Something Sweeter In the Air
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Harry es un omega adorablemente despistado que no se ha dado cuenta de que está embarazado, para su suerte, Louis lo supo desde el primer día por los pequeños cambios que solo un compañero atento podría notar.
Convencido de que su omega solo está esperando el momento perfecto para darle la noticia, Louis se arma de paciencia, pero los días pasan entre normalidades que no llevan a ninguna parte y una anticipación que lo está volviendo loco.
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La luz de la mañana se filtraba suave a través de las cortinas de lino de la cocina tiñendo todo de un tono dorado y perezoso, el reloj en la pared marcaba casi las nueve, y Louis, que llevaba despierto desde las siete por pura costumbre, removía distraídamente su té de desayuno con una cucharilla que tintineaba contra la porcelana.
La cocina olía, como usualmente, a pan tostado, a miel, al té humeante en sus manos, a su hogar. Una mezcla de ellos.
Nuez moscada y chocolate amargo, enredándose con la fresa dulce y la suave menta.
Pero principalmente, el usual aroma de la cocina es el de su omega, porque Harry siempre madrugaba.
Era una de esas cosas predecibles de su omega, una de las pequeñas certezas que atesoraba en su rutina diaria, Harry se despertaba con el sol, incluso los fines de semana, y solía correr por los alrededores de la ciudad antes de instalarse por completo en la cocina, entonces cuando Louis bajaba con el cabello revuelto, Harry ya se encontraba allí con una taza de té humeante entre las manos con más azúcar que agua, tan fuerte que el alfa apenas podía olerlo sin hacer una mueca. Pero a Harry le encantaba.
En cambio ese día, el sonriente y animado omega no estaba en ninguna parte.
Ese día, como en los últimos tres días, la silla de Harry frente a la mesa de madera estaba vacía, el agua caliente seguía en la cafetera, intacto. Louis había dejado de preparar agua caliente para esa infusión imposible esa misma mañana, guiado por un presentimiento que aún no se atrevía a nombrar. En lugar de eso, había puesto agua para su propio té y había sacado el exprimidor de naranjas, por si acaso.
Su omega llevaba tres días quedándose dormido.
Tres días en los que Louis se despertaba primero, rodaba en la cama y lo encontraba profundamente dormido con los rizos esparcidos sobre la almohada y los labios entreabiertos, tres días en los que había tenido que apartarle el cabello de la frente y susurrarle un muy suave “cariño, es tarde” para que Harry abriera los ojos con lentitud, parpadeando como un búho confundido, antes de murmurar un “cinco minutos más” que se convertían en veinte.
Louis había atribuido el primer día al cansancio, el segundo, a que Harry había estado trabajando hasta tarde en un proyecto de su estudio de fotografía. Pero al tercero, algo se había encendido en su interior.
Una chispa diminuta que se transformó en una nota discordante en la sinfonía perfecta de su vida juntos, porque Harry era impredecible en muchas cosas cómo en dónde dejaba los calcetines o a qué hora era cuando se metía en la ducha o si recordaba comprar leche o no, pero nunca en esto. Nunca en su té matutino ni en su energía matutina.
Y luego estaba su aroma.
El alfa se quedó muy quieto, la taza de té se quedó suspendida a medio camino de sus labios mientras el pensamiento lo golpeaba con la fuerza de una ola, el aroma de su omega había cambiado.
Era tan sutil que al principio pensó que era su imaginación, que tal vez Harry había probado un nuevo champú o una nueva crema hidratante que se mezclaba con su propio aroma, pero no.
Conocía ese aroma mejor que cualquier otro en el mundo, llevaba años respirándolo, dejando que lo envolviera, permitiendo que el alfa en su interior se calmara con solo percibirlo. Era una fresa dulce y menta, fresco y suave, como un día de primavera junto al mar.
Pero ahora, justo debajo de esa fragancia familiar había algo más y nuevo, una nota subyacente, cálida y cremosa.
Aspiró lentamente, cerrando los ojos por un instante. El alfa en su interior ronroneó con una satisfacción primitiva que lo recorrió de pies a cabeza. Pudo haberlo tomado como una sospecha o posibilidad, sin embargo, algo le decía que aquello era una certeza absoluta.
Una verdad que su cuerpo había reconocido antes de que su mente pudiera ponerle palabras.
Un cachorro.
Ellos tendrían un cachorro.
La taza tembló ligeramente en su mano, así que la dejó sobre la encimera con cuidado, como si el mundo se hubiera vuelto de repente frágil y precioso. Sus ojos se humedecieron sin previo aviso y una sonrisa temblorosa llena de asombro y alegría, se dibujó en sus labios.
Tuvo que apoyarse en la encimera, respirando hondo, porque la emoción amenazaba con desbordarlo.
Se giró lentamente hacia la mesa del desayuno y allí estaba Harry, su omega.
Harry, que acababa de bajar las escaleras arrastrando los pies envuelto en una sudadera demasiado grande, que se había dejado caer en la silla con la gracia de un saco de patatas y bostezaba con la boca bien abierta, sin cubrirse, mientras sus dedos se movían perezosamente sobre la pantalla del teléfono; que tenía los rizos aplastados en un lado de la cabeza y una marca de almohada en la mejilla.
Harry.
Que no tenía ni la más remota idea de nada (aunque Louis no sabía eso).
Louis se quedó mirándolo, apoyado contra la encimera con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que Harry podría oírlo desde el otro lado de la cocina si prestaba un poco de atención, pero no estaba prestando atención a nada que no fuera el brillo de su teléfono y el bostezo que se le escapaba cada pocos segundos.
“Buenos días” dijo el omega sin levantar la vista de la pantalla, su voz era ronca y todavía espesa de sueño. “¿Hay café?”
“No” respondió Louis, con una voz extraña y demasiado controlada, como si estuviera conteniendo un torrente de palabras que pugnaban por salir. “Pensé que quizá preferirías zumo o té, algo más suave.”
Harry hizo una mueca sin apartar los ojos del teléfono.
“El té de ayer me sentó fatal, creo que estaba en mal estado o algo. Me ha estado dando náuseas.”
Louis apretó los labios para no sonreír como un idiota. Claro que no era el té, llevaban usando el mismo té desde hacía meses y nunca le había sentado mal, pero decir eso ahora sería revelar su descubrimiento y no quería hacerlo. Al menos no todavía.
Porque si su omega no le había dicho nada, si su omega seguía ahí sentado, ajeno y adorable, era porque estaba esperando el momento perfecto.
Seguro. Tenía que ser eso.
Su chico era un romántico empedernido de esos que lloraban con los anuncios de navidad y guardaban las entradas de cine de sus primeras citas.
Seguro que estaba planeando algo especial y bonito, una pequeña sorpresa. Quizás un par de zapatitos de bebé o una cajita con una prueba de embarazo envuelta en papel de seda, algo que lo hiciera llorar de felicidad.
¿Y quién era su alfa para arruinar una sorpresa tan preciosa cómo esa?
“Tienes cara de sueño” comentó sirviendo un vaso de zumo de naranja y llevándoselo a la mesa, depositó el vaso junto al codo de Harry y sin poder contenerse, se inclinó para besarle la sien. Aspiró su aroma al hacerlo, y el alfa en su interior volvió a ronronear. Crema, fresas y menta, su cachorro. “¿Dormiste bien?”
“Mmm” fue la elocuente respuesta de su omega, que por fin levantó la vista del teléfono. Sí, definitivamente estaba planeando una sorpresa. Tenía los ojos verdes empañados de sueño y los párpados todavía pesados. “Demasiado bien, creo. No sé qué me pasa últimamente, estoy agotado.”
“¿Agotado?” Se sentó frente a él envolviendo sus propias manos alrededor de la taza de té que había rescatado de la encimera, se obligó a mantener un tono casual. “¿Haciendo algo que requiera mucha energía?”
“No, nada especial. Trabajo, ya sabes. Oh, y el otro día fui al súper, eso hizo que mis pies se agotaran horrible y olvidé la lista de compras, tuve que obligarme a recordar todo.”
Louis asintió lentamente, bebió un sorbo de té para ocultar la sonrisa que amenazaba con escapar.
“¿Compraste algo interesante en el súper?”
“Fresas” dijo, por un instante sus ojos se iluminaron con algo parecido al entusiasmo. “Muchas fresas. Estaban en oferta.”
“Fresas” Repitió, la palabra le supo dulce en la lengua.
“Sí, tenía antojo.”
Antojo.
La palabra flotó en el aire entre ellos, Louis la atrapó al vuelo y la guardó en el cofre de los tesoros que estaba acumulando en su mente.
Primero el sueño, luego las náuseas, el cambio en su aroma y ahora un antojo. Harry nunca había sido particularmente goloso, de repente compraba fresas en oferta y las llamaba antojo.
“Suena bien” dijo el alfa, con un tono que buscaba ser casi normal. “Me alegro de que tengas fresas.”
El ojiverde lo miró con el ceño ligeramente fruncido, como si detectara algo extraño en su tono pero no supiera muy bien qué. Luego se encogió de hombros, bebió un sorbo de zumo de naranja y volvió a bostezar.
“¿Todo bien?” Preguntó Harry, apoyando la mejilla en una mano. “Tienes una cara rara.”
“No, no. Todo bien” negó con la cabeza, y esta vez sí dejó que la sonrisa se le escapara, aunque intentó suavizarla. “Solo estaba pensando.”
“¿En qué?”
En ti, en nosotros, en que vamos a tener un cachorro, en que soy el alfa más afortunado del mundo, en que tengo al omega más precioso, en que no sé cómo voy a fingir sorpresa cuando me lo digas.
“En nada importante” mintió en cambio, alargando una mano sobre la mesa para rozar los dedos de su rizado, que estaban fríos por haber sostenido el vaso de zumo. “En que te amo mucho.”
Harry parpadeó claramente descolocado por la declaración tan repentina, pero luego sonrió con esa sonrisa perezosa y dulce que a Louis siempre le recordaba a los gatos cuando se estiraban al sol.
“Yo también te amo” dijo Harry. “Aunque seas un rarito.”
“No soy rarito.”
“Sí lo eres, un poco.”
El alfq se rió en una risa baja y temblorosa que no delataba ni la mitad de lo que sentía, apretó los dedos de Harry entre los suyos y se quedó así un momento, solo disfrutando del contacto, del aroma cambiado de su omega, de la mañana tranquila que se desplegaba ante ellos.
Un cachorro.
Vamos a tener un cachorro.
A esas alturas, su chico debía saberlo y estaba esperando el momento perfecto para contárselo.
Eso era lo que Louis se decía a sí mismo mientras acariciaba los nudillos de su omega con el pulgar. Harry estaba planeando una sorpresa, estaba cien porciento seguro. Una revelación bonita y especial que Louis recordaría toda la vida.
Y Louis, como buen alfa, iba a estar preparado.
Iba a ensayar su cara de sorpresa frente al espejo, a practicar el momento exacto en que sus ojos se abrirían y su boca formaría un “oh” perfecto de incredulidad. Iba a fingir que no lo sabía, que no lo había sabido desde el primer instante en que el aroma de Harry había cambiado, desde la primera mañana en que Harry se había quedado dormido, desde la primera vez que el café le había revuelto el estómago.
