I
Érase una vez en un reino muy, muy lejano, vivía un mago, un mago muy malo. En la torre donde habitaba, rodeado por sus malvados secuaces, eran enviadas las pobres almas para ser torturadas, sin que los humanos de las aldeas cercanas sospecharan algo.
Aquella caza finalizó cuando un noble caballero desafió a las horribles y peligrosas criaturas del mago, y destruyó al ser ruin. Los aldeanos se alegraron de ver al caballero quemar a la criatura malvada en la hoguera, y éste se coronó rey.
O al menos eso dice la historia... Pero en realidad, los otros cuentos que inician con « Érase una vez...» son una tremenda mentira. Esa popularidad constituye las historias más estúpidas, te lo digo.
Nuestro reino no es así, incluso ahora, con los recientes avances tecnológicos. Estoy particularmente encariñado con los nuevos modelos de palos para escobas, pero lamentablemente no tengo una propia. Lo más probable es que ni siquiera sepa utilizarlas.
Pero estoy divagando. La supuesta torre alta está en ruinas, patética cosa, y esos malos discípulos son los gatos negros, garantizado, que se torturan unos a otros con sus lamentos.
Yo lo sabría. Vivo allí. Y, por supuesto, el mago en cuestión era un excéntrico viejo que comía demasiados pasteles. Naturalmente, él tenía un perverso vicio, pero, desgraciadamente, este talento no ayudó a su colesterol.
Y, por lo tanto, Saran, o Sar, como lo he llamado, murió después de consumir un delicioso éclair. Eso sí, pocas personas tienen aquel cercano conocimiento sobre las tendencias de Sar, pero tú eres sólo un diario, así que confío en que no se lo dirás a nadie. La cosa es que la muerte de Sar no es muy trágica, pero si es muy problemática para mí.
Ves, yo soy su nieto, y como tal, he heredado sus bienes: la torre, sus gatos, todo. Incluso a ti, diario mágico de mi abuelo. Como sea, en el proceso, también he heredado sus responsabilidades, una tradición que me parece muy estúpida, pero así es con los magos.
Créeme, muchas veces he intentado cambiar su mente. Ni siquiera soy un mago, claro está, pero si soy una bruja... y sí, hay una diferencia que no tiene nada que ver con el género.
El anciano, sin embargo, es una roca en este punto, afirmando que no podía pensar en nadie mejor que pudiera cumplir con sus importantes funciones.
«Phuwin, hijo mío, tú solamente no has encontrado tu camino», decía. «Lo sabrás cuando lo hagas».
Oh, Diosa, ahora estoy llorando. ¡Perfecto! ¡Estúpido viejo bastardo! ¿Por qué tenías que comer tanto pastel?
En fin... Alguien está tocando la puerta. Iré a ver quién es. Estoy seguro de que es algún acreedor de Sar, que, convenientemente, se olvidó de hablarme sobre algo. Tal vez me pueda ocultar en el interior, pero es poco probable. Esos malditos tiburones-prestamistas tienen una forma de llegar a donde sea en estos días. ¡Maldita sea!
Cerré el pesado diario, tosiendo cuando el polvo me rodeo. Era un misterio por qué había decidido, siquiera, abrir la maldita cosa. Tal vez me hizo sentir mejor el pensar en todas las cosas que Sar me dejó en este mundo —por el cielo de pastel—, en lugar de posponerlo.
Caminé por las peligrosas escaleras de la vieja torre. La experiencia de llevar viviendo muchos años aquí, era lo único que lograba salvarme de caer y que terminara uniéndome con Sar en el más allá. A los estúpidos gatos negros, parecía que no les agradaba su nuevo amo, como lo daban a conocer cuando se interponían en mi camino.
—¿Pueden detenerse, ahora mismo? —les gritaba.
El gato Número Uno me miraba aburrido.
—Lo siento —replicó—. Tenemos hambre.
