CAPÍTULO UNO
Había pasado exactamente una semana desde que vi las marcas negras extenderse por el vientre de mi esposa, y Roka ya me estaba volviendo loco.
Caminé por el callejón fangoso del Mercado de Cobre, esquivando a un par de mercenarios borrachos que se peleaban por un dado trucado. El aire aquí siempre olía a pescado podrido, especias baratas y sudor frío. Llevaba siete días recorriendo este pozo de ladrones, asesinos y hechiceros exiliados, buscando una sola maldita respuesta, un hilo del cual tirar.
Pero no había nada.
Me detuve frente a un charco turbio y me miré el reflejo por un segundo. El cansancio me había oscurecido las ojeras, haciendo que mis ojos azules se vieran más hundidos, más fríos bajo el desorden de mi cabello oscuro. No había dormido más de un par de horas seguidas desde que llegamos. Cada vez que cerraba los ojos, veía esas líneas rúnicas tatuadas en la piel blanca de Seraphina, marcando a nuestro hijo, reclamándolo en silencio.
Era un reloj de arena, y yo no sabía cuánta arena nos quedaba.
Me froté la cara con frustración y seguí caminando. Roka era supuestamente la ciudad donde todos los secretos del continente venían a morir. Si buscabas venenos indetectables o mapas de reinos caídos, este era el lugar. Sin embargo, cuando preguntaba por Mortain, lo único que recibía eran miradas en blanco o carcajadas roncas.
— ¿El Hechicero del Norte? — Me había dicho un traficante de reliquias esa misma mañana, escupiendo un trozo de tabaco a mis botas. — Eso es un mito, muchacho. Un cuento de nodrizas para que los niños se coman la sopa. “Cómetela o el Guardián de Hielo vendrá a congelarte el corazón”. Tonterías.
Nadie aquí comprendía lo que era el verdadero terror. Hablaban de Mortain como si fuera una leyenda antigua, un fantasma inventado por los reyes para justificar los inviernos crudos. Nadie entendía que ese “mito” era un monstruo de carne y hueso, un ser consumido por un odio tan antiguo que había olvidado cómo sentir otra cosa que no fuera resentimiento. Y mucho menos sabían que ese mito quería que yo fuera su sucesor.
Pateé una piedra contra la pared de adobe, sintiendo que la ira burbujeaba en mis venas, caliente y peligrosa. Si Roka no tenía las respuestas, tendría que obligar a la ciudad a dármelas a golpes, y me estaba quedando sin paciencia para ser diplomático.
Doblé la esquina y enfilé hacia el Distrito de Piedra, donde las calles se volvían un poco más limpias y los muros más altos. Regresaba con las manos vacías. Otra vez.
Al acercarme a nuestra callejuela sin salida, sentí la presencia de Umbrael antes de verlo. La temperatura bajó un par de grados cerca de la puerta de roble. Las sombras se espesaron y, de entre ellas, emergieron dos ojos amarillos y brillantes. El enorme lobo negro soltó un bufido bajo a modo de saludo, frotando su hocico masivo contra mi brazo cuando me acerqué para abrir la cerradura.
— Tampoco hubo suerte hoy, chico — Le murmuré, acariciando su pelaje de humo.
Entré al patio trasero y pasé el cerrojo. Allí, ocupando casi la mitad del espacio empedrado, estaba Eryndor. El wyvern blanco levantó su enorme cabeza triangular al escucharme. Sus escamas pálidas reflejaban la poca luz del atardecer, y sus ojos rojos me clavaron una mirada inquisitiva. Como no podía volar, Eryndor se había dedicado a cavar una especie de trinchera en la tierra del patio, convirtiéndola en su nido y fortaleza terrestre para vigilar la casa.
Le di un asentimiento seco a la bestia y entré a la casa.
La chimenea estaba encendida. El calor del fuego contrastaba con el frío que yo traía en los huesos.
Seraphina estaba sentada en el sillón viejo que habíamos cubierto con mantas limpias. Tenía un libro abierto en el regazo, pero no estaba leyendo. Su mirada verde esmeralda estaba perdida en las llamas, y una de sus manos descansaba, casi por instinto, sobre la curva de su vientre.
La luz del fuego arrancaba destellos casi platinados de su cabello rubio, y por un instante me quedé en el umbral, simplemente observándola. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, la reina sin corona por la que había masacrado a mi propio padre... y estaba aterrorizada. Trataba de ocultarlo por mí, para no sumarle peso a mi carga, pero yo lo sabía.
