Sádico BL⚠️🔞

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Summary

⚠️🔞🖤En el glamoroso e implacable mundo de la alta costura, Jax gobierna como un director creativo frío, perfeccionista y de una crueldad psicológica letal. Para él, el control absoluto es su única ley. Sin embargo, su imperio de cristal se tambalea con la llegada de Aki, un enigmático modelo atrapado en un vacío existencial crónico. Aki no busca el éxito convencional, sino un depredador brillante que sea capaz de romper su armadura de hielo. Así comienza un peligroso juego de sumisión, adicción y dolor refinado donde las líneas del poder se borran en la oscuridad de la carne.🖤🔞⚠️

Genre
Lgbtq
Author
Skay P.
Status
1mo ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Aki

El sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en la habitación a oscuras. Era un ritmo constante, pesado y violento. Un patrón que, para cualquiera, representaría el clímax de la pasión absoluta.

Para Aki, sin embargo, solo era ruido de fondo.

Los brazos de Aki estaban inmovilizados detrás de su espalda. Las esposas forradas con felpa barata, se ajustaban a sus muñecas con cada tirón. Su cuerpo estaba presionado contra las sábanas, cediendo ante el peso y el empuje de Ken. Sentía el dolor agudo en sus hombros por la postura forzada. Sentía el ardor en su piel. Pero, por dentro, Aki estaba completamente frío.

—Aki... Dios, eres perfecto —gimió Ken cerca de su oído, con la respiración entrecortada y el cuerpo empapado de sudor.

Ken incrementó la fuerza del impacto. Sus manos apretaron las caderas de Aki con tanta intensidad que era seguro que dejarían marcas moradas al día siguiente. Ken saboreaba el momento. Tenía los ojos desorbitados por el placer, la boca entreabierta y el control total de la situación. O al menos, eso es lo que él creía. Ken se sentía un dios dominante en esa cama. Disfrutaba de la sumisión del modelo, del sonido de los golpes y de la aparente vulnerabilidad de su pareja.

Aki apoyó la mejilla derecha contra la almohada. Su expresión era un lienzo en blanco. Neutra. Vacía.

Mientras Ken se ahogaba en su propio éxtasis, Aki miraba un punto fijo en la pared iluminada por la tenue luz de la calle que se filtraba por la ventana. En su mente, no había pasión. Había una lista de pendientes. Estaba pensando en la alarma que sonaría en unas horas. Estaba pensando en que el traje negro que usaría esa tarde ya estaba listo en el perchero. Estaba pensando en que la comida de la cafetería nueva cerca de la empresa tenía buenas reseñas.

Pensaba en cualquier cosa menos en el hombre que lo estaba tomando por la fuerza.

"Qué aburrido", pensó Aki.

Un leve suspiro escapó de sus labios. No era un suspiro de placer, sino de profundo hastío. Al principio, la agresividad de Ken le había parecido interesante. El dolor físico solía ser un buen distractor para el vacío que Aki llevaba en el pecho. Pero el dolor sin una mente brillante detrás se volvía monótono muy rápido. Ken era predecible. Su sadismo era básico, tosco, carente de elegancia. Ken golpeaba y empujaba solo porque podía, no porque entendiera la psicología de la dominación. Para Ken, esto era solo sexo rudo. Para Aki, esto era una pérdida de tiempo.

Aki necesitaba algo más. Necesitaba un dolor que no viniera solo de los golpes, sino de una mirada. Necesitaba que alguien destrozara su mente antes de tocar su cuerpo. Necesitaba un verdadero depredador, no un cachorro que intentaba morder con fuerza.

Ken dio un golpe especialmente fuerte, buscando arrancar un gemido de dolor de Aki. Pero lo único que obtuvo fue el silencio. Ken se detuvo un segundo, jadeando, frustrado por la falta de reacción.

—¿Aki? Mírame. Dime que te duele —pidió Ken, con la voz ronca, buscando desesperadamente la validación de su poder.

Esa pregunta fue el detonante. La chispa de paciencia que le quedaba a Aki se apagó por completo. El nivel de adrenalina en su sangre estaba en cero. El juego había terminado.