Porque Harry merecía eso, merecía la sorpresa y el momento perfecto que seguro que había planeado.
Louis estaba convencido de ello.
“¿Seguro que no quieres café?” Preguntó Harry de repente, liberando su mano del agarre de Louis para estirarse y bostezar de nuevo. “Puedo prepararlo yo.”
“No, no, quédate ahí sentado. Yo te traigo lo que quieras, ¿zumo, té, tostadas? Lo que sea.”
El omega lo miró con los ojos entrecerrados.
“Vale, ahora sí que estás raro. Te comportas así cuando hiciste algo, o lo estás tramando.”
“No hice ni estoy tramando nada” dijo Louis poniéndose de pie con demasiada rapidez y, definitivamente demasiada energía. “Solo soy un buen esposo.”
“Mjm.”
“Un esposo excelente, un alfa atento.”
“Louis.”
“Dime, cariño.”
“Cállate.”
“Por supuesto, bebé.”
Harry siguió deslizando el dedo sobre la pantalla del teléfono, totalmente ajeno a la mirada intensa de Louis, que lo observaba desde la encimera como si fuera la cosa más fascinante del mundo.
El alfa dejó escapar un suspiro silencioso, enamorado hasta la médula y fue entonces cuando se fijó en el detalle.
“¿Amor?”
“¿Sí, alfa?”
“¿Tienes la camiseta al revés?”
Se detuvo a medio camino de la encimera y se giró para mirarlo, el omega se había levantado un poco la sudadera para inspeccionar la camiseta que llevaba debajo.
Sí, estaba del revés.
La etiqueta asomaba junto a su clavícula con un dibujo de una ovejita.
“Sí.” Gruñó el rizado, alargando la vocal con resignación, y la ternura que sintió el alfa en ese momento casi lo derrite por completo.
“Pero te queda bien.” Dijo con una sonrisa que no podía ocultar aunque quisiera.
“Me la puse sin querer” defiende Harry, aunque no hizo ningún movimiento para arreglarla. “Estaba medio dormido.”
“Lo sé.”
“No me di cuenta.”
“Lo sé.”
“Mi cerebro está horrible últimamente.” Murmuró Harry, más para sí mismo que para Louis, mientras se frotaba un ojo con el dorso de la mano.
“Lo sé.” Susurra en una sonrisa, con la voz tan baja que apenas se percibe como un aliento.
Harry resopló dejando caer la sudadera para cubrir la camiseta al revés, la ovejita y la etiqueta rebelde. Luego apoyó los codos en la mesa con la barbilla en las manos, miró a Louis con esos ojos verdes que siempre lo desarmaban.
“¿Me abrazas?” Pregunta Harry, y había algo en su tono que no era exactamente una petición normal.
“Siempre, amor.”
Louis no duda cuando aparta la silla contigua a la su esposo para sentarse lo más cerca posible antes de rodearlo con los brazos, atrayéndolo hacia su pecho con la firmeza suave. Liberó una oleada tenue de feromonas de marcaje sin pensarlo siquiera, en un acto instintivo y la necesidad primaria de un alfa de envolver a su compañero en su esencia y hacerle saber que estaba a salvo.
Nuez y chocolate. Hogar.
Harry se derritió al instante.
“Te levantaste muy temprano” se quejó con la voz amortiguada contra el cuello de su alfa. Su nariz trazó un camino perezoso por la piel cálida, aspirando profundamente. “Te extrañé.”
“Aquí estoy, corazón. Siempre te cuido” su voz sonó más grave de lo que pretendía, cargada de una emoción que no podía explicar del todo. “Es mi trabajo.”
Sin verlo, el ojiazul sintió la forma en que Harry sonrió contra su piel. La curva de esos labios dibujarse en la base de su cuello, y luego el roce cálido de un beso en su mejilla que lo hizo sonreír a él.
Cuando Harry se apartó un poco, tenía esa sonrisa pequeña y satisfecha que siempre le formaba hoyuelos en las mejillas y sus ojos verdes brillaban con una chispa perezosa de afecto.
“Pues estás haciendo un trabajo excelente.” Dijo mientras daba una palmadita en su pecho antes de zafarse suavemente del agarre para volver a su zumo de naranja.
“¿No quieres algo más para acompañar ese zumo?” Pregunta con una suavidad que ocultaba a duras penas el torbellino interior, se puso de pie necesitado de movimiento y empezó a buscar algo en los armarios.
“Temo que mi estómago no aguante, Lou” Harry hizo una mueca, como quien sabe que su cuerpo está más sensible de lo normal y prefiere no tentar a la suerte. “Pero... ¿unas tostadas con mantequilla? Desperté con un fuerte antojo.”
Antojo.
Otra vez esa palabra.
Louis la guardó en el cofre mental de los tesoros junto a todas las demás señales, se giró hacia la encimera para que Harry no viera su sonrisa.
“Tostadas con mantequilla, por supuesto, omega. ¿Con un poco de canela, como te gustan?”
“Mmm, no. Solo mantequilla, pero mucha mantequilla, por favor.”
“Mucha mantequilla” repitió obedeciendo mientras sacaba el pan de molde y la mantequilla de la nevera. “A la orden.”
Y esa confesión inocente fue suficiente para que Louis se quedara allí de pie en medio de la cocina con el corazón desbordado y una certeza absoluta latiendo en su pecho.
Un cachorro, iban a tener un cachorro.
Harry se lo diría pronto con una sorpresa maravillosa que fingiría no esperar.
Todo iría bien. Todo sería perfecto.
Lo que Louis no sabía mientras observaba a su omega rascarse distraídamente la nuca, era que Harry no estaba planeando ninguna sorpresa.
Harry no tenía ni idea de que estaba embarazado, ni la más remota sospecha.
Pero esa revelación llegaría después.
Por ahora, el alfa se limitó a preparar unas tostadas con mucha mantequilla, a servir otro vaso de zumo y a besar la frente de Harry al pasar por su lado. Lo observó comer con apetito y sintió que el amor lo atravesaba como una corriente eléctrica, cálida e imparable.
Un cachorro.
El alfa en su interior ronroneó de nuevo, satisfecho y vigilante, anclado en la certeza primitiva de que su omega llevaba nueva vida en su interior.
Y Louis, que siempre había sido bueno guardando secretos, decidió que este sería el más dulce de todos. Al menos hasta que Harry estuviera listo para contárselo.
“Lou” dijo Harry de repente, con la boca medio llena de tostada. “¿Sabías que los cerditos no pueden ver el cielo?”
El ojiazul parpadeó.
“¿Perdón?”
“Los cerditos. ¿Sabías que no pueden ver el cielo? ¿No es triste? Estaba viendo un documental el otro día...”
Louis dejó salir una risa sincera y brillante que llenó la cocina, reverberó en las paredes para enredarse en los rizos de Harry.
Porque así era su omega, así era su compañero, así era la persona con la que iba a tener un cachorro, y no podía ser más feliz.
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Los días que siguieron al descubrimiento se deslizaron sobre la casa como una marea lenta y silenciosa, tejiendo una nueva rutina hecha de pequeños gestos, de atenciones que un distraído omega no terminaba de comprender y que un entusiasmado alfa no podía contener. No era algo que Louis hubiera planeado de forma consciente, era un instinto más profundo que eso, despertando en su pecho con la fuerza de un río.
Digamos que el alfa tal vez creyó que no había mejor momento que empezar a actuar como un compañero demasiado atento como en ese preciso instante. Tal vez todo lo que le pasó por la cabeza fue un al diablo con la sutileza, mi omega está en cinta.
“¿Sabes qué me apetecería ahora mismo?” murmuró Harry una noche con los pies descalzos sobre el sofá y la cabeza apoyada en el regazo de Louis. Su voz sonaba espesa y un poco arrastrada por ese cansancio nuevo que lo perseguía a todas horas. “Algo dulce, pero muy dulce.”
Louis, que estaba acariciándole el cabello con una mano distraída, se quedó muy quieto.
“¿Dulce como qué?”
“No lo sé. Como fresas con crema o chocolate caliente con malvaviscos o helado de vainilla, o todo junto, quizás” el omega soltó una risa suave, sin abrir los ojos. “Sueno como un cachorro pequeño.”
“Suenas como alguien que sabe lo que quiere” respondió con voz suave, su mano se movió lentamente por los rizos de Harry, desenredando un mechón rebelde. “Me parece perfecto.”
Harry no dijo nada más, se quedó dormido allí mismo con la mejilla aplastada contra el muslo de su alfa y la boca ligeramente abierta, su respiración se volvió profunda y pausada, y Louis permaneció inmóvil durante un largo rato, temeroso de perturbar ese sueño tan frágil y tan merecido. El aroma de su omega lo envolvía, tan cálido como siempre, con esa nota cremosa y miel que se intensificaba cada día.
Louis aspiró hondo cerrando los ojos.
A la mañana siguiente, se despertó antes que el sol.
No era su costumbre, ha decir verdad, Louis amaba dormir. Se aferraba a las sábanas como un náufrago a una tabla y normalmente era Harry quien tenía que arrastrarlo fuera de la cama con besos y promesas de té, pero aquella mañana abrió los ojos a las seis y media con una claridad sorprendente, como si alguien le hubiera susurrado al oído una orden que su cuerpo estaba ansioso por cumplir.
Fue entonces cuando se vistió en silencio dejando un beso en la sien del omega, que ni siquiera se movió. Bajó las escaleras de puntillas, tomó las llaves del coche y salió a la calle.
El supermercado estaba casi vacío a esa hora, pero alfa recorrió cada pasillo con la determinación de un soldado en plena misión, empujando el carro con una energía que no solía gastar antes del mediodía. Buscaba más fresas, crema batida, chocolate con leche, galletas de mantequilla, helado de vainilla, malvaviscos, sirope de caramelo y un bote de cacao en polvo del bueno (y también del caro).
Compró tal vez demasiado y solo pudo darse cuenta de eso al verlo todo sobre la cinta transportadora, pues no era nada más que una montaña de caprichos dulces que lo miraban con inocencia desde sus envoltorios brillantes. La cajera, una beta de mediana edad con el cabello recogido en un moño flojo, lo observó con una sonrisa divertida.
“¿Celebrando algo?”
Louis abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. ¿Cómo explicar lo que sentía sin sonar como un loco primerizo? Es decir, si lo era pero no quería avergonzarse frente aquella mujer.
“Algo así” respondió al fin, devolviendo la sonrisa con una que le hacía brillar los ojos. “Creo que mi omega está embarazado y quiero darle todo lo que se le antoje.”
La cajera asintió con dulzura al alfa y no dijo nada más.
Cuando llegó a casa, Harry todavía dormía y el alfa lo agradeció. No estaba listo para lidiar con un omega sensible que tal vez no encontraría agradable que su alfa saliera temprano sin siquiera despedirse.