Ella giró la cabeza al escuchar mis pasos y forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.
— ¿Sorin? — Preguntó, cerrando el libro. — ¿Encontraste algo?
Me acerqué a ella a paso lento, sintiendo cómo el peso de la derrota me hundía los hombros. Me detuve frente al sillón y solté un suspiro áspero, negando con la cabeza.
— Nada — Admití, y la palabra me supo a ceniza en la boca. — He removido cada piedra de esta ciudad, Seraphina. He hablado con mercenarios, con contrabandistas de reliquias, con viejos brujos que se esconden en los callejones. Pero para ellos, Mortain es solo un mito. Un cuento para asustar a los niños antes de dormir. Nadie sabe nada real sobre él.
Me pasé las manos por la cara, frustrado, sintiendo el escozor en mis ojos cansados.
— Perdóname — Murmuré, con la voz quebrada por la impotencia. — Te prometí que encontraría algo, que encontraría una debilidad, pero... no sé por dónde más buscar.
Seraphina dejó el libro a un lado y se inclinó hacia adelante.
— Sorin, mírame — Pidió con suavidad.
Bajé las manos y me encontré con sus ojos verdes esmeralda. No había decepción en ellos, solo una comprensión profunda.
— No tienes por qué disculparte — Dijo, con un tono firme pero lleno de cariño. — Sé que estás haciendo todo lo humanamente posible. Los dos sabíamos que salir de nuestra jaula y enfrentarnos al Guardián de la magia no iba a ser fácil. Sabíamos que lidiar con Mortain era casi... imposible.
Me dejé caer de rodillas frente a ella. Mi cuerpo entero pedía una tregua, así que me incliné hacia adelante y recosté la cabeza en sus piernas. Mi rostro quedó justo a la altura de su vientre, a centímetros de donde sabía que se escondían esas malditas marcas negras. Sentí el calor que emanaba de su piel a través de la tela del vestido, un calor vivo que contrastaba con el frío recuerdo del Norte.
— No me voy a rendir — Susurré contra su regazo, cerrando los ojos. — Te lo juro por mi vida, Seraphina. Voy a encontrar la forma de arrancarle la cabeza.
Sentí sus manos, suaves y cálidas, posarse sobre mi cabeza. Sus dedos empezaron a acariciar mi cabello oscuro, desenredando los nudos con esa ternura que siempre lograba calmar mis demonios. Era un gesto tan simple, pero me anclaba a la realidad.
— Lo sé — Respondió ella, y su voz vibró con una fuerza que desmentía su aparente fragilidad. — Y yo tampoco me voy a rendir. No vamos a dejar que nos gane el miedo.
Se quedó en silencio por unos segundos, sin dejar de acariciarme el pelo. Podía sentir que su mente estaba trabajando a toda velocidad.
— Sorin — Me llamó, con un tono más analítico. — Creo que estamos buscando en el lugar equivocado. O de la forma equivocada. Tenemos que recordar sus palabras. Tienes que recordar exactamente lo que Mortain te dijo a ti en esa visión.
Fruncí el ceño contra la tela de su falda y abrí los ojos.
Mi mente viajó de inmediato a la torre de hielo. A ese vacío oscuro. A la sonrisa gélida de Mortain.
“Para ser el sucesor perfecto... tienes que perderlo todo”, resonó su voz en mi memoria.“Ese niño es una anomalía. Rompe el equilibrio. Y yo odio lo que no puedo controlar”.
Recordé cómo me miró, con esa mezcla de desprecio y posesión.“Perdí a mi familia. Perdí mi hogar. Perdí mi humanidad. Y tú harás lo mismo”.
— Recuerdo lo que dijo — Le contesté, levantando un poco la cabeza para mirarla, confundido. — Dijo que el bebé era un error en su equilibrio porque heredaría mi magia. Dijo que me necesitaba vacío para ser su sucesor. Me habló de cómo él lo había perdido todo.
Me encogí de hombros, sin ver la salida en ese laberinto.
— Pero, ¿qué tiene que ver eso con encontrar una forma de matarlo aquí en Roka?
Seraphina detuvo sus caricias. Sus ojos brillaron con una chispa de inteligencia afilada, procesando cada palabra que yo acababa de soltar.
