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El linaje de sombras

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Summary

Después de huir de la Villa Real, Sorin y Seraphina intentan sobrevivir en un mundo que no les ofrece refugio. El norte es frío, salvaje... pero no tan peligroso como lo que llevan dentro: una magia heredada, un vínculo imposible y un destino que se niega a dejarlos en paz. Mientras avanzan entre bosques, montañas y ciudades donde cada rostro podría ser un enemigo, ambos descubren que escapar no significa ser libres. Porque hay fuerzas antiguas moviendo piezas desde las sombras. Y el precio de la salvación podría ser más alto de lo que Sorin jamás imaginó. En este segundo libro, el amor se vuelve juramento, la sangre se vuelve condena... y la oscuridad empieza a reclamar lo que cree suyo. SECUELA DE "La maldición Dorada" y segundo libro/novela de la "Saga de Oro y Sangre".

Status
Complete
Chapters
25
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n/a
Age Rating
18+

Cap. Uno

El silencio entre nosotros pesaba más que la armadura de un caballero muerto.

Llevábamos dos días acampando en los límites del Bosque Oscuro, ocultos entre la espesura de los árboles negros que parecían absorber la luz de la luna. Dos días de viaje forzado hacia el sur. Dos días de fingir que no nos conocíamos, que no compartíamos sangre, que no nos habíamos amado hasta desgarrarnos el alma.

La fogata chisporroteaba débilmente en el centro, una llama mezquina que apenas calentaba el aire helado de la noche.

Al otro lado del fuego, Umbrael, mi Shadowstalker, se removió inquieto. El enorme lobo negro soltó un gruñido bajo, rasposo, y paseó en círculos, incapaz de echarse. Sus ojos amarillos brillantes iban de mí a Seraphina, captando la tensión eléctrica en el aire, esa incomodidad pegajosa que se nos había pegado a la piel como brea.

A su lado, Eryndor bufó. El wyvern blanco sacudió sus alas membranosas, levantando polvo, y golpeó el suelo con la cola.

Ni siquiera las bestias soportaban estar con nosotros.

Aparté la vista de Umbrael y miré a Seraphina.

Estaba sentada sobre un tronco caído, intentando arreglar un desgarrón en la manga de su vestido con dedos torpes. Llevaba el pelo rubio platinado sucio de tierra y ceniza. Tenía ojeras marcadas bajo esos ojos verdes esmeralda y un corte curando en la mejilla. Estaba agotada, hambrienta y herida.

Y, maldita sea, seguía pareciendo una maldita princesa.

— No va a funcionar — Solté.

Mi voz sonó demasiado fuerte en el silencio del bosque, rompiendo la calma tensa.

Seraphina levantó la vista de su vestido. Me miró con recelo, esa nueva expresión defensiva que usaba cada vez que yo abría la boca.

— ¿Qué cosa? — Preguntó, seca.

— Tú — Dije, señalándola con la barbilla. — Mírate.

Ella frunció el ceño y se miró las manos sucias, luego el vestido andrajoso.

— Estoy cubierta de barro, Sorin. Huelo a humo y a wyvern. Llevo la misma ropa rota desde hace semanas. — Me sostuvo la mirada, desafiante. — ¿Qué más quieres?

— No es la ropa — Repliqué, poniéndome de pie. La frustración me hizo caminar de un lado a otro. — Es... todo lo demás.

Me detuve y la señalé de nuevo.

— Es cómo te sientas. La espalda recta, como si tuvieras una vara de hierro en la columna. Es cómo mueves las manos. Es cómo levantas la barbilla cuando te hablo. — Pasé una mano por mi pelo castaño, revuelto y sucio, sintiendo la desesperación. — Apestas a realeza, Seraphina. Incluso cubierta de mierda, pareces una reina en el exilio.

Ella bajó la barbilla un poco, ofendida, pero sabía que yo tenía razón.

El plan era una locura: Infiltrarnos en el castillo. Yo podía pasar desapercibido; al fin y al cabo, para el mundo seguía siendo Sorin, el bastardo de la sirvienta, el chico de los establos que desapareció. Nadie sospecharía de mí si volvía con la cabeza baja y una historia triste.

Pero ella...

Ella era la Princesa Seraphina. La hija de Valerius. La joya del reino. Si alguien veía esos ojos verdes o esa postura altiva, estábamos muertos antes de cruzar las murallas.

— ¿Y qué sugieres? — Preguntó ella, con la voz tensa. — ¿Que me arrastre por el suelo?

— Sugiero que dejes de ser tú — Dije, acercándome un poco, aunque mi cuerpo se resistía a romper la distancia de seguridad que me había autoimpuesto. — Tienes que parecer una sirvienta. Una nadie. Tienes que verte... pobre.

La miré críticamente.

Su piel blanca brillaba a la luz del fuego, impoluta a pesar de la suciedad superficial. Su cabello platinado, aunque enredado, reflejaba la luna como plata líquida.