Aquel felino estúpido no sonaba nada arrepentido. Realmente, sonaba bastante satisfecho consigo mismo. Me hubiera gustado tener el poder de mi abuelo y encender su cola en llamas. Por desgracia, como una bruja, mi único poder estaba en comunicarme con la naturaleza. Poco conveniente, lo sé. Así que a menos de que le hable del gato a la muerte, nunca tendré la oportunidad de que ellos me teman.
Con gran dificultad, llegué al piso de abajo. Después de una ardua caminata entre los artefactos, que tienen como función recoger polvo, me encontré con la puerta al final. No es mentira. La he encontrado. Debido a un hechizo dudoso que salió mal una noche en la que Sar comió chocolates rellenos de licor, la puerta cambia de posición. Por lo general, se mantiene en el piso de abajo, aunque algunas veces nos vimos obligados a levitar fuera del suelo debido a su posición.
Nada de esto es evidente desde el exterior, pero en realidad, si mis visitantes no deseados trataran de entrar, él o ella, se encontrarían con una agradable sorpresa.
Ahora jadeando —sí, necesito hacer más ejercicio—, abrí la puerta. Había un hombre en algún lugar de mi derecha, de pie en donde alguna maldita cosa debería haber estado. Se volvió cuando me vio, y no se vio sorprendido por mi repentina aparición.
No lucía como un acreedor, y de inmediato lamenté la decisión de nunca abrir la puerta. Estaba vestido con ropa de la «casa real», y recordé que, en todo este tiempo, mi abuelo podría haber tenido funciones en el castillo.
—¿Saran Tangsakyuen? —preguntó con un tono pretencioso.
Tuve la súbita necesidad de ofrecerle al hombre un pañuelo para que se sonara la nariz, pero rápidamente lo reprimí y sonreí en su lugar. Era una sonrisa que no sentía, por supuesto. A pesar de todo, yo amaba a Sar. Una parte de mí siempre pensó que el viejo iba a vivir para siempre. Había estado allí desde que había nacido, alguien constante que nunca había cambiado con el paso del tiempo. Qué raro que algo tan mundano como lo es un pastel, sería el final de él.
Sacudiéndome a mí mismo, le respondí al mensajero: —Me temo que no está aquí.
La expresión del hombre no cambio en lo absoluto.
—Ya veo. —Me analizó de pies a cabeza, obviamente valorándome—. ¿Y usted es?
El desdén casi ciego de su voz me hizo dejar escapar una respuesta increíblemente estúpida: —Phuwin... Quiero decir, Phuwin Tangsakyuen, su nieto.
Todavía tengo algunos problemas para decir mi nombre completo, ya que, en mi opinión, sonaba más pomposo que el mensajero que tenía delante de mí, con vestimentas reales. Me arrepentí de las palabras al mismo tiempo que las decía.
El hombre sacó un trozo de pergamino de su chaqueta y empezó a leer: —Por la presente convoco al castillo de Su Majestad Real, el Rey Koraphat Tercero, por órdenes de su Alteza Real, El Gran Mago, Noah el Sabio, para el ritual anual de «señalización».
Dobló nuevamente el pergamino y me lo entregó.
—Tiene que transmitirle este mensaje a su abuelo.
Consideré mis opciones.
Primero: Podía seguir jugando al tonto y no confesar que Sar estaba muerto.
Segundo: Decirle al hombre de la muerte de mi abuelo y luego rogarle que me concediera un tiempo para parar de llorar.
Cualquier cosa que eligiera, sin embargo, estaría obligado a ver las cosas directamente. Sar, claramente, no se negaría a ir al ritual, y era mi deber y mi no-muy-agradable honor el que me obligaba a ir en su lugar.
Lo poco que sabía de la «señalización» era que aquí asistían los más grandes magos del reino, convocando la energía de la Diosa para bendecir sus tierras para el año siguiente. El viejo siempre dejaba todo ese tiempo para hacer su trabajo en el castillo. No obstante, difícilmente estoy calificado como uno de los antes mencionados. De hecho, no podía ni siquiera leer las ruinas que necesitaba para hacer tal cosa. Y, además, soy una bruja, no un mago.
