El comienzo de la competencia
Sandra siempre había pensado que los comienzos importantes tenían que sentirse diferentes.
Como si el mundo se detuviera un segundo.
Como si una canción sonara de fondo.
Como si algo dentro de uno supiera que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual.
Pero aquella mañana no sintió nada de eso.
Solo tenía sueño.
Muchísimo sueño.
—¡Sandra!
Ella siguió caminando.
—¡Sandra, espera!
Una mano la agarró suavemente del brazo.
Sandra se giró y encontró a Alicia detrás de ella, tratando de recuperar el aire mientras acomodaba su bolso sobre el hombro.
—¿Tú sabes caminar más despacio? —preguntó Alicia.
Sandra soltó una carcajada.
—Pensé que venías detrás de mí.
—Venía. Pero tú caminas como si llegar cinco minutos tarde fuera a destruir tu futuro.
—Tengo una clase.
—Todos tenemos una clase.
Sandra levantó los libros que llevaba contra el pecho.
—Yo tengo una carrera que terminar.
Alicia negó con la cabeza.
—Y yo tengo una amiga que necesita aprender a divertirse.
Sandra sonrió.
—Me divierto.
—¿Estudiando?
—Exactamente.
Alicia soltó una risa.
Las dos continuaron caminando por el campus.
Era el comienzo de un nuevo semestre y la universidad estaba llena de estudiantes entrando y saliendo de los edificios. Algunos corrían hacia sus clases. Otros hablaban por teléfono. Algunos se detenían a saludar a viejos amigos.
Sandra respiró profundamente.
Le gustaba aquella sensación.
La universidad representaba exactamente lo que quería para su futuro.
Estudiar.
Graduarse.
Conseguir un buen trabajo.
Tener una vida estable.
No necesitaba complicaciones.
Y mucho menos necesitaba enamorarse.
Eso era algo que había aprendido hacía tiempo.
—¿Vamos a la cafetería? —preguntó Alicia.
Sandra miró la hora en su teléfono.
—Tenemos unos minutos.
—Entonces vamos.
—Necesito café.
—Eso sí es algo que tenemos en común.
Las dos entraron a la cafetería.
Sandra estaba hablando con Alicia cuando, de repente, disminuyó el paso.
Algo había llamado su atención.
O, mejor dicho…
Alguien.
Sentado en una mesa cercana había un grupo de jóvenes riéndose.
Entre ellos estaba un muchacho de cabello negro, ligeramente despeinado y levantado, vestido de oscuro.
Llevaba una cadena plateada alrededor del cuello.
Sandra lo observó.
No sabía por qué.
Simplemente había algo en él que le resultaba conocido.
—¿Qué pasa? —preguntó Alicia.
Sandra no respondió inmediatamente.
—Ese chico…
—¿Cuál?
Sandra señaló discretamente con la mirada.
—No sé.
—¿Qué no sabes?
—Creo que lo conozco.
Alicia miró hacia la mesa.
—¿Lo conoces?
—No estoy segura.
El muchacho levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de Sandra.
Durante un instante ninguno de los dos apartó la mirada.
Él sonrió ligeramente.
Sandra desvió los ojos.
—Definitivamente lo conozco —murmuró.
Alicia sonrió.
—Eso sonó interesante.
—No empieces.
En la mesa, uno de los amigos del muchacho notó que estaba mirando hacia ellas.
—¿Qué miras?
Él continuó observando a Sandra.
—Ya vengo.
—¿Adónde vas?
—Tengo que preguntarle una cosa.
Se levantó.
Sandra lo vio acercarse.
Alicia miró a su amiga y sonrió.
—Creo que tu problema viene hacia acá.
—Cállate.
El joven se detuvo frente a Sandra.
Por unos segundos simplemente la miró.
—Perdona…
Sandra levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Nos conocemos?
Sandra frunció ligeramente el ceño.
—Creo que sí.
Él sonrió.
—¿Crees?
—Sí. Pero no me acuerdo de dónde.
El muchacho soltó una pequeña risa.
—Bueno. Podemos empezar de nuevo.
Le extendió la mano.
—David.
Sandra miró su mano y después sus ojos.
—Sandra.
