CAPÍTULO 1: ANDROIDE DEL PASILLO
[POV: JUDE]
El aire acondicionado en los pasillos de Hohenbuschei estaba tan frío que se me erizó la piel bajo la tela delgada de mi chaqueta deportiva; los joggers ligeros tampoco ayudaban. O tal vez no era el frío. Tal vez era el peso de la realidad cayendo sobre mis hombros de diecisiete años. Estaba en Alemania por fin, un golpe de suerte que podría cambiar mi vida. Era el nuevo fichaje del Borussia Dortmund.
Durante el vuelo desde Inglaterra, había intentado calmar mi ansiedad leyendo una densa novela de fantasía en mi e-reader. Lo había configurado meticulosamente en una fuente Fast Serif que normalmente me ayudaba a perderme entre las palabras de forma veloz. Pero ni los reinos imaginarios ni las batallas épicas lograron distraerme del nudo que tenía en el estómago.
Ahora, de pie frente a la puerta del vestuario del equipo Dortmund, con mi pesada bolsa de lona colgando del hombro, me sentía como un niño en un mundo de hombres. Me temblaban algo las piernas, sentía que el piso podía resquebrajarse con cada paso que daba.
Respiré hondo, acomodé el agarre de mi bolsa y empujé la puerta doble, era el momento de comenzar una nueva etapa.
El vestuario estaba relativamente vacío, lo cual me hizo sentir más tranquilo, siendo casi una hora antes del entrenamiento oficial. Di dos pasos hacia adentro, intentando ubicar mi nombre en los lockers, cuando un estruendo sordo me hizo saltar y voltear en su dirección.
—¡Mierda! —maldijo una voz profunda y áspera en inglés, seguida del sonido metálico de un termo rodando por el suelo.
De detrás de una fila de lockers emergió una montaña humana. Era alto, absurdamente alto, con el cabello rubio atado en un pequeño moño desordenado y una complexión que parecía tallada en granito. El famoso androide noruego se acababa de golpear el hombro contra el marco de metal de un locker abierto, frotándose la zona con una mueca de fastidio antes de agacharse torpemente para recoger su termo.
Me quedé paralizado. Sabía exactamente quién era. Todo el mundo en el fútbol conocía a Erling Haaland.
El noruego se enderezó, con el termo en la mano, y finalmente reparó en mi presencia. Sus ojos, de un azul pálido e increíblemente intenso, me escanearon de arriba abajo. No hubo una sonrisa de bienvenida, ni un saludo de relaciones públicas. Erling simplemente acortó la distancia entre nosotros con tres zancadas pesadas.
Instintivamente tensé la mandíbula, preparándome para... no sabía qué. ¿Intimidación? ¿Una novatada?
—Eres el chico inglés —dijo Erling. No fue una pregunta, fue una afirmación rotunda. Su voz era grave, vibrando en el espacio silencioso del vestuario.
—Jude —logré decir, extendiendo una mano que se sintió ridículamente pequeña cuando Erling la estrechó. El agarre del noruego fue firme, casi brusco, pero su mano estaba sorprendentemente cálida; era obvio que Erling no se tomaba su entrenamiento nada a juego.
—Erling. —El delantero soltó mi mano y su mirada bajó hacia la pesada bolsa de lona que ya me estaba cortando la circulación del hombro—. Estás tenso. Vas a arruinarte la espalda antes de tocar el balón.
Antes de que pudiera responder que estaba perfectamente bien, Erling invadió mi espacio personal. Con un movimiento rápido y nada delicado, el noruego enganchó sus gruesos dedos en la correa de la bolsa y la levantó de un solo tirón, casi desequilibrándome en el proceso. La levantó con una sola mano como si estuviera llena de plumas.
—Oye, puedo llevarla... —protesté débilmente, sintiendo un repentino calor subirme por el cuello. Estaba acostumbrado a ser independiente, a demostrar que era lo suficientemente fuerte. No entendía bien si aún trataban de jugarme alguna broma. ¿Esconder mis cosas?
—Tu locker está aquí, al lado del mío —me interrumpió Erling, dándose la vuelta y caminando hacia el fondo del vestuario sin esperar a ver si lo seguía—. Le dije al utilero que te pusiera aquí. Hablo inglés. Los demás hablan demasiado rápido en alemán. Te dolerá la cabeza. Ven.
Parpadeé, procesando la ráfaga de información. Erling se había tomado la molestia de asegurar que estuviéramos juntos para ayudarme con el idioma, pero lo estaba comunicando con la sutileza de un camión de carga. Es verdad que no sabía nada de Alemán, pero planeaba aprender por mi cuenta.
Sin decir una palabra más, obedecí. Caminé detrás de la amplia espalda de Erling, sintiendo una extraña mezcla de indignación por haber sido tratado como un niño, y un profundo y confuso alivio. Por primera vez en días, alguien más había tomado el control.
Cuando llegué a mi locker, Erling ya había dejado la bolsa en el suelo y me estaba mirando desde su imponente altura. El noruego levantó una mano enorme y, con una brusquedad que me hizo cerrar los ojos por reflejo, me dio un par de palmadas pesadas en el hombro.
—Bienvenido a Dortmund, Jude —gruñó Erling, su voz suavizándose solo una fracción—. Siéntate. Te enseñaré cómo funciona la máquina de café antes de que lleguen los idiotas.
Me senté en el banco, mirando al androide rubio pelear torpemente con los botones de una pequeña máquina de espresso en la esquina. Mi corazón latía un poco más rápido de lo normal. Me dije a mí mismo que eran los nervios del primer día, pero mientras observaba la espalda ancha de Erling, sentía una total admiración. Tuve que detenerme a pensar por qué me sentía de esa forma tan repentina. No lo sabría decir. No todos los días conoces a un futbolista de élite.

![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)