Terminó de colocar cada cosa en su sitio para después preparar un desayuno que parecía sacado de una película. Había fresas lavadas y cortadas en un bol de cristal, crema batida en un cuenco aparte, chocolate caliente humeante en la taza favorita de Harry, galletas dispuestas en un plato bonito y helado guardado en el congelador para más tarde.
La cocina olía a azúcar y a fresa por doquier, haciéndolo sentir absurdamente orgulloso de sí mismo.
Su rizado omega apareció en la puerta con el pelo alborotado y los ojos aún entrecerrados, llevaba su sudadera por supuesto y los calcetines desparejados de siempre. Todo rastro de sueño se esfumó al ver la mesa, lo que lo hizo detenerse en seco.
“Lou, ¿por qué preparaste un desayuno de película?” Su voz era ronca e incrédula, terminó por frotarse los ojos con una mano, como si no estuviera seguro de estar viendo bien. “¿Es nuestro aniversario y no me acuerdo? Dios, ¿qué fecha es hoy? Louis, si es nuestro aniversario y lo he olvidado, juro que me desnudo en este instante y me pongo un moño de-”
“No es nuestro aniversario” lo interrumpió Louis, riendo por lo bajo. “Aunque todavía puedes hacer eso.”
Dijo acercándose para sostener su cintura y picotear sus labios con suavidad, asegurándose de bajar hasta el cuello para besar la marca, pero Harry solo lo golpeó levemente en el pecho.
Pronto le puso las manos en los hombros y lo guió con suavidad hacia la mesa.
“Solo quería darte un capricho. Dijiste anoche que te apetecía algo dulce.
Harry lo miró con los ojos muy abiertos, alternando entre el rostro de Louis y el festín desplegado sobre la mesa. Por un momento, pareció a punto de decir algo, pero en lugar de eso le picoteó una vez más los labios, se sentó y tomó una fresa con los dedos.
“Eres...” empezó, pero no terminó. Mojó la fresa en la crema y le dio un mordisco mientras dejaba salir un pequeño sonido de placer escapó de sus labios. “Oh, Dios. Está increíble.”
Louis se sentó frente a él, apoyando la barbilla en una mano mientras lo observaba comer con una atención devota, como si cada gesto de Harry fuera una obra de arte digna de contemplación. El omega mordió una galleta, bebió un sorbo de chocolate caliente y se relamió los labios con una sonrisa satisfecha.
“Te juro que esto es lo mejor que he comido en mi vida.” Dijo Harry con la boca llena, una pequeña mancha de crema se le quedó en la comisura de sus labios.
Louis se inclinó sobre la mesa y se la limpió con el pulgar con una lentitud deliberada haciendo que el omega quedarse quieto con los ojos verdes fijos en él.
“No sabes lo feliz que me hace escuchar eso” murmuró el alfa. “Mi omega.” Dice plantando un beso en su sien.
Nuestro omega embarazado.
“¿Tu omega?” Harry parpadeó y un tono juguetón se acentuó en su voz.
“Mi omega” repitió el alfa con voz grave y cargada de una ternura que no pudo disimular, después dedico una de esas sonrisas torcidas que tanto gustaba al omega. “Come bien. Me gusta poder darte lo que quieres.”
“Aun no entiendo tu necesidad de.” empezó Harry, pero Louis negó con la cabeza.
“¿No puedo consentir a mi omega sin la necesidad de una razón?”
El rizado solo entrecerró los ojos mirándolo fijamente, pero no pregunto más. Louis solía hacer cosas como esa muy a menudo y era verdad que nunca esperaba una ocasión especial para consentirlo, aun así, una parte muy dentro de él tenía un extraño presentimiento.
El alfa de ojos azules, por otro lado, estaba más que feliz de poder cumplir los primeros antojos del primer embarazo de su omega, su primer cachorro. Quería llenarle la cocina de fresas y crema y todas las cosas dulces del mundo, quería verlo feliz, completamente saciado y cuidado.
Quería que supiera, que podía pedirle la luna y él encontraría la forma de bajársela.
Harry lo miró durante un largo momento con una expresión blanda y confusa al mismo tiempo, luego sonrió con esa sonrisa de hoyuelos que hacía que a Louis se le encogiera el estómago.
“Gracias, alfa.”
“Siempre, omega.”
Un par de días después de aquella mañana del super desayuno, el ojiazul decidió que ya había esperado suficiente (no era cierto).
Estaban en la cocina, su precioso chico de rizos cobre estaba sentado sobre la encimera con los talones golpeando suavemente los armarios de abajo mientras pelaba una mandarina con una concentración excesiva, y él, apoyado frente a ese concentrado chico con una taza de té entre las manos, pensó que quizás un empujoncito no le haría daño a nadie.
“Entonceeees” empezó alargando la vocal con un tono que pretendía ser casual y que sabía perfectamente que no engañaba a nadie. “¿Tienes alguna noticia?”
El omega levantó la vista de la naranja con las cejas ligeramente fruncidas en ese gesto que hacía cuando intentaba recordar algo importante.
“¿Noticia?” se quedó pensando con un gajo a medio camino de la boca. “Ah, sí. Compré más fresas.”
Silencio.
Eso no es la noticia que estoy esperando, pensó con una calma que empezaba a rozar la desesperación cómica.
“Más fresas.” Repitió en voz alta porque no se le ocurrió nada mejor que decir.
“Sí, había una oferta buenísima en el súper, compré como tres cajas lo cual es bueno porque las amo” Harry se metió el gajo en la boca masticando con satisfacción. “¿Por qué? ¿Tú tienes alguna noticia?”
Sí, y será mejor que lo digas pronto porque cada día que pasa mi actuación se vuelve más y más ridícula.
“No, nada” dijo el alfa con una voz que sonó apenas un poco estrangulada. “Solo tenía curiosidad.”
El de ojos verdes lo miró un segundo más de lo necesario con una mirada que usaba cuando sospechaba que algo no encajaba del todo pero no conseguía identificar qué. El alfa casi pudo ver los engranajes girando despacio detrás de esos ojos verdes, casi pudo ver el momento exacto en que decidía que no valía la pena perseguir el pensamiento.
“Bien” dijo al fin, encogiéndose de hombros y volviendo a su mandarina. “Por cierto, ¿no te parece que la cocina huele distinto? Como más… no sé, más fuerte. ¿Cambiaste de detergente?”
Si, el detergente.
“Nop.” Dijo girándose hacia la nevera con más brusquedad de la necesaria, principalmente para ocultar la sonrisa que ya no podía contener.
El cansancio del omega se convirtió en algo tan constante que el alfa aprendió a anticiparse a él, porque ya no era solo que se quedara dormido en la cama hasta tarde; ahora el sueño lo atacaba en los momentos más inesperados como un ladrón silencioso que le robaba las fuerzas sin previo aviso.
La primera vez que lo encontró dormido sobre su escritorio, el corazón se le cayó al suelo. Había vuelto del trabajo más temprano de lo habitual con una bolsa de fruta fresca en una mano y el teléfono en la otra, la casa estaba envuelta en un silencio de la penumbra suave de media tarde, fue cuando supo, antes de subir al estudio, que algo no marchaba del todo y todo porque Harry no había respondido a sus mensajes en dos horas, no era algo exactamente alarmante, pero aun de esa forma el lobo que llevaba dentro no podía evitar inquietarse.
Subió las escaleras con sigilo y empujó la puerta del estudio con cuidado, fue entonces cuando lo encontró dormido sobre el escritorio con la mejilla aplastada contra una pila de fotografías impresas y un lápiz de dibujo aún en la mano.
Sus gafas de montura redonda estaban torcidas sobre su nariz empañadas por el aliento y un hilo de baba manchaba el borde de una foto, a su alrededor notaba también todo ese caos ordenado del trabajo a medio hacer, sus papeles, memorias USB y una taza de té frío que ya no humeaba.
El alfa se quedó un instante en el umbral con el corazón latiéndole tan fuerte que lo sentía en las sienes, más que miedo, fue una oleada de ternura tan abrumadora que por un momento temió que las rodillas le fallaran.
Cargar con nuestro cachorro lo agota.
Se acercó con pasos lentos cuidando de no hacer ruido, dejó la bolsa de fruta en el suelo para inclinarse sobre su esposo y apartarle un rizo de la frente con una suavidad exquisita, aunque Harry ni se inmutó, respiraba profundamente con la boca entreabierta y de vez en cuando soltaba un pequeño ronquido que le parecía la cosa más adorable del universo.
“Vamos, cariño” susurró pasando un brazo por debajo de las rodillas de Harry y otro por su espalda. “Aquí no descansas bien.”
Lo levantó con un extremo cuidado, como si estuviera hecho de la porcelana más fina, el omega se removió un poco murmurando algo ininteligible solo para acurrucarse contra su pecho buscando su calor instintivamente. Louis sintió el peso de su omega en brazos mientras sentía una emoción indescriptible subir por su garganta.
Mi omega. Mi cachorro. Mi familia.
Bajó las escaleras despacio con su esposo en brazos, susurrando palabras sin sentido contra su cabello. Lo depositó en el sofá con delicadeza para después tomarse su tiempo para arreglarlo todo, le quitó los zapatos para masajearle los pies con suavidad; le puso un cojín bajo las rodillas; lo cubrió con esa manta de felpa suave que adoraba y le quitó las gafas con cuidado, doblándolas y dejándolas sobre la mesa de centro.
Luego, en lugar de irse, se sentó en el suelo junto al sofá y no hizo nada más.
Se quedó allí con la espalda apoyada en el borde del sofá y las piernas estiradas sobre la alfombra, vigilando. Su aroma a nuez y chocolate se expandió por la habitación envolviendo a su chico en una burbuja cálida y segura, el omega suspiró en sueños y se acurrucó hacia él buscando el calor y el olor de su alfa.
Louis se inclinó y le besó la frente, luego bajó hacia su mejilla y volvió a bajar hacia su suave mano, que en sueños, Harry había llevado inconscientemente a su vientre.
El alfa se quedó mirando esa mano durante un largo rato, aquella mano pálida de dedos largos y elegantes portando uno que otra de sus joyas favoritas descansando sobre la tela de la sudadera, justo donde crecía la vida y donde su cachorro se estaba formando en silencio.
Sintió un nudo formarse en su garganta.
No puedo esperar a conocerte, pensó.
No puedo esperar a que tu mami me lo cuente, no puedo esperar a verte. Aunque no hace falta verte para decirte lo mucho que te amo desde ahora.
Se quedó allí hasta que Harry despertó una hora después, parpadeando con los ojos llenos de sueño y una sonrisa confusa en los labios.
“¿Me trajiste al sofá?”
“Estabas incómodo en el escritorio.” Dijo encogiéndose de hombros como si no fuera nada.
“Y me quitaste los zapatos.” Mencionó moviendo sus pies levemente al tiempo que miraba sus calcetines
“También te masajeé los pies.”
“Oh, Dios, y no sabes lo mucho que me dolían” Harry se cubrió la cara con las manos. “Eres demasiado bueno, ¿qué hice yo para merecerte?”
Louis se inclinó y le apartó las manos del rostro besándole la punta de la nariz.
