Capítulo 1: El cobrador silencioso
El silencio en el almacén abandonado era tan denso que el goteo de una tubería rota sonaba como un temporizador en reversa. En el centro del lugar, un hombre de mediana edad, sudoroso y ensangrentado, suplicaba de rodillas.Frente a él, Zerek permanecía inmóvil. La tenue luz amarilla del techo se reflejaba en su cabello negro, perfectamente peinado y lacio, sin un solo mechón fuera de lugar a pesar del entorno miserable. Mantenía las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo oscuro. No se había alterado en toda la noche; su actitud fría y controladora dominaba el espacio, asfixiando cualquier rastro de esperanza en el deudor.
—Por favor, Zerek... dale un mes más a la organización. Te juro que tendré el dinero —lloriqueó el hombre, limpiándose la sangre de la boca con una mano temblorosa. Zerek no respondió de inmediato. Inclinó levemente la cabeza. Sus ojos, de un rojo carmesí brillante y letal, parpadearon con una lentitud calculada. Esa mirada despojada de cualquier pizca de empatía humana o piedad celestial infundía más terror que las armas de los matones que vigilaban las salidas.—El tiempo expiró hace tres horas —la voz de Zerek fue un susurro bajo, pausado y cortante como el hielo. No había ira en su tono, solo una lógica matemática inflexible—nosotros no financia prórrogas. Financia resultados.Escuchar los pasos de los guardaespaldas acercándose hizo que el deudor entrara en pánico absoluto. Sabía perfectamente lo que le ocurría a quienes le fallaban a la organización, y Zerek era el encargado de ejecutar esas sentencias sin pestañear.—
¡Espera! ¡Espera! ¡Tengo algo más! —gritó el hombre, estirando las manos en un gesto desesperado de súplica—. Algo que vale mucho más que los cincuenta mil que les debo.Zarek levantó una mano, deteniendo a sus hombres con un solo movimiento de dedos. El control que ejercía sobre la situación era absoluto. Su mirada roja se clavó en el hombre, exigiéndole que hablara rápido.—¿Qué podría tener un despojo como tú que compense tu deuda? —preguntó Zerek, distante.El deudor tragó saliva, vendiendo lo último que le quedaba de humanidad para salvar su propio pellejo. —Mi hija —escupió el hombre, atropellando las palabras—. Es joven, hermosa... pura. Vale una fortuna en el mercado adecuado. Te la entrego. Es tuya, de la mafia, hagan lo que quieran con ella... pero déjame vivir.Los matones de atrás se miraron entre sí, sorprendidos por la bajeza del hombre. Zerek, sin embargo, no mostró la más mínima sorpresa ni asco. Su rostro permaneció como una máscara de mármol. Para un ser mitad demonio y mitad ángel, la crueldad humana era solo una variable más en su ecuación de control. Zerek dio un paso al frente. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad peligrosa mientras asimilaba el nuevo activo que acababa de adquirir. —Considérate libre de la deuda —sentenció Zerek, sacando una mano del bolsillo para acomodarse el puño de la camisa—. Ahora, llévame con ella.
De facciones aristocráticas, pómulos altos y una mandíbula afilada tallada en una palidez marmórea. Su piel carece de imperfecciones humanas, un rasgo heredado de su linaje angelical.
Negro como el azabache, lacio y cortado con precisión geométrica. Siempre está perfectamente peinado hacia atrás o cayendo en sutiles mechones que jamás tapan su mirada.
Su rasgo más perturbador. Son de un rojo carmesí intenso y brillante que delata su sangre demoníaca. Rara vez parpadea; su mirada es fija, analítica y desprovista de cualquier calidez.
Viste trajes de alta costura a la medida, siempre en tonos oscuros negro, gris carbón o azul media noche. Su ropa es impecable, pulcra y militarmente ordenada, ocultando las cicatrices de su espalda donde sus alas intentan emerger.
Alto y de complexión imponente. Camina con una elegancia silenciosa pero pesada; su sola entrada a una habitación baja la temperatura del lugar.
No tolera el caos ni los imprevistos. Para él, las personas son piezas de ajedrez y las situaciones son ecuaciones que debe resolver. Domina a los demás mediante el miedo psicológico y la manipulación sutil.
No actúa por ira, sadismo o venganza. Si castiga a un deudor, lo hace porque "es lo lógico según las reglas". Ha silenciado su empatía angelical y su furia demoníaca para convertirse en una máquina de pura racionalidad.
Habla siempre en un tono de voz bajo, pausado y educado, lo que resulta mucho más aterrador que un grito. Desprecia las muestras de afecto o debilid
Aunque trabaja para el crimen organizado, no rompe sus promesas. Si dice que perdonará la vida de alguien a cambio de un trato como la hija del deudor, lo cumplirá al pie de la letra, pero cobrará cada centavo del precio pactado.








