Alfa x Alfa
El olor a madera flotante, sake y metal siempre inundaba la cocina mucho antes de que él entrara.
Sanji no necesitaba girarse para saber que Zoro estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándolo con esa intensidad de depredador que a cualquiera le habría congelado la sangre.
A cualquiera que no fuera Sanji.
Como alfa recesivo, el instinto de Sanji no era el de competir por territorio, sino el de proteger el suyo. Su aroma a tabaco y limones apenas dejaba una marca sutil en el aire, eclipsado por completo por la abrumadora presencia de Zoro, un alfa dominante puro, de esos cuyos feromonas hacían que los omegas se doblegaran y los betas bajaran la mirada por puro instinto.
-Sigues cocinando cosas complicadas -gruñó Zoro, dando un paso hacia el interior de la cocina. El espacio, de repente, se sintió mucho más pequeño.
-Se llama tener paladar, maldito marimo -replicó Sanji, acomodándose un mechón rubio tras la oreja, esforzándose para que su voz sonara tan ligera y despectiva como siempre-. Cosa que tú no tienes. Si viniste a robar comida, lárgate.
Zoro no se movió. En cambio, acortó la distancia con pasos lentos, deliberados, hasta quedar justo detrás de Sanji. El calor que emanaba de su cuerpo era casi insoportable.
-Sabes perfectamente a qué vine, Sanji.-
El cocinero tensó los hombros, manteniendo la vista fija en las verduras que picaba con perfecta precisión.
Ahí estaba otra vez. Esa insistencia silenciosa que llevaba meses asfixiándolo.
Zoro estaba enamorado de él. Se lo había dicho de frente, sin rodeos, con la misma brutal honestidad con la que blandía sus espadas. Pero para Sanji, aceptar eso era como dar un salto al vacío sin red de seguridad. Era incluso comico, Cómo un alfa como Zoro podría amarlo tanto, para querer formar un vínculo; Por favor, nisiquiera era un omega al cual puediera marcar. Incluso si fuera Omega veía imposible estar con alguien como Zoro. NO LO MAL ENTIENDAN. No era en un mal sentido. El espadachín era alguien de admirar apesar de sus constantes peleas y riñas. Alguien leal , alguien confiable. Talvez hasta bastante atractivo. Pero la valla era tan alta que se sentía pequeño respecto al peliverde.
-Zoro, ya hablamos de esto -susurró Sanji, dejando el cuchillo a un lado. Su tono ya no era combativo, sino extrañamente cansado-. Dos alfas... no funciona así. No es lo que la sociedad espera, ni lo que tu propio instinto debería pedirte. Los alfas buscan sumisión, buscan omegas. Tú necesitas a alguien que...
-No me importa una mierda lo que la sociedad espere -lo interrumpió Zoro, su voz bajando a un registro grave que vibró directamente en el pecho de Sanji-. Y mi instinto te eligió a ti. ¿Por qué te empeñas en darle vueltas?
Sanji apretó los puños contra la mesada. Ese era el verdadero problema.
Zoro era un alfa dominante en la cúspide de su fuerza. ¿Y si lo que sentía por él era solo un capricho temporal? ¿Una obsesión por el único hombre en el barco que no se doblegaba ante su presencia? Sanji tenía pánico de ceder, de entregar lo que le quedaba de orgullo y corazón, solo para que un día el verdadero instinto primario de Zoro despertara y lo dejara de lado por un omega que sí pudiera cumplir con el rol "correcto".
Como recesivo, Sanji ya cargaba con el peso de no ser el alfa "ideal". No iba a soportar ser también el error de Zoro.
-Porque tú eres de los que actúan por impulso -dijo Sanji, girándose por fin para mirarlo a los ojos, sosteniéndole la mirada con una valentía que por dentro flaqueaba-. Estás confundido, marimo. Lo que sientes... no es real. Es solo tensión, competitividad. Cuando se te pase, te darás cuenta.
Zoro dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Sanji hasta que sus pechos casi se tocaban. La diferencia de castas se hacía notar en la forma en que el aura de Zoro envolvía el lugar, pero no había agresión en ella; solo una desesperada necesidad de hacerse entender.
Zoro levantó una mano, dudando por un segundo, antes de rozar con sus dedos ásperos la mejilla del cocinero. Sanji contuvo el aliento, pero no se alejó.
-Desde el reencuentro con la tripulación llevo diciéndote lo mismo, cocinero. Los impulsos no duran tanto -Zoro clavó su único ojo visible en los de Sanji, con una fijeza que desarmaba cualquier mentira-. Mírame. ¿De verdad crees que soy tan débil como para no saber lo que quiero? Te quiero a ti. Me importa un demonio si eres alfa, recesivo o lo que sea.
Sanji desvió la mirada, con el corazón latiéndole desbocado. Quería creerle. Dios sabiendo cuánto quería dejar de poner excusas y atraparlo por las solapas de la chaqueta para besarlo. Pero el miedo era una barrera gruesa y vieja.
-Tengo que terminar la cena -murmuró Sanji, poniendo una mano en el pecho de Zoro para empujarlo suavemente, buscando una distancia segura para recuperar el aire.
Zoro se dejó llevar, retrocediendo un paso, pero no despegó los ojos de él. Sabía que Sanji estaba huyendo otra vez, que le estaba dando largas, pero el espadachín tenía una paciencia infinita cuando se trataba de lo que realmente le importaba.
-Voy a seguir aquí, Sanji -sentenció Zoro antes de dar la vuelta hacia la salida-. Mañana, pasado mañana y el próximo año. Así que sigue inventando excusas. Yo tengo todo el tiempo del mundo para demostrarte que no me voy a ir.
Cuando la puerta de la cocina se cerró, Sanji se dejó caer contra la mesada, tapándose el rostro con las manos mientras exhalaba un suspiro tembloroso. El olor a sake y metal seguía flotando en el aire, y por primera vez, Sanji se preguntó cuánto tiempo más podría resistirse a la tormenta que era Roronoa Zoro.
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El ambiente en el Thousand Sunny estaba inusualmente denso esa tarde, y no tenía nada que ver con el clima del Nuevo Mundo. El origen de la tormenta venía de la cubierta, donde Zoro limpiaba sus espadas con una fuerza desmedida, frotando el acero como si quisiera atravesarlo. Su ojo no se despegaba de la puerta de la cocina.
La gota que había colmado el vaso ocurrió esa misma mañana.
Trafalgar Law estaba temporalmente a bordo, y Sanji, con esa ridícula hospitalidad de cocinero, se había tomado la molestia de prepararle un desayuno completamente diferente al del resto de la tripulación.
-Aquí tienes Law. Arroz, pescado blanco y sopa de miso tradicional. Sin una sola rodaja de pan -había dicho Sanji con una sonrisa amable, sirviendo al cirujano con una delicadeza que rara vez mostraba a los hombres.