Dudaba que El Gran Mago, Noah el Sabio, se preocupara por mis incompatibilidades con su ritual. A lo lejos, me pregunté a mí mismo por qué los magos elegían esos títulos. Incluso Sar había tenido uno: «Saran, el Omnisciente».
Bobadas. Si hubiera sido «omnisciente», debería haberse dado cuenta de que moriría si comía el maldito pastel. Además, era tan aburrido. ¿Por qué no podían elegir algo así como el «Noah, el Feliz» o «Saran, el Gordo»?
Por lo menos sonaría lindo y divertido.
Le sonreí al mensajero, sintiéndome satisfecho cuando, por una vez, el hombre dejó de lucir tan desdeñoso.
Si había algo de lo que me sentía orgulloso, era de mi sonrisa. Cuando la utilizaba apropiadamente, podía tener resultados positivamente malvados. La utilicé para convencer a Sar de que alimentara a sus malditos felinos, y ocasionalmente, para que dejara de comer tanto. Lástima que no lo hice ese día.
Mi sonrisa de le felicidad mezclada con lágrimas —que por una vez no eran falsas—, debió de haber creado todo un efecto porque el hombre empezó a parlotear y me preguntó si estaba bien.
—Estoy bien —le dije, sorbiendo discretamente—. Es sólo que mi abuelo murió hace unos días.
El mensajero hizo un sonido de compasión.
—Siento oír eso —dijo.
—Gracias —conteste—. Yo... no sé qué voy a hacer sin él.
Era la verdad, y me sentí avergonzado de confesársela a un extraño. No sabía que sería de mí sin Sar. El anciano había sido mi ancla durante mucho tiempo. Apenas recordaba algún momento en el cual él no estuviera a mi lado.
Mis padres eran buenos, pero frívolos. Me habían dejado aquí hacía muchos años, y aunque habíamos contactado unas cuántas veces, nunca sabía dónde andaban. Incluso ahora, probablemente estarían persiguiendo un poso —una ilusión— de oro. No me importaba. Los amaba a pesar de todo, pero apenas eran confiables. ¿A quién podría pedirle ayuda en este momento?
La respuesta vino instantáneamente a mí: nadie. No podía confiar en nadie más que yo. El llanto no me ayudaría. El anciano no quiere que lo llore. Había vivido una buena vida y murió haciendo lo que amaba. No era una mala forma de morir.
Le echo mucho de menos, pero en su memoria, me gustaría seguir y hacer lo que él siempre quiso para mí.
Me sequé las lágrimas y traté de darle al mensajero otra sonrisa.
—Esperará aquí un momento, ¿verdad?
El hombre asintió con la cabeza, aunque parecía un poco preocupado.
Entré en la torre una vez más y volví a subir las escaleras, pisando la cola del gato Número Dos en el proceso.
—¡Hey! —maulló—. Ten cuidado.
Lo ignoré, mi mente centrada en la tarea. Tal vez era una bruja, pero incluso mi débil capacidad mágica representa un regalo y necesitaba empezar a apreciarlo.
La idea de ir al Castillo Real hizo que mi piel se erizara, pero quizás allí pudiera encontrar una pieza que me fuera asesorando de cómo hacer esto, de encontrar mi camino, como Sar solía decir.
Me senté en el escritorio de Sar, que, al igual que todas sus posesiones, había pasado a ser mío. Tomé la pluma en mi mano y comencé a escribir.
«Querido señor» —empecé.
No. El Gran Mago no puede ser llamado «señor». No era el título adecuado. Suspirando, me aparté de mi primer intento de carta y saqué un nuevo pedazo de pergamino.
«Su Ilustrada Alteza».
No, eso suena aún peor. Enojado, taché la palabra con la pluma y apoyé mi cabeza sobre el escritorio.
—Esto es terrible. No sé cómo escribir una carta.
Un suspiro felino sonó por encima de mi hombro. Levanté la cabeza y me volví a ver los gatos que me observaban con reproche.
—No tienes remedio. Escribe: «Al estimado Gran Mago Noah, el Sabio». En la parte superior, empiezas con: «Su alteza».