— Todo — Dijo ella, con un tono que me obligó a prestarle toda mi atención. — Tiene que ver con todo, Sorin. Piénsalo bien. ¿Por qué un monstruo inmortal, el hechicero más temido de nuestra historia, te hablaría deperder a su familia?
Me quedé callado, asimilando la pregunta.
— Porque la tuvo — Continuó Seraphina, y su voz se llenó de una certeza absoluta. — Si perdió a su familia, significa que alguna vez tuvo una. Y si tuvo una familia, a alguien a quien amar y luego perder... significa que en algún momento fue un hombre normal. De carne y hueso. Humano.
Levanté la cabeza de sus piernas, sentándome sobre los talones para mirarla de frente. El cansancio parecía haberse evaporado, reemplazado por un latido acelerado en mi pecho.
— Estás diciendo que he estado buscando al monstruo equivocado — Murmuré, sintiendo que un velo se levantaba de mi mente.
— Exacto — Asintió ella, con vehemencia. — Has estado recorriendo Roka preguntando por “Mortain”, por el “Hechicero del Norte”, por la leyenda. Pero los mitos no sangran, Sorin. Los hombres sí. Tenemos que descubrir quién eraantesde convertirse en esa cosa de hielo. Qué lo rompió al nivel de volverse tan frío y cruel.
Seraphina se inclinó hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos.
— Y hay más — Añadió, frunciendo el ceño. — Piensa en sus títulos. Él es el “Guardián”. ¿Guardián de qué exactamente? ¿Quién le dio ese título o por qué se lo impuso? Y luego está lo del “sucesor”.
Sus ojos buscaron los míos, profundamente serios.
— Los reyes inmortales no necesitan príncipes, Sorin. Si está tan desesperado por tener un sucesor, por vaciarte para que ocupes su lugar... es porque no puede seguir siendo el Guardián por siempre. Sea lo que sea que protege o controla, lo está matando. O su tiempo se acaba. ¿Sucesor de qué? Necesitamos entender sus motivos reales, no solo su magia.
Me quedé sin aliento.
Era tan malditamente obvio, y yo había estado demasiado ciego por el miedo y la rabia para verlo. Mortain no actuaba por pura maldad caótica. Actuaba por dolor. Un dolor antiguo, enquistado, que se había convertido en su única razón de existir.
Si descubríamos la identidad de su familia, la identidad del hijo que perdió y la razón de esa pérdida, tendríamos en nuestras manos su punto débil. Su herida abierta.
Cubrí las manos de Seraphina con las mías y le dejé un beso suave en las palmas.
— Eres brillante — Le dije, sintiendo que por primera vez en una semana, podía respirar de verdad. — Tienes toda la razón. Roka no conoce al Guardián, pero la historia de este continente tiene que recordar la tragedia de un hombre que perdió todo.
Me puse de pie, sintiendo que la energía volvía a mis músculos. Ya no era una cacería a ciegas. Ahora teníamos un objetivo claro.
— Mañana no buscaré en el mercado negro ni en las tabernas de mercenarios — Declaré, mirando hacia la ventana donde la noche ya había caído por completo. — Mañana buscaré los archivos de las familias antiguas. Registros de guerras, de traiciones. Voy a desenterrar a los fantasmas de su pasado.
A la mañana siguiente, salí de casa antes de que el sol terminara de despuntar, con la mente más clara y un objetivo fijo.
Dejé las callejuelas sucias y subí hacia el Distrito de Ámbar, la única zona de Roka donde las calles estaban pavimentadas y las puertas no estaban podridas. Allí vivían los eruditos exiliados, los historiadores caídos en desgracia y los coleccionistas privados que atesoraban el pasado del continente.
Pensé que con el nuevo enfoque que me había dado Seraphina, sería cuestión de tiempo encontrar algo. Buscar el dolor de un hombre, una familia destruida, una tragedia antigua.
Pero subestimé a Mortain. Subestimé lo que significaban milenios de poder absoluto.
Mi primera parada fue la mansión de un coleccionista obsesionado con las genealogías nobles. Le pagué con la plata que me quedaba y me dejó encerrado en su archivo privado, una sala redonda forrada de pergaminos desde el suelo hasta el techo. Pasé horas tragando polvo, leyendo sobre casas reales extintas, guerras olvidadas y linajes masacrados.