Zoro casi rompe los palillos en ese momento. A él, Sanji siempre le tiraba el plato de mala gana en la mesa (aunque supiera perfectamente que la comida estaba hecha con sus ingredientes favoritos), pero a ese Shichibukai estirado le hacía un menú personalizado solo porque "no le gustaba el pan". Las feromonas de Zoro se habían vuelto tan amargas por los celos que hasta Chopper había estornudado, confundido.
Pero lo que terminó por desatar al demonio verde ocurrió un par de horas después, durante la siesta en la cubierta.
Sanji se había sentado a leer un libro bajo la sombra del mástil, relajado, con un cigarrillo apagado entre los labios. A los pocos minutos, Luffy, buscando comodidad como el chico de goma que era, se había arrastrado hasta él y, sin pedir permiso, se había acostado en el regazo de Sanji, usando sus muslos como almohada.
Lo que a Zoro le partió el temperamento no fue la acción de Luffy -Luffy era su capitán, un espíritu libre que no entendía de castas ni de malicia-, sino la reacción de Sanji. El cocinero ni siquiera se había quejado. Con una naturalidad exasperante, había bajado una mano para apartarle los mechones negros de la frente a Luffy y seguir leyendo, permitiendo que el menor se acurrucara contra su vientre.
A veces dormían juntos. Zoro lo sabía. Cuando el barco pasaba por islas de clima extremadamente frío, Luffy solía colarse en la cama de Sanji porque el rubio, al ser un alfa recesivo, emanaba un calor suave, constante y sumamente reconfortante, libre de la presión territorial de un dominante. Sanji lo dejaba pasar porque "Luffy tenía frío".
Para Zoro, ver a otros hombres recibir el afecto, la atención y el espacio personal que a él se le negaban sistemáticamente era una tortura.
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Cuando Sanji regresó a la cocina para preparar la merienda, no pasaron ni dos minutos antes de que la puerta se abriera de golpe. Zoro entró, y esta vez no se quedó en el marco. El olor a sake picante y metal oxidado inundó el lugar como un golpe de presión; estaba tan cargado de celos y posesividad que el aire se sintió pesado para respirar.
-Oye, marimo estúpido, estás contaminando mi cocina con tu olor a perro rabioso -protestó Sanji sin mirarlo, aunque sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. El instinto de un dominante celoso era algo serio.
Zoro avanzó hasta quedar a centímetros de él. Con un movimiento rápido, atrapó la muñeca de Sanji antes de que pudiera levantar un cuchillo y lo acorraló contra la mesada, bloqueándolo con su cuerpo.
-¿Qué mierda te pasa? -siseó Sanji, intentando soltarse, pero el agarre de Zoro era de acero-. ¡Suéltame!
-¿Le hiciste un desayuno especial a Trafalgar? -La voz de Zoro era un gruñido bajo, áspero, que venía desde el fondo de su pecho.
Sanji parpadeó, sorprendido, y luego soltó una risa seca para ocultar el nerviosismo que le provocaba tener a Zoro tan cerca.
-¿Es por eso que estás haciendo un berrinche? Es un invitado, idiota. No come pan. Mi deber es alimentar a la gente adecuadamente...
-Me importa un demonio el pan -lo cortó Zoro, inclinándose más, obligando a Sanji a echar la cabeza hacia atrás-. ¿Y lo de Luffy?
Sanji se tensó.
-Luffy es el capitán. Solo estaba cansado.
-Te usa de almohada, Sanji. Duerme en tu cama -el tono de Zoro bajó, volviéndose peligrosamente posesivo, sus ojos fijos en el cuello del cocinero-. A mí me das largas. Me dices que dos alfas no pueden estar juntos, que mi instinto está confundido. Pero dejas que ese cirujano te pida caprichos y que Luffy se revuelque encima de ti cuando le da la gana.
-¡Luffy no es un alfa dominante que intenta marcarme cada vez que respira! -estalló Sanji, con las mejillas encendidas de furia y algo de vergüenza, empujando el pecho de Zoro-.
Luffy no me mira como si quisiera devorarme. Contigo es diferente, Zoro... me da miedo, ya te lo dije.
Zoro soltó un suspiro pesado, pero no se alejó. Al contrario, soltó la muñeca de Sanji solo para pasar su mano por la cintura del rubio, apegándolo más a su cuerpo. Sanji soltó un jadeo ahogado cuando sintió la frente de Zoro apoyarse contra su hombro, justo donde se conectaban el cuello y la clavícula.
Zoro frotó su mejilla ahí, de manera ruda pero extrañamente necesitada, impregnando la piel de Sanji con su aroma, borrando cualquier rastro del olor de Luffy o del ambiente de la cubierta. Era el comportamiento de un alfa reclamando lo que consideraba suyo, frustrado por las barreras que el otro le ponía.
-No quiero devorarte para destruirte, maldito idiota -murmuró Zoro contra su piel, y Sanji pudo sentir la vibración de sus palabras-. Me vuelve loco ver que dejas que cualquiera se te acerque menos yo. Sé que tienes miedo de que me canse, pero lo único que me cansa es que no me dejes demostrarte que esto es real.
Sanji se quedó completamente inmóvil. Su corazón golpeaba sus costillas con tanta fuerza que estaba seguro de que Zoro podía oírlo. Sus manos, que antes empujaban el pecho del espadachín, se suavizaron, arrugando ligeramente la tela de la túnica verde de Zoro.
Por un segundo, la resistencia de Sanji flaqueó. El olor de Zoro, aunque cargado de celos, lo hacía sentir extrañamente seguro, protegido de una forma que ningún otro alfa podría lograr.
-Zoro... -susurró Sanji, con la voz rota, debatiéndose internamente entre empujarlo del todo o enredar los dedos en ese cabello verde.
-No te voy a dejar ir, Sanji -sentenció Zoro, levantando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos, con el rostro a milímetros del suyo-. Así que puedes prepararle el desayuno a quien quieras y dejar que el capitán duerma en tus piernas... pero que te quede claro a ti, y a cualquiera que huela este barco, de quién eres.
Zoro dejó un beso corto, casi un mordisco ligero, justo en el punto sensible de su cuello, antes de soltarlo por completo y dar la vuelta, saliendo de la cocina con paso firme y el ego ligeramente restaurado, dejando a un Sanji completamente tembloroso, tocándose el cuello con los dedos y con el rostro rojo como un tomate.
No hubo una conversación larga ni una promesa formal entre ellos, sino que simplemente ocurrió. El cambio fue tan sutil que la mayoría en el barco ni siquiera lo notó, pero para ellos dos el mundo se había reordenado por completo.
