Capítulo 1: Piloto.
El aire olía a cera de vela y desinfectante. Las cortinas de terciopelo, pesadas como el silencio entre madre e hijo, caían sobre las ventanas como un velo fúnebre. La reina Florence Nightshade estaba sentada en su sillón de ébano, los dedos huesudos apretando el brazo del asiento hasta que los nudillos palidecieron. Su peluca plateada estaba impecable, pero los ojos, hundidos en órbitas oscuras, delataban el cáncer que la carcomía lentamente por dentro. No había espejos en la habitación. No los necesitaba: sabía que la muerte ya le había robado el brillo.
Fuera del recinto, frente al palacio, los gritos de los manifestantes resonaban como un eco distorsionado:
—¡Abajo la monarquía! ¡Basta de privilegios!
La reina no pestañeó.
—¿Sabes qué es lo peor de morir, Christopher? —preguntó, con una voz que sonaba como hielo rompiéndose—. Que no viviré lo suficiente para ver si valió la pena todo esto.
Las fotografías habían llegado esa misma mañana, antes que el té. Antes de siquiera despertar.
Las miró una sola vez —tres impresiones en papel satinado, todavía tibias de la impresora del ala de prensa— y las dejó boca abajo sobre la mesa, como quien no quiere que un plato se enfríe pero tampoco quiere volver a verlo.
El príncipe, heredero al trono, estaba de pie junto a la chimenea. Todavía llevaba puesta la misma camisa de la noche anterior, desabrochada hasta el tercer botón, y olía a un club que la prensa ya había identificado por el nombre. Tenía veintinueve años y la costumbre de caminar como si el suelo del palacio le perteneciera un poco menos cada día.
—Madre.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—No te lo he preguntado.
Se sentó. Eso era lo único que aún funcionaba entre ellos: el reflejo, más viejo que la razón, de obedecer antes de decidir si iba a hacerlo.
La reina giró las fotografías y las empujó por la mesa, una por una, como si repartiera cartas en un juego cuyas reglas solo ella conocía.
—Explícame esto.
En la primera, Christopher salía de un coche sin poder sostenerse de la puerta. En la segunda, alguien —un guardaespaldas, tal vez, o un desconocido con reflejos más rápidos que la vergüenza real— lo sujetaba del brazo para que no cayera sobre la acera. En la tercera, ya no había nadie sujetándolo.
—Estaba cansado.
—Estabas drogado, Christopher. En la puerta de un club, con cuarenta teléfonos filmándote, a las tres y once de la madrugada de un martes. Lo sé porque el ala de prensa me despertó para decírmelo antes de que lo hiciera el periódico.
—No empieces con eso otra vez —murmuró él, con una ronquera que delataba las noches en vela. Llevaba el uniforme militar de gala, pero la correa del pantalón estaba suelta, como si hasta el cuerpo le rechazara el peso de la responsabilidad—. Si tanto te preocupa el legado, ¿por qué no dejas que el Parlamento nos declare en bancarrota y listo?
La reina se quedó sin habla un instante.
—¡Porque la monarquía no es un jodido negocio, Christopher! —escupió—. Es sangre. Es historia. Y tú… —hizo una pausa, como si las palabras le quemaran la garganta— tú estás decidido a arrastrarnos al abismo con tus… excentricidades.
—Todos los príncipes de Europa han salido borrachos de algún sitio.
—Todos los príncipes de Europa tienen un país que todavía quiere ser gobernado por ellos —dijo la reina—. Nosotros no. Tenemos una encuesta que nos coloca en el treinta y ocho por ciento de aprobación y un partido en la oposición que ha hecho de nuestra abolición el punto uno de su programa electoral. No tienes el privilegio de estar cansado. Ninguno de los dos lo tenemos.
Christopher miró las fotografías como si fueran de otra persona, un hermano gemelo del que nunca le habían hablado.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que entiendas lo que eres —dijo ella, y por primera vez algo en su voz se pareció a la ternura, aunque llegaba treinta años tarde—. Eres el único argumento que le queda a esta familia para seguir existiendo tal como es. Y llevas cinco años demostrándome que ese argumento no alcanza.