David estrechó su mano.
—¿Sandra qué?
Ella le dijo su apellido.
Y entonces la expresión de David cambió.
—Espera.
Sandra lo miró.
—¿Qué?
—¿Tú eres Sandra…?
—Sí.
David soltó una sonrisa de sorpresa.
—¡Claro!
Sandra comenzó a recordar.
—¿Qué?
—Ahora sé quién eres.
—¿De dónde?
David se rió.
—De la secundaria.
Sandra abrió los ojos.
—¿David?
—El mismo.
Ella lo miró de arriba abajo.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Has cambiado muchísimo.
David sonrió.
—Tú también.
Sandra comenzó a recordar pequeños fragmentos.
Una calle.
Bicicletas.
Las casas de sus familias.
Los niños jugando.
David molestándola.
Daniel.
El hermano mayor.
Su sonrisa desapareció ligeramente.David lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Sí pasó algo.
—No.
David ladeó la cabeza.
—Te cambió la cara.
Sandra bajó la mirada.
—Es que…
—¿Qué?
Ella dudó.
—Tu hermano.
David se quedó mirándola.
—¿Daniel?
Sandra asintió.
—Sí.
Por un momento, ninguno habló.
—¿Te molestó en algo? —preguntó David.
—No.
—Entonces, ¿por qué te pusiste así?
Sandra respiró lentamente.
No sabía por qué estaba hablando de eso con alguien que acababa de reencontrar después de tantos años.
Pero quizá era precisamente porque David era parte de aquel pasado.
—Daniel fue importante para mí.
David dejó de sonreír.
—¿Importante?
Sandra asintió.
—Creo que fue mi primer amor.
David sintió algo extraño.
No era exactamente celos.
Todavía no.
Era otra cosa.
Una incomodidad que conocía demasiado bien.
Porque desde pequeño había existido una competencia silenciosa con su hermano.
Daniel siempre había sido el mayor.
El responsable.
El inteligente.
El que todos admiraban.
Y David había aprendido a vivir intentando demostrar que él también podía ganar.
En cualquier cosa.
En los deportes.
En los estudios.
En las discusiones.
En todo.
David sonrió nuevamente, pero esta vez su sonrisa era diferente.
—Vaya.
Sandra lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—No parece nada.
—Solo me parece curioso.
—¿Qué cosa?
David se inclinó un poco hacia ella.
—Que después de tantos años, la primera cosa que recuerdes de mí sea mi hermano.
Sandra soltó una pequeña risa.
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
—Eres igual de presumido que antes.
David sonrió.
—Y tú sigues siendo igual de difícil.
Alicia observaba la conversación desde unos pasos atrás.
Y estaba disfrutando demasiado.
—Sandra —dijo finalmente—, tenemos que ir a clase.
Sandra miró la hora.
—Es verdad.
Se volvió hacia David.
—Fue bueno verte otra vez.
—Igualmente.
Sandra comenzó a alejarse con Alicia.
David la siguió con la mirada.
Su amigo, desde la mesa, levantó una ceja cuando David regresó.
—¿Y?
David se sentó.
—Era alguien que conocía de pequeño.
—¿Y?
David miró hacia Sandra una última vez.
—Nada.
Su amigo sonrió.
—Cuando dices “nada”, normalmente significa que es algo.
David no respondió.
Solo tocó distraídamente la cadena que llevaba alrededor del cuello.
Y volvió a mirar hacia la puerta por donde Sandra acababa de salir.
EL AULASandra entró al salón junto a Alicia.
—No me mires así —dijo Sandra.
Alicia fingió inocencia.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando algo.
—Estoy pensando muchas cosas.
—Alicia…
—Solo digo que ese muchacho te miraba bastante.
Sandra se sentó.
—Es porque me reconoció.
—Claro.
—¿Qué significa ese “claro”?
—Nada.
Sandra abrió su cuaderno.
—Perfecto.
La profesora entró unos minutos después.
Los estudiantes comenzaron a ocupar sus lugares.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
David entró.
Sandra levantó la mirada.
Él también la vio.
La profesora se acercó.
—¿David?
—Sí.
—Eres el estudiante nuevo de esta clase, ¿verdad?