“Existir. Eso es todo lo que tienes que hacer, solo existir y dejarme cuidarte.”
Harry lo miró con una expresión que era pura ternura.
“No sé qué me está pasando últimamente” murmuró. “Pero no odio que me cuides así.”
“Entonces déjame” dijo Louis en un susurro ronco. “Déjame cuidarte, corazón. Déjame hacerlo todo por ti.”
Harry asintió lentamente.
“Vale” dijo acurrucándose contra él. “Está bien.”
Otra cosa fue el marcaje que empezó de forma sutil, como un impulso que Louis no supo nombrar hasta que ya era demasiado tarde para detenerlo.
Cada mañana antes de salir a trabajar buscaba al omega sin pensar, lo encontraba en la cocina, en el sofá o todavía en la cama envuelto en las sábanas con la cara medio hundida en la almohada y entonces sin importar lo que estuviera haciendo, Louis se acercaba por detrás, lo rodeaba con los brazos y hundía la nariz en el punto exacto de su cuello donde el aroma de Harry era más intenso y marcaba completamente.
No era un marcaje posesivo, era más una necesidad de dejar su esencia en la piel de su omega, de mezclar su aroma hasta que resultara imposible saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Frotaba su nariz contra la piel cálida liberando feromonas con una intensidad que no empleaba desde los primeros meses de su relación, cuando todavía estaban aprendiendo a reconocerse.
Harry se dejaba hacer, a decir verdad, estaba muy encantado.
“Buenos días, alfa” murmuró adormilado y feliz mientras ladeaba la cabeza para darle mejor acceso. “Estás muy mimoso hoy.”
“Siempre contigo” respondió Louis con la voz vibrando contra la piel de Harry. “¿Vas a extrañarme?”
“Siempre te extraño.”
“¿Llevaras mi sudadera azul hoy también?”
“No, la negra. La azul la lavé ayer porque le derramé chocolate.”
“¿La que usé al despertar?”
Harry asintió.
“Bien, mi olor estará contigo todo el día.”
El rizado rió de manera ronca y suave, la cual hizo al alfa sentir cosquillas en el pecho.
“Como si no tuviera suficiente contigo marcándome cada cinco minutos.”
“Nunca es suficiente.” Dijo un poco malhumorado porque no era suficiente.
La idea de salir de casa y dejar a precioso omega embarazado allí desprotegido, sin su olor y sin su presencia, lo ponía nervioso de una forma absurda. Sabía que no corría ningún peligro y que Harry era perfectamente capaz de cuidarse solo pero el instinto era más fuerte que la lógica, y en ese preciso instante, su instinto solo le gritaba marca, protege, cuida, no lo pierdas de vista.
Sabía que a lo mejor estaba siendo muy obvio y se veía sospechoso, pero él siempre había sido un alfa muy posesivo con su omega. Entonces simplemente marcaba y Harry, acostumbrado a su posesivo alfa (especialmente cerca de su celo), se dejaba marcar.
Con todo ese marcaje, llegaron sus prendas como una extensión natural. Empezó a dejar su sudadera favorita doblada en el sofá cada mañana, esa misma que Harry siempre le robaba de todos modos. Solo que ahora era más deliberado, un recordatorio físico de su presencia.
“¿Sabes que me dejas tu sudadera todos los días?” Le preguntó una tarde cuando Louis volvió del trabajo y lo encontró envuelto en ella con las mangas demasiado largas cubriéndole las manos y el cuello de la prenda estirado de tanto que Harry lo había mordisqueado.
“¿Lo hago?” Louis fingió sorpresa, aunque una sonrisa lo delató.
“Sí, lo haces” Harry se levantó del sofá y caminó hacia él descalzo. “También me dejaste tu camiseta de dormir en mi almohada ayer.”
“Qué distraído he estado.”
“Lo haces a propósito” Harry lo miró con los ojos entrecerrados, pero no había acusación en su expresión. “Estás muy cariñoso, me encanta, pero ¿seguro que no me vas a pedir un divorcio?”
El ojiazul soltó una carcajada envolviendo al omega en sus brazos y apretándolo contra su pecho.
“Lo único que voy a pedirte es que te pongas mi sudadera y huelas a mí todo el día. Eso, y que me dejes hacerte la cena.”
“Okay, no me voy a divorciar” dijo riendo contra su hombro. “Me estás conquistando demasiado, aunque la etapa del cortejo ya haya terminado.”
“La etapa del cortejo nunca termina.”
Y aunque parezca que Louis era un tonto mimoso, la realidad es que sin darse cuenta, Harry también había empezado a buscar el aroma de su alfa con una necesidad y urgencia nueva que lo llevaba a enterrar la nariz en la almohada de su esposo cuando no estaba, a envolverse en sus prendas y a respirar hondo junto a su cuello cada vez que estaban cerca.
Una noche, Louis llegó a casa más tarde de lo habitual, el trabajo lo había retenido en una reunión tras otra y para cuando pudo escapar ya era de noche, encontró a Harry en el sofá hecho un ovillo con su sudadera apretada contra su pecho como si fuera un peluche.
“Hola, omega” susurró Louis acercándose con cuidado. “¿Me extrañaste?”
Harry alzó la vista y sus ojos verdes se iluminaron con un alivio tan profundo que se le encogió el corazón.
“Mucho” confesó en voz ronca, como si hubiera estado llorando. “Demasiado, te he extrañado muchísimo, ¿por qué llegaste tarde?”
Louis se sentó a su lado para atraerlo hacia sí y mecerlo suavemente.
“Lo siento. Fue una reunión tras otra y no pude ni respirar, pero ya estoy aquí contigo.”
“Hueles muy bien” murmuró Harry hundiendo la cara en su pecho. “Me calma.”
Louis le besó los rizos respirando su suave aroma sintiendo que el alfa en su interior ronroneaba de pura satisfacción.
Míos. Mi familia.
El nido fue lo siguiente y para su desgracia, Louis no era un experto en nidos, nunca lo había sido, los nidos eran territorio de los omegas. Eran un espacio sagrado y personal que se construía por instinto, pero aquella tarde al subir al dormitorio mientras Harry dormía otra de sus siestas en el sofá, el alfa se detuvo frente al nido y frunció el ceño.
Estaba algo desordenado, se notaba que el omega llevaba días sin ocuparse de él por las mantas revueltas, las almohadas caídas en los bordes y el edredón hecho una bola en una esquina.
Harry solía ser meticuloso con su nido, lo arreglaba cada pocos días y añadía o quitaba cosas según su estado de ánimo, pero últimamente el cansancio lo vencía antes de que pudiera siquiera pensar en ello.
Se quedó un momento de pie, observando. Y sin más, se puso manos a la obra.
Por un momento temió que aquello alterara a su chico puesto que sabía que los nidos de omegas no se tocaban sin su autorización, pero en ese momento nada de eso le paso por la cabeza.
No tenía ni idea de lo que hacía, pero dejó que el instinto lo guiara, estiró las mantas más suaves sobre la base del nido alisando las arrugas con las palmas; también colocó las almohadas en el orden que recordaba que Harry prefería; sacudió el edredón y lo dobló a los pies, luego sin pensarlo demasiado, se quitó la sudadera que llevaba puesta para colocarlo en un lateral del nido e impregnar el espacio con su aroma a nuez y chocolate.
Después añadió una manta extra de felpa color crema que había comprado esa misma semana porque había leído en un foro de alfas que a los omegas embarazados les gustaban las texturas suaves en sus nidos, así que la desdobló con cuidado para extenderla sobre el conjunto alisándola hasta que quedó perfecta.
Cuando terminó, retrocedió un paso para admirar su obra. No estaba mal, olía a él y a Harry. Estaba limpio, cómodo y acogedor, exactamente lo que un nido debía ser.
Esa noche, Harry entró al dormitorio y se quedó quieto.
Louis, que ya estaba en la cama, observó de reojo cómo su omega se acercaba al nido y cómo sus dedos rozaban la manta de felpa color crema al tiempo que aspiraba hondo el aroma de su alfa que se desprendía de la sudadera gris.
“Lou...” la voz de Harry sonó extraña, lo que lo hizo ponerse alerta. “¿Arreglaste mi nido?”
“Estaba un poco desordenado, mi amor. Debí haber preguntado antes de mover algo, pero te juro que no se me paso por la cabeza y solo pensaba en lo mucho que te gustaría, lo siento.” Se sentó en la cama mientras tanteaba el acercarse o no.
“Lou, Lou. Está bien, ¿okay?” dijo acercándose para tomar la cara del alfa. “Mi nido también es tuyo, alfa. Te amo, ¿y compraste una manta nueva?”
“Estaba en oferta.”
Harry no dijo nada más y solo se metió al nido con movimientos lentos para acurrucarse contra la sudadera de Louis y cerrar sus ojos, un suspiro largo y profundo escapó de sus labios.
“Todo huele a ti” murmuró con una voz cargada de una emoción que hizo temblar algo en el pecho de Louis. “Es perfecto. Gracias, alfa.”
“De nada, omega.” Respondió Louis.
En los días que siguieron, Harry empezó a añadir objetos al nido sin darse cuenta, una toalla suave que había comprado por impulso o un peluche viejo que llevaba años guardado en un cajón, también el suéter azul de Louis que tanto le gustaba; y cada adición era solo una pieza más del rompecabezas que solo el alfa veía completo.
Preparando nido para cachorro.
Y aunque Harry solo lo hacía porque se sentía bien, porque su instinto lo empujaba a rodearse de suavidad y del olor de su alfa, Louis lo interpretaba como una señal maravillosa más.
Pronto, el alfa se volvió hiperconsciente de cada cambio en su omega por mínimo que fuera, cada uno era un tesoro y, por supuesto, una confirmación silenciosa de lo que ya sabía en lo más profundo de su ser.
El ojiverde se quedó dormido a las ocho de la noche un martes en plena película con la boca entreabierta y la cabeza apoyada en el hombro de Louis. El alfa apagó la tele, lo cubrió con una manta y se quedó mirándolo un largo rato sin atreverse a moverse por miedo a despertarlo. Harry respiraba suavemente con una mano sobre su vientre.
Harry también lloró un miércoles por la noche viendo un anuncio de un perrito perdido que volvía a casa con su familia, las lágrimas le corrían por las mejillas sin control y se limpiaba la cara con la manga de la sudadera de Louis mientras balbuceaba.
“Es que es tan bonito, Lou. Es que el perrito no sabía si iba a encontrar a su familia y al final sí la encontró y... ¿y si no la hubiera encontrado? ¿Y si se hubiera quedado solo?”
Louis lo abrazó sin preguntar, meciéndolo suavemente y secándole las lágrimas con el pulgar.
“La habría encontrado” dijo con una certeza absoluta. “Uno siempre encuentra el camino a casa, aunque tardara un poco en darse cuenta.”
El omega se acurrucó contra él, aún oliendo a lágrimas y a fresas, y Louis lo sostuvo hasta que se quedó dormido otra vez.
-
Los despistes de Harry también empezaron como una anécdota divertida y acabaron convirtiéndose en una constante.