No dijo lo que pensaba de verdad: que había otro argumento, uno nuevo, que en ese mismo instante estaba tomando forma tres pisos más abajo, en una sala sin ventanas donde nadie le había preguntado a Christopher si estaba de acuerdo.
—Vete a dormir —dijo la reina—. Y esta vez, hazlo solo.
Sentenció, y su hijo salió sin decir nada más.

A cuatrocientos kilómetros de allí, en la habitación 214 del Hospital General de Meridón, Cyan Ramírez estaba haciendo cuentas que no le salían.
Tenía la calculadora del teléfono abierta y una carpeta de facturas sobre las piernas, y llevaba cuarenta minutos moviendo los mismos números de una columna a otra sin que la suma cambiara de signo. Su madre dormía al otro lado de la cortina, con la vía del suero pegada al dorso de la mano y la respiración lenta de alguien a quien la quimioterapia le había robado hasta el ruido.
Doscientos ochenta mil. Esa era la cifra, redondeada hacia abajo, que separaba el tratamiento completo del tratamiento a medias. Cyan tenía dos mil trescientos en la cuenta y un contrato de comercial de champú que se había caído esa misma mañana porque, según le dijeron, "buscaban un perfil más comercial, ya sabes, más… estándar." Sabía exactamente lo que significaba estándar. Llevaba veinticuatro años sabiéndolo: no rubio, no alto, no del color que vende sin que nadie tenga que explicar por qué vende.
Tenía veinticuatro años, un título a medio terminar en Arte Dramático, un currículum de comerciales de detergente y dos papeles de fondo en series que cancelaron antes del segundo episodio. Era bueno. Lo sabía con la misma certeza fría con la que sabía que ser bueno no le había servido de nada todavía.
María Ramírez, su madre, estaba pálida como el papel, los tubos de la quimioterapia serpenteando como raíces de un árbol venenoso. Respiraba con dificultad, pero incluso en ese estado, sonrió al ver a su hijo entrar.
Cyan salió al pasillo a tomar aire, derrotado por la vida. Debería estar en el restaurante ahora mismo, pensó, en vez de perder un turno más haciendo cuentas que no cerraban de ningún modo.
—¿Cyan Ramírez?
La voz venía de la puerta. Un hombre de traje gris —demasiado gris, demasiado bien cortado para un hospital público— sostenía una carpeta de cuero y una sonrisa que parecía haber sido calibrada por alguien más antes de salir de fábrica.
—¿Sí?
—Mi nombre es Halden. Trabajo para una agencia de representación con base en Solvik. —Una pausa, medida—. Y para otra entidad, de la que hablaremos si usted tiene un minuto.
Cyan miró la carpeta de facturas sobre sus piernas y luego al hombre.
—Está bien, pero no le estoy entendiendo.
Halden no se sentó. Habló de pie, con la puerta entreabierta, en voz baja, como si las paredes del Hospital General de Meridón tuvieran interés en escuchar algo que aún no era noticia.
—Vimos su cinta de presentación. Y vimos, antes que eso, algo más interesante: nadie lo reconoce a usted en la calle. Es guapo, es bueno frente a cámara, y es completamente desconocido. Eso, para lo que le voy a proponer, no es un defecto. Es el requisito principal.
—¿Qué me está proponiendo?
—Una oportunidad —dijo Halden, y por la forma en que lo dijo, Cyan entendió que esa palabra iba a costarle algo que todavía no sabía nombrar—. Una que resuelve, entre otras cosas, esa carpeta que tiene sobre las piernas.
Cyan no le preguntó cómo sabía lo de las facturas. Ya había dejado de sorprenderle que la gente con traje demasiado bien cortado siempre supiera cosas que no le habían contado.

En Solvik, en una sala sin ventanas del tercer subsuelo del Palacio Nightshade —una sala que oficialmente no figuraba en ningún plano público del edificio—, siete personas llevaban tres horas discutiendo el futuro de una monarquía usando el lenguaje de una campaña de marketing.
—Treinta y ocho por ciento —dijo la jefa de comunicaciones, Ingrid Bauer, señalando la proyección en la pantalla—. Hace cuatro años estábamos en el sesenta y uno. El Partido de la Nueva República tiene su mejor momento en dos generaciones y su plataforma completa se resume en una frase que cabe en un cartel: un país, sin corona. Y frente a eso, nosotros tenemos a un heredero que sale en fotografías incapaz de sostenerse solo.