Sanji no había dejado mágicamente de ser inseguro sobre las diferencias entre sus castas ni sobre lo inusual de ser dos alfas, por lo que esa voz en su cabeza que le decía que no era suficiente para un dominante aún aparecía de vez en cuando. Sin embargo, la gran diferencia era que ahora, cuando esas dudas amenazaban con abrumarlo, Zoro no intentaba convencerlo con discusiones ruidosas, sino que simplemente aparecía para sostenerlo.
Así, en una noche particularmente helada en el mar, la cocina permanecía a oscuras, iluminada únicamente por la luz de la luna que entraba por el ventanal y el pequeño círculo de fuego de un cigarrillo. Sanji estaba sentado en la barra con la cabeza apoyada en una mano, sumergido en ese silencio pesado donde sus pensamientos solían traicionarlo, cuando la puerta se abrió sin hacer el menor ruido.
Zoro entró con pasos lentos, sin llevar sus espadas y vistiendo solo ropa ligera, mientras su aroma a sake y madera inundaba el lugar. A diferencia de otras ocasiones, su presencia ya no venía cargada de la agresividad o la frustración de antes, sino que se desplegaba como una ola tibia y envolvente, casi como un abrazo de feromonas diseñado exclusivamente para calmar el ambiente del recesivo.
En lugar de decir algo, Zoro avanzó en silencio hasta quedar justo a su lado y, sin pedir permiso, estiró un brazo para rodear la cintura del cocinero, atrayéndolo hacia sí con una fuerza firme pero infinitamente cuidadosa. Sanji no se tensó ni intentó apartarlo; por el contrario, soltó un suspiro largo mientras dejaba ir el humo de su cigarrillo y terminó descansando la cabeza contra el costado del espadachín.
Ante esto, Zoro hundió una mano en el cabello rubio de Sanji para acariciarlo con una ternura torpe pero profundamente sincera, demostrando que estaban juntos sin necesidad de anunciarlo a nadie.
A pesar de que el barco entero empezaba a oler a una mezcla inseparable de cítricos, tabaco, madera y sake, la realidad era que Zoro amaba a Sanji con una intensidad que a veces asustaba al propio cocinero.
Para un alfa dominante, el instinto primario solía ser el de marcar, poseer y reclamar, pero el amor de Zoro por Sanji había trascendido esa naturaleza, pues no quería doblegarlo en absoluto. Él adoraba el fuego, el orgullo y la fuerza con la que el rubio se mantenía en pie, así como la forma en que cuidaba de todos, aunque a él lo mimara en secreto a través de sus platillos preferidos.
Por esa razón, sabiendo que Sanji aún tenía días difíciles en los que se miraba las manos pensando que no tenía el porte que la sociedad esperaba de la pareja de Roronoa Zoro, el espadachín simplemente se volvía una presencia invariable. A veces le quitaba el cigarrillo de los labios para darle una calada él mismo antes de devolvérselo, o se sentaba a su lado en la cubierta sin decir nada por horas, y cuando estaban completamente solos, se inclinaba para besarle la sien justo donde la piel era más suave. De esa manera, le dejaba claro con cada toque que no había ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.
-Estás pensando demasiado otra vez, cocinero -murmuró Zoro rompiendo el silencio de la cocina, con la voz desgastada por el sueño, mientras su pulgar acariciaba la cadera de Sanji por encima de la tela.
-Cállate, marimo -respondió Sanji con total suavidad, recostando más su peso contra el cuerpo de Zoro para permitir que la presencia del dominante ahuyentara a sus demonios interiores-. Solo estoy disfrutando el silencio.
Zoro sonrió de lado y se inclinó hacia abajo para presionar sus labios contra el cuello de Sanji, justo en ese punto sensible que antes el rubio protegía con tanto celo. Esta vez, Sanji inclinó la cabeza hacia atrás para darle libre acceso, cerrando los ojos al sentir los latidos firmes y constantes del corazón de Zoro contra su espalda.
A fin de cuentas, ya no necesitaban etiquetas, ni explicaciones sobre lo raras que eran las parejas entre alfas, ni discursos románticos; a Sanji le bastaba con saber que, sin importar cuán inseguro se sintiera por dentro, la mirada de Zoro nunca cambiaba y lo veía como si fuera lo único de valor en todo el océano, mientras que a Zoro le bastaba con saber que el único lugar donde el indomable cocinero bajaba la guardia era justo entre sus brazos.
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Su relación simplemente había encontrado un ritmo propio, silencioso e íntimo. Sin embargo, la caótica separación en la isla de los samuráis puso a prueba cada uno de esos hilos invisibles que los unían.
Sanji había tenido que andar por su cuenta, esquivando patrullas, ocultándose en la capital y enfrentando batallas en la sombra, pero a lo largo de todas esas noches frías y solitarias, la única constante que lo mantenía cuerdo era el deseo ferviente de volver a ver al espadachín.
Cada vez que encendía un cigarrillo bajo la lluvia, se descubría buscando el rastro de madera y sake en el viento, anhelando desesperadamente ese calor pesado y reconfortante que solo el aroma de Zoro le transmitía. Por eso, cuando por fin logró librarse de sus persecuciones y coordinar el reencuentro con el grupo en las afueras de la región, sus pasos eran acelerados y su pecho latía con una mezcla sofocante de alivio y ansiedad.
Sin embargo, al encontrarse con Brook y llegar al refugio escondido entre el bambú, el mundo se detuvo de golpe para el cocinero.
Sanji no encontró a un Zoro solitario entrenando o durmiendo con una jarra de alcohol al lado, sino una escena que actuó como un veneno lento directo a su corazón.
Allí, descansando sobre el suelo de madera, estaba Zoro siendo atendido con delicadeza por Komurasaki, la legendaria cortesana que en realidad era Kozuki Hiyori.
Pero para la mirada de Sanji, los títulos no importaban en absoluto, pues lo único que sus sentidos procesaron fue la aplastante realidad de su casta. Hiyori era la definición viviente de la perfección en ese mundo: una omega pura, delicada, con un aroma suave que encajaba de manera armoniosa con la naturaleza, y una gracia natural que inspiraba un instinto de protección inmediato en cualquier hombre.
A través de la rendija de la puerta, Sanji observó cómo Hiyori le vendaba las heridas a Zoro con un cuidado casi devocional, mientras el espadachín, aunque serio como siempre, no la rechazaba ni mostraba la menor molestia por su cercanía. De repente, todas las voces oscuras que Sanji había intentado callar durante meses regresaron con la fuerza de un huracán.
Sanji apretó los puños a los costados, sintiendo cómo su propio aroma a tabaco y limones se apagaba hasta volverse casi imperceptible ante la aplastante evidencia de lo que estaba viendo. Pensó en su condición de alfa recesivo, en lo difícil que era para dos alfas encajar en una sociedad que esperaba dinamismos tradicionales, y en la forma en que él siempre le había puesto trabas a Zoro por culpa de sus miedos.