— Ese pelo... — Murmuré, negando con la cabeza. — Es demasiado brillante. Demasiado llamativo.

Seraphina se llevó una mano instintivamente a su cabello, protegiéndolo.

— ¿Quieres cortarlo?

— No — Dije rápido. Demasiado rápido. La idea de cortar su cabello me dolió más de lo que debería. — Pero tenemos que ocultarlo. Y tu cara...

Me agaché junto al fuego y tomé un puñado de ceniza fría y tierra negra.

Me acerqué a ella.

Seraphina se tensó. Umbrael dejó de pasear y Eryndor levantó la cabeza, observándome con sus ojos rojos fijos en mis manos.

Me detuve a un paso de ella. Mi corazón, traicionero y estúpido, aceleró su ritmo al estar tan cerca. Podía olerla, a pesar del humo. Olía a lluvia y a miedo.

— Tengo que hacerlo — Dije, con voz ronca, mostrándole mis manos manchadas de negro. — Si entras así, te colgarán en la plaza. Tienes que verte miserable.

Ella me miró a los ojos. Azul contra verde. Hermano contra hermana.

Asintió lentamente, cerrando los ojos, ofreciéndome su rostro como un sacrificio.

— Hazlo — Susurró.

Mis dedos rozaron su piel.

Fue apenas un contacto, la yema de mi pulgar manchada de ceniza contra la suavidad imposible de su mejilla, pero sentí una descarga eléctrica recorrerme el brazo hasta el hombro.

Me detuve, con la respiración contenida. Mi mano tembló, traicionando la frialdad que intentaba proyectar.

Seraphina no se movió. Mantuvo los ojos cerrados, las pestañas rubias temblando ligeramente contra sus pómulos, aceptando mi tacto como quien acepta una sentencia.

Apreté los dientes y obligué a mi mano a moverse. No era una caricia. No podía serlo. Era un borrado.

Deslicé la ceniza fría y gris sobre su piel de porcelana. Empecé por la frente, bajando por las sienes, ensuciando esa perfección que la delataba a kilómetros. Manchó sus pómulos altos, esos que gritaban nobleza, y bajé hasta la mandíbula, cubriendo la blancura lechosa con la mugre del bosque.

Ella soltó un suspiro tembloroso cuando toqué su cuello.

Mi pulgar se detuvo en su pulso.Tum-tum-tum.Rápido. Asustado. Vivo.

Sentí una punzada de deseo tan violenta que tuve que cerrar los ojos un segundo. Quería limpiar la mancha. Quería besar ese punto exacto donde latía su vida. Pero la realidad de nuestra sangre compartida me golpeó como un balde de agua helada.

Hermana, me recordé con crueldad.Estás tocando a tu hermana.

Abrí los ojos y endurecí el gesto.

— No es suficiente — Murmuré, con voz ronca, apartando la mano bruscamente como si me hubiera quemado.

Tomé más tierra húmeda del suelo, mezclándola con la ceniza hasta formar un barro oscuro.

— Tu pelo — Dije.

Seraphina abrió los ojos. Esos orbes verdes brillaron con una tristeza líquida al ver mis manos llenas de lodo.

— Hazlo — Repitió, apenas un susurro.

Hundí mis dedos en su cabello. Ese cabello que tantas veces había acariciado, que brillaba como la luz de las estrellas, ahora se sentía suave y frágil entre mis manos sucias. Lo estrujé sin piedad. Froté el barro desde la raíz hasta las puntas, apagando el brillo platinado, convirtiendo la seda en estopa, el oro en paja sucia y enmarañada.

Ella se mantuvo quieta, rígida como una muñeca rota, mientras yo destruía su belleza con una eficiencia metódica.

Cuando terminé, di un paso atrás para evaluar mi obra.

Ya no parecía una princesa de cuento. Parecía una sobreviviente. Una chica del pueblo que había pasado demasiadas noches a la intemperie. Su cara estaba manchada, su pelo era un nido de ratas oscuro y opaco, y su vestido rasgado completaba la imagen de miseria.

Pero había un problema.

— Los ojos — Dije, señalándolos. — Esos ojos verdes... son demasiado intensos. Demasiado... Valerius. O de la Reina. No sé de quién los sacaste, pero son un faro.

Ella parpadeó, bajando la mirada al suelo.

— No puedo cambiar mis ojos, Sorin.

— No — Admití, acercándome de nuevo, invadiendo su espacio personal para enseñarle la lección más importante. — Pero puedes esconderlos.

Le puse dos dedos bajo la barbilla y, en lugar de levantarle la cara como solía hacer para besarla, se la empujé hacia abajo con brusquedad.

— Baja la cabeza — Ordené. — Siempre.

Ella frunció el ceño, intentando levantar la vista por instinto.

— No — La corregí, volviendo a bajarle la barbilla. — Los sirvientes no miran a los ojos, Seraphina. Los sirvientes miran al suelo. Miran las botas de sus amos. Si levantas la vista, verán el desafío. Verán el orgullo. Y entonces verán el color.