Nada.
Cambié de lugar. Visité el Archivo de Cenizas, una biblioteca semisecreta donde los escribas herejes guardaban los libros que el Consejo de Hechiceros mandaba a quemar. Leí sobre la historia de la magia, sobre los primeros brujos, sobre la separación de los elementos.
Y entonces, empecé a notar el patrón.
No era que la información sobre Mortain o su familia no existiera. Era quehabía sido arrancada.
Encontré un tomo antiquísimo que detallaba la creación del título de “Guardián”, pero las tres páginas siguientes, donde debía estar el nombre del primer hechicero en portarlo, habían sido cortadas con un cuchillo tan afilado que apenas dejó rastro.
Encontré un árbol genealógico de las primeras familias del Norte, pintado en un tapiz raído. Había docenas de ramas, pero una de ellas, una línea entera que descendía desde el centro, estaba completamente carbonizada. Alguien había usado fuego mágico, preciso y controlado, para quemar solo esos nombres sin dañar el resto de la tela.
Mortain no era un estúpido.
Me dejé caer en una silla de madera frente a una mesa llena de libros inútiles, pasándome las manos por el cabello oscuro, tirando de las raíces con frustración.
Él sabía que la información era un arma. Durante siglos, mientras el mundo cambiaba de reyes y olvidaba su propia historia, Mortain se había dedicado a barrer la suya. Había recorrido el continente borrando su nombre humano, el rostro de su esposa, si es que tuvo, la tumba de su hijo, si siquiera existió. Había convertido su propio pasado en un agujero negro que devoraba cualquier pista.
— Maldito viejo — Siseé entre dientes, cerrando un tomo de golpe, levantando una nube de polvo antiguo.
Era perfecto. Demasiado perfecto. Había censurado la historia del mundo para proteger su debilidad.
Salí del Archivo de Cenizas cuando ya era de noche, con los ojos ardiendo por el esfuerzo de leer a la luz de las velas y las manos vacías. El viento frío de Roka me golpeó la cara, pero no logró enfriar mi mente.
Caminé de regreso a casa, sintiendo el peso de la derrota otra vez, pero algo había cambiado.
Me detuve en seco en medio de una calle vacía.
Mortain había borrado todo, sí. Pero al hacerlo, había cometido un error de arrogancia. No puedes borrar un siglo entero de historia sin dejar un cráter. Las páginas arrancadas, las líneas quemadas, los vacíos en los textos antiguos... no me decían quién era, pero me decíandóndehabía estado.
Me formaban una silueta. Un mapa de ausencias.
Si todos los libros que hablaban de la tragedia original apuntaban a un vacío geográfico específico o a una época concreta antes de que la historia se silenciara... tal vez no necesitaba leer un libro. Tal vez necesitaba ir a las ruinas que él había intentado borrar del mapa.
Me quedé inmóvil en medio de la calle desierta, con el viento nocturno levantando polvo a mi alrededor, sintiendo cómo esa idea empezaba a tomar forma en mi mente con una claridad casi violenta. No era solo un pensamiento desesperado; era una dirección. Mortain había pasado siglos asegurándose de que su nombre humano desapareciera de los textos, de que su tragedia se diluyera hasta convertirse en mito, pero los hombres, por muy poderosos que fueran, no podían borrar el suelo que habían pisado. Las guerras dejan cicatrices en la tierra. Las casas quemadas dejan cimientos. Las tumbas, aunque olvidadas, siguen enterradas bajo capas de abandono.
Y si su hijo había existido de verdad, si esa pérdida había sido lo que terminó de congelarlo por dentro, entonces ese niño había tenido un nombre, una cuna, quizá una tumba.
Y las tumbas son tercas.
No regresé a casa de inmediato. Cambié de dirección, dejando atrás el Distrito de Ámbar y descendiendo hacia una parte de Roka que no había visitado en días: el Barrio de las Cartografías Viejas. Era un sector pequeño, escondido entre talleres de relojeros y armeros finos, donde se vendían mapas antiguos, cartas náuticas de reinos hundidos y reproducciones de fronteras que ya no existían. Si alguien en esta ciudad conservaba trazos del mundo antes de que Mortain comenzara a borrarlo, sería allí.