Al ver la estampa de Zoro junto a una hermosa omega que podía ofrecerle una vida simple, natural y sin los prejuicios ni la complejidad que conllevaba estar con otro alfa, a Sanji se le rompió el corazón en mil pedazos.
Una punzada de culpa brutal le atravesó el pecho al convencerse de que él solo había sido una piedra en el camino, una distracción complicada por la cual Zoro se obstinaba por pura terquedad.
Creyó con ciega amargura que, al aferrarse a los breves momentos de afecto que el dominante le daba, lo único que estaba haciendo era retrasar la verdadera felicidad de Zoro, privándolo de la calidez sencilla y biológicamente perfecta que una omega como Hiyori podía brindarle sin ningún esfuerzo. Dando un paso atrás en silencio para no ser descubierto, Sanji se pegó a la pared exterior del refugio, bajando la mirada mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas, sintiendo cómo el frío de Wano se le metía hasta el fondo de los huesos.
Sanji dio un par de pasos atrás, asegurándose de que el crujido de la hierba bajo sus zapatos fuera tapado por el silbido del viento entre los cañaverales. Con la espalda pegada a la pared de madera del refugio y los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba su encendedor, logró prender el cigarrillo tras varios intentos fallidos. El humo amargo le llenó los pulmones, pero esta vez no le trajo la calma habitual, sino una opresión en el pecho tan aguda que apenas le dejaba tomar aire.
Decidió tragar entero y no decir absolutamente nada a nadie. A lo largo de los días siguientes, mientras el grupo ultimaba los detalles para la gran batalla en Onigashima, Sanji se convirtió en un maestro del disimulo. Ante los ojos de Luffy, Nami y los demás, seguía siendo el mismo cocinero servicial de siempre, cocinando banquetes nutritivos para que todos recuperaran sus fuerzas y asegurándose de que no faltara un solo plato caliente. Nadie notó la sombra de tristeza que oscurecía sus ojos azules ni cómo su voz, antes enérgica, ahora sonaba sutilmente distante, como si su mente estuviera a kilómetros de allí.
El mayor esfuerzo de Sanji era esconder el abismo que se abría en su interior cuando Zoro estaba cerca. Cada vez que el espadachín entraba a la habitación o cuando Hiyori aparecía para traer más medicinas, Sanji se apresuraba a ocupar sus manos en la cocina, dando la espalda al grupo para que nadie pudiera leer sus gestos. Se esforzaba al máximo por reprimir sus feromonas recesivas, ahogando cualquier rastro de su aroma para no delatarse ante el agudo olfato del dominante, convenciéndose a sí mismo de que cuanto más invisible se volviera su dolor, más fácil sería para Zoro dejarlo ir.
Soportar aquello en completa soledad era una tortura lenta y silenciosa. Mientras todos celebraban estar reunidos y coordinaban los planes de ataque, Sanji se consumía por dentro pensando que cada minuto que pasaba al lado de Zoro era un tiempo robado que el espadachín debería estar disfrutando con alguien que no le trajera barreras ni dilemas. Sin embargo, a pesar del nudo constante en su garganta y del dolor que le carcomía las entrañas, Sanji mantuvo la cabeza en alto y la boca cerrada, decidido a llevar esa carga en secreto hasta que la guerra terminara, prefiriendo romperse en mil pedazos antes que ser un estorbo para el destino de Zoro.
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La noche previa al gran asalto a Onigashima cayó sobre Wano con una tormenta fría que hacía crujir las viejas vigas de madera del refugio. La mayoría de los tripulantes y aliados dormían profundamente, exhaustos por los preparativos de la guerra, pero Sanji no había podido cerrar los ojos en todo el día. El aire del cobertizo se sentía asfixiante, cargado de recuerdos y de ese dolor punzante que le oprimía el pecho desde que había visto a Hiyori al lado del espadachín.
Sanji esperó en silencio a que la casa se quedara en penumbra, apretando los puños dentro de sus bolsillos, hasta que vio la silueta de Zoro levantarse sin hacer ruido y salir hacia la parte trasera para afilar sus espadas bajo el alero del tejado.
Ese era el momento. Sanji respiró hondo, tragándose las lágrimas que amenazaban con traicionarlo, y caminó hacia la lluvia con pasos helados pero decididos.
Al sentir el aroma a tabaco y limones acercándose a través de la tormenta, Zoro se detuvo de inmediato, dejando la piedra de afilar a un lado. El alfa dominante levantó la vista, buscando los ojos de Sanji con esa intensidad acostumbrada, notando al instante que las feromonas del recesivo estaban tan reprimidas que casi no se sentían.
-Cocinero... -murmuró Zoro, con su voz grave resonando entre el murmullo del agua al caer, dando un paso al frente para acortar la distancia-. Has estado evitándome desde que regresaste. ¿Qué demonios te pasa?
Sanji se detuvo a un par de metros, manteniendo la cabeza baja para que la sombra de su capul le cubriera el rostro. Tenía las manos temblorosas y la garganta hecha un nudo, pero sabía que si dudaba un solo segundo, la presencia abrumadora de Zoro lo haría ceder como siempre.
-Vine a decirte algo, marimo -dijo Sanji, forzando un tono frío y helado, una voz tan ajena y distante que hizo que Zoro se tensara de golpe-. Esto se acabó. Lo que sea que creíamos que estaba pasando entre nosotros... ya no va más.
Un silencio pesado cayó entre los dos, roto únicamente por el golpe incesante de la lluvia contra las hojas de bambú. Zoro frunció el ceño, dando otro paso hacia él, sintiendo cómo el descontrol y la confusión empezaban a encender sus propios instintos dominantes.
-¿De qué mierda estás hablando? -gruñó Zoro, apretando los dientes mientras intentaba descifrar la postura rígida de Sanji-. Déjate de juegos, Sanji. No estoy de humor para tus...
-¡No es ningún juego! -lo interrumpió Sanji levantando apenas la mirada, mostrando unos ojos celestes opacos, completamente desprovistos del brillo habitual-. ¿No te das cuenta? Esto fue un error desde el principio. Somos dos alfas, Zoro. Es ridículo, es antinatural y solo estamos perdiendo el tiempo. Tú necesitas a alguien que encaje contigo, alguien que no te traiga problemas ni te ponga barreras ridículas... alguien como una verdadera omega, no un recesivo defectuoso que solo te complica la vida.
Zoro se quedó paralizado por medio segundo, abriendo los ojos de par en par al comprender finalmente de dónde venía todo ese veneno. La sola mención de las castas y la inseguridad en la voz de Sanji le provocó una punzada de furia pura.
