La amortajada
El carro llegó a Leizea con una rueda a punto de soltarse.
Martín la oyó golpear contra el eje desde el fondo de la cueva: madera, hierro, madera otra vez. A cada vuelta, el sonido se acercaba por el sendero y hacía temblar el agua de los charcos. Afuera, el viento del norte bajaba de las palomeras con nieve en los dientes.
Había pasado dos días ensanchando la entrada para que pudieran meter las cajas. A la luz del candil todavía se veían las marcas recientes de su pico, más claras que la roca antigua. Se limpió las manos en el sayo y aguardó. Nadie le había dicho qué transportaban desde Logroño. Solo que debía abrir paso, no hacer preguntas y mantener a su mujer lejos del monte.
Los seis hombres entraron inclinados bajo la primera caja. El prior iba delante. No vestía ornamentos, sino un jubón oscuro endurecido por el viaje, y llevaba la barba cuajada de hielo. Al ver a Martín señaló el exterior.
—La rueda.
—No bajará entera.
—Haz que baje.
Martín salió. La mula tenía espuma rosada alrededor del bocado. En el carro quedaban otras dos cajas protegidas con lona y una arqueta pequeña sellada con brea. El olor no correspondía a nada que debiera viajar en un vehículo de grano: humo mojado, lana quemada y el dulzor que dejaba una res muerta cuando llevaba horas cerca del fuego.
El prior lo observó calzar el eje con una cuña.
—¿Cuánto falta para el alba?
Martín miró el cielo. No se veía la luna, pero conocía la claridad del borde de las nubes.
—Tres horas. Quizá menos.
—Entonces no tenemos dos.
Volvieron a empujar. La rueda sobrevivió hasta la boca de la cueva. Allí descargaron a mano. Las cajas dejaban en la piedra una película oscura que el agua no arrastraba. Uno de los hombres se santiguó después de tocarla. Otro se quitó un guante y vomitó junto a la pared.
Martín entendió de dónde venían los restos.
En los pueblos se llevaba una semana hablando del auto de fe. Decenas de personas habían sido juzgadas ante la multitud de Logroño; varias fueron entregadas a la hoguera y otras ardieron en efigie, después de confesar culpas que cambiaban según quién copiara la declaración. El prior había regresado con ceniza pegada a las botas.
—Dijisteis reliquias —murmuró Martín.
—Lo son.
—¿De quién?
El prior no respondió. Ordenó abrir la primera caja.
El hierro de la palanca levantó los clavos. Bajo la tapa apareció una masa envuelta en lienzos. Al separar la tela, el contenido conservó la forma del recipiente: una mezcla negra, con vetas pardas y pequeños puntos blancos. Habían echado cera para que cuajara durante el camino. Aun así, cedía al presionarla.
El hombre que había vomitado retrocedió.
—Todavía está tibia.
—El miedo guarda calor —dijo el prior.
Martín pensó en su mujer durmiendo con los niños. Pensó en las veces que ella dejaba una jarra de agua junto a la puerta durante la primera helada, para que la Señora de la Casa supiera que dentro nadie le negaba bebida. Aquellos hombres se reían de esa costumbre. Ahora habían cruzado dos puertos con cajas que olían a personas quemadas.
—¿Qué queréis tapar? —preguntó.
El prior levantó el candil.
Al fondo de Leizea, donde el techo descendía hasta obligar a caminar de rodillas, la ofita emergía del suelo. Martín la conocía desde niño. No tenía la forma acabada de una santa, aunque quien la hubiese trabajado había señalado un vientre, unos brazos recogidos y una cabeza inclinada. El agua nacía bajo su base y corría hacia el valle por dos hendiduras naturales. Incluso en invierno, la piedra permanecía fresca sin llegar a helarse.
Las mujeres mayores la llamaban Etxekoandre. No porque fuera una mujer, le había explicado su madre, sino porque la montaña también era una casa y toda casa tenía algo que decidía cuándo abrir y cuándo cerrar.
El prior dejó el candil en una repisa.
—Ayúdanos a cubrirla.
Martín miró el agua alrededor de sus botas.
—Si cerráis el nacimiento, las huertas de abajo...
—No cerramos el agua. Cerramos su voluntad.
Dos hombres volcaron la primera caja. La masa cayó con un golpe húmedo sobre la base de la figura. No se dispersó. Se aferró a la piedra y empezó a subir por ella en lenguas lentas.
El viento golpeó la entrada.
