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La tierra no quería morir sola

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Summary

Argentina, Capital Federal. En una realidad distópica, en una ciudad tomada por las pandemias y las tragedias climáticas, Agatha Moirano descubre que es una bruja (a lo Harry Potter, pero un poco más adulta y bastante más lesbiana) y que en sus manos descansa la última esperanza para salvar al mundo. Con la ayuda de Eres, una diosa con problemas de actitud, y Elisa, su novia mortal, Agatha deberá resolver los enigmas que Hécate sembró en la ciudad para lograr despertarla y revertir el final anunciado. Desde sumergirse en las entrañas de la línea A para encontrar santuarios perdidos, negociar con elefantes en el ecoparque o charlar con fantasmas en el cementerio de la Recoleta, Agatha deberá vivir las situaciones más extrañas, que pondrán a prueba su capacidad, sus nuevos poderes y su amor propio. ¿Podrá una joven bruja salvar al mundo y resolver el enigma de la diosa? ¿Sus nuevos poderes serán suficientes para revertir los daños que la humanidad provocó con su egoísmo? “No solo creía en la causa también creía en nosotras, en nuestra capacidad de conseguir parar todo y lograr que el mundo girara sobre su eje. Que ilusa.”

Status
18d ago
Chapters
10
Rating
4.0 (1 review)
Age Rating
13+

Capítulo 1: El vaso de agua que no pude tomar


Mis problemas para dormir comenzaron en la tercera pandemia. De un día para el otro me encontré atrapada en un complicado triángulo amoroso, tironeada entre la indiferencia arrogante del sueño y la pasión abrumadora del insomnio. Pasaba la noche en manos del segundo, que se escapaba por la ventana al llegar el amanecer, justo cuando la somnolencia volvía de quien sabe dónde para mantenerme atada a la cama.


Las luces de los relámpagos se colaban por las persianas abiertas, otorgándole un brillo espectral a lo cotidiano. El mundo entero parecía dormir con más éxito que el mío, sumergido bajo el manto de Morfeo, mientras yo rumiaba la vigilia con la cabeza apoyada en el dosel de la cama.


Desde la ventana de mi casa—también conocida como departamento, dos ambientes o unidad funcional—, podía ver el desfile estático de edificios grises que solían observarme con seriedad. Todos lucían dignos y un poco tristes; lisos, aburridos. Los balcones presentaban los mismos abalorios que el noventa por ciento de los balcones de la ciudad: juego de sillas económicas, mesa pequeña, parrilla diminuta. Sus tamaños eran diferentes, pero todos terminaban en el mismo límite, permitiendo así la existencia de las veredas. Supongo que debía ser una disposición municipal, que de no existir habilitaría a los constructores a ocupar ese espacio con otro “encantador monoambiente no apto mascotas”.


Justo frente a mi edificio había un delicioso oasis en medio de la uniformidad. Constaba de un pequeño agujero por el cual la vista se deslizaba sin obstáculos hasta una plaza lejana, de la que solo veía las copas de los árboles. Existía gracias a la resistencia de una de las últimas casas de la manzana, una maravilla de techos de tejas rojas y paredes amarillas.


Me gustaba mirar ese agujero durante el día, de forma abrupta, como si temiera que de un momento a otro dejara de existir. Imagino que eran mis instintos urbanos, afilados por años de vivir en nuestra ciudad, advirtiendo que tarde o temprano iba a ser engullida por algún emprendimiento inmobiliario.


Vivía lamentando cada casa que tiraban abajo, como si me estuvieran robando algo. Idea ridícula, porque no hubiera podido comprarme una casa en esa ni en ninguna otra zona. Mi destino era de piratas: girar por los puertos de diferentes edificios hasta que los vientos de un exorbitante aumento de contrato me volaran a otro lado. Romántico pensar que la necesidad se parece a los piratas, pero ellos también eran marginados, de alguna manera.


—Pero no sos marginada, Agatha.


—No, no lo soy. Pero me gusta quejarme.­


Hablaba conmigo. Mucho. Durante años creí que era normal, que todo el mundo tenía conversaciones internas con distintos personajes, que se respondían y se contradecían con voces propias.


