PRÓLOGO
Más allá de las fronteras del mundo conocido, allí donde los caminos dejan de aparecer en los mapas y la espesa niebla devora cada sendero hasta borrar cualquier huella, existe un lugar que el tiempo parece haber olvidado.
Nadie sabe con exactitud dónde comienza.
Algunos aseguran que se encuentra más allá de las montañas del norte, donde la tierra se vuelve árida y el invierno parece no terminar nunca. Otros creen que está escondido al otro lado de los antiguos bosques, allí donde las brújulas dejan de señalar el norte y los viajeros comienzan a caminar en círculos sin darse cuenta.
Hay quienes dicen que no pertenece realmente a este mundo.
Quizá todos estén equivocados.
O quizá todos tengan un poco de razón.
Porque hay lugares que no necesitan ser encontrados.
Hay lugares que, sencillamente, esperan.
Y aquel lugar llevaba esperando mucho tiempo.
Durante generaciones, los habitantes de las aldeas más cercanas habían aprendido a no pronunciar su nombre. Los ancianos bajaban la voz cuando alguien preguntaba por las tierras que se extendían más allá del bosque, y las madres advertían a sus hijos que jamás siguieran las luces que aparecían entre los árboles durante las noches de niebla.
No importaba cuánto insistieran los niños.
Nadie hablaba del castillo.
No de verdad.
Se contaban historias, por supuesto.
Siempre había historias.
Algunas hablaban de viajeros que habían desaparecido sin dejar rastro. Otras aseguraban que, en determinadas noches, podía distinguirse la silueta de una torre elevándose sobre la niebla, aunque desde aquel lugar no debería existir ninguna.
También estaban aquellos que juraban haber escuchado el sonido de una campana.
Una sola.
Siempre una sola.
Y siempre en mitad de la noche.
Pero cuando alguien preguntaba cuándo había sido construida aquella fortaleza, las respuestas comenzaban a confundirse.
Cien años.
Doscientos.
Quizá quinientos.
Algunos hablaban incluso de mil.
La verdad era que ninguna memoria conservaba el nombre del hombre que colocó su primera piedra.
Ni el motivo por el que decidió levantarla precisamente allí.
Porque el castillo no había sido construido para ser visto.
Había sido construido para permanecer oculto.
Sus enormes muros de piedra emergían de la tierra como si hubieran formado parte de ella desde el principio de los tiempos. Las torres se elevaban hacia el cielo, oscuras y silenciosas, mientras la niebla se enredaba entre sus almenas y descendía lentamente por las paredes.
Las ventanas, estrechas y profundas, parecían cuencas vacías.
Desde lejos, el castillo podía confundirse con una montaña.
Desde cerca, parecía algo mucho peor.
No había estandartes ondeando sobre sus torres.
No había humo saliendo de sus chimeneas.
No se escuchaban voces.
Ni pasos.
Ni el ruido de animales en sus establos.
Nada.
Solo el viento.
Un viento frío que recorría los corredores exteriores y se filtraba entre las grietas de la piedra con un murmullo constante, como si el propio castillo respirara.
Durante mucho tiempo se creyó que estaba abandonado.
Pero el abandono deja huellas.
Las puertas se deterioran.
Los tejados terminan por ceder.
Las paredes se cubren de raíces.
La naturaleza reclama aquello que los hombres dejan atrás.
El castillo, en cambio, permanecía.
Año tras año.
Invierno tras invierno.
Como si el tiempo hubiera decidido detenerse frente a sus muros.
Los jardines que alguna vez debieron haber sido hermosos habían sucumbido hacía mucho a la oscuridad.
Las fuentes permanecían secas.
Los senderos estaban cubiertos de maleza.
Los rosales se habían convertido en espinas retorcidas que trepaban por las columnas de piedra y cubrían antiguos arcos.
No quedaba ninguna flor.
Ni siquiera en primavera.
Los árboles que rodeaban el lugar habían crecido altos y deformes, con ramas que se entrelazaban unas con otras formando un techo tan espeso que apenas dejaba pasar la luz.
Aquel bosque parecía no conocer el día.
Incluso cuando el sol brillaba sobre las tierras lejanas, allí dentro reinaba una penumbra perpetua.
Y cuanto más se adentraba uno en él, más difícil resultaba recordar por qué había decidido continuar.
Los sonidos del mundo exterior desaparecían primero.
Después desaparecía el sentido de la distancia.
Finalmente, incluso el tiempo dejaba de tener significado.
El bosque no necesitaba monstruos para proteger el castillo.
Le bastaba con hacer que aquellos que entraban olvidaran cómo salir.
Por eso, con los años, las historias se hicieron más terribles.
Y las historias, como suele ocurrir, terminaron convirtiéndose en leyendas.
La gente comenzó a hablar de maldiciones.
De fantasmas.
De criaturas que caminaban entre los árboles.
De una sombra que observaba desde las ventanas más altas del castillo.
