La catástrofe del castillo Forteine
El llanto eterno parecía la lluvia que caía sobre las solemnes ruinas del castillo de Forteine. En la fisura de la noche, el torreón desmochado mostraba sus mayores cicatrices, donde las grietas de los muros dibujan caprichosas hiedras de piedra, sombras de una grandeza perdida. Las columnas agrietadas, testigos de una antigua gloria, se asemejaban a prisioneros que intentaban en vano recuperar su incesante libertad en medio de la disonancia. La ladera circundante, alfombrada de rastrojos, se resistía a sepultar el orgullo de la fortaleza, cuyo esqueleto calcinado no era más que el epitafio de una miserable ambición. Lo que a los caballeros les costó milenios levantar como la luz del reino sobre la tierra baldía, había terminado bajo un manto de cenizas y olvido.
Las almenas, otrora orgullosas y hoy reducidas a frágiles vestigios hechos añicos, sostienen en sus torres retorcidas, las últimas y oxidadas armas, siendo el quejido del último portón que cae frente a un estruendo demoledor frente a la cortina de astillas y polvo. El castillo fue arrasado al amparo de las tinieblas por un impulso fiero y embravecido, una tormenta de rabia destinada a recibir su escarnio después de tanta degradación popular, con el respiro de la miseria y el fuego, surge una estirpe dormida en el regazo de su propia y soberbia indolencia.
La lluvia caía teñida de un rojo imponente, densa y pareja, bajo un cielo donde la luna parecía devorar la sonrisa del sol, fundiendo el fuego celeste con el llanto del firmamento. El astro sangriento flotaba en la altura, lúgubre artífice de aquella expulsión maldita que había condenado al reino al desamparo. Una atmósfera de penitencia ineludible comenzó a tejerse sobre las ruinas, enredándose entre las viejas glorias y las sentencias de muerte que, con tanta soberbia, solían promulgar los antiguos caballeros del Castillo Forteine
¡Ay de aquellos que buscan el juicio divino bajo las bóvedas mudas del santuario! Una maldición ineludible aguarda a quien ose consagrar su triunfo sobre el altar de una verdad manipulada y corrompida por su propia ambición. Aquellos hombres de hierro, que tiñen sus espadas de sangre mientras balbucean promesas de una piedad que no albergan, pretenden hoy reclamar los laureles de la gloria. Pero no hay mérito en lo voluble, sino la impía presunción de un linaje que confunde la carnicería con la virtud.”
Entre los escombros allí yace un mellado defectuoso, apuntando al cielo; un vestigio herido que parece aguardar el instante de un último y desesperado contraataque. Es ella la que recoge el lamento de los guerreros caídos, cuyas almas claman aún por descifrar la furia de su propia tierra. Aquella sangre derramada jamás será olvidada. Sobre la última piedra en pie, testigo mudo de la tragedia, se posan las cadenas de retención que cortaron el camino del hierro.
Al despuntar el esclarecimiento frente a las tinieblas, un caballero desventurado emergió penosamente de entre los escombros. Su cuerpo, quebrado por el fragor de una batalla oculta y misteriosa, parecía una prolongación de las mismas ruinas, su arnés de hierro, mellado por los golpes, era ahora un calabozo de lamentos e interrogantes. Arrastrando sus pasos devastados bajo el laberinto de vigas caídas, cruzó el umbral de la fortaleza con la vana esperanza de hallar un refugio, buscando en los vestigios de piedra la explicación del cataclismo que había desgarrado su mundo.
Fue en aquel instante infortunio, cuando sus pasos comenzaron a detenerse, quebrantados por la desdicha, cruza aquellos parapetos de hierro, la torre inclinada del flanco y aquellos puentes partidos que ahora lucen como una rampa inconsistente. Deteniéndose antes de que la realidad se disipara como una vana ensoñación, el caballero buscó un rastro de vida en mitad de la ruina, en aquellos muros mudos que aún sostenían el eco del cataclismo fatal que en una sola noche, había deshecho su mundo.