—Sí.
La profesora miró alrededor del salón.
—Puedes sentarte allí. Hay un lugar vacío junto a Sandra.
David miró el asiento.
Después miró a Sandra.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Parece que tuve suerte.
Sandra negó con la cabeza.
—No empieces.
David se sentó junto a ella.
Alicia, desde atrás, tuvo que taparse la boca para no reírse.
La clase comenzó.
Sandra intentó concentrarse.
David también.
Durante aproximadamente tres minutos.
Después se inclinó ligeramente hacia ella.
—Oye.
Sandra continuó escribiendo.
—¿Qué?
—Lo de mi hermano.
Sandra dejó de escribir.
—¿Qué pasa con él?
—Cuando lo mencioné te pusiste rara.
—No me puse rara.
—Sí.
—No.
—Sí.
Sandra suspiró.
—David…
—¿De verdad fue tu primer amor?
Ella lo miró.
—Sí.
David se quedó callado.
—¿Y qué pasó?
—Nada.
—Eso no parece un “nada”.
Sandra sonrió ligeramente.
—Éramos jóvenes.
David miró hacia el frente.
—Yo también estaba ahí.
Sandra soltó una pequeña risa.
—Tú eras el que siempre me hacía bullying.
David giró hacia ella.
—¿Bullying?
—Sí.
—Yo no te hacía bullying.
—Claro que sí.
—Te molestaba.
—Es lo mismo.
—No.
—¿Entonces qué era?
David sonrió.
—Mi manera de llamar tu atención.
Sandra levantó una ceja.
—Pues no funcionó.
David se quedó mirándola.
—No.
Pausa.
—Porque siempre había un tercero.
Sandra supo inmediatamente a quién se refería.
—Daniel.
David asintió.
—Daniel.
Por primera vez, la sonrisa de David desapareció.
—Siempre estaba él.
Sandra lo observó.
Había algo en la manera en que David hablaba de su hermano que no era normal.
Como si aquella rivalidad viniera de mucho antes.
—¿Estás celoso? —preguntó ella, medio en broma.
David la miró.
—¿Yo?
—Sí.
—Jamás.
Sandra sonrió.
—Mentiroso.
David se acercó un poco.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que ya sé cuál fue mi problema contigo.
—¿Cuál?
—Siempre llegaba después de Daniel.
Sandra soltó una risa.
David sonrió.
—Pero eso se acabó.
—¿Qué se acabó?
David la miró directamente.
—Ahora voy a conseguir toda tu atención.
Sandra abrió los ojos.
—¿Y quién te dijo que yo quiero dártela?
—Nadie.
David sonrió.
—Pero voy a hacer que quieras.
Sandra intentó esconder una sonrisa.
No pudo.
Alicia, que había escuchado todo desde atrás, comenzó a reírse.
Sandra se giró.
—¿De qué te ríes?
—De ustedes.
—¿De nosotros qué?
Alicia miró a David.
Después a Sandra.
—No sé por qué, pero tengo la sensación de que ustedes dos van a ser un problema.
David sonrió.
Sandra negó con la cabeza.
La profesora levantó la mirada.
—¿Hay algo divertido que quieran compartir con toda la clase?
Los tres se quedaron callados.
—No, profesora —respondió David.
La profesora continuó con la clase.
Sandra volvió a mirar su cuaderno.
Pero ya no podía concentrarse.
Porque podía sentir la mirada de David.
Y, aunque no quería admitirlo…
le gustaba.
DOS AÑOS ATRÁSAquella noche había sido sencilla.
Una pequeña fiesta.
Música.
Luces.
Amigos.
Nada extraordinario.
Sandra tenía dieciocho años.
Daniel, veintidós.
Ella estaba apartada de la gente cuando escuchó una voz.
—¿Quieres bailar?
Sandra se giró.
Daniel estaba frente a ella.
Vestía de negro y sonreía tranquilamente.
—Está bien.
Él le tendió la mano.
Sandra la tomó.
Comenzaron a bailar.
No hablaron demasiado.
Solo se miraron.
Una vez.
Dos veces.
Y después otra.
Algo había cambiado.
No sabían qué era.
No sabían qué significaba.