No es algo psiquiátrico, ni alucinaciones sonoras. Era algo así como darse cuenta de que, a veces, los pensamientos de uno no representan los valores que queremos para nosotros, por lo que se procede a detenerlos como se detiene algún murmullo de la abuela radical criticando al gobierno peronista de turno.


Mi psicólogo fue quien me enseñó eso. Cómo debatir conmigo misma, poner a prueba mis certezas y diseccionar mis motivos. Al finalizar la terapia podría decirse que el ochenta por ciento de mis conflictos no eran míos, sino prestados: eran frases de otros, opiniones de gente querida pero muy equivocada, creencias de algún pariente lejano que vi dos veces en mi vida. Todo eso se había ido enredando en mi cabeza como una selva espesa, pudriendo mis propias ideas como brotes verdes sin sol.

Terminé aprendiendo a podar aquello que no me representaba y levanté una bonita cerca mental con un cartel imaginario que decía: “Privado. No entrar sin mi permiso.”


El reflejo de un relámpago en el techo volvió a captar mi cansada mirada. El viento golpeaba las persianas y la lluvia arañaba el vidrio.


Las tormentas de entonces eran terribles. Podían caer dos gotas y, de repente, nevaba. Se levantaba viento y en menos de un segundo estabas tratando de poner un colchón en la ventana para que tus cosas no salieran volando. La televisión avisaba de esto, casi siempre con tiempo, y a esa altura la ciudad estaba lo suficientemente organizada como para no contabilizar demasiadas pérdidas. El grado de adaptación que tenemos a lo malo es tan increíble como la resistencia que ponemos para revertirlo a tiempo.


A mi lado, mi gata dormía en la misma posición en la que la había acomodado: de costado, tapada hasta el cuello con mi bata violeta de animal print, totalmente inconsciente de los ruidosos pensamientos que me acosaban en ese instante. Es que los gatos no entienden de insomnio. Ellos fueron, son y serán reyes, y los reyes no le rinden cuentas a nadie.


Recuerdo que fantaseaba con levantarme e ir a buscar un vaso de agua. Me gustaba imaginarme como esas mujeres que caminan por la casa de noche, en bata de tul y expresión perturbada, como si protagonizaran un drama existencial.

Pero también llovía y hacía frío, hay que decirlo, de modo que la escena se veía arruinada por el peso del realismo.


Volví a girar en la cama, suponiendo que el insomnio se iría espantado ante mi agilidad, cuando mis ojos se posaron en mi altar. No era de los que huelen a flores de iglesia ni están llenos de vírgenes solitarias. El mío tenía piedras, cartas de tarot, libros de brujería y una caja de madera con un gato dibujado. Ocupaba apenas una repisa blanca, porque eso era todo lo que el pequeño departamento me permitía.


Otro giro. Mi gata se quejó, pero apenas se movió. Era negra y tuerta. Hermosa como solo los seres sin belleza hegemónica saben serlo. Es muy raro cómo los seres humanos no nos hemos contentado con establecer parámetros de belleza ridículos entre nosotros, sino que también se los pusimos a los animales y a las cosas en general. Si se quiere ser bello, todo tiene que parecerse a algo que fue considerado bello antes. ¡Aburridos! ¡Qué poco margen para la creatividad genética!


Me picaban los tobillos y traté de rascarlos entre ellos. Colette terminó por fastidiarse y clavó su único ojo en mí, un faro amarillo en medio de las penumbras del dormitorio. Fernando, el gato que era amigo de mi novia pero que para ese entonces ya era mi amigo, dormía del otro lado y no estaba al tanto de los conflictos bélicos que luchábamos en esta parte del cuarto.


Agarré el celular para ver la hora, rendida ante ese impulso masoquista de quien quiere confirmar que ya no tiene sentido dormir. Pero no, tan solo eran las 3:33. Justo ese horario horrible que no es ni muy tarde ni muy temprano, una especie de purgatorio temporal.


Mi novia se movió a mi lado. La luz la ofendió, pero más lo hizo mi irrespetuoso arremeter contra su sueño.