Su mirada descendió entonces hacia la armadura que todavía cubría su pecho, las placas de hierro aparecían hundidas y abiertas por innumerables golpes. Mientras tocaba levemente con los dedos aquellas cicatrices metálicas, comenzaron a brotar recuerdos dispersos, semejantes a la filosa espada que ataca al tallo sin priorizar las raíces. Recordó el día en que el rey permitió que aquel arnés descansará sobre sus hombros, no como premio a la fuerza de sus brazos, sino por la firmeza del juramento sagrado de entregar la vida por el reino.
Entonces, espoleado por un presentimiento sombrío, buscó el acero que verdaderamente ligaba su destino a la dinastía, la gran espada carmesí. Sin ella, su mano derecha quedaba expuesta, extrañando el peso del pomo como si le hubiesen arrancado parte de su linaje. Removió cadáveres aún tibios, apartó vigas calcinadas, levantó escudos partidos por la mitad y descendió entre montones de piedra pulverizada.Todo fue en vano. Allí donde esperaba hallar el arma de sus victorias, pero no encontraba ni una sola respuesta
Una sospecha comenzó a abrirse paso en su espíritu con la lentitud de una carreta de bueyes, si la espada no yacía entre los muertos, ¿qué mano enemiga había sobrevivido para reclamarla? Sin concederse un instante de tregua, corrió hacia el cobertizo oculto, aquel sagrado baluarte donde el monarca acostumbraba a renacer constantemente. Si alguien seguía con vida en la fortaleza, debía encontrarse allí.

Se adentró primero en la gran sala del trono, el recinto primario y sagrado, bajo cuyas vigas de roble negro parecían gravadas las leyes de antiguas e ilustres leyendas. Aquellos nages habían sido el escenario de noches perpetuas de gloria, donde los caballeros compartían el pan y el vino, y el clamor de sus hazañas ascendía hasta las altas techumbres. Hoy, sin embargo, las piedras calcinadas por el fuego daban forma a un fúnebre cementerio de columnas rotas. Con las manos temblorosas, el caballero removió los escombros, mas al apartar los despojos inertes de los suyos, confirmó con horror que el vacío lo gobernaba todo.
Sus pasos lo llevaron luego hacia los antiguos salones del banquete, donde antaño las damas de su estirpe celebraban la opulencia del feudo. En aquellos rincones, donde los sentidos se deleitaban con fastuosos manjares y copas de plata siempre colmadas, solo reinaba la desolación. De la antigua bodega del castillo restaba apenas un ánfora rota, de la que manaba un último hilo de vino, arrastrándose como un río de sangre entre las cenizas. Con el alma desgarrada, el guerrero apuró aquel trago postrero, saboreando en el licor la amarga caída de su propio reino
Más al empujar la pesada puerta de roble, no halló sino un silencio sepulcral que helaba su cuerpo. No había rastros del rey, ni la princesa, ni las huestes que juraron defender el feudo hasta el último de sus días. El recinto fortificado permanecía desierto, envuelto en una atmósfera enrarecida donde solo oscilaba una vela apagada, como el candelero de un monje muerto. Fue entonces cuando sus ojos, habituados a la penumbra, descubrieron el horror, en los muros desnudos, caracteres trazados con sangre fresca dibujaban profecías fatídicas, cuyas rúbricas escarlatas arañaban la piedra con la fuerza de una sentencia inapelable.
“Aquel instante fatídico estuvo guardado en las sombras del pasado, todas las generaciones y el linaje real lo tenían claro, fue providenciado en la cripta del castillo”
“El juramento que conecta generaciones es la brisa que renace en la memoria de los hombres, no puede ser el polvo denso que deciden ignorar, forma parte de un voto sagrado que se forja en cada combate”
“No puedes burlar con audacia el semblante de la muerte, No necesita doblegar su orgullo como un caballero, le basta con posar de manera inmovil, limitados a esperar que los latidos de su corazón para reclamar lo que es suyo”
“El monte Fungi tiene la ultima verdad, el vaticinio de las desgracias proclamadas entre las titanicas guerras y el orgullo funesco frente el dolor de las otras almas”
Aquellas palabras no eran una simple advertencia, eran la última y fúnebre reminiscencia de una sentencia masiva. Desde sus torreones de hierro, el último caballero contemplaba el desastre con una impasibilidad tan imponente como sus propias armaduras. Ante su mirada gélida, todos los sueños del caballero se desvanecieron, reducidos a un reflejo fugaz en un espejo sin memoria. Él cayó sobre los restos ensangrentados de aquel juramento quebrado, devorado por la deshonra, se veía obligado a alzarse de entre el fango, sobreponiéndose al funesto cataclismo que había decretado su ruina.