Me incliné hacia su oído, susurrando con dureza.

— Tienes que encorvarte. Tienes que hacerte pequeña. Tienes que convencerlos de que no vales nada, de que eres invisible. Como yo.

Me aparté, mirándola con frialdad.

— ¿Crees que puedes hacerlo? ¿Crees que la Princesa Seraphina puede dejar de ser el centro del universo por unos días?

Ella se quedó callada, mirando sus botas sucias. Lentamente, muy lentamente, sus hombros se hundieron. Su espalda, siempre recta como una flecha, se curvó hacia adelante en una postura de sumisión derrotada. Dejó caer los brazos a los costados, inertes.

Cuando volvió a hablar, su voz sonó diferente. Pequeña. Apagada.

— Sí — Dijo, sin levantar la vista del barro. — Puedo ser invisible.

Umbrael soltó un aullido bajo a la distancia, un sonido lúgubre que resonó en el bosque.

La miré, transformada en una sombra de sí misma, cubierta de la suciedad que yo le había puesto, y sentí que algo se rompía dentro de mí. Había logrado lo que quería. La había disfrazado. Estaba segura.

Pero al verla así, tan rota y humillada por mi propia mano, me odié más que nunca.

— Bien — Dije, dándome la vuelta hacia la oscuridad del bosque para que no viera el dolor en mi cara. — Entonces estamos listos. Mañana entramos al infierno.

— ¿Y qué haremos con ellos? — Preguntó Seraphina, rompiendo el silencio una última vez, mirando a las dos bestias que nos observaban con inquietud.

Eryndor empujó suavemente el hombro de ella con su hocico escamoso, manchando la poca piel limpia que le quedaba. Umbrael, a mi lado, soltó un bufido y rasguñó la tierra, sintiendo nuestra tensión.

— Se quedan aquí — Sentencié, mirando hacia la espesura negra del Bosque Oscuro. — Nadie en su sano juicio entra en este bosque. Las leyendas de monstruos y fantasmas mantienen a los aldeanos y a los soldados lejos.

Acaricié la cabeza de Umbrael. El pelaje negro del Shadowstalker se sentía frío, como tocar la noche misma. Él pertenecía a este lugar. Eryndor, siendo blanco, destacaba más, pero un wyvern de ese tamaño sabía cuidarse solo.

— Tienen que quedarse ocultos — Les ordené, usando ese tono de voz que vibraba con la magia de mi sangre, esa autoridad que no pedía, sino que obligaba. — Cacen. Protéjanse. Pero no se acerquen al castillo a menos que los llamemos.

Las bestias bajaron la cabeza en señal de sumisión. Entendían.

Seraphina asintió lentamente, sin despedirse de Eryndor con el cariño habitual. Simplemente se alejó, aceptando otra pérdida más en la larga lista de cosas que dejábamos atrás.

Preparamos el campamento para dormir. O lo que fuera que hiciéramos ahora.

Ella tomó sus pieles y se fue al extremo opuesto de la fogata. Se ovilló contra las raíces de un árbol viejo, dándome la espalda, poniendo tanta distancia física entre nosotros como el pequeño claro permitía.

Yo me quedé en mi sitio, con la espada desenvainada sobre las piernas, y me recosté contra la tierra dura.

El fuego se consumía lentamente, proyectando sombras largas que danzaban sobre su cuerpo encogido.

Cerré los ojos, intentando forzar el sueño, pero mi mente era un campo de batalla.

El miedo me arañaba el estómago. Miedo a que el disfraz no fuera suficiente. Sí, la había cubierto de barro. Sí, le había obligado a encorvarse. Pero... ¿cómo ocultas el sol con un dedo? Seraphina tenía una presencia, una luz interna que la suciedad no podía apagar. Si alguien miraba dos veces... si alguien notaba la forma en que sus manos se movían o el tono de su voz... estábamos acabados.

Tenía que confiar en ella. Tenía que confiar en que su instinto de supervivencia fuera más fuerte que su crianza real.

Confía en tu hermana,me dijo una voz insidiosa en mi cabeza.

Mis ojos se abrieron de golpe, clavados en la oscuridad de las copas de los árboles.

Hermana.

La palabra me supo a bilis en la boca.

Me giré sobre mi costado, mirando su silueta inmóvil a través de las llamas moribundas.

Hace solo unos días, esa silueta era mi mundo. Hace unos días, yo habría cruzado ese fuego para abrazarla, para besarla, para hundirme en ella. Y ahora... pensar en esos besos me revolvía el estómago.

Sentí una arcada física, un asco profundo y visceral que me hizo apretar los dientes hasta que me dolieron.

Es tu sangre. Es la hija de tu padre.

Cada recuerdo de intimidad, cada caricia compartida, ahora se sentía como una mancha, como un crimen contra la naturaleza. Me sentía sucio. La había corrompido sin saberlo.

