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El despacho olía a tabaco y whisky fuerte. Jeon Junghyun, el jefe de la mafia más poderosa del país, estaba sentado detrás de su enorme escritorio de madera oscura, respirando como si estuviera apunto de explotar. Tenía la cara roja y las venas del cuello marcadas. Frente a él, su hijo Jungkook parecía estar en otro mundo.
Jungkook no lo miraba. Tenía la vista clavada en sus manos, moviendo los dados como si estuviera tocando el piano en su cabeza. Llevaba unos auriculares colgando del cuello y una chaqueta de cuero vieja que se veía ridícula en medio de tanto lujo.
-¿ Te parece esto un puto chiste, Jungkook? -rugió Junghyun, haciendo que los guardaespaldas de la puerta se pusieran tiesos-. Te di una solo tarea. ¡Una! Solo tenias que sentarte, mirar al ruso a los ojos y firmar el maldito acuerdo. ¿Era tan difícil?
Jungkook suspiró, levantó la mirada despacio y respondió con voz tranquila, casi aburrída:
-Te dije que no iba a ir, papá. Ese tipo olía a alcohol barato y sus hombres no paraban de tocar las pistolas. Además, estaba ocupado. La nota musical de mi guitarra no me salía bien y...
-¡Me importa una mierda tu música! - Junghyun golpeó el escritorio con tanta fuerza que el vaso de whisky saltó -. ¡Eres un Jeon, carajo! Nuestro apellido significa sangre, dinero y poder. No notas musicales ni pianos y guitarras de mierda. Cuando yo muera o me maten de un balazo a la cabeza, todo esto va a ser tuyo. ¿Y qué vas hacer? ¿Tocarles una canción a los enemigos para que no nos maten?
Jungkook se levantó lentamente. Era alto, de hombros anchos y tenía una presencia que imponía respecto, aunque su mirada era demasiado limpia para este mundo.
-Yo nunca pedí este imperio -dijo con calma-. Búscate a otro. Adocta a un sicópata si tanto quieres un monstruo. Yo me voy al estudio.
-No te vas a ninguna parte -lo detuvo su padre, ahora con voz fría y peligrosa- Se me acabó la paciencia, Jungkook. Veinticuatro años esperándote. Ya no más. No sabes disparar sin que te tiemble el dedo, no sabes interrogar a un traidor, ni siquiera sabes blanquear el dinero como Dios manda. No sirves para nada de lo que importa aquí.
Jungkook puso los ojos en blanco y siguió caminando hacia la puerta, pero las siguientes palabras de su padre lo pararon en seco:
-Por eso contraté a alguien. Alguien que se va a encargar de ti.
Jungkook soltó una risa seca y se dio la vuelta.
-¿Un niñero? ¿En serio, papá? ¿A mi edad? No me hagas reír. No necesito que nadie me cuide.
-No es para cuidarte las espaldas, imbécil - respondió Junghyun mientras encendía un puro con las manos todavía temblando de rabia- Es para que te conviertas en un hombre... o para que te entierre si no sirves ni para abono.
(...)
En el mundo del crimen organizado, el nombre de Park Jimin no se pronunciaba en vano. No era un sicario cualquiera ni un matón de barrio. Jimin era una leyenda. El hombre al que los jefes de las grandes mafias llamaban cuando necesitaban convertir a sus hijos malcriados en auténticas maquinas de matar. Y su método nunca fallaba... porque no tenía piedad.
A las afueras de la ciudad, dentro de un almacén abandonado que olía a óxido y a humedad, Jimin terminaba de limpiar su herramienta de trabajo preferido: un cuchillo de combate de acero oscuro y afilado. A unos metros de él, tirado en el suelo como trapo sucio, estaba el cuerpo de uno intermediario que había intentado estafar al clan Jeon. Ni una sola gota de sangre había manchado la camisa de seda blanca que Jimin llevaba perfectamente planchada.
El sonido de pasos elegantes resonó en el lugar. Jeon Junghyun entró acompañado de sus mejores hombres. Al ver el cadáver, el viejo mafioso ni siquiera parpadeó. Al contrario, sonrió satisfecho.
-Puntual como siempre Park -dijo, manteniendo una distancia prudente. Sabía que acercarse demasiado a Jimin cuando estaba armado era una sentencia de muerte.
Jimin guardo el cuchillo en la funda oculta de su cinturón con un movimiento rápido y elegante. Se giró despacio, dejando ver su rostro: facciones finas, casi bonitas, ojos oscuros y penetrantes, y ese cabello rubio platinado que lo hacía parecer un ángel... un ángel muy hijo de puta. Cualquiera que lo viera en la calle pensaría que era un modelo o un estudiante de arte, no el asesino a sangre fría más letal del continente.
-El trabajo está hecho señor Jeon -habló Jimin. Su voz suave, casi dulce, pero helada- Su problema con las aduanas ya no existe. Ahora dígame, ¿para qué me llamo realmente?
Junghyun suspiro y sacó un sobre grueso del abrigo, lanzándolo sobre una caja de madera.
Ahí tienes la mitad del pago. El resto llegará cuando mi hijo deje de ser un inútil. Quiero que lo conviertas en un monstruo capaz de liderar la mafia Jeon. Enséñale a torturar, a negociar con infelices, a apretar el gatillo sin que le tiemble la mano. Y si ves que la música le ha podrido demasiado la cabeza... -hizo una pausa y trago saliva - tienes mi permiso para meterle una bala en la frente. Prefiero un hijo muerto que un heredero débil que termine destruyendo todo lo que construí.
Jimin miró el sobre con poco interés y luego clavó sus ojos felinos en el viejo. Una sonrisa pequeña y peligrosa se dibujó en sus labios.
-He entrenado hijos de la camorra y herederos de las triadas en Hong Kong, señor Jeon. Su hijo no será diferente. Si tiene algún hueso blando, se lo voy a romper hasta que quede fuerte. Mañana temprano estaré en su mansión. Prepárelo... porque yo no soy un maestro paciente.