Con un movimiento fluido y calculadamente frío, Aki dejó de ser el cuerpo inerte sobre la cama. Apoyó las rodillas con firmeza, usó la fuerza de su torso y se giró, obligando a Ken a retroceder por el cambio abrupto de peso. Las esposas tintinearon.

—Sácame esto —dijo Aki. Su voz no tenía rastro de agitación. Era tan plana y calmada que resultaba irreal después de la violencia física de los últimos minutos.

Ken parpadeó, desconcertado. Se quedó congelado a medio camino, con el torso desnudo y el deseo aún latiendo en sus venas.

—¿Qué? —tartamudeó Ken—. Aki, estamos a mitad de esto. Ya casi voy a...

—Dije que me lo saques, Ken —repitió Aki, mirándolo fijamente a los ojos.

La mirada de Aki no tenía miedo, ni sumisión, ni enojo. Era una mirada de absoluta indiferencia. Y eso era mucho más aterrador que cualquier grito.

Ken, intimidado por la repentina frialdad del chico que se supone que estaba bajo su control, tragó saliva. Buscó la llave pequeña en la mesa de noche con manos temblorosas. Insertó la llave en las esposas y liberó las muñecas de Aki. En cuanto el metal se abrió, Aki se frotó la piel enrojecida sin mostrar una sola mueca de dolor.

Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda a Ken.

—Aki, ¿qué demonios te pasa? —reclamó Ken, la frustración transformándose rápidamente en ira—. No puedes cortar las cosas así. Estábamos bien. Te gusta que sea duro contigo, siempre lo has dicho. ¡Te estaba dando lo que querías!

Aki se puso de pie, completamente desnudo, mostrando las marcas rojas en su espalda y caderas. Caminó hacia el baño con una elegancia natural, ignorando las palabras de Ken como si fueran el zumbido de un mosquito. Se lavó la cara con agua fría, mirándose en el espejo. Su piel estaba pálida, sus ojos oscuros devoraban la luz. No había rastro del encuentro íntimo en sus facciones. Solo la determinación de un hombre que sabía que merecía algo superior.

Salió del baño y comenzó a vestirse. Tomó su ropa interior, sus pantalones y una camisa blanca de seda. Se abotonó la prenda con calma, una por una, manteniendo los dedos firmes.

Ken se incorporó en la cama, cubriéndose la pelvis con la sábana gris. Estaba rojo de la rabia y de la humillación. El orgasmo interrumpido le causaba un dolor físico, pero su ego estaba sufriendo mucho más.

—¡Háblame! —exigió Ken, alzando la voz—. Te di todo lo que me pediste. Te dominé, te lastimé... ¿Y ahora te vistes como si nada hubiera pasado? Eres un maldito enfermo, Aki. Nadie va a soportar tus caprichos.

Aki se agachó para abrocharse los zapatos. Luego, tomó su abrigo negro del perchero y se lo colocó sobre los hombros. Recogió su teléfono celular de la mesa de noche y revisó la hora. Las seis de la mañana. Perfecto. Tendría tiempo de desayunar con calma.

Finalmente, Aki miró a Ken. Fue una mirada rápida, casi de lástima.

—Ya no es suficiente, Ken —dijo Aki con suavidad, con una tranquilidad que cortaba como el hielo—. Tu dolor es predecible. Es aburrido. Ya no me hace sentir nada.

—¿Qué estás diciendo? —Ken abrió los ojos de par en par, herido en su orgullo—. ¡Yo te controlo en esa cama!

Aki esbozó una sonrisa diminuta, fría y burlona. Una sonrisa que dejaba claro quién había tenido el control real todo este tiempo.

—Nunca me controlaste. Solo te dejé jugar a que lo hacías. Pero el juego ya me aburrió.

Aki caminó hacia la puerta de la habitación. Tomó las llaves de su propio departamento y su bolso de mano.

—Es mi primer día de trabajo en la nueva firma —añadió Aki, deteniéndose justo en el umbral—. Tengo que irme. No me busques más.

—¡Aki! ¡No te atrevas a dejarme así! ¡Aki! —gritó Ken, saltando de la cama e intentando cubrirse con la sábana para correr tras él.