El local que buscaba estaba iluminado por una lámpara de aceite que oscilaba con el viento, proyectando sombras irregulares sobre un letrero casi ilegible. Empujé la puerta sin anunciarme. El interior olía a pergamino húmedo y tinta vieja. Un hombre encorvado, con lentes gruesos apoyados en la punta de la nariz, levantó la vista desde un escritorio cubierto de mapas extendidos.
— Cerramos al anochecer — Gruñó sin demasiado interés.
Saqué una moneda de plata y la dejé girar sobre la mesa. El sonido fue suficiente para que cambiara de opinión.
— Busco mapas anteriores a la Unificación del Norte — Dije, sin rodeos. — Antes del reinado consolidado de las primeras casas Blackveil.
El hombre parpadeó, sorprendido de que alguien pronunciara ese nombre con tanta naturalidad en Roka, pero no preguntó más. La plata siempre compra discreción. Desapareció en una trastienda y regresó con un tubo de cuero agrietado. Lo abrió con cuidado y desenrolló un mapa amarillento sobre la mesa.
Me incliné sobre él, estudiándolo bajo la luz vacilante. Las fronteras eran diferentes. Había regiones que ya no figuraban en ningún mapa moderno. Bosques señalados con advertencias en tinta roja. Fortalezas marcadas como “abandonadas”. Y, en la esquina superior, donde ahora solo se extendía territorio inhóspito y helado, aparecía un símbolo que reconocí con un escalofrío.
No era el emblema Blackveil.
Era más antiguo.
Un círculo atravesado por una línea vertical, rodeado por pequeñas runas apenas visibles. El símbolo del Guardián.
— ¿Qué era esto? — Pregunté, señalándolo.
El cartógrafo entrecerró los ojos, acercándose.
— Una fortaleza antigua, según las crónicas. Se decía que allí residía el Protector de las Líneas Mágicas antes de que el Norte fuera reclamado por la realeza. Pero fue destruida en una guerra temprana. No queda nada más que ruinas y hielo.
Mi pulso se aceleró.
— ¿Qué guerra?
— Conflictos por el control de la magia de frontera. Hubo un levantamiento. Una traición. Las fuentes difieren.
Traición.
La palabra se clavó en mi pecho.
— ¿Y esta marca? — Pregunté, señalando una pequeña anotación casi borrada cerca del símbolo.— Aquí dice algo.
El hombre acercó más la lámpara, arrugando la frente.
— Apenas se distingue... parece el nombre de una casa. No es Blackveil. Es anterior.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
— Léelo.
El cartógrafo trazó con el dedo sobre la tinta desvaída.
— “Morthain”... o algo parecido. La caligrafía es arcaica.
No dije nada durante varios segundos.
Morthain.
No Mortain.
El nombre humano.
No el título.
Un apellido.
Un linaje.
El hombre seguía hablando, explicando detalles que apenas escuché. Mi mente ya había empezado a reconstruir piezas que encajaban demasiado bien. Un Protector de las Líneas Mágicas. Una fortaleza destruida en una guerra temprana. Una traición relacionada con magia de frontera. Y un nombre que había sido ligeramente alterado con el paso de los siglos.
Mortain no había nacido siendo el Hechicero del Norte.
Había sido parte de una casa. Tal vez incluso una casa aliada del trono antes de que todo se quebrara.
Enrollé el mapa con cuidado.
— ¿Dónde estaban exactamente estas ruinas? — Pregunté.
El cartógrafo señaló un punto en el extremo norte del continente, más allá de las rutas comerciales actuales, en una región que ahora solo figuraba como territorio deshabitado.
— Nadie va allí — Dijo con naturalidad. — El clima es brutal y dicen que la tierra misma rechaza a los intrusos.
Asentí.
Claro que los rechaza.
Regresé a casa con el mapa bajo el brazo y el corazón latiendo con una mezcla peligrosa de esperanza y furia. Cuando crucé la puerta, Umbrael levantó la cabeza desde su posición junto a la chimenea, y Eryndor soltó un resoplido bajo desde el patio, como si ambos sintieran el cambio en mi energía.
Seraphina estaba de pie esta vez, apoyada contra la mesa, una mano en el vientre y la otra sosteniendo una taza que ya no humeaba. Al verme, supo que algo había cambiado antes de que dijera una palabra.
— Lo encontraste — Dijo.
No era una pregunta.
Extendí el mapa sobre la mesa entre nosotros.
