Capitul: un nuevo despertar
Elara tenía dieciséis años y vivía con su abuela, Rosa.
No tenía muchos recuerdos de sus padres. Su madre estaba en prisión y, desde que era pequeña, había sido su abuela quien se había encargado de ella. Para Elara, Rosa no era solamente su abuela. Era su hogar.
La señora Rosa tenía cincuenta y dos años y una imaginación enorme.
Todas las noches, cuando Elara era más pequeña, solía contarle historias sobre lugares que no aparecían en ningún mapa.
Reinos escondidos entre montañas.
Bosques donde las plantas brillaban durante la noche.
Criaturas capaces de hablar.
Y otros mundos que existían más allá del cielo.
—¿De verdad crees que existen? —le preguntaba Elara.
Rosa sonreía.
—Quizá algún día los encuentres.
Elara nunca había creído realmente en esas historias.
Pero le encantaba escucharlas.
Con el paso de los años, aquellas historias se convirtieron en uno de sus recuerdos favoritos.
Una tarde, antes de que Elara saliera hacia la escuela, Rosa la llamó.
—Elara.
La chica se acercó.
Su abuela sacó una pequeña cadena de entre sus cosas. En ella había un cristal azul, transparente y alargado.
—Quiero que tengas esto.
Elara lo observó con curiosidad.
—¿Es tuyo?
—Lo ha sido durante mucho tiempo.
—¿Y por qué me lo das?
Rosa tomó suavemente el collar y se lo colocó.
—Porque quiero que lo conserves.
Elara acarició el cristal.
—¿Tiene algún significado?
Su abuela sonrió.
—Algún día lo entenderás.
Elara puso los ojos en blanco.
—Siempre dices cosas misteriosas.
Rosa soltó una pequeña risa.
—Y tú siempre haces demasiadas preguntas.
---
Aquel día, Elara regresó de clases completamente agotada.
Caminaba con la mochila sobre un hombro mientras pensaba únicamente en llegar a casa y descansar.
Fue entonces cuando lo vio.
Un gato blanco estaba sentado junto a la vereda.
Tenía un pelaje increíblemente limpio y unos ojos azules que destacaban incluso desde lejos.
Elara se detuvo.
—¿Y tú de dónde saliste?
El gato la observó.
No huyó.
Elara se agachó y extendió lentamente una mano.
El animal se acercó y dejó que lo acariciara.
—Eres bastante confiado.
El gato ronroneó.
Elara sonrió.
Sacó un poco de comida de su lonchera y se la dejó frente a él.
—Toma. Pero no te acostumbres.
El gato comenzó a comer.
—Nos vemos.
Elara se levantó y continuó caminando.
No volvió la cabeza.
Por eso nunca vio que, después de terminar de comer, el gato levantó la mirada y comenzó a seguirla.
---
Cuando Elara llegó a su casa, algo no estaba bien.
Había una ambulancia estacionada frente a la vivienda.
La chica se quedó inmóvil.
—¿Abuela?
Corrió hacia la entrada.
Un adulto se acercó rápidamente para detenerla.
—¿Eres Elara?
—Sí. ¿Qué pasó?
La persona dudó antes de responder.
—Tu abuela sufrió una caída.
Elara sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Está bien?
—La llevaron al hospital.
—¿Está consciente?
La respuesta tardó demasiado.
—No.
Elara sintió que las piernas le temblaban.
Rosa había sufrido una caída muy fuerte y había quedado en coma.
La noticia cayó sobre ella como una tormenta.
Durante los días siguientes, Elara apenas podía pensar en otra cosa.
Pero había otro problema.
No tenía a nadie más.
Debido a su situación familiar, las autoridades habían determinado que, mientras su abuela permaneciera hospitalizada, Elara tendría que quedarse en un orfanato.
Ella se negó.
No quería abandonar su casa.
No quería abandonar las cosas de Rosa.
Y, sobre todo, no quería aceptar que por primera vez estaba completamente sola.
Aquella noche regresó a casa.
Sin decir una palabra, caminó hasta la habitación de su abuela.
Todo seguía exactamente como Rosa lo había dejado.
Elara se sentó sobre la cama.
Miró alrededor.
Los libros.
Las fotografías.
Las pequeñas decoraciones.
Y el recuerdo de todas aquellas historias.
—Dijiste que siempre estarías aquí...
Su voz se quebró.
Elara se acostó y se cubrió completamente con las sábanas.
No quería pensar.
No quería hablar.
Solo quería dormir.
Y finalmente, se quedó dormida.
---
En algún momento de la madrugada, una pequeña sombra apareció frente a la ventana.
El gato blanco entró silenciosamente en la habitación.
Miró a Elara.
Después saltó sobre la cama.
Se acomodó junto a ella y cerró los ojos.
Elara no despertó.
Durante horas, ambos permanecieron completamente quietos.
Hasta que algo cayó sobre el rostro de la chica.
Una gota.
Después otra.
Elara frunció el ceño.
—¿Está lloviendo...?
Abrió los ojos.
Se incorporó lentamente.
Y se quedó inmóvil.
No había techo.
No había paredes.
No estaba en la habitación de su abuela.
Frente a ella se extendía un bosque.
Pero no era un bosque normal.
Los árboles eran enormes y sus hojas tenían tonos verdes, azules y violetas.
Pequeñas luces flotaban entre las ramas.
Las flores brillaban como diminutas estrellas.
Había plantas que se movían suavemente aunque no soplaba viento.
A lo lejos, unas criaturas de colores desconocidos corrían entre la vegetación.
Y sobre todo aquel paisaje brillaba un sol cálido.
Elara parpadeó varias veces.
—¿Qué...?
Miró a su alrededor.
No había casas.
No había calles.
No había edificios.
Solo aquel bosque imposible.
Elara bajó lentamente de la cama.
Esperó.
Quizá estaba soñando.
Se pellizcó el brazo.
—Auch.
No era un sueño.
Entonces escuchó un pequeño sonido a su lado.
—Miau.
Elara se giró.
El gato blanco estaba allí.
Dormido tranquilamente sobre la hierba, como si aquel lugar fuera completamente normal.
Elara lo miró fijamente.
—Tú...
El gato abrió un ojo.
Elara señaló el bosque.
—¿Dónde demonios estamos?
El gato volvió a cerrar los ojos.
Elara lo observó en silencio.
—No me digas que tú sabes algo.
El gato movió lentamente la cola.
Y, por primera vez, Elara tuvo la extraña sensación de que aquella criatura la había llevado hasta allí por una razón.
Frente a ella, el bosque parecía no tener fin.
Y, sin saberlo todavía, acababa de dar el primer paso hacia el Reino del Otro Lado.

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