Las llamas de los candiles se inclinaron hacia el interior. No hacia la salida.
El prior tomó un puñado con ambas manos y lo estampó contra el rostro sin rasgos de la ofita. Trabajaba como un albañil que sellara una grieta antes de una tormenta. Los demás lo imitaron. Untaron el vientre, los hombros, el canal por donde brotaba el agua. Entre la pasta quedaron atrapados jirones de tela, cabellos y fragmentos que Martín evitó reconocer.
—Más arriba —ordenó el prior—. No dejéis poro.
Uno de los hombres empezó a rezar. Perdió las palabras a mitad del credo y volvió a comenzarlo.
Martín no ayudó. Vio cómo el negro cubría el verde de la piedra y cómo el agua, al encontrar el paso ocupado, aumentaba de nivel alrededor de sus pies. Debería haber corrido al pueblo. Debería haber llamado a todos los de las casas, pero ya había ensanchado la entrada y calzado la rueda. Su trabajo estaba allí aunque retirara las manos.
La última arqueta contenía una pasta más clara, amarillenta, mezclada con la brea. El prior la extendió alrededor de la cabeza y alisó las junturas con el pulgar.
Cuando tapó la última, el viento cesó.
La quietud entró en la cueva de una sola vez. Las gotas dejaron de caer del techo. El agua que rodeaba a Martín ya no avanzó hacia la salida; giró sobre sí misma, indecisa, y empezó a desaparecer por debajo de la capa negra.
El prior respiró aliviado.
—Aquí levantaremos el muro.
Martín se acercó. El aire junto a la figura estaba más caliente que antes. Puso dos dedos sobre una zona donde la cobertura parecía fina y notó una succión breve, como la de una boca alrededor de una herida.
Retiró la mano.
—Habéis abierto un hueco.
—Lo hemos cerrado.
—No. —Martín miró el agua hundirse sin corriente visible—. Antes esto no tiraba.
Se agachó y dejó caer una brizna de paja en el remanso. En otras épocas la corriente la habría llevado hacia el canal de las huertas. La paja avanzó hacia la figura, giró dos veces y desapareció bajo el borde sellado. Martín echó otra más lejos. Siguió el mismo recorrido.
—Habéis cambiado la pendiente sin mover la tierra.
El prior se limpió las manos con un trozo de arpillera.
—La tierra también obedece cuando se le da una carga suficiente.
—¿Y cuando quiera devolverla?
Uno de los hombres pidió que dejaran de hablar. Había visto al agua llevarse la paja y mantenía las manos cerradas sobre el rosario. El prior, en cambio, señaló con el candil las marcas que Martín había abierto en la entrada.
—Vendrán canteros en primavera. Una capilla primero, una iglesia después. El muro sujetará lo que hoy hemos puesto.
Martín comprendió que no improvisaban una defensa. Habían traído medidas, nombres de casas y un acuerdo redactado antes de cruzar el puerto. El cierre continuaría mucho después de que se secara la suciedad de sus cajas.
El prior tomó el candil y alumbró el trabajo. La superficie negra devolvió seis reflejos deformados. El de Martín no estaba.
La pasta cedió una vez bajo el pulgar del prior. En la superficie apareció un reflejo más, demasiado estrecho para un hombre. Cuando Martín acercó el candil, solo vio su propia cara deformada entre las demás.
Nadie contó los reflejos en voz alta.
El prior hizo cargar las herramientas. Antes de salir, clavó sobre la entrada una cruz de madera recién cortada. La savia bajó por el palo vertical y se mezcló con la suciedad de sus manos.
—Dirás que hemos bendecido el nacimiento —le indicó—. Cada casa entregará piedra y trabajo. La obra será de todos.
—La mentira será vuestra.
—Solo hasta que la hereden. Después será costumbre.
Martín se quedó el último. Escuchó bajo la piedra.
El agua seguía allí. Empujaba desde todos los canales a la vez, buscando una circulación que habían interrumpido. Debajo del empuje había otra cosa: una aspiración regular, paciente, nacida del mismo cierre.
Trescientos sesenta y ocho años después, una radio de coche habló del referéndum constitucional entre ráfagas de estática.
—El Gobierno Civil insiste en la normalidad de la jornada prevista para el próximo seis de diciembre...
Félix Giménez soltó una carcajada y bajó el volumen.
El Seat 127 amarillo acababa de dejar atrás el cruce de Valdehierro.