Dudé en hacerlo. No confiaba en los gatos, y temía enviar una carta inadecuada, y empezar con el pie contrario con el mago en el castillo.
—No sé...
—Escríbelo, ¡ahora! —me maulló el gato Número Uno.
El chillido justificó las malditas historias de los malvados secuaces, y me apresure a obedecer al gato. De todas maneras, no es como si tuviera otra idea- Luciendo feliz, el gato Número Uno empezó a dictar lo que tenía que escribir en el mensaje.
Lejanamente, me pregunté cómo ellos sabían qué decir en una carta, pero supuse que sólo lo sabían, o tal vez, habían sido testigos de los mensajes escritos por Sar. ¿Quién podía comprenderlos?
Cuando terminé, volví a leer la carta y me sentí un poco mejor al darme cuenta de que no sonaba como si hubiese sido escrita por un gato. De hecho, me pareció muy satisfactoria y sabia. Por otra parte, no era un mago y no sabía nada de sus estándares. Lo que sea. Tenía que hacer esto.
—Gracias —les dije.
El gato Número Dos me dio una mirada de bondadosa maldad. Y si, eso era posible. Los gatos habían perfeccionado aquella arte.
—Siempre les puedes sonreír si algo sale mal —dijo.
—Además, deja de llorar —dijo con severidad el gato Número Uno—. Necesitas confiar en tu propia fuerza al tratar con los magos. De lo contrario, te van a pisotear.
Me sentí alentado por sus y me levanté, dispuesto a llevarle la carta al mensajero.
—Y, por último —dijo el gato Número Dos—, tienes tinta en la frente.
Con esas sencillas palabras, toda mi nueva adquirida confianza se evaporó.
—Ambos son malos, ¿lo saben? —murmuré para mí mismo.
Cuando me limpié la cara, casi pude escuchar la silenciosa risa felina. Por supuesto, hubiera sido peor si me hubieran dejado salir con la cara sucia, pero aun así...
Refunfuñando en voz baja, me dirigí, nuevamente, al piso inferior. Con suerte, la puerta estaría aún en su posición original y sería capaz de terminar con la primera tarea de mi día.
Me las arreglé para despachar al mensajero sin más incidentes. Una sonrisa brillante le hizo aceptar la carta sin más comentarios, aunque por regla general, los mensajeros reales no llevaban correspondencia de nadie más que no sea de sus amos o sus señores, a menos que estos les dijeran que esperaran por una respuesta.
No me sentía muy mal por ello. Si por casualidad fuera reprendido, siempre podría alegar que se había compadecido de la situación de un niño huérfano y pobre. Claro qué, la carta no sonaba como algo que un niño escribiera, pero eso era una cuestión totalmente diferente.
Hice una nota mental para agradecerle por la ayuda una vez que llegara al palacio, riéndome de mí mismo mientras la hacía. A continuación, alejando esa situación de mi mente, pensé en lo que se me venía encima.
El ritual se llevaría a cabo dentro de dos semanas. No podía ser mucho, pero ya tenía una cantidad astronómica de trabajo por hacer.
Necesitaba ser sistemático. Una vida de experiencia como mago no podía ser aprendida en un par de semanas, no importa cuán duro lo intentase, pero al menos podía saber de lo que estaban hablando, ya que me gustaría dar una buena impresión.
Volví al diario mágico del viejo. Sobre la mesa, había un tintero y una pluma. Abrí el polvoriento tomo en la página que había escrito antes de que el mensajero apareciera. En mi opinión, siempre me ayudo plasmar mis pensamientos en un papel debido que me ayudaban a recordar —por sí sola mi cabeza hueca no lo hacía— y era una alarma que me recordaba mis deberes.
Mordí la pluma mientras pensaba, y después de unos minutos de una cuidadosa consideración, se me ocurrió la siguiente lista de tareas pendientes:
Limpiar la torre: Buscar ruinas es una necesidad.
Saber más sobre el ritual de «señalización».