-¿Es por Hiyori? ¿Estás demente? -exclamó Zoro, dando un paso agigantado hacia él y estirando la mano para agarrarlo del brazo-. Escúchame bien, maldito idiota. A mí no me importa una mierda si...
Pero Sanji no lo dejó tocarlo. Antes de que los dedos de Zoro pudieran rozar la tela de su chaqueta, Sanji dio un brinco hacia atrás, esquivándolo con una agilidad desesperada. El dolor en el pecho del cocinero era tan insoportable que sintió que si Zoro lo tocaba, se rompería en mil pedazos ahí mismo.
-¡Ya no quiero escucharte! -gritó Sanji con la voz rota, perdiendo por completo la compostura por un instante-. Ya tomé mi decisión, Zoro. Quédate con quien realmente te corresponde y déjame en paz.
Sin esperar un segundo más y sin darle oportunidad al dominante de procesar la puñalada, Sanji dio media vuelta y pateó el aire con fuerza, usando el *Sky Walk* para salir disparado hacia el cielo nocturno. Su figura se elevó entre las copas de los árboles, perdiéndose en medio de la tormenta y la oscuridad del bosque de Wano.
-¡SANJI! ¡ESPERA, MALDITA SEA! -el rugido de Zoro retumbó en todo el valle, una mezcla desgarradora de furia, desesperación y un dolor primitivo que hizo temblar el aire a su alrededor.
Zoro echó a correr tras él, internándose en la espesura bajo la lluvia torrencial, gritando su nombre una y otra vez mientras su aura dominante explotaba en ráfagas violentas, desesperado por alcanzar el rastro del recesivo. Pero allá arriba, flotando entre las nubes oscuras, Sanji se cubrió los oídos con ambas manos mientras las lágrimas por fin se mezclaban con la lluvia en sus mejillas, acelerando el paso para alejarse lo más rápido posible, negándose rotundamente a escuchar una sola palabra más, completamente convencido de que al huir le estaba regalando a Zoro la libertad y la felicidad que él nunca podría darle.
Sanji llegó a la pequeña cabaña de madera en las afueras de la Capital de las Flores con la ropa empapada y los codos temblando por el esfuerzo físico y emocional. Era un refugio modesto que había alquilado días atrás a un anciano del pueblo usando algunas monedas que le quedaban, pensado originalmente como un lugar de paso para conseguir provisiones sin llamar la atención de los hombres de Orochi. Sin embargo, en ese momento, la humilde choza se convirtió en su único escondite del mundo.
Se dejó caer contra la puerta de madera una vez que la cerró, bajando por la pared hasta quedar sentado en el suelo frío. Por primera vez en su vida, Sanji agradeció con el alma la debilidad de su propia naturaleza: al ser un alfa recesivo, su aroma a tabaco y limones era tan tenue que la lluvia y el viento de la noche se lo habían llevado por completo en cuestión de minutos. No había rastro que seguir, no había marcas en el aire ni feromonas que delataran su paradero. Estaba completamente solo, invisible y libre de la abrumadora presencia de Zoro. Se abrazó las rodillas, escondiendo el rostro entre los brazos, mientras las lágrimas silenciosas que había contenido durante días finalmente empapaban la tela de sus pantalones. En su mente ya nada importaba; la guerra, la alianza y su propio orgullo parecían cenizas distantes ante la certeza absoluta de que se había roto por dentro.
Mientras tanto, en el bosque, la desesperación de Zoro era un infierno terrenal. Corrió entre los árboles chocando contra las ramas, rugiendo el nombre del cocinero hasta quedarse afónico bajo la lluvia torrencial. Su instinto de alfa dominante, ese que siempre le permitía rastrear a Sanji en cualquier campo de batalla por el hilo invisible de su aroma, esta vez no le sirvió de nada. El bosque olía únicamente a tierra mojada y pino. Sanji había desaparecido sin dejar una sola huella biológica, y por primera vez en su vida, Zoro maldijo con un odio visceral su pésimo sentido de la orientación. Daba vueltas en círculos, perdiéndose una y otra vez entre los mismos senderos de bambú, golpeando los troncos con los puños desnudos por la rabia y la impotencia de no saber hacia dónde ir para recuperar al único hombre que le daba sentido a su existencia.
De vuelta en la pequeña cabaña, el silencio de Sanji se vio interrumpido por el leve sonido de pasos en la estancia contigua. Sorprendido, el cocinero se levantó de golpe, alcanzando por instinto el mango de un cuchillo en su cinturón, solo para congelarse al ver emerger de la penumbra a Trafalgar Law. El cirujano, envuelto en su larga capa oscura, lo miró con esa calma analítica que siempre lo caracterizaba, sosteniendo un candil de aceite que iluminaba tenuemente el lugar.
-No bajes la guardia tan rápido, Black Leg-ya -dijo Law con su habitual voz pausada y grave-. Le alquilé este lugar al mismo anciano para monitorear los movimientos de la Capital. No esperaba tener compañía a estas horas.
Sanji relajó los hombros de inmediato, aunque no pudo ocultar los ojos rojos ni el rastro de lágrimas en sus mejillas. Intentó poner su típica sonrisa arrogante y encender un cigarrillo para disimular, pero sus manos temblaban tanto que el fósforo se le apagó dos veces. Law, siendo un beta, no podía sentir las feromonas del ambiente, pero su ojo clínico y su agudeza natural eran más que suficientes para notar que el cocinero estaba destruido por dentro. Sin decir una sola palabra, el cirujano caminó hacia la pequeña cocina de la cabaña, sirvió dos tazas de té caliente y se sentó en la mesa de madera, haciendo una seña hacia la silla vacía frente a él.
-Siéntate -ordenó Law suavemente, sin presionar-. La lluvia afuera está helada y te estás congelando.
Sanji obedeció en silencio, dejando caer su cuerpo en la silla y rodeando la taza caliente con sus manos tiritonas. Agradeció infinitamente que Law fuera un beta; no había juicios de casta entre ellos, ni aromas dominantes que lo asfixiaran, ni la presión territorial que tanto dolor le había causado con Zoro. Era simplemente la presencia tranquila de un hombre que no exigía explicaciones.
Lo que Sanji jamás sospechó es que, detrás de la actitud distante y calculadora de Trafalgar Law, existía un pequeño y secreto enamoramiento que el médico había guardado bajo llave desde los días de Punk Hazard y Dressrosa. Law siempre había admirado la devoción, el intelecto y la calidez implacable de Sanji; lo encontraba fascinante no por su casta, sino por la pureza de su espíritu. Ver a un hombre tan brillante y fuerte reducido a ese estado de fragilidad le encendió al cirujano un deseo profundo de protegerlo.