Louis llegó del trabajo una tarde y encontró la nevera abierta con su esposo de pie frente a ella mirando el interior con los ojos entrecerrados como si esperara que algo le devolviera la mirada.
“¿Amor? ¿Buscas algo?”
“Mis llaves.”
“¿En la nevera?”
“No lo sé, Lou. Ya no sé nada. Las tenía en la mano y luego... me dio sed y... no me mires así.”
Louis contuvo una sonrisa, se acercó para sacar las llaves del estante donde el rizado las había dejado junto al cartón de leche y se las entregó. Harry las miró como si fueran un objeto extranjero.
“Vale, oficialmente mi cerebro se está derritiendo.” Dijo con una mueca de frustración.
Louis le besó la sien con suavidad.
“Es un cerebro muy bonito, aunque esté derretido.”
“No me consuela, pero gracias.”
Dos días después, olvidó una comida que tenía planeada con Niall. Louis lo escuchó disculparse por teléfono con la voz llena de frustración y luego lo vio dejarse caer en el sofá con una mueca de auténtica angustia.
“Esto no me pasa. Yo soy organizado, jamás he olvidado una comida con Niall.”
“Estás cansado, eso es todo” dijo Louis sentándose a su lado y atrayéndolo hacia sí. “No pasa nada por olvidar una comida.”
“Pero es que no es solo eso, ayer olvidé cargar el teléfono y el otro día se me olvidó comprar papel higiénico, también el jueves... ¿era jueves? Bueno, en algún momento de la semana olvidé el cumpleaños de mi mamá. Lo celebramos desde que tengo memoria, es horrible.”
El ojiazul le acarició el pelo con una paciencia.
“¿Y eso es tan grave?”
“¡Sí! Porque tengo veintiséis años, no ochenta. ¿Y si me pasa algo?”
Louis le tomó la cara entre las manos, obligándolo a mirarlo.
“No te pasa nada malo, corazón. Solo estás... en un momento raro, tu cuerpo está pidiendo descanso y tu cabeza va a mil por hora, es normal.”
“No me lo parece.” Murmuró Harry con un puchero adorable.
“Confía en tu alfa, ¿sí?”
Harry apoyó la frente en la de su esposo y cerró los ojos.
“Confío en ti.”
Otro día, estaba en su estudio intentando editar una sesión de fotos cuando el ojiazul le llevó un batido y lo encontró mirando la pantalla con los ojos perdidos.
“¿Cómo va el trabajo?”
“Llevo veinte minutos intentando recordar qué quería hacer con esta foto. La miro y no sé, es como si mi cerebro estuviera en pausa.”
“¿Y si descansas un rato?”
“No puedo, tengo que entregarla mañana.”
“Puedes, yo te ayudo a organizar el tiempo. Tú descansa, te despierto en una hora y vuelves con la cabeza fresca.”
El rizado se frotó los ojos, agotado.
“¿Y si no se me pasa?”
“Se te pasará y si no, la entregamos tarde. No es el fin del mundo y eres el mejor fotógrafo del mundo.”
“Es tu voz de “todo va a estar bien”. Me relaja y me estresa al mismo tiempo.”
Louis se rió por lo bajo.
“Es mi especialidad.”
Harry se levantó, se estiró y se dejó caer en el sofá del estudio, el alfa lo arropó con una manta que ahora siempre dejaba allí, por si acaso.
“Gracias por no enfadarte conmigo.” Murmuró antes de dormirse.
“Nunca me enfadaría contigo por algo así.”
“Podrías. Yo me enfadaría conmigo.”
“Pues no lo hagas. Eres perfecto.”
Para cuando llegó la semana siguiente, Louis había desarrollado lo que él mismo consideraba una paciencia casi heroica.
Era sábado por la mañana y estaban los dos todavía en el nido, el omega medio dormido con la cara hundida en la almohada de su esposo en lugar de la propia (algo que hacía cada vez con más frecuencia al buscar inconscientemente el lugar que más olía a él), cuando el alfa decidió que necesitaba, por su propia salud mental, otro intento.
“¿Estás seguro de que no hay nada que quieras decirme?” Preguntó con los dedos enredados perezosamente en los rizos, con un tono que pretendía sonar despreocupado (aunque sabía perfectamente que no lo era).
El ojiverde abrió un ojo y luego el otro, de pronto se incorporó sobre un codo con una expresión que solo podía describirse como pura emoción contenida.
“¡Oh, SÍ!” Exclamó con tanta energía que Louis sintió que el corazón se le detenía por completo.
Está pasando de verdad esta vez. Respira alfa. Cara de sorpresa, ojos abiertos. Puedes hacerlo.
“¿Sí?” Consiguió decir con la voz apenas firme.
“¡Encontré tu calcetín perdido!” anunció Harry con una satisfacción radiante, como si acabara de resolver el misterio del siglo. “El gris con rayas azules, el que llevas buscando desde hace como un mes. Estaba detrás de la lavadora, ¿te lo puedes creer? Lo vi ayer cuando estaba doblando la ropa y se me olvidó decírtelo hasta ahora.”
El ojiazul se quedó mirándolo con la cara de sorpresa que había ensayado durante semanas en secreto completamente desperdiciada en un calcetín.
“Mi calcetín.” Repitió en un tono plano que no reflejaba ni de lejos el terremoto emocional que acababa de atravesarlo.
“¡Sí! Sabía que te iba a poner contento” Harry se dejó caer de nuevo sobre la almohada visiblemente satisfecho de sí mismo y visiblemente ajeno por completo al alfa que tenía al lado intentando recomponer los pedazos de su compostura. “¿A que es una buena noticia?”
Esta sorpresa se le está yendo un poco de las manos.
Pensó con una mezcla de diversión y desesperación tan intensa que casi se rió en voz alta.
“Es una noticia excelente” dijo en cambio, inclinándose para besarle la frente y dejando que sus labios se demoraran un segundo de más contra su piel para respirar esa mezcla ya familiar de fresa, menta y la cálida miel. “El mejor calcetín del mundo.”
“Lo sé” dijo el omega ya cerrando los ojos otra vez, arrastrado de vuelta hacia el sueño con esa facilidad reciente que el alfa observaba con un cariño que dolía. “Te amo, alfa rarito.”
“Yo también, mi omega. Mi omega embarazado.”
Pero Harry ya no lo escuchó, se hundió de nuevo en un sueño tranquilo con una mano perdida en busca de la de su esposo bajo las sábanas, la encontró sin abrir los ojos, como si su cuerpo supiera exactamente dónde buscar aunque su mente estuviera en otra parte.
El ojiazul se quedó despierto un rato más con los dedos entrelazados con los de su omega y pensó que si esto seguía así mucho más tiempo, iba a tener que empezar a practicar algo más que su cara de sorpresa, iba a tener que empezar a practicar cómo no llorar antes de tiempo.
-
La gota que colmó el vaso fue lo de la harina.
Harry quiso ayudar con la cena un sábado por la noche, Louis accedió a regañadientes porque le encantaba la idea de compartir la cocina con su omega, aunque sabía que en esos momentos era un desastre entre fogones, no esperaba el desastre completo.
Su adorable esposo derramó la harina por toda la encimera, luego al intentar limpiarla, tiró un vaso.
“¡Lo siento, lo siento, lo siento!” exclamó con la harina en la camiseta y el suelo lleno de polvo blanco y cristales rotos, sus ojos se llenaron de lágrimas. “Ni siquiera sé por qué me ofrecí a ayudar.”
Louis lo tomó suavemente por los hombros, apartándolo del desastre.
“Cariño, no pasa nada.”
“Sí pasa. Mira el desastre, lo arruiné todo.”
“No arruinaste nadas, solo fue un pequeño accidente.”
“Es que soy un inútil.”
“No lo eres, corazón. Ahora la cocina huele a galletas, así que todo el mundo gana.”
Harry lo miró con los ojos brillantes, a punto de llorar de verdad.
“No me hagas reír, me voy a sentir peor.”
Louis dejó la escoba y lo besó, ignorando la harina que se le pegaba a la ropa.
“Nada de sentirse peor. ¿Sabes qué? Vamos a pedir comida y mañana cocinamos juntos, pero tú solo cortas las fresas. Eso se te da increíble.”
“Cortar fresas es lo único que no me sale mal últimamente.” Dijo Harry con la voz rota por un puchero ridículo.
“Exacto, eres el campeón mundial de cortar fresas. No te subestimes.”
Y así pasaron los días.
Louis contuvo su emoción como pudo, transformándola en batidos de fresa y plátano, en mantas de felpa sobre el nido, en abrazos por la espalda y feromonas, la transformó en actos de servicio, en besos en la frente y en siestas vigiladas desde el suelo del salón.
No se lo dijo a nadie, era el secreto de su omega, la sorpresa de su omega, y él no iba a robárselo.
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La terraza de Niall y Amelia estaba envuelta en una luz cálida y parpadeante, esa que solo las guirnaldas de bombillas colgadas entre los árboles saben crear, el jardín olía a hierba recién cortada, a madera de la pérgola, a velas perfumadas con canela y a ese inconfundible aire de verano que lo impregnaba todo.
Los vasos tintineaban por todas partes llenos de colores brillantes y espuma de cerveza, la música sonaba lo bastante alta como para sentirse viva pero no tanto como para impedir conversaciones.
Louis, sin embargo, no podía relajarse.
Llevaba semanas esperando, despertándose cada mañana con la certeza palpitante de que hoy sería el día, de que su omega aparecería con una sonrisa nerviosa y una cajita escondida, de que por fin podría fingir la sorpresa que había estado ensayando en cada rincón de su mente.
Pero los días habían pasado uno tras otro y la revelación no llegaba. Ahora de pie junto a la barra improvisada donde Liam había colocado un barril de cerveza y un sinfín de botellas, sentía que la paciencia empezaba a agrietarse en sus bordes, aun así no le quitaba el ojo a Harry.
Su omega estaba radiante, no había otra palabra para describirlo. Tenía la piel ligeramente bronceada por el sol de los últimos días, los rizos desordenados con esa falta de esfuerzo que solo Harry conseguía y una camisa blanca holgada que se deslizaba por uno de sus hombros de una forma que al alfa le hacía cosquillas en el estómago.
Reía con Niall inclinando la cabeza hacia atrás con una risa tan abierta y libre que siempre hacía que se enamorara un poco más, Liam le decía algo al oído (lo que lo hizo apretar con fuerza el vaso en su mano) y Harry asentía gesticulando con las manos mientras contaba una historia que no podía oír desde donde estaba.
Apretó la mandíbula y bebió un largo trago de su cerveza, sin saborearla apenas. No podía apartar los ojos de Harry y no solo por lo hermoso que estaba, sino por la tensión que se le anudaba en el pecho como una cuerda invisible.
¿Por qué sigue esperando?
Había notado cada cambio en su aroma, el cansancio, los antojos, los despistes, las siestas interminables, el nido repleto de mantas suaves y de su propia ropa, los ascos matutinos disimulados con vasos de zumo y galletas de mantequilla, las manos que inconscientemente se posaban sobre su vientre cuando creía que nadie lo veía.
