CAPÍTULO 1: EL ECO DEL ABISMO
El agua helada del Atlántico Sur golpeaba con furia el casco de acero del Galeón, un buque de investigación oceanográfica de bandera argentina anclado a veintidós millas de las costas.
El tiempo en esta zona es demasiado inestable, especialmente en el paso de Drake.
El silbido constante del viento huracanado es aterrador, una media de entre sesenta y noventa kilómetros por hora, e incluso durante las tormentas llega a alcanzar los ciento cincuenta kilómetros por hora.
El frío, que puede variar de los cinco grados a los dos grados bajo cero al acercarse a la Antártida.
Pero para la doctora Athenea Rossi, que se encontraba en la oficina científica de puente al lado del cuadro de mandos, el balanceo violento del baro no le suponía inconveniente ninguno ya que estaba acostumbrada y apenas le prestaba atención.
Su mirada, estaba fija en la pantalla de alta resolución que procesaba los datos del sonar de barrido lateral.
La imagen, renderizada en tonos de azul y amarillo mostraba una anomalía estructural a ciento diez metros de profundidad.
La cámara submarina de alta definición que acompañaba el sonar visualizaba una silueta que no parecía el fondo marino.
Athenea desplazó el ratón para ir supervisando el relieve.
El sistema de iluminación LED externo le permitía ver el lecho oceánico casi como si estuviera allí.
No parecía ser una roca, ni era un arrecife.
–Parecen vigas de roble –susurró Athenea para sí misma, apoyando las yemas de los dedos sobre el monitor–.
»Están enterradas bajo tres metros de sedimento marino, esa popa es inconfundible.
»Es un navío del siglo XIX.
El recuerdo surgió entonces.
La pesadilla había vuelto.
Hacía exactamente dos años que Athenea no sentía ese vacío punzante en el estómago.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez, en la península de Yucatán, en las profundidades de un cenote.
El día que su vida se partió en dos y que las paredes de piedra caliza colapsaron, aquel desastre donde varios compañeros de expedición perecieron y Jax quedó atrapado mientras intentaba salvarlos.
Él sobrevivió, pero el precio que pagaron fue la destrucción de todo lo que habían construido juntos.
De pronto, alguien la sacó de sus pensamientos.
–Doctora Rossi –dijo la voz de la primera oficial por el intercomunicador–.
»El nuevo especialista en buceo saturado e ingeniería de mezclas ya está a bordo.
»El inversor, el señor Valenzuela, insiste en que realicen la primera reunión de inmediato.
Athenea inspiró profundamente, intentó calmarse devolviendo el recuerdo a su mente, ajustó el cuello de su jersey de lana y se dirigió lentamente bajando por las escaleras hacia el comedor, donde le esperaba el señor Valenzuela.
Y ahí estaba él.
Jax, sentado en la mesa, y con una taza de café en la mano, vestía un conjunto de camiseta y pantalón térmicos de color negro.
Las puntas de lo que parecía un tatuaje tribal asomaban por el borde del cuello de la prenda, lo que le hizo recordar que aquel hombre, y ese cuerpo, habían sido su perdición durante años.
Un escalofrío recorrió su anatomía, recordándole también lo que le hacía sentir.
Tenía el pelo castaño enmarañado por el viento y los ojos, de un azul profundo, esos ojos que no podía ver sin sentir las típicas mariposas en el estómago.
Porque sí, después de varios años, seguía amando a ese hombre como el primer día.
Intentaba negarlo, después de todo lo ocurrido, pero su cuerpo aún anhelaba esa necesidad de él.
Sus miradas se cruzaron.
El tiempo pareció detenerse y los segundos se estiraron entre ellos, rotos únicamente por el vaivén lejano de la tripulación.
Jax no se había movido, mantenía la vista fija en ella, esperando a que diera el primer paso.
Pero Athenea era incapaz de articular palabra, el encuentro después de dos años, no estaba siendo como ella creía que sería.
–Hola, Athenea –dijo Jax dejando la taza sobre la mesa.
Su voz conservaba esa misma textura de grava y calma que a ella la había cautivado cinco años atrás en las aulas de arqueología de la UNAM.
Athenea se cruzó de brazos, intentando contener el temblor que amenazaba con delatarla.
–Te dijeron que yo dirigía esta excavación, Jax.
»No finjas sorpresa.
–Me dijeron que un consorcio privado había localizado el rastro del San Telmo –respondió él, levantándose y dando un paso adelante–.
»Y sabiendo que eres la arqueóloga y espeleóloga más brillante del continente, la única capaz de leer un plano colonial como si fuera el mapa de su propia casa, no hacía falta ser un genio para saber que estarías aquí.
– ¿Y tú tenías que aceptar el contrato? ¿En serio? –preguntó ella, clavándole la mirada–.
»Después de lo de México juraste que no volverías a bajar a más de treinta metros.
»Dijiste que el abismo te cobraba demasiadas facturas.
La sensación de frustración, junto con el dolor se apoderaban de Athenea.
Jax miró el suelo por un breve segundo antes de volver a mirarla a los ojos.
–Porque sabía que bajarías tú solo si fuera necesario.
»Las corrientes en esta zona destrozan a cualquier buzo en diez minutos.
»Necesitas a alguien que conozca las mezclas de gas Trimix, que sepa configurar un reciclador con los ojos cerrados y que te cuide la espalda ahí abajo.
»Nadie hace eso mejor que yo, Athenea.
»Aunque me odies.
–No te odio, Jax –dijo ella, con una voz que de pronto sonó demasiado vulnerable mientras mantenía las palmas de las manos apoyadas contra sus caderas.
No quería perder el control, ni que él se diese cuenta.
–Pero me dejaste sola en la habitación del hospital de Mérida, y cuando despertaste, simplemente te marchaste.