Law no preguntó por Zoro, aunque no necesitaba ser un genio para adivinar quién era el responsable de semejante desastre. Simplemente permaneció allí, haciéndole compañía en la penumbra de la cabaña, empujando la taza de té más cerca de las manos de Sanji y manteniéndose a una distancia respetuosa pero extrañamente reconfortante, ofreciéndole al cocinero el único refugio seguro que tenía en medio de la noche.
En el bosque de Wano, la mañana nació gris y helada, reflejando a la perfección el infierno que llevaba Zoro en el pecho. Estaba completamente empapado, con la ropa pegada al cuerpo, la mirada ida y un humor tan perro que ni el propio Franky o Usopp se atrevían a acercársele a diez metros de distancia. Había pasado toda la noche dando tumbos en círculos, perdiéndose entre los mismos senderos de bambú, maldiciendo su maldita falta de orientación y golpeando los troncos hasta dejarse las nudillos en carne viva. Su aura de alfa dominante estaba tan descontrolada, agria y agresiva por la desesperación y la pérdida que las aves no se atrevían a cantar a su paso. Odiaba a Wano, odiaba las castas, pero por sobre todas las cosas, se odiaba a sí mismo por no haber sido lo suficientemente rápido para atrapar a Sanji antes de que desapareciera en el aire.
Mientras tanto, en la pequeña cabaña de las afueras, la luz tenue del amanecer se filtraba por las rendijas de las cortinas. Sanji abrió los ojos lentamente, sintiendo los párpados pesados y la garganta seca por haber llorado en silencio casi toda la noche. Al intentar incorporarse sobre el futón, se dio cuenta de que no estaba solo. Sentado en una silla a un metro de distancia, con la espalda apoyada contra la pared y su inseparable espada Kikoku descansando entre las piernas, estaba Law. El cirujano dormitaba con un sueño extremadamente ligero, habiendo pasado toda la noche velando por la seguridad de Sanji sin dar un solo paso lejos de él.
Al escuchar el leve crujido de las sábanas, Law abrió los ojos de inmediato, encontrándose con la mirada cansada de Sanji.
-Buenos días, Black Leg-ya -dijo Law con esa voz grave y pausada que no transmitía prisa ni exigencias-. Dormiste apenas unas cuatro horas. Te convendría descansar más.
Sanji se quedó un segundo en silencio, sumamente conmovido por el gesto. Law era un hombre reservado, calculador y poco dado a la amabilidad gratuita, pero haber pasado la noche entera cuidándolo en la penumbra le demostraba un respeto y un cariño genuinos que al rubio le llegaron al alma.
-Gracias, Law... por quedarte -murmuró Sanji, regalándole una sonrisa pequeña y melancólica que no llegaba del todo a sus ojos azules.
A pesar del dolor aplastante que llevaba clavado en el pecho y de que su propio corazón estaba en mil pedazos, Sanji jamás dejaría de lado su esencia. Se puso de pie, se arregló el traje un poco ajado y caminó hacia la pequeña cocina de la cabaña. No podía cambiar lo que sentía por dentro, pero como el gran cocinero que era, su forma de agradecer el refugio y la compañía de Law fue encender los fogones.
Poco a poco, el aire de la choza comenzó a llenarse con el delicioso aroma a pescado fresco a la plancha, arroz recién hecho y sopa de miso caliente; el desayuno perfecto, ligero y libre de pan que sabía que al cirujano le gustaba. Mientras movía los sartenes con destreza casi automática, los pensamientos de Sanji inevitablemente regresaron a Zoro y a la imagen de Hiyori cuidando de él.
Sanji soltó un suspiro largo, dejando que el humo de su cigarrillo se mezclara con el vapor de la comida.
Por más que le doliere hasta el último aliento, jamás le guardaría rencor a una dama tan pura y hermosa como Hiyori. Ella representaba la paz, la tradición y la calidez que Zoro se merecía después de tanta sangre y batallas.
Sanji jamás se interpondría en la felicidad de una mujer, y mucho menos en la del hombre que amaba con locura. Pensar que Zoro estaría bien atendido y que tendría una vida plena al lado de una verdadera omega le daba un consuelo amargo, una paz triste que le permitía resignarse a su propio destino.
-Aquí tienes -dijo Sanji colocando el plato humeante frente a Law en la mesa, sirviéndole también un té recién filtrado-. Es lo mínimo que puedo hacer por aguantarme anoche.
Law contempló el banquete frente a él y luego levantó la vista hacia el rubio. El pequeño enamoramiento que guardaba por el cocinero solo se hizo más profundo al ver la elegancia, la generosidad y la nobleza con la que Sanji seguía cuidando a los demás, incluso cuando él mismo se estaba desarmando por dentro.
Law contempló el plato servido con esmero frente a él y luego dirigió la mirada hacia Sanji, quien se encontraba de espaldas ajustando la llama del fogón mientras intentaba mantener la postura firme. A pesar de que la casta Beta no percibía la carga de feromonas de forma instintiva como las demás, en este mundo los betas poseían un aroma propio y sutil que eran capaces de controlar a voluntad según la intención de su mente y espíritu. Law inhaló suavemente, dejando que la calidez del aroma de Sanji -esa mezcla ahumada y cítrica que ni el llanto había logrado apagar del todo- llenara el espacio de la pequeña cocina.
Lentamente, Law liberó su propio aroma: un aire limpio, herbal y medicinal, impregnado de una nota sutil de madera seca. No era una fragancia dominante ni invasiva, sino una presencia constante, serena y profundamente reconfortante que empezó a arropar a Sanji sin pedir nada a cambio.
-Black Leg-ya -dijo Law, rompiendo el silencio mientras dejaba los palillos a un lado y lo miraba directamente-. Sé exactamente lo que estás pensando y la decisión que acabas de tomar. Estás convencido de que hacerte a un lado es lo correcto, pero también sé que la soledad en medio de una guerra te va a terminar de destruir.
Sanji se congeló en su sitio, dándole la espalda, apretando la orilla de la mesada de madera mientras se esforzaba por mantener la compostura.
Law se levantó de la mesa a pasos lentos y se acercó hasta quedar a una distancia respetuosa detrás del cocinero. Sin intentar tocarlo para no abrumarlo, dejó que su aroma beta lo envolviera por completo, ofreciéndole un ancla firme en mitad de la tormenta emocional que el rubio atravesaba.
-No voy a interferir en tus decisiones ni te voy a pedir que cambies de opinión respecto a Roronoa-ya -continuó el cirujano, con esa voz grave y pausada que inspiraba una absoluta seguridad-. Pero te propongo un trato. Quédate a mi lado durante lo que resta de esta campaña en Wano. Permíteme ser tu refugio y tu espacio seguro mientras dure la batalla. Yo no tengo las exigencias de un dominante, no voy a juzgarte por tu casta ni voy a pedirte que seas alguien que no eres.