Hermanos.

— Buaj... — Solté un suspiro que sonó más a náusea que a cansancio.

Me pasé la mano por la cara, tratando de borrar las imágenes de mi mente. No podía seguir pensando en ella como mujer. Tenía que matarlo. Tenía que verla como lo que era: mi familia. Mi responsabilidad. Mi sangre.

Pero mientras la veía temblar ligeramente bajo las pieles por el frío de la noche, una parte traicionera de mi corazón, esa parte que no entendía de linajes ni de leyes, seguía latiendo por ella con la misma fuerza estúpida de siempre.

Y eso era lo que más asco me daba.

Mañana entraríamos al castillo. Mañana enfrentaría a Valerius. Pero esta noche, mi peor enemigo era yo mismo.

El sol amenazaba con salir, pintando el cielo de un gris pálido que anunciaba el peligro. Era la hora.

Me levanté en silencio, con el cuerpo rígido por el frío y la tensión. Miré hacia el otro lado de las cenizas frías donde Seraphina dormía, hecha un ovillo. Mi instinto, traicionero como siempre, quiso acercarse. Quiso sacudirla suavemente por el hombro, susurrarle que era hora de irnos.

Pero me detuve.

No podía tocarla. No debía.

— ¡Seraphina! — Grité desde mi sitio, con la voz ronca.

Ella se despertó de un salto, con los ojos desorbitados, buscando una amenaza, buscando a sus torturadores. Cuando su mirada se encontró con la mía, el pánico se desvaneció, reemplazado instantáneamente por esa máscara de hielo que ahora usaba como escudo.

Se puso de pie sin decir una palabra, sacudiéndose las hojas secas de la capa sucia.

— Es hora — Dije, ajustándome el cinturón de la espada, aunque la había ocultado bajo una capa vieja y raída que robé antes de huir. — Recuerda lo que te dije.

Me acerqué un paso, invadiendo su espacio solo lo necesario para que me escuchara bien.

— No mires a nadie a los ojos — Repetí, severo. — La barbilla abajo. Hombros caídos. Y si alguien nos detiene, por lo que más quieras, no hables. Déjame hablar a mí. Tu acento... tu forma de hablar te delataría en un segundo.

Seraphina soltó un suspiro exasperado, rodando los ojos con impaciencia.

— No soy idiota, Sorin — Espetó, ajustándose la capucha sobre el cabello enmarañado. — Sé cómo sobrevivir. Lo he estado haciendo toda mi vida en esa torre.

— No quise decir que fueras... — Empecé a defenderme, pero ella ya se había dado la vuelta y había empezado a caminar hacia el linde del bosque.

Apreté la mandíbula y la seguí.

Caminamos en silencio hasta que los árboles se abrieron y la inmensa silueta del castillo se alzó frente a nosotros, negra contra el amanecer. Las murallas de piedra gris parecían colmillos gigantes listos para devorarnos.

Conocía el camino. Había recorrido estos muros mil veces cuando me escabullía de mis tareas en los establos.

Le hice una seña con la mano y ella me siguió, manteniéndose cerca de mi sombra. Rodeamos la muralla exterior hasta encontrar una sección donde la hiedra había crecido lo suficiente para ocultar una pequeña puerta de servicio, usada antiguamente por los jardineros y olvidada por los guardias.

Forcé la cerradura oxidada con mi daga. Elclicsonó como un disparo en el silencio.

Empujé la puerta y entramos.

El olor a rosas y tierra húmeda nos golpeó de inmediato. Estábamos en los Jardines Reales.

El lugar era un laberinto de setos perfectamente recortados y estatuas de mármol que parecían fantasmas en la penumbra.

Avancé rápido, pegado a los setos, pero me detuve al sentir que Seraphina se quedaba atrás.

Me giré.

Ella estaba paralizada en medio del sendero de grava. Miraba hacia las torres altas del castillo, hacia las ventanas oscuras donde su familia dormía. Su familia, que la había roto.

Vi el terror en su postura. Vi la tristeza infinita en la forma en que sus manos apretaban la tela sucia de su vestido. Estaba recordando. Cada golpe. Cada insulto. Cada día de soledad.

Mi corazón se encogió. Quise ir hacia ella. Quise decirle:“No estás sola, estoy aquí”.

Pero entonces, escuché voces.

Risas bajas. El sonido metálico de herramientas chocando.

— ¡Jardineros! — Susurré, tenso.

Miré hacia adelante. Dos figuras venían por el sendero principal, cargando rastrillos.

Seraphina me miró, pálida bajo la suciedad.

— Camina — Le ordené en un susurro urgente, obligándome a no correr hacia ella. — No corras. Si corres, eres culpable. Camina rápido, como si llegaras tarde al trabajo.

Ella tragó saliva, bajó la cabeza hasta que su barbilla tocó su pecho, y empezó a moverse.