— No a Mortain — Respondí. — A Morthain.
Vi cómo sus ojos verdes se oscurecían al leer el nombre.
Le expliqué lo que había descubierto, la fortaleza antigua, la guerra, la traición. Mientras hablaba, la expresión de Seraphina pasó de la sorpresa al análisis frío. No interrumpió. Solo escuchó, procesando cada detalle.
— Entonces no tenemos que buscar libros — Concluyó ella en voz baja. — Tenemos que ir allí.
Asentí.
El problema era evidente incluso antes de que lo mencionara.
— Está en el Norte profundo — Dije. —Más allá de los territorios que aún responden al trono. Es prácticamente su dominio.
Y no estaba seguro de que Mortain no sintiera el momento en que cruzara esa frontera invisible.
Seraphina apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia el mapa con determinación.
— Si borró su historia en los libros, no podrá borrarla en piedra — Dijo. — Y si allí perdió a su hijo... quizá allí dejó algo más que cenizas.
La miré, consciente de lo que significaba ese viaje.
No sería una incursión rápida. No sería una visita discreta a una biblioteca.
Sería regresar al territorio del hombre que había marcado a nuestro hijo.
Pero también sería la primera vez que no reaccionábamos a su amenaza, sino que avanzábamos hacia ella.
Umbrael soltó un gruñido bajo, como si aprobara la decisión antes de que la pronunciara en voz alta.
Respiré hondo.
— Nos iremos en cuanto prepare lo necesario — Dije finalmente. — Si esas ruinas contienen la verdad, la desenterraré aunque tenga que abrir la tierra con mis propias manos.
Seraphina se acercó y tomó mi rostro entre sus manos, como siempre hacía cuando quería asegurarse de que no me estaba consumiendo en silencio.
— No vamos a cazar un monstruo — Susurró. — Vamos a encontrar al hombre que se convirtió en él.
Y por primera vez desde que vi las marcas negras en su vientre, sentí que no estaba caminando a ciegas hacia la oscuridad.
Estaba caminando hacia un origen.
Y los orígenes, por muy enterrados que estén, siempre sangran cuando se los abre.
Pasé el resto de la noche preparando el viaje con una eficiencia casi mecánica. Afilar mi espada, revisar las provisiones, estudiar el mapa una y otra vez hasta memorizar cada curva del terreno era más sencillo que enfrentar el pensamiento que insistía en clavarse en el fondo de mi mente. Era más fácil concentrarme en rutas y suministros que aceptar lo obvio: este no sería un viaje como los anteriores.
Habíamos atravesado bosques malditos, cruzado territorios hostiles y enfrentado criaturas que ningún hombre cuerdo buscaría por voluntad propia. Habíamos sobrevivido a cosas que, en retrospectiva, parecían imposibles. Pero entonces no teníamos tanto que perder. Entonces solo éramos dos jóvenes con rabia y determinación. Ahora había algo más. Alguien más.
Mi mirada se deslizó sin querer hacia Seraphina, que estaba de pie junto a la mesa, observando cómo enrollaba el mapa con una precisión excesiva. Su vientre ya no era una curva discreta; era una presencia evidente. Vida creciendo. Esperanza creciendo. Un blanco evidente.
Sentí que el aire se volvía más pesado.
Seraphina dejó lo que estaba haciendo y me miró con esa expresión que siempre tenía cuando sabía que mi mente estaba en guerra consigo misma.
— Estás pensando demasiado — Dijo con suavidad, cruzándose de brazos. — ¿Qué sucede?
Me quedé en silencio unos segundos, sopesando si debía decirlo. Pero no mentía. Ya no. No después de todo lo que habíamos atravesado.
— Tal vez... — Empecé, apoyando ambas manos sobre la mesa para sostener su mirada. — tal vez lo mejor sea que tú no vengas conmigo.
El silencio que siguió fue inmediato y cortante.
Seraphina se enderezó como si la hubiera golpeado.
— ¿Perdón?
No había fragilidad en su tono. Solo incredulidad.
— Escúchame antes de enfadarte — Dije, levantando una mano.
— No estoy enfadada — Respondió, aunque su mandíbula se tensó. — Estoy sorprendida. Pensé que habíamos superado esto.
Di un paso hacia ella, intentando que mi voz no sonara autoritaria.
— No estoy diciendo que seas débil.