Sanji soltó un suspiro tembloroso, sintiendo por primera vez en días cómo la tensión de sus hombros comenzaba a ceder ante la presencia tranquila y controlada de Law.
-Law... no puedo pedirte eso -murmuró Sanji con la voz apagada, girándose apenas para mirarlo de reojo-. No sería justo contigo. Yo no puedo corresponderte de la forma en que tú...
-No estoy pidiéndote tu corazón, Sanji -lo cortó Law suavemente, llamándolo por su nombre de pila por primera vez, mientras el matiz herbal de su aroma se volvía aún más cálido y protector-. Sé muy bien a quién pertenece. Solo te ofrezco mi compañía, mi lealtad y un lugar donde no tengas que esconder tu dolor ni fingir que estás bien ante los demás. Déjame cuidarte mientras sanas.
Sanji se quedó en silencio, sintiendo una calidez desconocida en el pecho ante la honestidad y la madurez de la propuesta. En medio del abismo en el que se encontraba, la oferta de Law era un salvavidas al que desesperadamente necesitaba aferrarse para no terminarse de romper antes de que la gran batalla contra Kaido diera inicio.
Antes de que Sanji pudiera articular una sola palabra para responder a la propuesta de Law, la puerta de madera de la cabaña saltó hecha pedazos en un estallido de astillas y violencia pura.
El impacto de la madera contra las paredes retumbó en todo el lugar, e inmediatamente un aura aplastante e incontrolable invadió cada rincón del refugio.
Era el aroma de Zoro: un hedor denso, pesado, cargado de sake amargo, metal y la rabia contenida de un alfa dominante al borde de la locura. La lluvia aún goteaba de sus ropas y de los mechones verdes que le cubrían parte del rostro, pero su único ojo visible brillaba con una ferocidad roja y peligrosa.
-Él no se va a quedar a tu lado, Trafalgar -sentenció Zoro con un gruñido tan grave que hizo vibrar el suelo debajo de sus botas, dando un paso adentro con la mano firmemente apretada sobre el mango de la Enma.
La presión en el aire era tan sofocante que el propio ambiente de la cocina pareció congelarse. Sanji retrocedió un paso por puro instinto, sintiendo cómo el frío del miedo y la culpa se mezclaban con el calor abrasador que la presencia de Zoro siempre le provocaba.
Law, sin embargo, no retrocedió ni un solo milímetro. Como beta, su control sobre su propio aroma se mantuvo firme, intensificando esa fragancia herbal y serena para crear un escudo invisible alrededor de Sanji, protegiéndolo de la marea de feromonas agresivas que amenazaba con abrumar al recesivo.
-Llegas tarde, Roronoa-ya -dijo Law con absoluta frialdad, cruzándose de brazos y sosteniéndole la mirada al espadachín con una calma desafiante-. Estás irrumpiendo en mi espacio y alterando a alguien que claramente no quiere verte. Sanji es libre de tomar sus propias decisiones, y tu instinto territorial no tiene ningún poder aquí.
-¡Me importa una mierda tu espacio y tus reglas de betas! -estalló Zoro, avanzando a pasos agigantados hasta quedar frente a Law, la diferencia de tamaño y la amenaza implícita de sus espadas flotando en el aire-. Sanji no te pertenece, no le vas a ofrecer ningún refugio y mucho menos vas a decidir por él. La propuesta que le hiciste la rechazo yo en su cara, porque él es el único hombre al que voy a buscar en esta vida, le guste o no a la mierda de tu orgullo.
Zoro apartó la vista de Law por un segundo para clavar su mirada en Sanji. La furia en su rostro se suavizó apenas un milímetro al ver la palidez del cocinero, pero la desesperación detrás de su ojo era tan profunda que a Sanji se le encogió el corazón.
-Cocinero... -murmuró Zoro, ignorando por completo la presencia de Law, hablando con esa brutal honestidad que le caracterizaba-. Dijiste que quería una omega, que me estabas retrasando la felicidad... ¡Eres un maldito imbécil! Hiyori no me importa una mierda de esa manera. A mí no me interesa una vida fácil, ni una omega delicada, ni lo que diga la maldita sociedad. Te quiero a ti. Con tus dudas, con tu temperamento, siendo alfa recesivo o lo que sea. No te vas a quedar con él, y no te vas a volver a escapar de mí.
-Lárgate de aquí, Trafalgar -sentenció Zoro sin apartar la mirada de Sanji, su voz retumbando con un tono oscuro y peligroso que prometía sangre si no era obedecido.
Law observó la tensión que amenazaba con destruir la estancia. Sabía que desafiar en ese estado a un dominante desencadenado solo provocaría una pelea destructiva que terminaría afectando al propio cocinero. Tras dedicarle una última mirada serena y protectora a Sanji, el cirujano ajustó su capa, lanzó una leve advertencia a Zoro y se retiró en silencio, internándose en la lluvia de la mañana.
En cuanto Law cruzó el umbral, Zoro le propinó una patada a los restos de la puerta de madera, atrancándola fuertemente con una de las vigas caídas para encerrarlos a ambos en la penumbra de la cabaña. El encierro fue inmediato, sofocante y absoluto.
Sanji dio dos pasos atrás hasta que su espalda chocó contra la pared de la cocina, respirando con dificultad mientras veía al espadachín girarse hacia él. Pero la violencia que Sanji esperaba no llegó. En lugar de eso, lo que presenció le encogió el corazón de una forma destructiva: Zoro, el hombre más orgulloso e indomable del mar, cayó de rodillas directamente sobre el suelo de madera.
El impacto de las rodillas de Zoro contra el piso resonó en el silencio de la choza. El dominante mantenía la cabeza gacha, con los hombros temblando violentamente y las manos apretadas sobre los muslos con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Cuando finalmente levantó la cara para mirar al cocinero, Sanji se quedó completamente paralizado. El único ojo visible de Zoro estaba desorbitado, teñido por una locura salvaje de posesividad e instinto primario, pero al mismo tiempo brillaba anegado en lágrimas gruesas que rodaban sin freno por su mejilla cicatrizada, mezclándose con la lluvia de su rostro.
-No me hagas esto... -suplicó Zoro con una voz desgarrada, rota, un hilo de voz que Sanji jamás le había escuchado a ningún alfa y mucho menos al espadachín del barco-. No te atrevas a decirme con quién debo estar. No me digas que soy feliz con otra persona cuando me estoy muriendo por dentro si no te tengo a ti, maldita sea.
La imagen de un alfa dominante roto a sus pies, llorando con esa mezcla de desesperación y devoción pura, desarmó por completo el frágil escudo de Sanji. Todas las barreras que había construido por miedo, por sus inseguridades de casta y por el trauma de sentirse insuficiente se derrumbaron en un segundo. La mente de Sanji se quedó en blanco; no sabía qué decir, no sabía cómo reaccionar ni cómo procesar que ese hombre aterradoramente fuerte se estuviera humillando de esa manera solo por él.