Pero fue demasiado tarde.

Aki salió del departamento y cerró la puerta principal con un portazo limpio, seco y rotundo. El sonido reverberó en el pasillo silencioso del edificio. Dejó a Ken desnudo, frustrado y con la palabra en la boca, atrapado en una habitación llena de un deseo que no tendría dónde descargar.

Al salir a la calle, el aire de la mañana golpeó el rostro de Aki. El cielo tenía un tono gris azulado, justo antes del amanecer. La ciudad apenas comenzaba a despertar. Aki caminó hacia la estación de metro con el paso firme. Aunque su cuerpo sentía las secuelas físicas del trato de Ken, su mente estaba completamente despejada. Sentía un vacío inmenso en el pecho, una necesidad imperiosa de adrenalina que no había sido saciada. Era un hambre oscura que devoraba sus pensamientos.

"Tiene que haber alguien" se dijo a sí mismo mientras subía al vagón del tren. "Alguien que realmente sepa cómo destruirme".

Horas más tarde, el sol ya brillaba con fuerza sobre los cristales del imponente edificio de la corporación de moda más importante de la ciudad. Aki entró por las puertas giratorias vistiendo su mejor traje. El ambiente olía a perfume caro, café matutino y ambición. Las modelos caminaban de un lado a otro, los diseñadores discutían en los pasillos y los asistentes corrían con carpetas llenas de bocetos.

Aki almorzó solo en un pequeño restaurante exclusivo a pocas calles del edificio. Comió con elegancia, mirando su reloj. Su cita con el director creativo principal estaba programada para justo después del almuerzo. Había escuchado rumores sobre ese hombre. Decían que era un genio, pero también un monstruo. Un hombre implacable que cambiaba de modelos como de ropa y que no dudaba en destrozar la confianza de cualquiera con una sola frase.

Al regresar a la empresa, Aki subió en el ascensor privado hasta el último piso. El piso de las oficinas ejecutivas. Las paredes eran de mármol negro y las luces de neón blanco daban una atmósfera futurista y fría. El asistente en la recepción le indicó que pasara directamente a la oficina del fondo.

Aki caminó hacia la gran puerta de madera oscura. Su corazón, por primera vez en el día, latió un poco más rápido. No era miedo. Era anticipación.

Abrió la puerta y entró.

La oficina era espaciosa, con un ventanal enorme que mostraba toda la ciudad. Detrás del escritorio de cristal negro, de espaldas a la entrada, se encontraba un hombre de hombros anchos, vistiendo un traje gris hecho a la medida. El hombre no se giró de inmediato al escuchar la puerta. Se tomó su tiempo, manteniendo el control del espacio.

Cuando finalmente giró la silla, Aki se quedó sin aliento por un milisegundo.

Era Jax.

Su rostro era de una simetría perfecta, con facciones duras, ojos oscuros y profundos que parecían capaces de leer los secretos más ocultos de cualquiera, y una boca de líneas finas que no mostraba rastro de calidez. Su aura era imponente, pesada y cargada de una dominación natural que llenaba toda la habitación. Jax no necesitaba esposas ni gritos para someter a alguien; su mera presencia ya exigía obediencia.

Jax miró a Aki de arriba abajo, deteniéndose deliberadamente en los botones de su camisa. Fue una mirada fría, analítica, despectiva. Una mirada que hizo que la piel de Aki se erizara por completo, despertando un escalofrío de excitación física que Ken jamás había logrado provocar en meses de relación.

—Así que tú eres el nuevo —dijo Jax. Su voz era un barítono profundo, lento y cargado de un peligro implícito—. Llegas dos minutos tarde. Espero que tu talento compense tu falta de disciplina, porque en mi firma, la mediocridad se paga muy caro.

Aki sintió que el vacío en su pecho comenzaba a llenarse de una adrenalina violenta. Sus ojos se encontraron con los de Jax. El juego acababa de empezar.

🖤💥Ya mucho amor, estaba matando a mi corazón. ¿Qué les pareció el primer capítulo? Dejen sus reacciones y nos vemos pronto. 💥🖤

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