— Porque no lo soy — Me interrumpió, con los ojos verdes encendidos. — Sigo siendo la misma Seraphina. No me convertí en porcelana por estar embarazada.
— Lo sé — Respondí de inmediato, con firmeza. — Créeme, lo sé mejor que nadie.
La miré con honestidad. Sabía de lo que era capaz. La había visto sostenerse firme ante reyes y monstruos. La había visto enfrentarse al miedo sin retroceder. No dudaba de su fortaleza.
Lo que dudaba era del mundo.
— Pero ahora no solo enfrentamos bandidos o caminos peligrosos — Continué, bajando la voz. — No es solo el frío del Norte o las ruinas que podrían derrumbarse. Es Mortain.
Pronunciar su nombre en esa habitación cálida siempre hacía que la temperatura pareciera descender un grado.
— Él nos vigila — Seguí. — Lo sabemos. Siente la marca. Siente el embarazo. Si nota que estás viajando hacia su antiguo territorio... podría intentar algo.
No quería decirlo en voz alta, pero lo hice.
— Podría intentar dañarte. O dañarlo.
El silencio se espesó entre nosotros.
Seraphina sostuvo mi mirada sin pestañear.
— ¿Y qué te hace pensar que estaré más segura aquí? — Preguntó, y su tono cambió. Ya no era defensivo. Era lógico. Peligrosamente lógico.
Fruncí el ceño.
— Roka es caótica, pero es una ciudad. Hay muros. Hay gente.
— Mortain no necesita muros para entrar — Respondió ella con calma inquietante. — No necesita tocar la puerta.
Eso era cierto. Lo sabíamos demasiado bien.
Ella dio un paso hacia mí, apoyando una mano en su vientre de manera casi inconsciente.
— Si tú te vas al Norte solo, ¿qué pasa si él decide actuar mientras estás lejos? ¿Qué pasa si la marca reacciona? ¿Qué pasa si decide reclamar lo que cree suyo mientras tú no estás aquí?
La idea me golpeó con una violencia inesperada.
No había considerado esa posibilidad de forma completa. Mi plan se basaba en la idea de protegerla manteniéndola lejos del peligro físico, pero Mortain no era un enemigo convencional. No necesitaba presencia física para herir.
— No te dejaré solo — Añadió ella con firmeza. — No esta vez. No cuando todo esto empezó porque intentaste cargar con el mundo por tu cuenta.
Sus palabras no eran acusación. Eran memoria.
Recordé la cueva. El entrenamiento. La forma en que Mortain me aisló para moldearme. Recordé el vacío que había sentido entonces.
— No quiero que vivas eso otra vez — Susurró ella. — No quiero que vuelvas a caminar hacia el hielo pensando que estás solo.
Mi pecho se tensó.
— No estoy solo — Respondí, casi por instinto.
— Entonces no me apartes como si lo estuvieras.
Nos quedamos mirándonos durante largos segundos. La luz del fuego proyectaba sombras danzantes sobre su cabello platinado, sobre su piel pálida. No veía fragilidad. Veía determinación.
Pero también veía riesgo.
— Si vamos — Dije finalmente — no habrá margen para errores. Tendremos que movernos con más cautela que nunca. Umbrael y Eryndor no se separarán de nosotros ni un instante. No confiaremos en nadie. Y si percibo el más mínimo indicio de que Mortain intenta algo...
— Entonces enfrentaremos eso juntos — Terminó ella por mí.
No sonrió. No suavizó la gravedad del momento. Solo sostuvo mi mirada.
Sentí cómo la resistencia dentro de mí empezaba a ceder. No porque estuviera convencido de que era seguro. Sino porque comprendí que intentar apartarla no la protegería; solo nos dividiría.
Apoyé la frente contra la suya.
— Esto no será como antes — Murmuré.
— Nunca lo ha sido — Respondió ella.
Y tenía razón. Cada etapa de nuestra historia había sido distinta. Cada decisión más pesada que la anterior.
La diferencia ahora era que no caminábamos hacia la guerra por orgullo ni por rabia.
Caminábamos porque alguien había marcado a nuestro hijo.
Y mientras sostuve a Seraphina entre mis brazos, entendí algo con claridad fría y absoluta: el Norte no sería un viaje de exploración.
Sería una provocación.
Y Mortain, tarde o temprano, respondería.
Esa noche, la casa se sintió distinta.