Aprender a decir mi nombre sin tartamudear.
Estudiar el árbol de la Familia Real.
Estudiar las reglas de El Gran Mago.
Encontrar un medio de transporte.
Sar no utilizaba una escoba ya que eso no era cosa de los magos, pero por desgracia, no sé levitar o tele-transportarme, o algo por el estilo. Sin embargo, sospechaba que la vieja escoba de mi madre seguiría perdida en algún lugar en medio de toda está la basura. Todo lo que tenía que hacer era encontrarla.
Una voz felina me sacó de mis reflexiones.
—¿Sabes? —dijo plácidamente el gato Número Dos—. Ahora mismo, te pareces al viejo. —Me sentí alagado, pero entonces agregó—: También mordía la pluma.
Con una mueca de disgusto y un grito, le lancé el mencionado objeto al maldito felino. Por supuesto, la pluma cayó el suelo, donde el gato Número Uno procedió a agarrarla con orgullo y a llevarla como si fuera una especie de ratón.
Busqué en los cajones una pluma nueva, y por milagro, encontré una. A toda prisa, añadí a la lista, el punto más importante de todos:
Deshacerse de los monstruosos gatos.
Al final resultó que no me deshice de los condenados felinos. El gato Número Uno me recordó, no tan gentilmente, que les debía la carta, y en ese momento, les dije que, si al mago no le gustaba el mensaje, los ahogaría en el arroyo más cercano. En el proceso, de alguna manera, logré derribar uno de los pocos vasos que había en la habitación y salpicar a los dos gatos con el agua. No se sintieron muy impresionados y me ignoraron fríamente por el resto del día.
No tener a los gatos cerniéndose sobre mí fue una bendición y una maldición. Todo se sentía muy solitario, la torre parecía tan vacía sin siquiera un aullido de sus habitantes felinos. Aun así, me dio la oportunidad de comenzar con mi lista de tareas pendientes. Me puse a limpiar la oficina de Sar, organizando cada elemento en el lugar que le correspondía. Uno se preguntará cómo supe cómo hacerlo y la verdad es que no lo sabía. Sar, generalmente, no me dejaba entrar a su estudio, lo más probable es porque temiera que destruyera algo invaluable.
Su cautela resultó ser contraproducente, ya que ahora me he quedado atrapado con mil y una botellas al azar y distintos elementos, los cuales no conocía mucho. Al final, decidí organizar los objetos en orden alfabético y con el código colores a los no etiquetados. No los utilizaría a corto plazo, pero estando organizados podría serme de ayuda en el futuro.
Claro que, en el momento en que llegué a los armarios y al escritorio, estaba llorando de nuevo. Todo alrededor de este lugar me acordaba a Sar, incluso cuando el desorden me había hecho olvidar agregar un elemento muy importante en la lista: llorar su muerte.
Resignado a que no sería capaz de hacer algo constructivo, salí de la torre y me dirigí hacia el bosque. En el interior, había un gran claro, y dentro de éste, un lago cristalino. Sar me traía aquí cuando era niño, y cada vez, podía escuchar la voz de la Diosa hablándome. Todavía podía.
En este lugar fue donde yo, por mi propia cuenta, había incinerado a Sar, sólo los gatos como testigos. Debería haber sido diferente, en muchas cosas. Pensé en lo que había querido y que ahora, fue devuelto al vientre de la Diosa, para que fuera sanado y renaciera. Por alguna razón, aunque debería sentirme mal en este lugar, no lo hacía. En este lugar, todo parecía mucho mejor.
La Diosa murmuró en mi oído: —No te preocupes, hijo. Tu abuelo está seguro y feliz, y está bajo mi protección.
Me senté bajo la sombra de un árbol y me apoyé contra su tronco. La corteza se sentía cómoda y extrañamente cálida, y pronto, mis parpados se empezaron a cerrar. Tan sólo unos segundos de descanso no harían daño. Podría aclarar mi mente, y luego, volver a la realidad.