Lo había visto todo y aun así, Harry no decía nada.
¿Está esperando el momento perfecto? ¿Una ocasión especial? ¿Algo más... espectacular?
Louis se pasó una mano por el cabello alborotándoselo, el alfa en su interior estaba inquieto moviéndose en su pecho como un animal enjaulado. Era una total impaciencia de confirmar con palabras lo que su instinto ya llevaba semanas gritándole, de que su compañero compartiera con él la noticia más importante de sus vidas.
Aspiró hondo dejando que el aroma de su esposo le llegara desde el otro lado del jardín, incluso entre el olor a hierba y el alcohol, podía distinguirlo con claridad.
Fresa dulce y menta, y debajo esa capa nueva y cálida que lo volvía loco de ternura. Leche y miel.
No puedo más. Voy a estallar si no lo dice pronto.
Pero se obligó a sonreír cuando Liam lo llamó para unirse a la conversación, se obligó a caminar con calma y no correr hacia Harry para rodearlo con sus brazos mientras susurraba a su oído que ya lo sabía, que no necesitaba esconderlo más, que podía decírselo en cualquier momento.
No. La sorpresa era de Harry, no la arruinaría.
Pronto, Niall apareció con una bandeja de copas de champán.
“¡Atención, atentos todos!” anunció con su vozarrón de siempre alzando la bandeja por encima de su cabeza como si fuera un trofeo. “Champán para celebrar... eh, no sé, ¡que es sábado y estamos todos juntos! ¡Salud por eso!”
Un coro de risas y aplausos llenó el jardín, las copas burbujeaban con un líquido dorado y brillante reflejando las luces de colores que colgaban de los árboles.
“¡Harry, toma!” Dijo el alfa extendiéndole una copa con una sonrisa enorme.
Pero Louis, que estaba a unos tres metros de ellos, se quedó inmóvil. El rizado, por otro lado, solo sonrió con los ojos verdes encendidos por la euforia de la noche.
“¡Gracias Niall! ¡Te amo!” Respondió con total naturalidad y extendió la mano hacia la copa.
Fue entonces cuando el mundo de Louis se ralentizó viendo todo con una claridad dolorosa. Los dedos largos del omega cerrándose alrededor del tallo de la copa, el movimiento de su brazo, la inclinación de su cabeza mientras se llevaba la copa a los labios, la sonrisa que no se borraba de su rostro, la ausencia total de vacilación.
En su mente, la escena se desdobló en dos realidades paralelas.
En una, Harry aceptaba la copa y la dejaba en una mesa discreta, manteniendo la farsa y buscando su mirada para compartir un secreto silencioso. En la otra, Harry se llevaba el champán a los labios sin pensarlo dos veces.
El clic mental del alfa fue ensordecedor, como un trueno seco que resonó en su cráneo y se expandió por todo su cuerpo. El tiempo se detuvo, los sonidos de la fiesta se apagaron como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo dejándolo con solo la existencia de Harry, su omega, su compañero, a punto de beber alcohol mientras llevaba a su cachorro en el vientre sin saberlo.
No lo sabe.
Dios mío, no tiene ni idea.
Louis se movió antes de que su mente pudiera dar la orden, en tres zancadas estuvo junto al omega.
Su mano se cerró suavemente alrededor de su muñeca deteniendo el movimiento justo antes de que la copa tocara sus labios. Con la otra mano, tomó la copa y la apartó con un cuidado, casi como si contuviera veneno. El ojiverde lo miró con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, claramente desconcertado.
“¡Lou! ¿Qué haces?” Preguntó, con el ceño fruncido y un tono que era una mezcla de confusión y ofensa. “¡Era mi champán!”
Louis lo miró, viendo la incomprensión auténtica en su rostro y una ternura tan infinita lo atravesó que por un momento temió ponerse a llorar allí mismo, delante de todos.
“No, cariño” murmuró con voz suave. Dejó la copa en una mesa alta sin apartar los ojos del confundido ojiverde y se inclinó para besarle la sien con una lentitud deliberada. “Ahora no. Te lo explicaré después, lo prometo.”
Harry se quedó desconcertado, lo veía en su postura y la forma en que sus dedos se aferraban a la tela de su camisa.
“Pero...” empezó a protestar, aunque su voz sonaba débil. “Era solo una copa.”
“Te lo explicaré luego, confía en mí.” Respondió con un tono cargado de una autoridad tranquila que no admitía discusión.
El omega lo miró durante un largo momento, sus ojos verdes buscaron algo en los azules que le explicara aquel comportamiento y lo que encontró debió de ser suficiente, porque asintió lentamente con la boca todavía fruncida pero la resistencia desvaneciéndose de sus hombros.
“Bien.” Murmuró.
No paso mucho para que Niall se acercara de nuevo con la bandeja todavía en la mano.
“¿Todo bien, chicos? ¿Desde cuándo no tomas champán, cachorro?”
“No le apetece ahora” respondió Louis con una sonrisa tensa pasando un brazo protector alrededor de los hombros de su omega. “Ya sabes, se marea con el alcohol. Mejor no arriesgar.”
“Oh, claro. Recuerdo muy bien el día de su boda” Rió el alfa encogiéndose de hombros sin darle más importancia. “¿Quieres un refresco? Tenemos limonada casera.”
“Eso sería genial, Ni.” Dijo Harry, aunque su mirada seguía fija en su esposo buscando respuestas.
Un torrente de emociones contradictorias se arremolinó en su pecho, lo miró de reojo. El omega seguía a su lado confundido pero tranquilo, con su mano deslizándose lentamente por su hombro, cuando de repente, todo el peso de las últimas semanas se transformó en una resolución clara y luminosa.
Parecía que el tendría que ser quien diera la sorpresa y por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
“¿Todo bien, alfa?” Preguntó Harry en un susurro que solo él podía oír.
Louis le apretó suavemente el hombro y le besó la sien.
“Estoy bien, cariño. Estoy perfecto.”
Acababa de entenderlo todo.
La sorpresa ya no era de Harry, ahora era suya.
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Louis apenas había dormido, había pasado la noche en un estado de duermevela extraño flotando entre la vigilia y el sueño con la mente llena de imágenes que se desdoblaban como una película.
Se giró en la cama por enésima vez buscando a su compañero incluso en la penumbra, el omega dormía a su lado profundamente con la mejilla hundida en la almohada y los rizos esparcidos sobre la funda de algodón, su respiración era lenta y regular, una de sus manos descansaba sobre su propio vientre y él se quedó mirándola durante un largo rato, incapaz de apartar los ojos.
La habitación olía a ellos, a nuez y chocolate, a fresa y menta, a esa nota cálida y dulce que se había instalado en el aroma de Harry. El nido los rodeaba con la manta de felpa color crema que había comprado y la sudadera gris impregnada de su olor.
Todo estaba en calma, exactamente como debía ser, pero no podía estarse quieto.
Cuando el primer rayo de sol se filtró a través de las cortinas tiñendo la habitación de un tono rosado y tenue, supo que había llegado el momento. Se incorporó con un cuidado exquisito apartando las sábanas sin hacer ruido, se inclinó sobre Harry y le depositó un beso suave en la frente. El omega murmuró algo ininteligible, se removió un poco y volvió a hundirse en el sueño.
Louis lo observó durante un instante más, luego con una sonrisa que no podía contener, salió de la cama.
Bajó las escaleras descalzo sintiendo la frialdad de la madera bajo las plantas de los pies, la casa estaba en silencio envuelta en esa quietud sagrada de las primeras horas de la mañana.
Tomó las llaves del coche, se puso unas zapatillas que encontró junto a la puerta y salió a la calle sin molestarse en cambiarse de ropa, llevaba el pantalón de pijama y una camiseta vieja, y no le importaba lo más mínimo.
El mundo exterior aún estaba despertando, las calles estaban en su mayoría vacías, las aceras húmedas por el rocío de la noche y el aire olía a tierra mojada y a flores abriéndose al sol. Louis respiró hondo llenando sus pulmones con la frescura de la mañana y se permitió un momento de pura euforia.
Las ideas en su mente lo hicieron reír por lo bajo.
Llegó a la farmacia poco antes de que abrieran y se quedó esperando en el coche tamborileando los dedos sobre el volante con una impaciencia que no podía controlar. Cuando por fin abrieron, entró como un vendaval.
La farmacéutica era una beta de cabello canoso y gafas colgadas de una cadena dorada que lo miró con una mezcla de diversión y curiosidad.
“Buenos días, joven. ¿Puedo ayudarle en algo?”
“Sí, hola. Buenos días. Necesito...” Louis se detuvo sintiendo que las palabras se le atascaban en la garganta. Estaba nervioso. “Necesito algunas pruebas de embarazo.”
“¿Alguna marca en particular?”
“No. No sé... pero, varias. De las buenas. Las más fiables.”
La farmacéutica arqueó una ceja.
“¿Cuántas quiere exactamente?”
Lo pensó un momento.
“Dos” dijo al fin. “No, tres. Tres está bien. De marcas distintas, para asegurarnos.”
“¿Asegurarse?” La mujer no pudo ocultar una sonrisa. “¿Es para su pareja?”
“Para mi omega” respondió Louis con un tono cargado de un orgullo que no intentó disimular. “Creo que... bueno, estoy bastante seguro de que está embarazado. Pero él no lo sabe y quiero tener pruebas de sobra para demostrárselo.”
La farmacéutica dejó escapar una risa suave.
“Vaya, eso es adorable. Su omega es muy afortunado.”
“El afortunado soy yo.”
Salió de la farmacia con una bolsa de papel en la mano, tres cajas de pruebas de embarazo y una sensación de triunfo que le hacía cosquillas en el estómago. Después, en lugar de volver directo a casa, se detuvo en una tienda de bebés que había visto en el camino.
Era una tienda pequeña y encantadora con un escaparate lleno de zapatitos diminutos, bodies con estampados de animalitos y mantas de colores suaves. Louis se quedó un momento fuera mirando el escaparate con el corazón desbordado, nunca había tenido motivos para entrar en una tienda de bebés y ahora de pie frente a la puerta de cristal, sentía que estaba a punto de cruzar un umbral que lo cambiaría todo.
Vamos a necesitar cosas. Zapatitos, bodies, mantas, pañales, una cuna...
Se rió por lo bajo negando con la cabeza ante las palabras de su lobo.
Una cosa a la vez, Tomlinson. Primero la prueba, luego el resto. Todo a su tiempo.
Entró en la tienda y se dirigió directamente al mostrador donde una dependienta joven lo recibió con una sonrisa.
“Buenos días, ¿puedo ayudarle?”
“Busco unos zapatitos de bebé” dijo. “Algo bonito y... especial.”
“¿Sabe el sexo del bebé?”
“No, todavía no. Así que algo neutro, blanco, quizás o crema.”
La dependienta lo guió a una estantería llena de zapatitos, el alfa los miró todos con una atención reverencial, como si fueran algún tipo de joyas preciosas. Había unos con forma de patito, otros con lazos minúsculos y otros con estrellas bordadas, pero fueron unos los que le llamaron la atención. Eran unos zapatitos blancos de tela suave, con un bordado diminuto de una ovejita en el lateral.
