Capítulo 1
Capítulo 1
Las Cenizas de Oakhaven
El viento del norte bajaba por la ladera con el aliento helado de las cumbres de Talamhra, trayendo consigo el aroma a pino húmedo y el crujido constante de las hojas secas. Para Wolfgang, ese sonido era un lenguaje antiguo, una melodía que conocía desde niño y que solía hablarle de paz, de caza y del curso natural de las estaciones.
Esa noche, sin embargo, el bosque susurraba advertencias.
Wolfgang se detuvo al borde del risco, apoyando una mano sobre el tronco rugoso de un roble ancestral. Su figura, alta y sobria, parecía tallada en la misma piedra de los montes. Vestía túnicas de lino grueso cubiertas por un jubón de cuero endurecido, y del hombro le colgaba una capa de lana oscura sujetada por un broche de bronce con la forma de tres espirales entrelazadas. Sobre su espalda descansaba un mandoble de acero templado, de empuñadura gastada por el uso y marcas de runas celtas grabadas a lo largo de la sangradera.
A sus pies, en el fondo del valle, la aldea de Oakhaven debería haber sido una estampa de tranquilidad. A esa hora, el humo de las chimeneas solía elevarse en delgadas columnas hacia el cielo nocturno, y el mugido lejano del ganado marcaba el final de la jornada.
Pero no había humo. Tampoco luces en las ventanas. Solamente un silencio denso, pesado, que se pegaba al aire como la niebla.
-Algo quebró el equilibrio -murmuró Wolfgang para sí mismo.
Apretó el agarre sobre el pomo de su espada y comenzó el descenso por la pendiente pronunciada. Sus pasos eran ágiles y silenciosos, entrenados en el arte del rastreo. Conforme se acercaba a las primeras cabañas de madera y piedra, un olor acre comenzó a impregnar la brisa: no era el aroma de la madera quemada por un incendio común, sino una peste metálica, rancia, similar a la sangre seca y a las hierbas amargas consumidas por el fuego.
Al llegar a la plaza central de la aldea, la escena confirmó sus peores sospechas.
Las puertas de las casas estaban abiertas de par en par, colgadas de sus bisagras. En el centro del poblado, la gran piedra del pozo comunitario estaba cubierta por un hollín espeso y verdoso que parecía haber brotado desde la propia tierra. No había cadáveres ni rastro de una batalla encarnizada; las herramientas de trabajo, las carretas y los enseres diarios permanecían tirados en el suelo, como si los aldeanos hubieran abandonado todo en cuestión de segundos.
Wolfgang se arrodilló junto al brocal del pozo. Pasó los dedos enguantados por la superficie de la piedra y sintió una punzada de frío punzante que le recorrió el brazo. La piedra no estaba helada por la noche: estaba muerta. La fuerza vital que solía fluir por los manantiales subterráneos de Talamhra había sido cortada de golpe.
-¿Quién andaba buscando la veta? -la voz resonó desde el umbral de la forja local.
Wolfgang se puso en pie de un solo movimiento, desenfundando el mandoble con un silbido de acero.
De entre las sombras de la forja no salió un guerrero, sino un anciano. O lo que quedaba de él. El maestre Herrero de Oakhaven, un hombre al que Wolfgang recordaba de hombros anchos y mirada franca, avanzaba con pasos torpes y rígidos. Sus ropas estaban desgarradas y sus ojos... sus ojos carecían de iris y pupila. Eran pozos de un negro absoluto, surcados por pequeñas venas violetas que palpitaban bajo la piel de su cara.
-Se los llevaron a todos -dijo el herrero. Su tono no tenía inflexión, ni dolor, ni miedo; era una voz hueca, dictada por una voluntad ajena-. Las minas del norte necesitan manos. La tierra debe entregar su corazón.
-Maestre Breogán... -pronunció Wolfgang, manteniendo la distancia y bajando ligeramente la punta del espada, reconociendo al hombre pero sintiendo el horror de la corrupción que lo habitaba-. ¿Qué les han hecho?
-Nos han liberado de la duda -respondió el herrero, dando un paso al frente y levantando un pesado martillo de forja con una facilidad sobrenatural-. El pacto de la sangre antigua se ha roto. Talamhra pertenece ahora a los verdaderos señores.
El viejo se lanzó hacia adelante con una velocidad inhumana, descargando el martillo con un golpe que habría partido una roca. Wolfgang esquivó la embestida hacia un lado, sintiendo el silbido del aire desplazar su capa. No quería matar a un hombre de su propia gente, pero al mirar el rostro del herrero comprendió la amarga verdad: la magia prohibida no había cautivado su mente, había destruido su alma. El hombre que conocía ya no estaba allí.
Cuando el herrero giró para dar un segundo golpe, la espada de Wolfgang trazó un arco preciso en el aire. El acero de Talamhra, grabado con la protección de los antiguos clanes, cortó la sombra.
El cuerpo del herrero cayó sobre la hierba. No brotó sangre roja de su herida, sino una neblina oscura que se disipó en el aire helado con un siseo angustioso.
Wolfgang se quedó de pie en medio de la plaza vacía, con la espada aún en la mano y el pecho agitado. Miró hacia las montañas del norte, donde los picos se recortaban contra las estrellas como colmillos oscuros. La secta ya no era un rumor ni una leyenda de los ancianos; era una peste que se extendía por el corazón de Talamhra, devorando a su gente y saqueando sus entrañas.
Limpió la hoja de su espada en el dobladillo de su capa, la enfundó con decisión y ajustó los correajes de su broche celta.
La batalla por la tierra de Talamhra acababa de comenzar, y él no descansaría hasta arrancar la red de sombras desde su raíz.