Dejando atrás la augusta solemnidad de la sala del trono, el caballero comenzó a transitar errante por los antiguos puentes colgantes de la fortaleza que lograron mantenerse. En aquellas alturas, donde antaño el amor florecía en el secreto de la noche y los suspiros de las damas poblaban los torreones, solo reinaba un viento gélido y extenuante. Buscó con desesperación un acero, una espada rota que sirviese de báculo a su andar vacilante, más al mirar hacia abajo, descubrió el mausoleo familiar cubierto por un sudario de polvo y olvido. Cada peldaño de piedra crujía y se tambaleaba bajo sus botas, mientras su armadura mellada pesaba sobre sus hombros como las cadenas de un cautivo en la torre de un rey enemigo
Con el corazón oprimido, se adentró en las galerías ocultas con la última e ilusoria esperanza de encontrar vasallos que guardan los tesoros del reino. Sin embargo, aquellos túneles angostos y sepulcrales parecían cobrar vida, devorándolo en la penumbra profunda. Cruzó por los mismos altares de piedra que años atrás resplandecían un relicario regio recién forjado por los orfebres mandatos del rey
Fue entonces cuando las lágrimas, amargas y contenidas, inundaron sus ojos al contemplar la magnitud de la catástrofe. El dolor era doble ante la impotencia de no haber podido blandir su arma, después de una noche larga y lluviosa, un eclipse lunar que se desprende como un dictamen que acecho la fortaleza, que sepultó al caballero en un letargo fúnebre, privándolo de la gloria de morir defendiendo su hogar.
La última estancia que permanecía en pie era la brillante Cámara de los Trofeos, un recinto donde durante generaciones los caballeros habían depositado las insignias arrancadas a los pueblos que derrotaron. Allí descansaban estandartes descoloridos, escudos quebrados, coronas deformadas por el fuego y estatuillas carbonizadas y vestigios de victorias que durante años fueron celebradas entre celebraciones y cánticos, como prueba irrefutable de la grandeza del reino. Ahora, bajo la quietud de las ruinas, aquellos despojos ya no parecían símbolos de gloria, sino el testimonio silencioso de innumerables hogares condenados al olvido. Maxwell recorrió lentamente la sala, apartando con las manos las vigas y los tablones vencidos por la humedad, con la esperanza de encontrar entre los restos el brillo familiar de la espada carmesí. Sin embargo, su avance era en vano, ya que no quedaban armas capaces de sostener un juramento, sino únicamente recuerdos fugaces de lo que había significado estas victorias
Un golpe desconocido comenzó a descender sobre su pecho. Hasta entonces siempre había contemplado aquellos trofeos como pruebas del valor de sus caballeros, pero ahora en la soledad, comprendía que cada estandarte escondía una aldea reducida al caos y destrucción, cada escudo pertenecía a un padre que perdió su vida y su hogar, cada reliquia representaba una familia obligada a abandonar la tierra donde había nacido. Sintió una vergüenza difícil de soportar ahora mismo.
Entre aquel desconcierto regresó a su memoria una historia que escuchó incontables veces durante su infancia que se conectaba con el testamento, una de esas viejas narraciones que los ancianos repetían en las ceremonias del reino y que los jóvenes no le prestaban mucha atención. Decían que mucho antes de levantarse el castillo existía allí un pequeño pueblo consumido por el hambre y las enfermedades. Sus habitantes carecían de murallas, de soldados y hasta de pan para alimentar a sus hijos. El primer Rey, cuando todavía no llevaba corona ni alguna decoración privilegiada, decidió permanecer junto a ellos en lugar de abandonarlos a su suerte. Mientras cavaban un pozo para buscar agua entre la tierra reseca, después de la lluvia, encontró enterrada una espada de un metal rojo jamás vista por los hombres.
