LLUVIA DE ABRIL
Ese día miraba la lluvia.
El frío y la humedad se metían en la habitación como si quisieran ocupar el espacio que tú habías dejado vacío.
Era finales de abril. Hacía mucho que te fuiste y, sin embargo, el aire seguía teniendo aquella humedad pesada, sin rastro de ti.
Recorrí la casa, buscando en el aire algún vestigio tuyo, pero no encontré tu aroma de tu perfume en ninguna parte.
Solo el cristal empañado, el golpeteo constante de las gotas y el silencio me acompañaban.
Mientras observaba la lluvia caer, una sensación de ansiedad se adentró poco a poco en mí, hundiéndose cada vez más, alimentada por aquel frío que parecía haberse instalado en mis huesos.
Estreché las manos contra mi pecho en busca de un poco de calor, pero las yemas de mis dedos estaban heladas.
Un escalofrío lento me recorrió el cuerpo y me hizo estremecer.
Me abracé a mí misma, buscando en alguna parte de mí un poco de calor.
No lo había.
Tenías razón.
Siempre fui una mujer fría… hasta que tus manos me encontraron.
En ellas era capaz de derretirme, como un cubo de hielo expuesto al sol.
Extraño tus manos traviesas, recorriendo mi cuerpo con aquella curiosidad juguetona, deteniéndose en cada parte como si siempre hubiera algo nuevo que descubrir.
Al principio me resultaba extraño. No estaba acostumbrada a sentir unas manos recorrerme con tanta atención, con tanta confianza.
Pero poco a poco tus caricias me sedujeron.
Sucumbí a tus encantos.
Amé tus promesas, tus expresiones, incluso esa forma tuya de mirarme.
Amé la manera en que me hacías sentir, la forma en que me amabas.
Pensar en todo aquello ahora me llena de nostalgia, pero está bien…
Extraño tus dedos en mi cintura, perdiéndose lentamente en el horizonte de mi silueta; el recorrido que hacían por mi abdomen y mi pecho; la forma en que mis senos parecían amoldarse bajo tus manos, mientras las yemas de tus dedos los acariciaban con suavidad y ternura, explorando cada rincón de mi cuerpo como si quisieras memorizarlo.
Bebí vida, pasión y lujuria de tus labios.
Los mordía, provocándote, y tú me devolvías el mismo placer hasta dejarme sin aliento.
Había algo en esos labios que me embriagaba; algo en la forma en que me mirabas que conseguía llevarme hasta un lugar donde ya no existían ni el frío ni la razón.
Y era más que placer.
Me dabas aquello que me faltaba.
Fueron días hermosos, llenos de dicha y de una pasión desbordante, casi desenfrenada.
Fueron días cálidos de mayo, cuando el mundo parecía pertenecer únicamente a nosotras.
Pero ahora es finales de abril.
Estoy sola.
Mirando la lluvia a través de la ventana, en el frío silencio de esta casa que alguna vez fue nuestra.
Nuestra habitación.
Mi habitación.
La misma que parecía hecha solo para ti y para mí.
Intento abrazarme.
Intento acariciarme.
Intento encontrar en mi propia piel un poco de aquel calor que dejaste en ella.
Intento alcanzar esos días.
Intento recordar tus manos.
Entonces oigo la puerta.
El sonido rompe el silencio de la habitación.
Me quedo inmóvil.
Miro hacia la ventana y, a través del cristal cubierto de pequeñas gotas, distingo una silueta al otro lado.
Eres tú.
Estás frente a mi puerta, empapada por completo, mientras la lluvia cae con fuerza sobre tus hombros.
Una pequeña silueta bajo un aguacero interminable.
Siento que el pecho se me cierra.
No sé qué hacer.
La habitación vuelve a quedarse en silencio.
Solo el frío me rodea…
Y tú estás ahí.
Tan cerca.
Del otro lado de la puerta.