Harry tenía una camisa parecida, la coincidencia le hizo sonreír con una ternura que le dolía en el pecho.
“Estos” dijo señalándolos. “Me llevo estos.”
Los zapatitos eran tan pequeños que cabían en la palma de su mano, los sostuvo con cuidado, sintiendo que los ojos se le humedecían.
Nuestro cachorro. El de Harry y mío.
Los envolvieron en papel de seda blanco y los guardaron en una bolsa bonita, el alfa salió de la tienda con la sensación de llevar un tesoro entre las manos.
De vuelta en casa, la casa seguía en silencio. Harry no se había despertado, así que subió las escaleras sigilosamente y después de comprobar que su omega seguía dormido hecho un ovillo en el nido con la sudadera gris abrazada contra el pecho, bajó a la cocina y preparó todo con una ceremonia silenciosa.
Eligió una cajita de madera que su esposo guardaba en el salón, eran una cajita muy bonita que solía usar para guardar pequeños recuerdos, como entradas de cine, notas manuscritas o polaroids; la vació con cuidado dejando el contenido a un lado y forró el interior con papel de seda blanco.
Dentro, colocó los zapatitos con delicadeza asegurándose de que el bordado de la ovejita quedara visible, junto a ellos, puso las cuatro cajas de pruebas de embarazo alineadas con una precisión casi militar.
Cerró la cajita con cuidado sosteniéndola entre las manos al tiempo que sentía su peso ligero, pero su contenido inmenso, y aspiró hondo.
“¿Lou?”
La voz de su omega, espesa de sueño, llegó desde el dormitorio. Louis se sobresaltó, apretando la cajita contra su pecho.
“Estoy aquí, cariño” respondió con una voz extraña, tensa por la emoción. “Ya subo.”
El alfa ojiazul subió las escaleras con la cajita escondida tras su espalda y el corazón golpeándole las costillas con una fuerza que resonaba en sus oídos, se detuvo un instante en el umbral del dormitorio observando al adormilado rizado que se removía perezosamente entre las mantas del nido.
Harry estaba despatarrado en la cama con los rizos aplastados contra la almohada y una mejilla marcada por las arrugas de la sábana, llevaba la sudadera del alfa, por supuesto, y una de las mangas le cubría la mano, como si se hubiera acurrucado dentro de ella. Sus ojos aún estaban cerrados, sus labios entreabiertos y emanaba ese aroma dulce y cálido que Louis había aprendido a reconocer como la promesa de su cachorro.
“Lou...” murmuró Harry sin abrir los ojos. “¿Qué hora es?”
“Temprano, cariño. No te preocupes por eso.”
Louis se acercó a la cama con pasos lentos manteniendo la cajita oculta tras su espalda, se sentó en el borde del colchón sintiendo que su propio peso creaba un pequeño valle en las sábanas y alargó la mano libre para acariciar los rizos de su omega con suavidad.
“¿Quieres mostrarme tus bellos ojos, mi amor?” susurró. “Tengo algo para ti.”
Harry abrió un ojo primero y luego el otro, parpadeó lentamente tratando de enfocar y su mirada se posó en su alfa con una mezcla de sueño y curiosidad.
“¿Algo para mí?” Su voz sonaba ronca y arrastrada por el sueño. “¿Qué es?”
“Tienes que abrirlo para descubrirlo.” Dijo y con un movimiento lento, puso la cajita sobre el regazo de Harry.
El omega se incorporó a medias, apoyándose en los codos. Miró la cajita y luego a Louis, su expresión era de pura confusión.
“Es una cajita bonita.” Dijo como si quisiera ganar tiempo.
“Ábrela.” Repitió Louis.
El rizado se sentó del todo, cruzándose de piernas. Tomó la cajita con ambas manos, la sopesó un momento y finalmente retiró la tapa con cuidado, el papel de seda crujió suavemente bajo sus dedos.
Fue entonces cuando vio los zapatitos blancos y diminutos con el bordado de la ovejita y las cuatro cajas de pruebas de embarazo alineadas como pequeños soldados.
Harry se quedó muy quieto, sus dedos rozaron los zapatitos, casi sin tocarlos. Luego desvió la mirada hacia las pruebas y finalmente hacia Louis con los ojos tan abiertos que parecían dos platos verdes.
El alfa podía ver el proceso en su rostro, la confusión, desconcierto y la lenta digestión de la información que no acababa de encajar. Los engranajes de su cerebro giraban a toda velocidad, sin llegar a ninguna conclusión.
“Yo...” empezó Harry, y se detuvo. Volvió a mirar la cajita y luego a Louis. “¿Quieres que me quede embarazado?”
Su tono era una mezcla perfecta de confusión y consideración. No preguntó en un reproche, era una pregunta genuina, como si Louis le hubiera propuesto un plan que no le terminaba de cuadrar y Harry estuviera intentando entenderlo.
A Louis le dio un vuelco el corazón, tuvo que morderse el labio para no reírse o llorar, o hacer las dos cosas al mismo tiempo.
Contuvo la carcajada llena de amor y emoción que amenazaba con estallarle en el pecho, y en su lugar extendió las manos, tomando la carita de Harry entre sus palmas con dulzura.
“No, cariño” dijo con voz suave, tan llena de ternura que parecía acariciar el aire. “Creo que ya estás embarazado.”
El omega se quitó las manos de encima con un movimiento brusco apartándose un poco ofendido y escéptico a partes iguales, su ceño se frunció, sus labios se apretaron y una chispa de indignación brilló en sus ojos.
“Eso es ridículo” espetó. “Lou, creo que sabría si estuviera embarazado.”
“¿Lo crees?” Louis arqueó una ceja con una sonrisa paciente que se negaba a desvanecerse. “¿Y si te digo que hay señales que no has notado?”
“¿Qué señales?” Harry cruzó los brazos sobre el pecho, a la defensiva. “¿Las siestas? ¿Los antojos? ¿Los despistes? Eso puede ser estrés o cansancio, o cualquier cosa. No significa que esté embarazado.”
“¿Y tu aroma?”
El omega parpadeó.
“¿Qué tiene mi aroma?”
“Ha cambiado, amor” Louis se inclinó un poco hacia él sin romper el contacto visual. “Lo noté hace semanas, ahora hueles a leche y miel, debajo de tu aroma habitual. Es el olor de un omega embarazado.”
Harry se quedó en silencio, su expresión de indignación se resquebrajó un poco dando paso a una incertidumbre que no sabía cómo manejar.
“Eso no prueba nada” murmuró al fin. “Los aromas cambian por muchas razones.”
“Cierto” concedió Louis. “Pero hay más, los mareos matutinos, los que te han hecho rechazar tu usual café y te han hecho comer galletas de mantequilla para asentarte el estómago. ¿No te parecen sospechosas?”
“Puede ser una gastritis.”
“¿Y las llaves en la nevera? ¿la cita olvidada con Niall? ¿la harina derramada por toda la cocina? ¿Eso también es gastritis?”
El omega apretó los labios.
“Estoy estresado.”
“Estás muy embarazado, amor” dijo con suavidad. “Llevas semanas embarazado y no lo has notado.”
“Eso es...” Harry negó con la cabeza y una risa incrédula escapó de sus labios. “No es posible, lo sabría. Una persona no puede estar embarazada y no darse cuenta.”
“Es más común de lo que crees.”
“No para mí. Habría notado algo.”
“¿Como qué?”
“No sé. Algo. Un... un retraso. Sí, un retraso. Mi celo, Louis. Si estuviera embarazado, no tendría mi celo.”
Louis lo miró con una paciencia casi infinita.
“Harry, ¿cuándo fue tu último celo?”
El rizado abrió la boca para responder y se detuvo, una sombra de duda cruzó su rostro.
“Hace...” empezó y se detuvo de nuevo. Su ceño se frunció más, esta vez por concentración. “Hace... no estoy seguro.”
“¿No estás seguro?” el alfa se inclinó un poco más, tomando una de las cajas de pruebas de la cajita. “¿No te parece extraño no estar seguro?”
“He estado muy ocupado.”
“No lo dudo.”
“Y estresado.”
“Por supuesto.”
“Y...”
“Mi amor.”
Harry lo miró, en sus ojos verdes solo pudo ver un desborde de una mezcla de pánico y negación.
“¿Qué?”
El alfa le tendió la caja de pruebas con una sonrisa paciente.
“Demuéstrame que estoy equivocado entonces. Solo por curiosidad. ¿Qué daño puede hacer?”
El ojiverde miró la caja, luego a Louis y la caja otra vez. Su respiración se aceleró un poco y sus dedos temblaron ligeramente al tomar la caja.
“Bien” dijo al fin con una voz que intentaba sonar segura y no lo conseguía. “Vale. Te lo voy a demostrar y vas a ver cómo te equivocas.”
Se levantó de la cama con la caja en la mano, envuelto en la sudadera de Louis y con los calcetines desparejados, se dirigió al baño con pasos decididos pero se detuvo en la puerta.
“Louis.”
“¿Sí, cariño?”
“Si me equivoco...” Harry se mordió el labio sin darse la vuelta. “Si me equivoco y estoy embarazado... no vas a poder decirme “te lo dije”. Te lo prohíbo. Prométemelo.”
Louis sonrió con el corazón y la boca a punto de estallarle.
“No lo diré.”
“Promételo.”
“Lo prometo.”
Harry asintió, respiró hondo y cerró la puerta del baño tras de sí.
El ojiazul se quedó sentado en el borde de la cama esperando, los segundos se estiraron como caramelos dulces e interminables, la casa estaba en silencio, rota solo por el sonido lejano de los pájaros en el jardín y por el latido furioso de su corazón.
El sonido de una caja abriéndose se oyó desde el baño y luego, más silencio.
Fue entonces cuando cerró los ojos y se permitió respirar.
-
El sonido de la puerta del baño al abrirse fue apenas un susurro, un chasquido mínimo que, sin embargo, retumbó en el pecho del alfa como un trueno lejano. Seguía sentado en el borde de la cama con las manos entrelazadas sobre las rodillas, la espalda rígida y el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en las muñecas y en la punta de los dedos.
El aire del dormitorio se había vuelto denso, cargado con el aroma de su propia expectación y el de Harry, que se filtraba desde el baño como una nube dulce y templada.
Harry salió del baño con la prueba en la mano.
El omega estaba pálido, más pálido de lo que lo había visto jamás, como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera retirado de golpe para concentrarse en algún lugar desconocido. Esos ojos verdes que conocía de memoria, estaban muy abiertos, brillando con una mezcla de incredulidad, asombro y algo que no supo nombrar.
Harry no decía nada, sus labios estaban entreabiertos, temblorosos y su respiración era superficial, además de rápida, como si acabara de correr una maratón.
Avanzó hacia Louis con pasos lentos, como si el suelo del dormitorio se hubiera vuelto de cristal. La sudadera gris le colgaba de los hombros, las mangas cubriéndole las manos, y sin embargo la prueba que sostenía entre los dedos no tembló. La sostenía con una firmeza extraña, casi solemne, como si fuera lo único que lo anclaba al mundo.