Incapaz de articular una sola palabra, a Sanji se le quebró la garganta. Un hilo de gimoteos ahogados y temblorosos comenzó a escaparse de sus labios mientras se llevaba las manos a la boca, sollozando en silencio mientras las lágrimas volvían a desbordar sus ojos azules, abrumado por el amor tan violento y real que Zoro le estaba entregando.
Al ver a Sanji romperse en sollozos frente a él, Zoro no aguantó ni un segundo más la distancia. Se levantó de golpe y acortó el espacio entre los dos, envolviendo al cocinero en un abrazo tan desesperado y apretado que a Sanji casi se le fue el aire de los pulmones.
Era un agarre de acero, rudo y posesivo, pero cargado de una calidez temblorosa que le transmitía directamente al recesivo los latidos desbocados de su pecho. Zoro hundió el rostro en el cuello de Sanji, respirando hondo su aroma a tabaco y limones, impregnándolo de inmediato con el suyo para borrar cualquier rastro de la lluvia o de la presencia de Law.
-Ni se te ocurra volver a pensar en huir de mí -le susurró Zoro al oído, con la voz aún rasgada por el llanto y la ronquera, apretándolo más fuerte contra su cuerpo como si tuviera miedo de que se evaporara si lo soltaba un solo instante-. No me importa cuántas veces te vayas, no me importa a qué rincón de este jodido mar te escondas ni qué tonto argumento me des... Yo siempre te voy a encontrar, Sanji. Siempre. Eres mío, ¿me oyes? Eres el único hombre al que pertenezco y no voy a dejar que te alejes de mí por tus tontas ideas.
Sanji, aún temblando por el llanto y abrumado por la intensidad del dominante, escondió el rostro en el hombro de Zoro, sujetándose con fuerza de la tela mojada de su túnica. Sentir los brazos de Zoro alrededor de su cuerpo, la firmeza de su abrazo y la sinceridad destructiva de sus palabras terminó por derretir el último rincón de dudas en su corazón.
Zoro se apartó apenas unos centímetros, solo lo suficiente para tomar el rostro de Sanji entre sus manos ásperas y obligarlo a mirarlo directamente a los ojos. Su ojo visible, aún rojo y brillante por las lágrimas, lo clavó en las pupilas celestes y húmedas del cocinero con una devoción casi demente.
-Dime qué tengo que hacer, Sanji -le suplico Zoro en un murmullo grave, acariciándole las mejillas con sus pulgares con una ternura contradictoria-. Dime qué mierda necesitas que haga para que te quede claro. ¿Cómo te lo tengo que demostrar? ¿Quieres que me ponga de rodillas otra vez? ¿Quieres que mande al diablo a todo el mundo? Pídeme lo que sea, pero deja de dudar de lo que siento por ti.
Sanji negó levemente con la cabeza entre las manos de Zoro, intentando hablar a través del nudo de sollozos que le apretaba la garganta, pero antes de que pudiera articular una palabra, la mirada de Zoro se volvió repentinamente resuelta, iluminada por una chispa de absoluta terquedad. Al ver que Sanji todavía parecía abrumado y tembloroso, a Zoro le entró una idea fija en la cabeza, una solución radical que encajaba perfectamente con su naturaleza brutalmente directa.
-Si es esa mujer lo que te está metiendo estas ideas absurdas en la cabeza, entonces ven conmigo ahora mismo -le dijo Zoro, apretando el rostro de Sanji con un poco más de firmeza, mientras su voz recuperaba una fuerza oscura y tajante-. Vamos a ir a buscar a Hiyori. Voy a rechazarla enfrente de ti, mirándola a los ojos y dejándole claro a ella y a todo el mundo que no me interesa en lo más mínimo.
Sanji abrió los ojos de par en par, impactado por la locura de la propuesta, mientras sentía cómo los pulgares de Zoro le limpiaban toscamente las lágrimas de las mejillas.
-Me importa una mierda si ella es una omega, si es la hija del shogun o si el resto del país espera que me quede a su lado -continuó Zoro sin dudar un solo segundo, acercando su rostro al de Sanji hasta que sus frentes se tocaron-. No me importa quedar como un desgraciado ni romper ningún protocolo. Te lo voy a demostrar del modo que sea necesario para que esa cabeza tuya deje de inventar estupideces. Si necesitas ver cómo la rechazo frente a tus ojos para entender que no hay nadie más para mí, lo haré ahora mismo.
Sanji soltó un suspiro tembloroso, sintiendo cómo el calor de la frente de Zoro contra la suya terminaba de disipar la última pizca de hielo en su pecho. Con las manos todavía agarradas con fuerza a la túnica del espadachín, negó suavemente con la cabeza, esbozando una sonrisa pequeña, frágil pero profundamente sincera entre las lágrimas que aún mojaban sus mejillas.
-No... no es necesario, marimo idiota -murmuró Sanji con la voz suave, rozando sus labios contra los de Zoro en un aliento cálido-. No tienes que hacerle pasar un mal rato a una dama. Ya te creí... con un demonio, claro que te creí. Solo... solo quédate conmigo. No me dejes.
La tensión en los hombros de Zoro se esfumó de golpe. El dominante soltó un gruñido bajo que sonó más a un alivio desesperado que a una protesta, antes de atrapar la boca de Sanji en un beso hambriento, rudo y posesivo, sellando allí mismo el entendimiento silencioso que jamás debieron haber dejado romper. Sanji inclinó el rostro, entregándose por completo al abrazo y al sabor a sake y lluvia del hombre que, contra todo pronóstico y lógica de castas, lo amaba con una locura absoluta.
Mientras tanto, en la linde del bosque de bambú y bajo la lluvia torrencial de Wano, Trafalgar Law permanecía de pie a una distancia prudente de la cabaña, con las manos profundamente metidas en los bolsillos de su abrigo.
El cirujano apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula, viendo a lo lejos cómo el aura dominante de Zoro terminaba de envolver la pequeña estructura, reclamando el lugar y a su ocupante. Law literalmente hervía de rabia y frustración por dentro. Su plan de ofrecerle a Sanji una vía de escape serena, madura y bajo su propia protección -esperando que con el tiempo ese pequeño enamoramiento pudiera convertirse en algo más- se había desmoronado por completo en cuestión de minutos. La testarudez salvaje del espadachín y la devoción ciega del cocinero habían destruido cualquier cálculo táctico.
Soltando un chasquido de lengua lleno de amargura, Law dio media vuelta para perderse entre la niebla del bosque, sabiendo que en esa historia nunca hubo espacio para un beta, porque Sanji y Zoro estaban destinados a destruirse o salvarse únicamente entre ellos.