Pero ambos lo sintieron.
Daniel la miraba como si quisiera memorizar su rostro.
Sandra sonrió.
Él también.
La canción terminó.
Daniel soltó lentamente su mano.
—Gracias por el baile.
—Gracias a ti.
Sandra se alejó.
Daniel se quedó observándola.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió algo que no podía controlar.
Ella.
EL PRESENTEDaniel estaba sentado en la sala de su casa cuando escuchó abrirse la puerta.
David entró.
—Llegué.
Daniel levantó la mirada.
—¿Cómo estuvo tu primer día?
David dejó la mochila sobre una silla.
—Interesante.
Daniel sonrió.
—Eso suena peligroso.
David se sentó en el sofá.
—Me encontré con alguien.
Daniel dejó de leer.
—¿Con quién?
David lo miró.
—Sandra.
El silencio llenó la habitación.
Daniel no respondió inmediatamente.
—¿Sandra…?
—Sí.
Daniel bajó lentamente el libro.
—¿La de nuestra antigua calle?
—La misma.
David sonrió.
—Y no te imaginas lo que me dijo.
Daniel lo miró.
—¿Qué?
David se inclinó hacia atrás.
—Que tú fuiste su primer amor.
Daniel sintió que algo le apretaba el pecho.
Pero no dejó que David lo notara.
—Éramos niños.
—Ella no lo ve así.
Daniel permaneció en silencio.
David lo observó.
—¿Todavía te acuerdas de ella?
Daniel levantó la mirada.
—Claro.
David sonrió.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Por qué?
—Porque creo que me gusta.
Daniel se quedó completamente quieto.
—David…
—¿Qué?
—No juegues con ella.
David soltó una risa.
—¿Quién dijo que estoy jugando?
Daniel lo miró fijamente.
David sonrió.
—Aunque…
—¿Qué?
—Sería interesante ver si esta vez puedo ganarte.
Daniel frunció el ceño.
—Sandra no es una competencia.
David se levantó.
—Para ti nunca lo fue.
Se acercó a la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Para mí sí.
Daniel no respondió.
La puerta se cerró.
Daniel quedó solo.
Miró hacia la mesa.
Allí estaba una vieja fotografía.
La tomó.
Era de aquella fiesta.
Sandra aparecía sonriendo.
Daniel pasó el dedo suavemente por la fotografía.
Y murmuró:
—Nunca debí dejarte ir.
AL DÍA SIGUIENTESandra estaba sentada con Alicia en el campus.
—Tengo algo raro que contarte —dijo Sandra.
Alicia levantó la mirada.
—¿Más raro que David?
Sandra sonrió.
—Sí.
—Entonces quiero escucharlo.
Sandra miró hacia el campus.
—Hace dos años conocí a un chico en una fiesta.
Alicia sonrió.
—¿Un chico?
—Sí.
—¿Y?
—Bailamos.
—¿Y te gustó?
Sandra bajó la mirada.
—Un poquito.
Alicia sonrió.
—¿Y nunca volviste a verlo?
—No.
—¿Cómo era?
Sandra intentó recordar.
—No sé… tranquilo.
—¿Guapo?
Sandra sonrió.
—Sí.
—¿Y crees que podría ser Daniel?
Sandra negó lentamente.
—No sé.
En ese momento, una voz apareció detrás de ellas.
—¿Qué podría ser yo?
Sandra se giró.
Era Daniel.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Sandra lo miró.
Daniel la miró a ella.
Y algo en su expresión cambió.
Como si ambos acabaran de reconocer algo que habían olvidado.
Daniel sonrió.
—Hola, Sandra.
Ella apenas pudo responder.
—Hola…
Alicia miró a Sandra.
Después miró a Daniel.
Y finalmente comprendió.
Sandra no había reconocido a David porque había pasado demasiado tiempo.
Pero Daniel…
Daniel sí era imposible de olvidar.
Y Sandra acababa de darse cuenta de algo.
El chico de aquella noche…
había sido él.
A unos metros de distancia, David observaba a los dos.
Y por primera vez desde que había vuelto a verla…
no estaba sonriendo.
FIN DEL CAPÍTULO 1CONTINUARÁ…