—Eso ya lo sabemos —dijo lord Halvard, el secretario privado de la reina, con el tono de quien ha repetido lo mismo demasiadas veces esa semana—. Lo que no tenemos es una respuesta.
—La tenemos —dijo Ingrid—. Solo que a nadie en esta sala le va a gustar.
Nadie preguntó qué quería decir. Todos, en esa sala, ya lo habían entendido, y el silencio que siguió no fue de sorpresa sino de cálculo.
—Un matrimonio —dijo por fin lord Halvard.
—Un matrimonio real, entre dos hombres, anunciado por esta casa como decisión propia y no como concesión —dijo Ingrid—. No estamos pidiendo permiso al siglo veintiuno. Se lo estamos entregando, con nuestro sello, antes de que el Partido de la Nueva República tenga oportunidad de decir que esta corona es una reliquia que hay que enterrar. Modernización, no supervivencia. Esa es la narrativa. La diferencia entre esas dos palabras nos puede costar el trono o salvarlo.
—¿Y el príncipe está al tanto? —preguntó alguien al fondo de la mesa.
—El príncipe —dijo Ingrid, sin levantar la vista de su carpeta— se va a enterar como se entera de todo en esta casa desde hace cinco años: cuando ya esté decidido.
—¿Y el candidato? —insistió el mismo hombre.
Ingrid abrió una última carpeta. Dentro había una sola fotografía: un joven de veinticuatro años, pelo rizado, piel morena, una sonrisa que la cámara —cualquier cámara, se notaba— parecía querer quedarse mirando un segundo más de lo necesario.
—Se llama Cyan Ramírez. Actor, sin contrato fijo, sin familia influyente, sin absolutamente ningún vínculo con esta institución, lo cual, en este caso, es una virtud y no un problema. Tiene una madre enferma y una deuda hospitalaria que lo hace, digamos, muy receptivo a una conversación seria. —Hizo una pausa, y por un instante algo parecido a la incomodidad le cruzó la voz, aunque la enterró antes de que llegara a asomar del todo—. Halden ya está hablando con él.
La reina Florence, que había entrado en la sala sin que nadie la anunciara —también en el tercer subsuelo, ese era un privilegio que solo ella conservaba—, escuchó de pie, junto a la puerta, el final de la frase.
—¿Alguien piensa preguntarle a mi hijo si está de acuerdo? —dijo.
Se hizo un silencio distinto al anterior. Más corto. Más incómodo.
—Su Majestad —dijo lord Halvard, con la delicadeza de quien ha aprendido a decir las cosas más crueles con la voz más suave que tiene—, con todo respeto: usted es el ultimo bastión de la corona, todavía no nos recuperamos de la mancha que nos dejo su hermano. O se adapta o simplemente nos derrocan.
La reina no respondió. Miró la fotografía de Cyan Ramírez sobre la mesa —ese muchacho desconocido, de rizos oscuros y ojos que la cámara insistía en no soltar— y pensó, sin decirlo en voz alta, que había dos tipos de personas en el mundo: las que la corona usaba, y las que todavía no sabían que iban a serlo.
Pensó también, aunque a esa idea no le dio espacio ni siquiera dentro de su propia cabeza, que estaba a punto de hacerle a su hijo exactamente lo mismo que le habían hecho a ella hacía cuarenta años: decidir su vida en una sala sin ventanas, y llamarlo deber.
Salió de la sala sin decir una palabra más.
Arriba, en algún pasillo de ese mismo palacio, Christopher dormía la resaca de una vida que se le estaba escapando entre los dedos, sin saber que en un subsuelo bajo sus pies acababan de decidir, sin él, con quién iba a compartir el resto de la que le quedara.
Y en Meridón, cuatrocientos kilómetros al sur, Cyan Ramírez firmaba, sin saberlo todavía del todo, la primera línea de un guion que no había escrito él.








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Sumamente rico e interesante la trama, un principe heterosexual obligado a ser gay? nunca visto antes siempre casi es al reves jjajajajaaj amo tu creatividad, y tu capacidad de reinventarte