Unos segundos más tarde, una sensación de cosquilleo me despertó de mi sueño. Lo primero que vi al entreabrir mis ojos, era una mirada monstruosamente amarilla que se cernía sobre mí. Grité y me escabullí, intentando recordar algún tipo de conjuro que lograra desparecer al animal.
Para mi gran vergüenza, cuando mi cabeza se aclaró de la neblina de sueño, me di cuenta de que el monstruo era producto de mi imaginación hiperactiva. En lugar de una poderosa bruja come-personas, en frente de mi estaban dos gatos negros, mirándome divertidos.
—Eso es algo que pagaría por ver todos los días —dijo el gato Número Uno.
—¿Qué? —repliqué, irritado por ellos y mi propia estupidez—. ¿Ratones?
No parecía sorprendido o insultado por mis palabras. Por el contrario, me dio una respuesta que me sorprendió: —¿Sabes? No es seguro estar aquí por la noche.
Mis ojos se abrieron y miré a mi alrededor, debido que no era consciente de que ya era de noche. Debí de haber dormido más de lo que pensaba. De hecho, las sombras eran espesas y tenía una clara sensación de ser observado. Trate de reírme, pero la diversión simplemente se negó a llegar.
—Vamos —les dije.
Los gatos me flaquearon mientras nos dirigíamos a la torre. De vez en cuando, miraban a la derecha y a la izquierda, y silbaban, como si estuvieran advirtiendo que mantuvieran la distancia. A qué, no tenía idea. Cuando llegamos, me sentí aliviado.
—No vuelvas a entrar al bosque por la noche —repitió el gato Número Dos—. Sobre todo, sin nosotros.
Me dejé caer en el buen sofá, sintiéndome abrumado. Toda esa situación era surrealista. ¿Por qué incluso me estaban hablando? Habían estado enojados conmigo por el incidente del agua.
—¿Cuánto saben del bosque, de todas maneras? —les pregunté—. Solamente son unos gatos.
Juraría que los felinos resoplaron.
—¿Hace cuánto tiempo que el viejo nos tiene, Phuwin? —preguntó el gato Número Dos, aparentemente al azar.
Esa pregunta debía de tener un significado, así que traté de recordar cuando Sar los habría traído. Recordé que ellos habían estado aquí desde siempre, incluso antes de que viniera a vivir a la torre. Eso los hacía décadas más viejos, incluso más que yo.
—No sólo somos gatos. Somos familiares.
—Los magos no tienen familiares —señalé—. Las brujas sí.
Era ciento. Los magos no tenían la misma conexión a lo espiritual que las brujas tenían. No la necesitaban, ya que sus poderes eran elementales. Podían convocar lluvia, hacer nieve, y lanzarles rayos a sus enemigos. Había visto a Sar hacer cosas maravillosas. Por supuesto, esto explica la indiferencia general de Sar y de los dos felinos.
El gato Número Dos suspiró, en la medida que un gato podía suspirar.
—Nosotros le pertenecíamos a tu madre, pero desgraciadamente, tuvo que salir corriendo a casarse con un duende. Como sabes, son muy aficionados a burlarse de otros espíritus, y no nos agrada mucho. Esto nos ha dejado en todo un lio, ya que un familiar, una vez convocado, se une a su Maestro. Pero una vez que ella te trajo hasta aquí, nos unió a ti.
—¿Así que, en todo este tiempo, han sido míos? —grité—. ¿Por qué no me lo dijeron?
—No te gusta ser una bruja —respondió con prontitud el gato Número Uno—. ¿Qué harías con dos familiares?
Sentí una punzada de remordimiento al pensar que había dejado la responsabilidad de dos criaturas que, de todos modos, eran mías, en manos de Sar. Lo convencía de darles de comer de vez en cuando, pero en otras ocasiones, sólo los ignoraba. Por supuesto, no eran precisamente agradables conmigo, pero aun así...
Como si adivinara mis pensamientos, el gato Número Dos saltó sobre el sofá y se subió en mi regazo. Su amigo hizo lo mismo, y no tenía corazón para hacerlos a un lado. Al menos, no estaba completamente solo.
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