Nos cruzamos con los jardineros a unos metros. El corazón me latía en la garganta como un tambor de guerra.

— Buenos días — Murmuró uno de ellos, sin siquiera levantar la vista de su herramienta.

— Días — Respondí yo, con un gruñido bajo, sin detenerme.

Pasamos.

No nos miraron. Para ellos, solo éramos dos sombras más, dos sirvientes miserables apresurándose para no ser castigados por el mayordomo.

Solté el aire que había estado conteniendo.

Guié a Seraphina a través del laberinto vegetal, mis pies recordando cada atajo, cada sombra. Llegamos a la parte trasera del castillo, donde la piedra era más vieja y estaba manchada de hollín.

Ahí estaba. La entrada del sótano.

Una puerta de madera pesada y reforzada con hierro, que conducía a las cocinas, a las despensas y a los cuartos de los sirvientes. El mundo de abajo.Mimundo.

Me detuve frente a la puerta y miré a Seraphina. Ella estaba temblando ligeramente, pero mantenía la cabeza baja, cumpliendo su papel a la perfección.

— Bienvenida a casa. — Pensé con amargura, mientras empujaba la puerta hacia la oscuridad que olía a pan rancio y lejía.

El aire cambió en cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas.

Ya no olía a rosas ni a lluvia. Olía a humedad rancia, a guiso de cebolla quemada y a sudor de demasiada gente viviendo en muy poco espacio.

El corredor era estrecho, de piedra desnuda y mal cortada, iluminado apenas por antorchas que escupían humo negro contra el techo bajo.

Caminé rápido, con la cabeza gacha, esperando que mi capa raída y mi aspecto de vagabundo fueran suficientes para que nadie me reconociera. Había pasado meses fuera. Estaba más delgado, más curtido, con barba de varios días. Para ellos, Sorin el chico de los establos había desaparecido o muerto.

Sentí a Seraphina pegada a mi espalda, casi pisándome los talones. Podía escuchar su respiración entrecortada.

Para ella, esto debía ser como descender a otro mundo. Ella, que había vivido entre tapices de seda y ventanales inmensos, ahora caminaba por las tripas sucias del castillo que su padre gobernaba.

— Izquierda — Murmuré, guiándola hacia un pasillo aún más oscuro que llevaba a las áreas de servicio de los establos.

Pasamos por delante de la lavandería. El vapor caliente y el olor a jabón fuerte nos golpearon. Vi a dos mujeres frotando sábanas con los brazos rojos hasta los codos. Ni nos miraron.

Seguimos bajando.

Finalmente, llegamos a un recodo al final del pasillo, justo antes de la salida trasera que daba a los corrales de los cerdos.

Me detuve frente a un hueco en la pared. No se le podía llamar habitación. Era un nicho, apenas separado del pasillo por una cortina de arpillera apolillada que yo mismo había colgado años atrás.

Aparté la tela áspera con un manotazo.

— Aquí — Dije, seco.

Seraphina se asomó.

El espacio era minúsculo. Apenas cabía un camastro de paja vieja cubierto con una manta gris que las ratas probablemente ya habían reclamado. Había un taburete cojo y un pequeño estante donde todavía quedaba un trozo de vela derretida y un peine de madera roto.

Las paredes rezumaban humedad. El suelo era de tierra apisonada.

Me quedé mirando el lugar.

Ahí había pasado diecinueve años de mi vida. Ahí había soñado con ser caballero. Ahí había llorado de rabia cuando los guardias me golpeaban por diversion. Ahí había curado mis heridas en silencio para que mi madre no se preocupara.

Y ahora sabía que, mientras yo dormía en esa paja húmeda, mi “padre” dormía en sábanas de hilo a cincuenta metros sobre mi cabeza.

La bilis me subió a la garganta.

Sentí la mirada de Seraphina clavada en mí, y luego en el camastro miserable.

— ¿Aquí? — Preguntó en un susurro, y su voz tembló. No había asco en su tono, solo una incredulidad dolorosa.

— Es lo que hay — Respondí, defensivo, cruzándome de brazos para crear una barrera entre mi vergüenza y su lástima. — No es la Torre de la Princesa, alteza. Pero aquí nadie entra. Nadie busca nada aquí porque no hay nada que robar.

Pateé el taburete para acomodarlo.

— Es seguro — Añadí, más para convencerme a mí mismo que a ella. — Por ahora.

Seraphina dio un paso dentro del nicho. Su vestido sucio rozó las paredes de piedra. Parecía una flor exótica y marchita tirada en un basurero.

Se giró lentamente, abarcando con la mirada mi pequeña prisión de infancia. Sus ojos verdes se llenaron de agua, y por un segundo, temí que fuera a llorar o a pedir perdón por los lujos que ella había tenido mientras yo me pudría aquí.

Apreté los puños.No lo digas. No te atrevas a compadecerte de mí.

— Dormiremos por turnos — Dije bruscamente, cortando cualquier intento de conversación emocional. — Tú toma el camastro. Yo vigilaré la entrada.