»Desapareciste dos años.
»Eso duele más que cualquier naufragio.
Habiendo soltado aquello por fin, se sintió liberada.
Después de tanto tiempo podía encararlo.
Athenea tragó saliva.
Esperaba una excusa, una mentira piadosa, cualquier escudo que justificara que la hubiera dejado en Mérida.
Pero el silencio de Jax dolía más.
Sostuvo su mirada fijamente, negándose a parpadear, decidida a no dejar caer una lágrima que amenazaba con traicionar su coraza.
Antes de que Jax pudiera responder, una figura alta y elegante vestida con un abrigo de alta montaña, emergió tras de ellos.
Era Alejandro Valenzuela, el multimillonario que financiaba la expedición.
–Veo que los viejos amigos ya se han saludado –dijo Valenzuela con una sonrisa, que más bien parecía una burla–.
»Excelente.
»El tiempo es dinero, doctores.
»Vayamos a la sala de mapas.
»Tenemos un imperio que desenterrar.
El pasillo del buque oceanográfico era un laberinto de paneles metálicos y luces fluorescentes que parpadeaban al ritmo del balanceo violento provocado por el oleaje.
Athenea caminaba en silencio, sintiendo la mirada azul de Jax fija en su nuca, pesada y cargada de preguntas que ninguno de los dos estaba dispuesto a formular frente a extraños.
Un par de pasos por delante, Alejandro Valenzuela avanzaba con total seguridad.
Al entrar en la sala de mapas, el calor de la calefacción los recibió junto al zumbido de las pantallas de navegación.
Valenzuela se acercó a la mesa central, donde reposaban los planos impresos en papel sintético y arrojo sus guantes de montaña sobre la mesa.
–Bien, doctores –dijo el multimillonario, apoyando las manos sobre el borde de la mesa y clavando su mirada en ellos–.
»Dejemos los reencuentros nostálgicos para otro momento.
»El sonar ya ha fijado la anomalía a ciento diez metros.
»Quiero saber cuándo bajamos.
Athenea dio un paso al frente, manteniendo una distancia prudencial con Jax y cruzó los brazos.
–A ciento diez metros en el paso de Drake no se “baja” como quien hace una excursión de domingo, señor Valenzuela.
»Las corrientes de fondo en estas coordenadas son impredecibles y la visibilidad es nula.
Valenzuela soltó una risa seca, un sonido desprovisto de cualquier empatía.
–El contrato que firmó estipula que la dirección científica está bajo su cargo, doctora Rossi, pero el tiempo de este buque corre por mi cuenta.
»Cada hora parados en mitad de la tormenta me cuesta una fortuna.
»No pagué para que miren las pantallas desde el puente.
Jax dio un paso colocándose en el ángulo opuesto de la mesa, rompiendo la línea visual entre el millonario y Athenea de forma decidida.
Su imponente envergadura física en ropa térmica negra parecía absorber la luz halógena de la sala.
–La doctora Rossi tiene razón, Valenzuela –intervino Jax, y su voz resonó con una autoridad que hizo que el empresario entornara los ojos–.
»Bajar a esa profundidad requiere configurar el reciclador con mezclas de Heliox y Trimix.
»Un mínimo error y el gas licuará los pulmones en diez minutos.
»A usted le importará el dinero, pero a mí me importa que los buzos no suban flotando inertes.
»Yo calibro los compresores, yo decido cuándo es seguro.
Athenea miró de reojo a Jax, sorprendida por la firmeza con la que la había respaldado, pero su coraza de orgullo no tardó en recordarle quién era el hombre que tenía enfrente.
Se aclaró la garganta, fijando sus ojos verdes directamente en Valenzuela, ignorando deliberadamente la cercanía del ingeniero.
–Además, hay una variable que su informe logístico omitió de forma deliberada, señor Valenzuela.
»Los documentos que buscamos en el interior del San Telmo no son simplemente el oro de la Corona –añadió ella, entrecortando la frase para medir la reacción del magnate.
Valenzuela no se inmutó.
Sonrió de medio lado, una mueca que no llegó a sus ojos.
–La historia es un gran negocio, doctora Rossi.
»Y el conocimiento es poder.
»A ustedes les pago para que saquen ese cofre de ébano intacto, no para que investiguen mis motivos comerciales.
Jax entrelazó sus dedos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia delante.
Su chulería se había transformado en una frialdad técnica que Valenzuela leyó de inmediato.
–Haremos el trabajo, Valenzuela.
»Para eso estamos aquí.
»Pero no juegue con nosotros.
»Bajo el agua, las órdenes las damos nosotros.
»Si detectamos que oculta información que ponga en riesgo la inmersión, cerramos las válvulas y abortamos la misión.
Valenzuela sostuvo la mirada de Jax durante unos segundos, midiendo las fuerzas, antes de erguirse por completo y acomodarse el abrigo.
–Excelente.
»Me gusta la gente con carácter, ingeniero.
»Prepárenlo todo.
»Bajamos mañana al amanecer, con tormenta o sin ella.
El millonario dio media vuelta y salió de la sala de mapas, dejando que la puerta metálica se cerrara con un golpe seco que retumbó en el habitáculo.
Athenea exhaló el aire que no sabía que estaba reteniendo y se giró despacio hacia Jax.
La distancia entre ambos volvía a ser kilométrica, pero la desconfianza compartida hacia Valenzuela los mantenía unidos por el mismo hilo invisible.
Athenea salió en dirección a su camarote sin mirarlo.
–Nos vemos mañana entonces –fueron las únicas palabras que recibió.
Jax salió detrás de ella.
No sabía si decirle algo mientras la seguía por los pasillos hacia sus camarotes o dejarlo pasar.
La segunda opción fue la que escogió amargamente.