Los sacerdotes afirmaban en sus textos que aquella hoja había sido entregada por la Providencia como recompensa a quien había escogido proteger a los indefensos antes de abandonar el terreno sagrado. A cambio, el rey selló con su propia sangre un antiguo pacto, mientras los descendientes de su linaje levantarán aquella espada únicamente para defender a los débiles y jamás para engrandecer su soberbia, el reino permanece bajo una protección que ningún ejército podría quebrantar. Maxwell recordaba haber escuchado aquel juramento durante las ceremonias de iniciación, aunque siempre lo había considerado una antigua leyenda destinada a fortalecer el espíritu de los caballeros. Ahora, rodeado de los despojos de pueblos conquistados, comenzó a preguntarse si las viejas palabras y el pacto del rey tenía sentido después de conquistar toda la ciudad oeste.
La angustia volvió a conducirlo hacia la única estancia que aún no había recorrido que es la antigua capilla. Si la espada no reposaba entre los trofeos de guerra, quizá habría sido resguardada en el único lugar donde el acero jamás debía desenvainarse. Atravesó el umbral con la respiración entrecortada y el cuerpo removido. Las imágenes sagradas yacían mutiladas sobre el suelo, los vitrales habían sido despedazados y el altar permanecía cubierto por una gruesa capa de polvo y ceniza. Ninguna reliquia pudo sobrevivir al desastre.Tampoco estaba allí la espada carmesí. El silencio era tan profundo que incluso el eco de sus propios pasos parecía pedir perdón por interrumpir el descanso de las ruinas.
Vencido por el cansancio, cayó de rodillas frente al altar derrumbado. Sintió que toda la fuerza que había sostenido su nombre durante años se desmoronaba junto con aquellas piedras. ¿Dónde había quedado la espada? ¿Cómo podía llamarse caballero si ni siquiera sabía cómo proteger el legado recibido de sus antepasados? Durante unos instantes creyó que incluso todo era un sueño después de una intensa noche de lluvias, perdiendo el honor que tenía acostumbrado a demostrar
Entonces, entre los fragmentos de mármol y la madera resquebrajada, un tenue destello llamó su atención. Apartó cuidadosamente los restos del altar hasta descubrir un pequeño collar de plata cuyo delicado colgante conservaba grabada la figura de un lirio la cual pudo reconocer de inmediato. Pertenecía a la princesa Mirana. Lo había visto incontables veces reposar discretamente sobre su pecho durante las ceremonias del reino. Nunca fue una mujer de largas conversaciones ni de risas escandalosas. Mientras los caballeros brindaban por las victorias y competían relatando hazañas imposibles, ella permanecía en silencio observando el fuego de las antorchas o perdiendo la mirada más allá de las ventanas del castillo. Maxwell siempre creyó que aquel silencio nacía de la timidez o de la delicadeza propia de quien había crecido entre muros y puentes protegidos. Sin embargo, al sostener el collar comprendió que tenía un significado mayor. Recordó cómo desviaba la vista cuando desfilaban los trofeos de guerra, cómo abandonaba discretamente los salones después de los banquetes y cómo parecía guardar una tristeza que nadie se preocupó por comprender.
Trató de buscar entre los cuartos demolidos y no halló ninguna respuesta, recordó que él era uno de los favoritos para convertirse digno de su mano, pero ahora pensaba en ella porque parecía conocer la verdad que le depara al reino.
Maxwell cerró el collar entre sus manos como si aquel pequeño objeto conservará el último latido de la vida que aún quedaba en el castillo. La espada seguía desaparecida, el rey no daba señales y el antiguo juramento comenzaba a despertar preguntas que había decidido ignorar anteriormente. Sin otra respuesta que aquel humilde recuerdo de la princesa, abandonó las ruinas del reino. Ya no caminaba únicamente tras un arma perdida, avanzaba detrás de un pasado que empezaba a desmoronarse dentro de él y de una verdad que, tal vez, explicaría por qué el reino que había jurado defender había sido abandonado incluso por aquello que durante siglos creyó protegerlo.





![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)