Me senté en el suelo, en el umbral, dándole la espalda y sacando mi daga para empezar a limpiar mis uñas, fingiendo que no me importaba que ella estuviera viendo la miseria de mi pasado. Fingiendo que no me dolía que ella estuviera ahí, en el lugar donde nací para ser nadie.

— ¿Y bien? — Preguntó ella, rompiendo el silencio con impaciencia, mirando las paredes húmedas como si fueran barrotes. — ¿Qué sigue, Sorin? ¿Cuál es el plan maestro?

Me pasé una mano por la cara, sintiendo el raspón de mi propia barba y el peso del cansancio.

— Aún no lo sé — Adimití, porque era la verdad. — Estoy pensando. Necesitamos saber dónde está el Rey, si hay guardias extra en sus aposentos, si...

Seraphina soltó un bufido sonoro y rodó los ojos con tal fuerza que pareció que le dolía.

— Increíble — Masculló, cruzándose de brazos con ese gesto altivo que el barro no podía ocultar. — Para esto, mejor hubiera venido sola. Al menos no tendría que esperar a que se te ocurra algo mientras nos pudrimos aquí.

La sangre me hirvió. Me giré hacia ella, olvidando por un segundo la cautela.

— ¿Sola? — Repetí, bajando la voz a un siseo peligroso. — Sin mí ni siquiera hubieras pasado las murallas, Seraphina. Te buscan por todos lados. Hay carteles con tu cara en cada puesto de guardia. Te habrían atrapado antes de que pudieras dar tres pasos en el jardín.

Ella dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, con los ojos verdes brillando de furia.

— No vinimos aquí para recordar tu triste pasado, Sorin — Escupió, señalando el camastro miserable. — No vinimos a hacer un tour por tu infancia. Vinimos por respuestas. Y cada segundo que pasamos escondidos en este agujero es un segundo que perdemos.

La agarré del brazo. Fue un movimiento instintivo, brusco, para acercarla y obligarla a bajar la voz, porque sus susurros estaban empezando a sonar a gritos en el pequeño espacio.

La pegué contra la pared de piedra, quedando a centímetros de su cara.

— Escúchame bien — Le gruñí, sintiendo su respiración acelerada contra mi pecho. — Esto no es el bosque. No estamos jugando a las aventuras. No podemos actuar a lo loco. Esto es el castillo. Aquí, un error no significa que escapamos corriendo; significa que nos cortan la cabeza.

Apreté los dientes, frustrado por su inconsciencia.

— Esas “aventuras tontas” que vivimos afuera no son nada comparado con lo que nos harán si nos encuentran aquí dentro — Terminé, soltándola con brusquedad.

Seraphina se frotó el brazo donde la había agarrado, mirándome con una ira fría y letal.

— Lo sé — Siseó, sin retroceder ni un milímetro. — Lo sé muy bien, Sorin. Sé lo que es el dolor en este castillo mejor que tú. Y por eso mismo... no tenemos tiempo para “acampar” en estos lugares esperando a que te sientas seguro.

Abrí la boca para contestarle. La palabra “niña mimada” estaba en la punta de mi lengua, lista para salir como un dardo envenenado. Quería gritarle que dejara de actuar como la princesa que ya no era y empezara a usar la cabeza.

Pero la palabra murió en mi garganta.

— ¡Eh, tú!

La voz sonó justo detrás de la cortina de arpillera.

Me congelé. Mi corazón se detuvo un latido completo y luego arrancó a galope, golpeando mis costillas como un martillo.

Conocía esa voz.

Era grave, rasposa por años de gritar órdenes y tragar polvo de los establos. Era la voz que había gobernado mis pesadillas y mis días durante diecinueve años.

El Capataz.

Seraphina abrió los ojos con pánico, quedándose inmóvil contra la pared.

La cortina se movió. Una mano callosa y sucia apartó la tela con violencia.

— ¿Quién anda ahí? — Gruñó la voz, y la luz de una antorcha se coló en el nicho, iluminando nuestras caras sucias y aterrorizadas. — Escuché murmullos. Este agujero debería estar vacío desde que el inútil de Sorin desapareció.

La luz me dio de lleno en la cara.

Entrecerré los ojos, cegado, pero pude distinguir la silueta corpulenta del hombre en la entrada.

Hubo un silencio de muerte. Un segundo eterno donde el polvo flotaba en el haz de luz.

Y entonces, el Capataz soltó un jadeo de incredulidad.

— ¿Sorin? — Preguntó, y su tono osciló entre la sorpresa y la amenaza. — ¿Eres tú, desgraciado?

El instinto fue inmediato, visceral.

Al escuchar ese tono, mis hombros se encogieron automáticamente. La arrogancia del guerrero que había matado bestias y sobrevivido a la magia oscura se esfumó, reemplazada por el miedo antiguo del niño de establo.

Bajé la cabeza, clavando la vista en sus botas sucias de estiércol.