—Amor, ¿qué pasa? —preguntó, aguda en su intención, directa como solo ella sabía serlo cuando notaba que estaba siendo infantilmente desconsiderada.


—Nada, no puedo dormir. Pero vos dormí—respondí, escapando de su abrazo bienintencionado que sin duda pretendía inmovilizarme.


Me miró confundida, solo por unos segundos, y volvió a apoyar su cabeza en la almohada. En tan solo un instante descansaba otra vez, angelada, y yo suspiraba mirando la piel blanca y suave que cubría su espalda. Me acerqué, la besé, y parte de su olor llegó directo a mi alma, como si, luego de esos diez años juntas, mi cerebro hubiera fundado un sector donde solo vivían las neuronas encargadas de reaccionar a todo lo que tuviera que ver con ella, con Elisa.


Después de deleitarme con este instante caprichoso, me levanté de la cama, decidida a tomar el bendito vaso de agua. Habría podido disfrutar de la escena de la mujer que camina perturbada de madrugada, pero la gata no lo permitió. Se levantó conmigo para musicalizar el viaje con sus suaves maullidos de felina dormida.


Sabía que Elisa no iba a despertar ni tampoco su gato: ambos compartían la habilidad de dormir con la capacidad de inmersión de un buzo militar. De modo que no me preocupé por silenciar a mi oscura compañera, que finalmente decidió subirse al sillón mientras la humana seguía su camino.


La cocina estaba en penumbras, iluminada apenas por el resplandor que llegaba desde la calle mojada. Las gotas ya no golpeaban con la furia de antes, sino que caían espaciadas, como si fueran las rezagadas de una batalla que ya había terminado.


La realidad es que dejé de sentirme poética y romántica en muy poco tiempo y, en su lugar, comencé a sentirme ansiosa. Es algo que me pasaba desde siempre, eso de vibrar en la misma frecuencia que la oscuridad, sintiendo ciertas pulsaciones propias de ella que aspiraban a volverse una conmigo. Una vez intenté explicárselo a alguien, una amiga del colegio primario de esas que la vida pone ahí de casualidad, y le dije que se sentía como cuando una mira hacia el vacío desde un lugar muy alto y siente ganas de saltar. Todavía recuerdo sus ojos de miedo y su sonrisa nerviosa, sus trenzas perfectas y sus ganas de correr de mi lado.


Supongo que fueron esos momentos los que me hicieron entender que no soy como los demás, pero que tampoco soy tan diferente como para no guardarme esos comentarios para mí misma.


Volví al dormitorio con pasos rápidos. Colette ya me esperaba en el pasillo, como si sintiera la urgencia de lo que estaba por suceder. Seguí sus huellas, pero al llegar al cuarto me detuve.

Una sensación se abría paso desde el esternón, empujando hacia arriba, obligándome a mirar hacia la oscuridad. Sentí el impulso absurdo de no prender la luz, como si hacerlo pudiera romper un delicado equilibrio entre el mundo real y algo más profundo.

Pero no. Esta vez no me dejé llevar. Estiré la mano y encendí el interruptor.


Sí, puede que ya se están dando cuenta solos. Se está acercando el momento que todos esperamos. El cambio. La novedad.


Solía imaginar que los instantes importantes de la vida transcurrían a una velocidad menor que los actos cotidianos, pero eso no fue lo que me sucedió a mí. Las cosas no se volvieron lentas, sino que se detuvieron del todo. Las bombillas parpadearon dos veces antes de estabilizarse, y en ese breve titilar, la vi. Estaba parada junto a la ventana, inmóvil.


Recuerdo que su aparición no me dio miedo alguno sino todo lo contrario. Que cada célula de mi cuerpo experimentó una tranquilidad similar a la que aparece cuando el avión aterriza sano y salvo, cuando sale el sol el día del recital de música más esperado de tu vida, cuando cerras la puerta de tu casa y avisas al grupo de WhatsApp que llegaste sana y salva.


No sé cuánto tiempo la miré. No sé si respiré.


Solo supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.




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