Nadie podía afirmar haberla visto de cerca.
Pero todos conocían a alguien que decía haberla visto.
Así nacen los monstruos.
No siempre de la verdad.
A veces nacen del miedo.
Y aquel castillo había alimentado el miedo de generaciones enteras.
Sin embargo, ninguna de aquellas historias contaba lo que realmente ocurría detrás de sus puertas.
Porque la verdad era mucho más sencilla.
Y, precisamente por eso, mucho más triste.
El castillo no estaba vacío.
Nunca lo había estado.
Durante años, una única presencia había recorrido sus interminables pasillos.
Una presencia que conocía cada escalera, cada habitación, cada puerta cerrada.
Alguien que sabía qué ventanas dejaban entrar la luz durante el invierno y cuáles permanecían cubiertas de hielo hasta la llegada de la primavera.
Alguien que conocía el sonido de cada tabla bajo sus pies.
Alguien que había aprendido a vivir con el silencio porque nunca había tenido otra cosa.
Había crecido allí.
Entre piedra fría y sombras.
Entre habitaciones demasiado grandes para una sola persona.
Había aprendido a encender el fuego cuando tenía frío.
A reparar aquello que se rompía.
A cultivar aquello que podía crecer en aquella tierra.
A defenderse.
A sobrevivir.
Pero nadie le había enseñado a vivir.
Y mucho menos a querer.
Porque el amor era un concepto extraño para alguien que había pasado tantos años sin recibirlo.
No sabía cómo se sentía una mano buscando la suya.
No conocía el significado de una caricia dada sin miedo.
Nunca había escuchado una voz que le prometiera que no estaba solo.
La soledad había sido su primera compañía.
Y, con el paso de los años, también se había convertido en su única certeza.
Aun así, existía algo en él que hacía difícil imaginarlo como una víctima.
Su presencia podía resultar aterradora.
Era alto, de complexión fuerte, aunque lejos de la exageración de un guerrero construido para la guerra. Había en su cuerpo una fuerza silenciosa, nacida de años de trabajo y aislamiento.
Vestía ropas oscuras, antiguas, cuidadosamente confeccionadas, acompañadas por piezas de armadura que parecían haber sido hechas para él y para nadie más.
Pero era su rostro lo que más desconcertaba.
Había una belleza casi irreal en sus facciones.
Una belleza fría.
Distante.
Casi fantasmal.
Como si el tiempo hubiera esculpido cada rasgo con paciencia y después hubiera olvidado enseñarle a sonreír.
Sobre su cabeza descansaba una corona de grandes púas negras.
No era un símbolo de poder.
No había súbditos que gobernar.
No había reino.
No había trono.
Era simplemente otra de las muchas cosas que pertenecían a su mundo.
A su silencio.
A su historia.
Durante años, aquel hombre había aprendido a convivir con las sombras.
Y las sombras habían aprendido a convivir con él.
Nadie atravesaba las puertas del castillo.
Nadie pronunciaba su nombre.
Nadie interrumpía su existencia.
Hasta aquella noche.
Aquella noche, algo cambió.
A kilómetros de distancia, donde los caminos todavía pertenecían al mundo de los hombres, alguien corría entre la oscuridad.
Una joven.
Una muchacha que no sabía hacia dónde iba.
Solo sabía de qué huía.
Sus pasos eran débiles.
Su respiración, entrecortada.
Y detrás de ella quedaban voces que no estaba dispuesta a volver a escuchar.
No sabía que el bosque la estaba esperando.
No sabía que la niebla no aparecía allí por casualidad.
No sabía que, más allá de los árboles, se alzaban las ruinas de un mundo que llevaba años sin recibir a un extraño.
Y, sobre todo, no sabía que aquella noche estaba a punto de cruzar una frontera que jamás podría volver a deshacer.
Porque algunas puertas solo se abren una vez.
Algunas historias comienzan cuando dos personas destinadas a no encontrarse se cruzan por accidente.
Y algunos corazones, después de pasar toda una vida escondidos detrás de muros, solo necesitan una persona para recordar que todavía existen.
Aquella noche, Sunne entraría en el castillo.
Y Wormath descubriría que el silencio que había protegido durante tantos años ya no le pertenecía únicamente a él.
Pero ninguno de los dos estaba preparado para lo que encontraría al otro lado de aquellas puertas.
Porque esta no es la historia de un monstruo.
Aunque durante mucho tiempo él creyó serlo.
Tampoco es la historia de una princesa que llegó a un castillo encantado para ser salvada.
Es la historia de dos personas heridas que nunca debieron encontrarse.
De un castillo que guardó demasiados secretos.
De una verdad enterrada durante años.
De un amor nacido en el lugar menos imaginable.
Y de cómo, a veces, aquello que más tememos encontrar en la oscuridad...
es precisamente aquello que puede devolvernos la luz.
Esta es la historia de Wormath.
Esta es la historia de Sunne.
Y todo comenzó...
en el silencio.