— Perdón, Capataz — Balbuceé, dejando que el temblor en mi voz fuera real. — Lo siento mucho. Debí... debí haber avisado. Fue una estupidez irme así, lo sé, no debí desaparecer, pero...

El Capataz levantó una mano, callándome de golpe.

— ¡Cierra la boca! — Ladró. — Me importan una mierda tus excusas baratas, Sorin. Siempre fuiste un cobarde y un inútil, y veo que sigues siéndolo.

Dio un paso dentro del nicho, obligándonos a retroceder hasta chocar con la pared húmeda. El olor a alcohol barato y sudor rancio llenó el pequeño espacio.

— Las cosas han cambiado desde que te largaste con el rabo entre las piernas — Gruñó, escupiéndome las palabras. — El castillo es un maldito infierno ahora. El Rey... — Hizo un gesto vago hacia arriba — ...está que echa espuma por la boca desde que la Princesita se largó.

Sentí a Seraphina tensarse a mi lado ante la mención de sí misma, pero no se movió.

— Nos tienen vigilados día y noche — Continuó el Capataz, con amargura. — Se acabaron los descansos. Se acabó la poca libertad que teníamos. Si un guardia te ve respirar mal, te mandan al calabozo.

Me miró con desprecio.

— Fue una pésima idea volver, muchacho. Pero ahora que estás aquí... — Sonrió enseñando unos dientes podridos — ...no te vas a librar tan fácil. Me debes meses de trabajo. Vas a limpiar mierda hasta que se te caigan las manos. ¡Empiezas ahora mis...!

Se detuvo.

Sus ojos pequeños y oscuros se desviaron de mí y se clavaron en la figura encogida a mi lado. En ese espacio tan pequeño, era imposible no verla.

El Capataz entrecerró los ojos, recorriendo a Seraphina de arriba abajo con una curiosidad lenta.

— ¿Y esta quién es? — Preguntó, y su tono cambió. Se volvió más... interesado.

Vi cómo Seraphina abría la boca para contestar, probablemente con algún insulto mordaz que nos costaría la vida, pero el Capataz soltó una risa ronca antes de que ella pudiera hablar.

— Vaya, vaya... — Dijo, dándome un codazo brutal en las costillas. — ¿Te escapaste por una mujer, Sorin? ¿Es eso? ¿Te fuiste a revolcar con una amante y ahora vuelves con la cola entre las patas?

Vi el destello de furia en los ojos verdes de Seraphina bajo la capa de mugre. Iba a explotar. Iba a gritarle que cómo se atrevía a insinuar que ella era la amante de un sirviente.

Me adelanté, poniéndome medio paso frente a ella, cortándole el paso.

— ¡No! — Dije rápido, levantando las manos. — No, Capataz, claro que no. Ella... ella nunca podría ser mi amante.

Tragué saliva. La mentira me quemaba la lengua, pero era necesaria.

— Es mi prima — Solté.

La palabra salió torpe.

— Prima hermana — Aclaré, para justificar la cercanía, evitando a toda costa la palabra “hermana” a secas. — Llegó a la Villa Real buscando trabajo, pero no tiene a nadie. Su familia murió. No tenía otro lugar a dónde llevarla.

El Capataz no pareció escuchar mi explicación dramática. Seguía mirando a Seraphina.

Dio un paso hacia ella, ignorándome, y extendió una mano sucia para levantarle la barbilla, tal como yo lo había hecho antes, pero con una intención muy diferente.

Seraphina se quedó quieta, pero vi cómo sus puños se cerraban apretando la tela de su vestido hasta dejar los nudillos blancos.

— ¿Tu prima, eh? — Murmuró el Capataz, recorriendo su cuello con la mirada, deteniéndose en el escote modesto y sucio. — Pues no se parecen en nada.

Soltó una risita desagradable, húmeda.

— Ella es mucho más... hermosa — Dijo, relamiéndose los labios. — Un bocadillo mucho más apetecible que tú, eso seguro.

Una llamarada de fuego me subió por la espalda.

Celos. Puros, calientes y asesinos.

Quise sacar la daga que tenía oculta en la bota y cortarle esa mano sucia. Quise atravesarle la garganta por mirarla así, por atreverse a codiciar lo que era mío... lo quenoera mío.

Contrólate, me grité mentalmente, invocando el hielo de mi nueva realidad.Si lo matas, nos descubren. Si lo matas, fallas.

Apreté los dientes tan fuerte que creí que se romperían y forcé una sonrisa patética, de perro apaleado.

— Necesita trabajo, Capataz — Dije, interponiéndome de nuevo sutilmente, rompiendo su línea de visión. — No tenemos ni una moneda para pagar hospedaje en la villa. Si pudiera... si pudiera encontrarle algo aquí... en las cocinas, o lavando... lo que sea.

El hombre parpadeó, saliendo de su trance lujurioso, y me miró con fastidio por haber roto el momento.

