿Quién desayuna malteada? Esa niña está mal.
Rosé cambió su expresión a una más comprensiva y seria.
-Sabes... a veces darle la oportunidad a alguien más de entrar a tu vida está bien. No tienes que ser tan cerrada.
-No empieces, Rosé -la cortó Lisa de inmediato-. Todas son iguales; al principio son así y después sacan las uñas.
Rosé solo suspiró. Sabía perfectamente lo cerrada que podía llegar a ser Lisa cuando se trataba de proteger su corazón.
Rosé salió de la oficina y Lisa solo se quedó observando la ventana.
De repente, el sabor a fresa en su boca la arrastró directo al pasado.
-¿En serio vas a tomarte todo eso tú sola? -preguntó Lisa entre risas, limpiándole con el pulgar un poco de crema de la mejilla.
Ale la miró con complicidad, sosteniendo el gran vaso de vidrio entre sus manos.
-Es mi malteada favorita, Manoban. Además, si me da reflujo, tú me cuidas.
-Siempre -prometió Lisa, abrazándola por la cintura, sintiéndose la persona más afortunada del mundo.
Lisa parpadeó, regresando abruptamente a la realidad de su fría oficina. Apretó los puños y sintió una punzada de rabia en el pecho. Por eso odiaba las malteadas. Por eso odiaba la dulzura. Porque todo lo que venía de Ale había terminado en mentiras y traición.
Jennie solo se quedó haciendo los quehaceres de la casa. Y es que a ella no le gustaba para nada la vida de las empresas; le atraía mucho más el arte, pero sus padres nunca la habían dejado ser ella misma.
De pronto, sonó su teléfono y respondió de inmediato.
-¡Chu! -dijo muy animada-. ¿Cómo estás?
Jisoo era su hermana mayor. Ella nunca había estado de acuerdo con ese matrimonio por compromiso, pero no había podido hacer mucho para evitarlo.
-¿Cómo vas, pequeña? -respondió Jisoo con cariño.
-Todo bien... Sí, muy bien -aseguró Jennie, tratando de mantener su tono alegre, pero Jisoo la conocía demasiado bien como para creérselo tan fácil.
-¿Segura? -insistió Jisoo-. Sabes perfectamente que puedo ir a sacarte de ahí en este mismo momento si me lo pides.
-Segurísima -dijo Jennie de inmediato, intentando sonar lo más convencida posible para no preocuparla.
Sin más que ocultar detrás de sus dudas, prefirió desviar la atención. Siguieron hablando por un buen rato sobre la casa, detallando lo inmensa y hermosa que era, especialmente ese enorme jardín que tanto la inspiraba.
Lisa no llegó temprano esa noche. Jennie se quedó esperándola durante horas con la cena servida, mirando hacia la puerta cada tanto, hasta que el cansancio la venció y se durmió en el sofá.
A las tres de la mañana, Lisa finalmente llegó a la casa, oliendo a alcohol y a cigarrillo. Vio a Jennie profundamente dormida en el sillón y soltó un pesado suspiro. En el fondo, Lisa no quería lastimar a nadie, no quería romper a esa chica, pero sentía que ya no podía hacer nada por cambiar su propia frialdad.
Caminó en silencio, trajo una cobija y la abrigó con cuidado.
-¿Por qué la vida te puso aquí con alguien como yo? -susurró con amargura.
Se alejó rápidamente de Jennie al sentir un repentino vuelco en su corazón, asustada por la ternura que le causó ver el lindo puchero que adornaba la cara de la menor mientras dormía. Sacudió la cabeza para alejar esos sentimientos y se fue a su cuarto a dormir.