No más segura (eso era imposible), pero sí más silenciosa. Como si incluso las paredes entendieran que estábamos a punto de abandonarlas otra vez.
El fuego en la chimenea ardía bajo, proyectando sombras largas que se movían lentamente por el techo. Afuera, Umbrael vigilaba el patio, y de vez en cuando el roce pesado de Eryndor contra la piedra nos recordaba que no estábamos solos. Aun así, dentro de la casa reinaba una calma extraña, frágil, como el último respiro antes de una tormenta.
Habíamos preparado todo en silencio: provisiones, mantas, agua, armas. Cada objeto colocado con cuidado, cada movimiento práctico intentando ocultar lo evidente.
Que ninguno quería irse.
Seraphina terminó de doblar una manta y la dejó junto a la puerta. Cuando se giró hacia mí, nuestras miradas se encontraron y, por primera vez en todo el día, ninguno habló de Mortain, ni del viaje, ni del peligro.
Solo nos miramos.
El cansancio suavizaba sus facciones, y la luz del fuego hacía brillar su cabello casi plateado. Parecía irreal pensar que el mundo exterior quería destruir algo tan tranquilo.
Di un paso hacia ella.
Luego otro.
No recuerdo quién cerró la distancia primero.
Solo recuerdo el alivio cuando sus brazos rodearon mi cuello y el mío encontró su cintura, como si ambos hubiéramos estado conteniendo la respiración durante días.
La abracé con fuerza, enterrando el rostro en su cabello.
Olía a humo, a lavanda y a hogar.
— Vamos a sobrevivir — Murmuré, más como una promesa que como una certeza.
Sentí su risa suave contra mi pecho.
— Claro que sí — Respondió. — No hemos llegado tan lejos para morir ahora.
Nos quedamos así un largo momento, simplemente respirando juntos. Sin planes. Sin estrategias. Sin miedo inmediato.
Solo nosotros.
Me separé apenas lo suficiente para mirarla, y mis dedos apartaron un mechón rubio de su rostro casi por instinto. Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia mi mano, cerrando los ojos un segundo.
El beso llegó despacio.
No fue desesperado ni urgente. Fue cuidadoso. Como si ambos intentáramos memorizarlo.
Sus labios estaban tibios, familiares, y por un instante el ruido del mundo desapareció por completo. No había guerras, ni profecías, ni hechiceros antiguos. Solo el calor del fuego y el latido compartido entre nosotros.
Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.
— Extrañaré esto — Susurró.
— Yo también.
La guié hasta el viejo sofá frente a la chimenea y nos sentamos juntos. Ella se acomodó contra mí, y la rodeé con un brazo mientras la manta caía sobre ambos. Afuera, el viento empezó a soplar contra los muros, pero dentro solo existía el crepitar del fuego.
Mi mano descansó sobre su vientre casi sin pensarlo.
Sentí un movimiento leve bajo la tela.
Me quedé quieto, sorprendido cada vez como si fuera la primera.
Seraphina sonrió sin abrir los ojos.
— También lo siente — Dijo en voz baja.
Tragué saliva.
No sabía si era cierto o si solo quería creerlo, pero apoyé la palma con más cuidado, como si ese pequeño latido invisible pudiera entenderme.
— Vamos a protegerte — Murmuré.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pleno.
Sus dedos comenzaron a dibujar círculos distraídos sobre mi brazo, y poco a poco la tensión que llevaba días clavada en mi espalda empezó a aflojarse. Por primera vez desde que vimos las marcas, sentí que podía descansar sin estar listo para luchar.
Ella bostezó suavemente.
— Deberíamos dormir — Dijo, aunque no hizo ningún intento por moverse.
— Probablemente.
Ninguno se levantó.
Nos quedamos ahí, abrazados frente al fuego hasta que las llamas se volvieron brasas rojas y la noche avanzó sin pedir permiso. La calidez de su cuerpo contra el mío, el ritmo lento de su respiración y el peso tranquilo de su cabeza sobre mi hombro se grabaron en mi memoria con una claridad dolorosa.
Porque ambos sabíamos la verdad.
Tal vez pasarían semanas... o meses... antes de volver a sentir algo tan simple como esto.
Antes de cerrar los ojos, besé suavemente su sien.
Y por primera vez en mucho tiempo, el sueño llegó sin pesadillas.