— ¿Trabajo? — Gruñó. — Aquí no somos una maldita beneficencia, Sorin.

Abrí la boca para rogar, para ofrecer mis brazos para cargar piedras o limpiar letrinas con tal de que nos dejara en paz, pero la sonrisa del Capataz se ensanchó, volviéndose depredadora.

— Aunque... — Murmuró, acariciándose la barba rala mientras miraba a Seraphina como quien tasa una yegua. — Ahora que lo pienso... Uno de los Príncipes anda buscando entretenimiento nuevo.

El aire se congeló en mis pulmones.

— Su anterior... “juguete” se rompió hace unos días — Continuó el Capataz con indiferencia, encogiéndose de hombros. — Y está buscando carne fresca. Una concubina.

Sentí a Seraphina dejar de respirar a mi lado. Su terror era una vibración física que traspasaba mi propia piel.

¿Concubina? ¿De uno de sus propios hermanos?

La idea era tan monstruosa, tan repugnante, que la bilis me quemó la garganta. Si la entregaba a ellos... si uno de esos bastardos la tocaba...

— Ella — Dijo el Capataz, señalándola con un dedo sucio. — Una vez que le demos una buena lavadita y le quitemos esa mugre de encima... sería perfecta. Tiene buen cuerpo. Y esos ojos... al Príncipe le gustan los ojos claros.

El hombre se inclinó hacia mí, esperando una respuesta.

Tenía que negarme. Tenía que gritarle que no. Pero si me negaba, nos echaría. O peor, llamaría a los guardias para interrogarnos.

Tragué saliva. Sabía a ceniza y a traición.

— Haremos lo que sea — Dije. Mi voz salió estrangulada, muerta. — Necesitamos el dinero, Capataz. Si... si cree que ella sirve para eso... entonces que así sea.

Sentí la mirada de Seraphina clavarse en mi perfil como un puñal ardiendo. No me atreví a mirarla.

El Capataz soltó una carcajada satisfecha y le dio una palmada en el hombro, haciéndola estremecerse.

— Sabía que entrarías en razón, Sorin. El hambre hace milagros con la moral, ¿eh? — Se burló. — Le comentaré al Príncipe esta misma tarde. Pronto les daré una respuesta.

Se dio la vuelta, apartando la cortina de arpillera.

— Por lo pronto, que se quede aquí y no haga ruido. No tenemos más espacio. — Me señaló con el dedo. — Y tú, mueve el culo. Te quiero en las caballerizas en cinco minutos. Tienes mucha mierda que palear.

La cortina cayó, dejándonos de nuevo en la penumbra del nicho.

El silencio duró un segundo. Solo uno.

Me giré de inmediato hacia ella, con las manos levantadas para explicarme, para decirle que era una táctica, que jamás permitiría que...

¡PLAFF!

La cachetada resonó en el pequeño espacio como un latigazo.

Mi cabeza giró hacia un lado por la fuerza del impacto. Me llevé la mano a la mejilla, sintiendo el ardor instantáneo en la piel.

— ¡Seraphina! — Exclamé, girándome hacia ella.

Ella estaba temblando de pies a cabeza, con los ojos llenos de lágrimas de furia y asco.

— Eres un cerdo — Siseó, con la voz rota. — Sabía que te daba asco... sabía que ya no me querías... pero ¿venderme de esa forma? ¿A mis propios hermanos?

Dio un paso hacia mí, empujándome el pecho con ambas manos.

— ¿En serio eres de lo más bajo, Sorin? ¿Tan poco valgo para ti ahora que soy tu hermana? ¿Soy moneda de cambio?

La injusticia de sus palabras me encendió la sangre. ¿Cómo podía pensar eso? Después de todo lo que habíamos pasado, después de que casi muero por ella cien veces... ¿creía que la entregaría así?

La agarré por las muñecas para que dejara de golpearme.

— ¡Cállate! — Le grité, devolviéndole la furia. — ¡Obviamente no era en serio! ¡Piensa un poco, maldita sea!

La solté, retrocediendo para no volver a tocarla.

— ¡No soy el monstruo que tú crees! — Rugí, pasándome las manos por el pelo desesperado. — ¡Era él o los guardias! ¡Tenía que decirle que sí para que se largara! ¡Si le decía que no, habría sospechado! ¡Solo gané tiempo!

Ella se frotó las muñecas, mirándome con una mezcla de duda y odio puro. Su pecho subía y bajaba agitado.

— ¿Ganar tiempo para qué? — Preguntó, implacable, dando un paso hacia mí con los dientes apretados. — Si no me vas a vender... entonces dímelo.

Se plantó frente a mí, exigiendo una respuesta con esa mirada de reina que ni la mugre ni el miedo podían borrar.

— ¿Cuál es tu maldito plan, Sorin? Porque ahora mismo, parece que solo estamos esperando a que vengan a buscarme para llevarme a la cama de un Príncipe. Y mi hermano.

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