Se detuvo frente a Louis, extendió la mano y se la mostró.
Louis bajó la mirada, la prueba digital brillaba débilmente bajo la luz suave que se filtraba por las cortinas. Las letras en la pequeña pantalla eran inequívocas y claras.
Embarazado 5+ semanas.
Cinco semanas, cinco semanas o más.
Su cachorro llevaba poco más de un mes creciendo en el vientre de su omega en silencio. El número se grabó en la mente del alfa a fuego lento e imborrable.
Entonces, se rompió en una liberación de todas las emociones que había estado conteniendo durante semanas, las lágrimas que llevaba tanto tiempo guardando y alimentando en silencio mientras cuidaba de su omega, mientras observaba cada pequeño cambio con una devoción que no podía expresar, corrieron libremente por su rostro sin previo aviso ni control.
De su garganta escapó una risa húmeda y temblorosa, un sonido que era mitad llanto y mitad carcajada que contenía toda la felicidad del mundo.
“Harry” murmuró, su voz se quebró en la primera sílaba. “Omega.”
El omega seguía de pie frente a él con la prueba en la mano y la mirada fija en su esposo como si esperara que le explicara lo inexplicable, sus propios ojos se llenaron de lágrimas, pero no las soltó todavía.
Estaba conmocionado flotando en una realidad que no acababa de asimilar.
“Yo... no...” balbuceó Harry con una voz pequeña y perdida. “¿Cómo? No he tenido ni una sola náusea... solo un poco de sueño... las fresas... mi loco cerebro... ¡Lou!”
Las piezas encajaron todas a la vez.
Louis vio en su rostro el instante exacto en que la realidad lo golpeó con la fuerza de una ola. Las siestas interminables, los antojos absurdos, la torpeza creciente, el aroma cambiado, los mareos matutinos, de repente todo encajó en su ciegues.
“Louis...” susurró, esta vez las lágrimas sí escaparon de sus ojos, deslizándose por sus mejillas pálidas. “Alfa, estoy... estoy embarazado.”
“Lo sé, mi amor” dijo en un sollozo, una carcajada, un susurro, todo al mismo tiempo. “Lo sé, tu alfa sabía, corazón.”
Harry se derrumbó.
La prueba se le escapó de los dedos y cayó al suelo con un golpecito sordo, rebotando sobre la alfombra, fue entonces cuando el alfa se levantó de la cama de un salto y lo envolvió en sus brazos, estrechándolo contra su pecho con una fuerza desesperada, como si temiera que Harry pudiera desvanecerse si lo soltaba.
“Vamos a tener un cachorro” sollozó Louis contra su pelo con una sonrisa que no le cabía en la cara. “Vamos a tener un cachorro, Harry. Nuestro cachorro. Lo sabía, desde que tu aroma cambió, desde que empezaste a quedarte dormido por las mañanas. Lo sabía.”
Su omega se aferró a él como un náufrago a una tabla, sus dedos se clavaron en la espalda de su alfa, en la tela de la camiseta y en la piel desnuda que asomaba por el cuello. Su cuerpo temblaba sacudido por un llanto que no sabía si era de miedo, de alegría, de incredulidad o de todo a la vez.
“No lo sabía” murmuró contra el pecho de su esposo con la voz rota. “No lo sabía, Lou. ¿Cómo pude no saberlo? Soy el omega más despistado del universo.”
“Eres el omega más adorable del universo” respondió Louis, sus labios se movían contra los rizos del omega, besándolos entre palabras. “Sí eres un poco despistado, pero no importa. Lo sabes ahora.”
“Llevas semanas sabiéndolo” sollozó Harry apartándose un poco para mirarlo a la cara. Sus ojos estaban rojos al igual que su nariz y las lágrimas le corrían sin control. “Llevas semanas cuidándome, trayéndome fresas, preparando mi nido, dejándome tu sudadera... y yo pensaba que eras raro.”
“Uno feliz” dijo con una temblorosa risa. “No podía decírtelo, creí que estabas esperando a darme una sorpresa, que estabas planeando algo especial.”
“¿Planeando algo especial?” Harry soltó una risa incrédula intercalada con un hipido. “¡No podía recordar dónde dejaba mis llaves! ¿Cómo iba a planear una sorpresa?”
“No lo sé, pensé que eras muy bueno manteniendo el secreto.”
“¡Soy pésimo guardando secretos! ¡No pude esconder mi marca más de dos días, Lou!”
“Lo sé ahora” el alfa lo estrechó de nuevo enterrando la cara en su cuello y aspiró su aroma. “Lo sé ahora y no me importa. Ya no me importa nada. Solo tú y nuestro cachorro, y que estemos juntos.”
El rizado ojiverde se relajó en sus brazos dejando que el llanto se calmara poco a poco, se quedaron así un largo rato, meciéndose en silencio y envueltos en el aroma del otro, y el calor del otro.
El alfa liberó feromonas para marcarlo sin pensarlo, una oleada suave y constante que impregnaba la habitación con su olor a nuez y chocolate, y el omega respondió instintivamente frotando su mejilla contra el cuello del contrario, buscando y necesitando más.
“¿Qué vamos a hacer?” murmuró al fin con la voz todavía ronca. “¿Qué vamos a hacer ahora?”
Louis le apartó los rizos de la frente con suavidad, soltó una risa y le besó la frente.
“Vamos a ser padres” dijo. “Vamos a tener un cachorro, y vamos a quererlo más de lo que nunca hemos querido nada, y vamos a hacerlo juntos, amor. Tú y yo, siempre.”
Harry lo miró con los ojos verdes llenos de lágrimas.
“¿Me amas mucho?”
“Más que a nada en el universo” dijo con seriedad. “Te amo tanto que a veces no sé qué hacer con tanto amor. Te amo desde antes de saber que existías, desde que el universo decidió que tú serías mi omega.”
El ojiverde soltó una risa húmeda y brillante.
“Eres cursi.”
“Tuyo.”
“Mi alfa cursi.”
Harry puso sus manos en las mejillas del alfa, quien se quedó muy quieto dejándose sostener. La piel de su omega era tan tersa y suave, cerró los ojos por un instante, solo y se inclinó hacia el contacto, frotando su mejilla contra la palma con una devoción instintiva, como un animal que busca el calor de su compañero.
Sus propias manos subieron lentas y seguras, hasta enmarcar el rostro de su vida misma, sus pulgares encontraron sus pómulos, los acariciaron con suavidad recogiendo lágrimas nuevas y viejas, trazando círculos diminutos sobre la piel sonrojada.
Fue Harry quien acortó la última distancia, pero Louis lo recibió como si hubiera estado esperándolo desde siempre, los labios se encontraron en un roce primero suave que les arrancó un estremecimiento a ambos. Estaban húmedos, salados por las lágrimas y sin embargo el sabor no importaba.
El alfa inclinó la cabeza ajustando el ángulo con una lentitud deliberada y profundizó el contacto, sus labios se movieron sobre los de su esposo con ternura, saboreándolo y reconociéndolo. No había prisa ni urgencia, solo el vaivén suave de sus bocas encontrándose una y otra vez, como olas que regresan a la orilla, como un ritual antiguo que sus cuerpos conocían de memoria.
Harry abrió los labios con un suspiro tembloroso, y Louis aprovechó la invitación para deslizar la punta de su lengua en un contacto fugaz que encendió una chispa diminuta en el centro de sus pechos. El omega gimió suavemente contra su boca, un sonido pequeño y vulnerable que el ojiazul se bebió entero, atesorándolo en lo más profundo de su ser.
Las manos de uñas pintadas se deslizaron desde las mejillas del cabellos lacio hacia su nuca, enredándose en los cabellos suaves de su nuca y atrayéndolo mucho más cerca, como si ni siquiera el aire entre ellos fuera tolerable.
Louis respondió con un ronroneo bajo e instintivo que vibró contra los labios de Harry y le arrancó un escalofrío, sus pulgares bajaron a las caderas el rizado trazando el contorno de sus huesos, mientras sus labios continuaban ese baile lento y profundo.
El aroma de ambos se mezcló en el aire, denso y embriagador. Nuez y chocolate, fresa y menta, leche y miel. Una fragancia nueva, nacida de la unión de sus cuerpos y de la vida que crecía en el vientre de Harry. Louis la aspiró entre beso y beso con el alfa en su interior ronroneando con una satisfacción tan absoluta que lo recorrió de pies a cabeza.
Mío. Nuestro. Para siempre.
El ojiverde se separó apenas un centímetro, lo justo para respirar, con la frente apoyada contra la de su esposo y los labios aún rozándole. Sus ojos estaban cerrados, sus pestañas húmedas pegadas en pequeños triángulos y una sonrisa temblorosa e incrédula, se dibujó en sus labios entreabiertos.
Soltó una risa suave y entrecortada antes de volver a besarlo, esta vez fue más breve, un pico suave y luego otro y otro.
Besitos cortos y húmedos que el alfa recibió con amor, riendo por lo bajo entre beso y beso con las manos subiendo el rostro de su amado como si fuera lo más valioso del universo.
“Voy a ser mamá” dijo esta vez con una voz más segura, llena de alegría. “Lou, vamos a tener un cachorro.”
“Lo sé, mi amor” volvió a besarlo, esta vez en la nariz, luego en la frente, luego en los párpados y por último, en la comisura de los labios. “Mi omega. Mi cachorro. Mi familia.”
Harry cerró los ojos dejándose cubrir por los besos, las palabras y el aroma de su alfa.
Se quedaron así, abrazados en el nido con la prueba de embarazo tirada en el suelo y la cajita abierta sobre la cama, el sol de la mañana se filtraba por las cortinas iluminando la habitación con una luz dorada y cálida, el aroma de los dos se mezclaba en el aire creando una fragancia nueva y única.
Su familia.
Louis apoyó la barbilla en la cabeza de su omega y cerró los ojos. En algún lugar de su pecho, el lobo ronroneó con una satisfacción primitiva y profunda.
Mi omega está bien y mi cachorro crece fuerte. Todo está bien, todo está perfecto.
“Lou.” Murmuró Harry contra su pecho.
“¿Sí, cariño?”
“¿Crees que nuestro cachorro será tan despistado como yo?”
Louis soltó una risa suave y profunda que vibró en todo su cuerpo.
“Espero que sí, mi amor. Porque si se parece a ti, será perfecto.”
El rizado sonrió contra su piel.
“Ojalá sea como tú.” Repitió el alfa, besando sus rizos.
“O como los dos.”
“Si, como los dos.” Secundó, apretando a Harry un poco más. “Un cachorrito de rizos y ojos azules, sumamente despistado como su mamá, y un poco intenso, como papá.”
Envueltos en el aroma de su amor y de su nueva vida, ambos lobos se quedaron quietos y abrazados, llenos de una felicidad tan inmensa que no necesitaban palabras, solo el latido de sus corazones sincronizados como siempre, como desde el primer día, como para siempre.








